lunes, 16 de marzo de 2026

Dinero en mano

Milio Mariño

La primavera siempre llega con hojas nuevas, aroma de flores y mariposas de mil colores. Esas son sus credenciales y bien que lo celebramos. Pero esta que está por llegar se encontrará con la sorpresa de que tenemos otras preocupaciones y no estamos para sutilezas como que la tierra se vista de verde o el sol nos acaricie la piel. Ahora mismo, hay gente cuya preocupación consiste en ponerse a salvo de las bombas y los misiles, mientras que otros andamos preocupados por el precio de los carburantes y por esa recomendación de los bancos de que llevemos dinero en la cartera como precaución necesaria que puede salvarnos la vida.

El mundo alberga una nueva guerra que no solo destruye objetivos militares, también mata gente y puede resultar incómoda para quienes, en la distancia, somos espectadores. Según los expertos, a resultas del conflicto, podría producirse un colapso tecnológico que inutilice nuestras tarjetas de crédito. Una catástrofe que el Banco Central de Suecia dice que podemos evitar llevando en la cartera, al menos, noventa euros.

Solemos desconfiar y poner en duda que los Bancos se preocupen por nosotros, pero es evidente que la preocupación existe. El Banco de España, no solo suscribe la recomendación de su homólogo en Suecia sino que va más allá y sugiere que, además del dinero en efectivo, lo deseable sería que todos tuviéramos en nuestra cuenta corriente el dinero suficiente para hacer frente a nuestros gastos fijos durante tres meses.

Es importante estar, siempre, atentos porque las medidas que recomiendan para hacer frente a una crisis suelen cambiar con frecuencia y pueden cogernos desprevenidos. Hace un año, la Unión Europea recomendaba tener a mano un kit de supervivencia y aunque citaba el dinero no lo incluía entre las necesidades más básicas. Un fallo que los Bancos Centrales acaban de corregir y, ahora, además de la botella de agua, el transistor, la lata de fabada y la linterna, consideran imprescindible que llevemos dinero en la cartera.  

No me parece una ocurrencia, es una propuesta con mucho sentido. Solíamos preguntarnos para qué sirve el dinero y, por fin, tenemos la respuesta: para salvarnos la vida.

Nadie duda de que el dinero aporta seguridad y mucha confianza, pero ojo con el matiz porque supone un cambio importante. El dinero al que se refieren es el dinero en mano, son los fajos de billetes, no las tarjetas de crédito, las criptomonedas o esos inventos para pagar con el móvil.

Llevados por la inercia, habíamos dejado de usar el dinero como dinero y tuvo que venir una guerra para que tomáramos conciencia de que es imprescindible llevar dinero en la cartera. Aquello de pelearnos con los amigos y gritar: “¡Pago yo!”, “¡No, yo!”, “¡No, que me toca a mí!” se había convertido en una tradición olvidada. Sobre todo para quienes integran las nuevas generaciones, que suelen salir de casa sin llevar ni un euro encima y casi nunca muestran intención de pagar, precisamente por eso.

 Las guerras nunca traen nada bueno pero, en este caso, que nos digan que por nuestra propia supervivencia, tenemos que llevar, al menos, 90 euros en la cartera, viene bien para que no se pierdan las viejas costumbres y para que los gorrones no tengan excusa.


Milio Mariño / Artículo ode Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 9 de marzo de 2026

Desertar es de valientes

Milio Mariño

Viendo las imágenes de la guerra que enfrenta a Israel y Estados Unidos con Irán, parece como que un misil surcara el cielo a velocidad de vértigo, se cruzara con otro, que venía en sentido contrario, explotaran y aquí no pasado nada. La idea es convencernos de que la guerra consiste en una disputa entre misiles que se hacen trizas mientras la población sigue a lo suyo y cuando regresa a sus casas se entera de quien va ganando por las noticias del telediario. Así es como están presentando esta guerra, con una apariencia de irrealidad que se asemeja mucho a un videojuego. Lo único que, a diferencia de los videojuegos, no vemos muertos y si, por un descuido, aparece alguno lo pixelan para no herir sensibilidades.

Arriba, en el cielo, es posible que suceda lo que nos cuentan, pero abajo, en la tierra, la guerra sigue siendo la misma de hace mil años. No ha cambiado nada. Sigue teniendo el mismo sinsentido y las mismas consecuencias: hogares derruidos, ruinas humeantes, gente que busca a los suyos entre los escombros, niños que lloran desconsolados, heridos que gritan auxilio y miradas de horror de quienes no entienden qué está pasando.

Aunque parezca moderna, y las armas sean sofisticadas, la guerra sigue siendo muy clásica. Tal vez tengamos una percepción distinta por las imágenes que nos pasan, la lejanía del campo de batalla y porque ahora nuestros jóvenes no están obligados al servicio militar y los soldados son profesionales con más motivaciones económicas que patrióticas. Varios informes apuntan que, en la actualidad, el ejército de Ucrania cuenta con un 40% de extranjeros, de los cuales 7.000 son sudamericanos, reclutados con la promesa de recibir 4.000 dólares al mes que luego quedan en menos. Pero que se haya llegado a esto no resta crueldad y horror a la guerra, añade un negocio infame a costa de la pobreza y el sufrimiento ajeno.   

El argumento que utilizan para justificar las recientes guerras, eliminar un régimen opresor o totalitario, es falso. La guerra no es una herramienta que permita mejorar a ningún país. Arrasar con todo y matar a miles de personas con el pretexto de que es para que luego surja algo bueno, supone un disparate que no debería convencer ni a los muy ingenuos. Es como ese chiste de dos pilotos que van a los mandos de un bombardero y uno le dice al otro: Ya verás la que nos va a caer en twitter cuando se enteren de que somos nosotros los de las bombas.

La irresponsabilidad de Trump y de Netanyahu, dos perturbados que se creen los amos del mundo y desprecian a quienes no están dispuestos a secundar sus locuras, puede convertirse en la III Guerra Mundial y en una conflagración nuclear. El peligro de que pueda suceder algo así es real. También es peligroso oponerse a los caprichos de estos lunáticos, pues tiene un precio y suele ser caro. Pero la guerra encarna un modelo de sociedad y resolución de conflictos que tenemos que rechazar de plano. Desertar de la locura, abandonar las filas de los que cometen crímenes contra la humanidad, es un acto de valentía. Ojala que algún día organicen una guerra y no vaya nadie.

 Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 2 de marzo de 2026

Izquierda plus y pedrea electoral

Milio Mariño

El pasado mes de febrero, mes apodado el loco, varios políticos pusieron en marcha una iniciativa que pretende unir lo que queda de la izquierda, a la izquierda del PSOE, en algo así como un frente común que sirva para frenar el avance de la extrema derecha.

 La izquierda que pretenden unir tendrá que agenciarse un nombre porque Izquierda Unida ya está inventada. La inventó Gerardo Iglesias, Gerardín, en 1986, y era como un traje a medida con el que pretendían vestir al Partido Comunista para suavizar su imagen y aumentar la base electoral. Tuvo sus años buenos. Luego vino la amistad entre Julio Anguita y Aznar, la pinza (IU-PP) y después las dos orillas: En un lado el PP y el PSOE y en el otro Izquierda Unida. Muy parecido a lo que ocurre ahora, solo que en la otra orilla está Vox. 

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, cantaba Rubén Blades. Vox  se ha convertido en una fuerza revolucionaria que sustituye a la izquierda y defiende las reivindicaciones de los campesinos, los trabajadores y los maltratados por el sistema. Aunque claro, no promete el progreso social, la paz en el mundo, la salvación del planeta, el fin de las guerras y la abolición del machismo. Eso son tonterías. Promete mano dura y espectáculo. Ha cambiado la hoz y el martillo por una motosierra y promete cortar cabezas a diestro y siniestro.

Promete lo que la gente que está pasándolo mal quiere oír. Que castiguen a los culpabales de que ellos vivan así. Que no les hablen de la oligarquía financiera y los ultra liberales. Que se dejen de bobadas y actúen contra quienes les han dicho que tienen la culpa: los inmigrantes, las feministas, los jubilados con buenas pensiones, los servicios públicos ineficaces y el woke del tiempo que dice que el aluvión de borrascas es por el cambio climático. 

La extrema derecha utiliza el descontento mientras la izquierda más a la izquierda, los indignados de hace unos años, se olvidan de su discurso. Van a lo práctico. Y lo práctico, según sus avispados líderes, es juntarse para aprovechar los votos que, en provincias como Soria o Teruel y otras por el estilo, penalizan a las formaciones pequeñas ya que la Ley Electoral concede a esos territorios más diputados de los que, por población, les corresponden.

La izquierda plus no propone un proyecto transformador para dar la batalla y crear un clima ilusionante que haga que la gente les vote. Propone aprovechar las migajas de los restos electorales para conseguir algunos escaños. Un propósito que llevarlo a la práctica se antoja difícil.

Es cierto que resulta descorazonador que Vox gane votos prometiendo defender a los trabajadores mientras vota contra sus derechos y defiende los intereses de las grandes fortunas. Pero también lo es que la gente más desfavorecida no se sienta representada por quienes eran sus lógicos representantes. El voto a la ultraderecha, más que por ideología es, sobre todo, un grito de desesperación. Es la forma de protestar de quienes están hartos de que nadie les haga caso. Presumir de ser más de izquierdas que nadie y conformarse con la pedrea electoral supone salir a perder y allanar el camino a los reaccionarios.


Milio Mariño / Articulo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 23 de febrero de 2026

Insultar no es opinión

Milio Mariño

Por más que procuro estar al día y mantener la mente abierta, hay cosas que no logro entender. Y no son grandes cosas, son cosas sencillas que me llevo a la cama y, en vez de contar ovejas, estoy dándoles vueltas hasta que consigo dormir. Al día siguiente siguen estando ahí y aunque lo lógico sería que pasara página y reconociera, con una sonrisa, que mí cabeza me da para más, insisto en encontrarles sentido.

En ese empeño, atendiendo al consejo de si lo intentas vete hasta al final, sigo sin entender que el insulto se haya normalizado y se considere opinión. Me parece una monstruosidad. Creo que fue Saramago quien dijo que las palabras no hay que dejar que salgan de la boca sin antes pasarlas por la mente. Una precaución que, desde luego, no tuvo Belén Navarro Cañete, la concejala del PP de Vallanca, que gritó "¡hijo de puta!" a Pedro Sánchez cuando este se disponía a dar un mitin en Teruel.

No fue la primera. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, también acabó por reconocer que había llamado “hijo de puta”, al presidente del Gobierno. Es lo mínimo que se merece, dijo como disculpa. Y cundió el ejemplo porque hasta en el estadio Carlos Tartiere, antes del  partido Real Oviedo - Real Madrid, se profirió el mismo insulto dirigido al presidente del Gobierno. Insulto que fue denunciado por la Liga de Fútbol Profesional.  

Nuestro ordenamiento jurídico no contempla el derecho a insultar. El insulto no es libertad opinión, es una agresión verbal que genera odio y menoscaba la convivencia social. Por eso sorprende que en la política no se tomen medidas y qué quien insulta siga gozando de impunidad. Todo lo contrario de lo que ocurre en el fútbol.

En el fútbol se castiga a los que insultan. Y no es de hace dos días, hace ya veinte años que la Comisión Antiviolencia viene registrando los insultos de forma textual. Uno de los primeros fue: “Ese portugués hijoputa es”. Y tuvo sanción. Una medida muy razonable en una sociedad que se tiene por civilizada. No todo vale para ayudar a que tú equipo gane el partido.

Lo sorprendente, y vergonzoso, es que La Liga de fútbol castigue la violencia verbal y los partidos políticos la amparen y la disculpen. Coincido con el escritor argentino Hernán Casciari, quien dijo que el efecto de prohibir los insultos en el fútbol obliga a que los hinchas usen herramientas que antes no usaban como la metáfora, el sarcasmo y el ingenio. Qué menos si se quiere preservar la buena educación. Y que bochorno que se aplique en el fútbol y no en la política. Que en el Congreso y en el Senado no pase como en los campos de fútbol y el presidente o la presidenta de la Cámara, suspenda el debate y mande a sus señorías al vestuario cuando se produce un incidente de estas características.

Normalizar el insulto, aceptar que se insulte como una forma de expresar las diferencias políticas, era lo que nos faltaba para degradar, aún más, nuestra maltrecha democracia. Hemos llegado a un punto en el que a ciertos políticos apetece decirles: Sospecho que no debe de haber diferencia entre cómo le huele la boca y cómo le olerá el culo.


Mi artículo de los lunes en La Nueva España

 


lunes, 16 de febrero de 2026

Disfrazarse de uno mismo

Milio Mariño

El viento, que estos días sopló con fuerza, hizo que el aroma del Antroxu borrara la pestilencia de la polarización política y la gente recuperó el buen humor. Así que, un año más, la fantasía volvió a las calles de Avilés para vivir una tradición que se ha convertido en patrimonio de quienes se sienten protagonistas, participan y se divierten, y quienes no estamos para muchos trotes y disfrutamos desde el balcón. 

La pena es que ya estamos a lunes, pero todavía queda hoy y mañana antes del triste entierro de la sardina y el comienzo de la cuaresma. Tiempo de ayuno, prohibiciones y tristeza al que volveremos fortalecidos después del reconstituyente que supone vivir estos días como cada uno quiera y sin que nadie se lo impida. A eso invita L’Antroxu, a escenificar de la forma más grotesca posible las miserias de nuestra vida no para obviar ni ocultar los problemas, sino para exorcizarlos haciéndoles burla con disfraces y risas, además de buena comida y la bebida que el festejo requiera.

Pero lo bueno se acaba enseguida. El miércoles no nos quedará otra que volver a disfrazarnos. En este caso no para salir de fiesta, sino porque lo exige la vida. En carnaval nos disfrazamos porque nos apetece, pero el resto del año también vamos disfrazados para cumplir con el papel que elegimos o el que nos obligan a representar.

No vendría mal que, cuando pasen estos días, tomáramos cuenta del disfraz que llevamos puesto.  Este año llegamos tarde, pero para el próximo podría ser interesante que probáramos con lo contrario de lo que es costumbre. Es decir, qué en vez de ponernos el disfraz que esté de moda nos quitáramos el disfraz que llevamos puesto y nos disfrazáramos de nosotros mismos.

Sería una buena experiencia. Disfrazados de nosotros, tendríamos la oportunidad de comprobar que aceptación tenemos. Bien es verdad que, a lo mejor, no resultaría tan divertido. Igual nos liamos y acabamos desconcertados porque el trámite no es sencillo, es complicado y requiere mucha fuerza de voluntad. Estamos tan pendientes de lo que otros nos piden que nos olvidamos de nosotros mismos.

Habría que hacerlo sin miedo. Lo bueno es que quienes somos gente corriente, los que apenas pintamos nada, no necesitamos ser muy valientes. Por mucho que intentemos disfrazarnos de otros, nos delata nuestro aspecto. En cambio las personas importantes, las que están obligadas a gestionar sus emociones, necesitan disfrazarse para ocultar su personalidad.

Disfrazarnos en carnaval, y si me apuran hacer el ridículo, es una afición sana y muy terapéutica que eleva la autoestima. Lo que decía antes, disfrazarse de uno mismo, tal vez no sea muy original, pero supondría una liberación, que es de lo que se trata. Se trata de ser libres, algo que no se consigue haciendo trampas, escondiendo nuestra personalidad por miedo a la opinión que los demás puedan tener de nosotros.

La idea no es mía, qué más quisiera. Hace tiempo leí una fábula, no recuerdo de quien, que decía lo siguiente: Hubo una vez un hombre que en Carnaval se disfrazó de sí mismo y parecía otro. Fue muy feliz, pero el miércoles de ceniza volvió a ser el de todos los días, es decir, el que los demás querían que fuera.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 9 de febrero de 2026

Alertas meteoro ilógicas

Milio Mariño

Hay gente para la que el asunto de mayor relevancia, lo que está por encima de todo, es la previsión meteorológica. No son agricultores, son urbanitas ociosos que se interesan por el pronóstico del tiempo como los pilotos de fórmula uno cuando tienen que elegir los neumáticos. Quieren estar seguros de sí caerá un chaparrón o aumentará la temperatura, para salir de casa con un paraguas o despreocupados y sin ropa de abrigo. Y no se conforman con un pronóstico de media mañana en relación a la tarde, exigen ser informados, al menos, con un día de antelación a fin de tomar precauciones.

Están pendientes de los pronósticos, pero luego se enfadan y acaban cabreados si la predicción falla y salen a tomar unos vinos cargando con un paraguas que no necesitaban.

Las predicciones meteorológicas indignan a mucha gente. Si llueve durante dos o tres días y anuncian otra borrasca surgen miles de voces que protestan y culpan del mal tiempo a la tala de árboles en la Amazonia o al Ministerio de Hacienda. Para culpable vale cualquiera. Esta sociedad, en la que vivimos, practica la queja como deporte. La gente se queja de lo que es fácil quejarse y no protesta por lo que debería de protestar, si pusiera algo de su parte. Pero no lo pone. Protesta por cosas intrascendentes y se encoje de hombros cuando le hablan de la responsabilidad individual y de que los derechos no se sostienen sin los correspondientes deberes.

Eso es historia. Unos protestan por qué falla la previsión del tiempo y otros porque acierta y los delata como niños consentidos. Un buen ejemplo fue aquella famosa frase del 112 asturiano: "Ya somos mayorinos". No lo parece cuando los helicópteros tienen que seguir rescatando a insensatos que se adentran en la montaña como quien sale a pasear por el parque o cuando la Guardia Civil se afana en poner vallas para impedir que la gente se acerque y saque fotos mientras el mar azota la costa con olas de nueve metros.

Los humanos del siglo XXI estamos opositando para ser los más estúpidos de todos los tiempos. Los hay que protestan por cargar con un paraguas cuando no llueve mientras que otros son capaces de adentrarse en una nevada con pantalones cortos y en chanclas. Es como si hubiéramos perdido el sentido común y nos volviéramos majaretas.

Cuesta comprender qué está pasando. Por alguna razón misteriosa, nadie es capaz de cuidar de sí mismo. Y eso explica que abunden los consejos infantiles: cruce por el paso de peatones, protéjase del frío, haga caso de la alerta amarilla, naranja o cualquiera del arco iris.... Procure beber agua cuando el calor aprieta. No se lance a la piscina desde el balcón del hotel…

Las precauciones de toda la vida, que cada uno tomábamos por nuestra cuenta, ahora son alertas imprescindibles para la supervivencia. El pasado 26 enero nos avisaron, con una alerta en el móvil, de que no nos acercáramos a la costa porque el oleaje era muy fuerte. Qué tiempos aquellos cuando uno miraba al mar y sabía, sin que nadie se lo dijera, si era peligroso acercarse. Detesto las alertas, pero ojala inventen una que nos avise cuando hacemos el imbécil.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 2 de febrero de 2026

Desnudos

Milio Mariño

Siempre que surge el tema y alguien pregunta qué opino de la Inteligencia Artificial respondo con absoluta sinceridad: me la refanfinfla. No quiero que me ayude en nada. No la necesito. Reconozco que es un invento asombroso, pero pienso seguir haciendo lo que haga sin su ayuda. No estoy en contra del progreso, si inventan algo para no tener que agacharme lo compro, pero me niego a que un robot sabelotodo me de consejos.

Así es como pienso. Y si les parezco más bruto que un gañan mono cejo, lo acepto. La Inteligencia Artificial no me gusta. Es más, me genera rechazo. Sé que está presente en las instituciones, los servicios públicos, las empresas y hasta en los teléfonos móviles, pero agradecería que respetara mi voluntad y se mantuviera alejada de mí vida. Algo que intuyo difícil porque ya lo ha invadido todo y hace lo que le viene en gana, estemos o no estemos de acuerdo. La prueba es que, sí quiere, puede quitarnos la ropa y dejarnos en pelota. Basta que alguien pulse una tecla y el desamparo es total. Se acabó la privacidad. En cualquier momento podemos aparecer desnudos, a la vista de todos, y el miedo a semejante espectáculo nos tiene atemorizados.

 Estamos en sus manos. El todopoderoso Elon Musk ha puesto a disposición del público en general, y los desaprensivos en particular, un programa llamado Grok que, con una simple fotografía, te desnuda y te convierte en un animalillo indefenso expuesto al mayor de los ridículos.

Este atropello desató las alarmas de los más confiados. Incluso en el Foro de Davos, que ya es decir, llegaron a la conclusión de que ninguna amenaza ha progresado tanto como la inteligencia artificial. Se ha convertido en un acelerador de los demás riesgos y, a falta de salvaguardas, supone un cóctel explosivo que puede llevarnos al caos.

 

Las nuevas tecnologías no deberían exigir, como pago, que inevitablemente tengamos que aceptar sus caprichos. Que nos desnuden de forma involuntaria y difundan las imágenes es un acto de vandalismo que merece pena de cárcel. Acostumbrados a pensarnos con cierta benevolencia, vernos sin ropa supone una humillación que sabotea nuestra intimidad. Sobre todo porque no es verdad que desnudos todos somos iguales. Ni mucho menos. Quienes ya tenemos una edad hacemos un esfuerzo por mantener nuestra decrepitud y nuestros atributos ocultos no solo a la mirada ajena, también a la propia. Hace tiempo que, cuando me ducho, nunca me miro el cuerpo, me enjabono por todas partes y procuro no mirar para no decepcionarme. Pero ahora resulta que, a pesar de mis precauciones, cualquiera puede verme desnudo por obra y gracia de la Inteligencia Artificial. Y el daño no es artificial. Es real y afecta a mi dignidad.  

Que puedan desnudarnos, más que un invento tecnológico, parece cosa de magia. Pero lo cierto es que pueden y lo hacen para que quede claro que somos insignificantes y no pintamos nada. El recado es que quien no se adapte y se someta a la Inteligencia Artificial será borrado del mapa.

Aunque esa terrible amenaza siga ahí, al acecho, tenemos nuestras armas. La solución no es complicada, solo requiere que pensemos por nuestra cuenta. Que utilicemos más el cerebro, que lo utilizamos poco y quieren que lo utilicemos todavía menos.

Mi artículo de Opinión de los lunes en La Nueva España 


miércoles, 28 de enero de 2026

Autonomías muy suyas

Milio Mariño

Los ofendidos de profesión, los que se ofenden a diario cuando no están en el poder, han vuelto a poner el grito en el cielo por la propuesta de reforma del sistema de financiación autonómica. Alertan sobre un agravio comparativo con Cataluña y, aunque disimulan, su postura es la del viejo refrán: “Justicia quiero yo, pero en mi casa no”.

El reparto que propone el Gobierno tiene en cuenta la población real de cada territorio, ponderada por variables como el envejecimiento o el coste de los servicios públicos básicos. Todas las Autonomías salen beneficiadas. Para Asturias supondría que la financiación actual se vería incrementada en más de 248 millones. Pero sospecho que cualquier propuesta que viniera del Gobierno sería igualmente rechazada. Ahí reside el problema, que ya fuera este reparto o el más justo jamás establecido, contaría con las mismas críticas y el mismo rechazo.

Resolver la financiación autonómica lleva pendiente desde 2014 y puede seguir estándolo otros doce años porque poner de acuerdo a diecisiete Comunidades Autónomas más dos ciudades, también autónomas, es complicado. Sobre todo si en muchas de ellas gobiernan quienes nunca se tomaron en serio el Estado de las Autonomías y ahora están acompañados por los que apuestan por suprimirlas si llegan a gobernar. Para todos ellos, España es Madrid y el resto, simplemente, el extrarradio. Y ya no les cuento si hablamos de lo que consideran territorio comanche: Cataluña y Euskadi.

Antes de la dictadura, en tiempos de la Segunda República, solo tenían estatuto de autonomía Cataluña y Euskadi. Después, en la transición, se recurrió al café para todos, que sirvió para la creación del estado de las autonomías y fue una salida aceptable pero, probablemente, no la solución.  Faltaba un trecho por recorrer y entre el rebrote patrio, la insolidaridad, el afán por destruir al adversario y el odio ideológico, en vez de avanzar, hemos ido a peor.

Como era de esperar, el PP ha sido quien más ha levantado la voz calificando la propuesta de insolidaria y colocando al Gobierno y a Cataluña en el centro de la diana. Ahí los sitúan sin entrar a valorar los criterios de reparto ni, menos aún, el intento de limitar el dumping fiscal que practican los territorios que hacen rebajas fiscales para tener ventaja sobre el resto. Primero presumen de bajar los impuestos y luego piden al Estado que se lo compense.

Hasta el momento solo hay una propuesta, la del Gobierno. Ningún partido ha presentado una alternativa a la reforma de la financiación autonómica. El calendario para aprobar el modelo definitivo está previsto que dure varios meses en los que, a falta de propuestas, se sucederán las recetas demagógicas alejadas de la realidad. Más que defender lo suyo, habrá quien se dedique a cargar contra el vecino. Siempre hay quien prefiere quedar tuerto con tal de que el otro no vea. 

A falta de otras, la propuesta presentada debería servir para iniciar una negociación seria en la que se impliquen todas las Comunidades. El rechazo por sistema, las descalificaciones, el agravio comparativo o volver al eslogan España se rompe no resuelven nada. Solo eternizan el problema.

Que cada Autonomía vaya a lo suyo avala lo que oí decir a un escéptico cascarrabias, que el Estado español solo tiene en común la Liga de Fútbol, el Corte Inglés y la Guardia Civil.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 19 de enero de 2026

El peaje de enero

Milio Mariño

Enero exige pagar un peaje, por los viajes que le dimos a la tarjeta las pasadas navidades, que es tan injusto como el del Huerna. Es de vergüenza, pero acabamos pagándolo porque nos sentimos culpables de querer parecernos a los que tienen dinero para pasar unas navidades de lujo.

Lo curioso es que, aunque tengan dinero, no hacen como nosotros, no caen en la tentación del consumo. Se refugian en sus chalets de la sierra y en las estaciones de esquí, respiran aire puro y hacen deporte. Nosotros, en cambio, no hacemos ni dos flexiones, comemos lo que pone el colesterol por las nubes, bebemos lo que es malo para el hígado y los riñones y dilapidamos el saldo de la tarjeta comprando regalos de dudosa utilidad. Puede servir como ejemplo ese abrigo reversible, para el perro, que nos costó 90 euros y cuando el perro lo vio ladeó la cabeza y dijo con la mirada: al que se atreva a ponérmelo lo destrozo a dentelladas.

Enero se hace muy largo porqué, además de frio y desagradable, es vengativo. Exige que paguemos la osadía de intentar parecernos a los ricos. Asoma con una sonrisa pero, en cuanto acaban las fiestas, impone su crudeza y nos obliga a vivir cuesta arriba. Son las reglas del juego. Los ricos siempre se las arreglan para que parezca que merecen lo que tienen y para que nosotros acabemos convencidos de que merecemos lo que tenemos. Si hay protestas, y ven que peligra su inmunidad, fomentan cualquier conflicto para que nos peleemos y les dejemos en paz. Solo hay que fijarse en cómo nos han liado con el feminismo y la trampa de qué no persigue la igualdad sino la superioridad de la mujer sobre el hombre. Sembraron esa discordia y se divierten contemplando como nos peleamos.

Otro frente abierto, con el mismo objetivo, son los inmigrantes y la idea de que, por su culpa, vivimos peor y aumentaron nuestros problemas. Han conseguido que los acusemos de quitarnos el trabajo, beneficiarse de nuestros impuestos y delinquir sin que las autoridades hagan nada por evitarlo.

Estos falsos problemas ya están consolidados y dando sus frutos. Pero, no contentos con eso, han sembrado una nueva discordia que persigue el enfrentamiento entre los jóvenes y los viejos. Hace tiempo que lo intentan y estas navidades aprovecharon un libro de Analía Plaza en el que la autora dice: “Los jubilados españoles se están pegando la vida cañón”. Insinúa que los jubilados cobran lo que no les pertenece y son culpables de que los jóvenes no levanten cabeza. Una especie de nuevo capítulo de la  saga “Los juegos del Hambre” en el que se declara la guerra a los pensionistas sobre la base de que su felicidad impide que los jóvenes sean felices. La idea es que los viejos son un lastre y la propuesta que si no la palman pronto habrá que empujarlos para que el mundo gire más rápido.

Nos manejan como quieren. El peaje que pagamos en enero contribuye a universalizar la culpa y meterla en la conciencia de los que menos tienen para que no olviden que disponer de poco dinero, y gastarlo alegremente, conlleva la penitencia de vivir un mes a dos velas. En esas estamos. Estamos subiendo una cuesta que, cuando se acabe, dará paso a otra.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 12 de enero de 2026

Trump, rey de los unos

Milio Mariño

Hasta donde alcanzan mis recuerdos, siempre tuve inquietud por conocer el pasado. En mi niñez, cuando empezaba con los libros de historia, sentía curiosidad por saber algo más de lo que venía en el texto. Me pasó con Atila, rey de los hunos. En el libro simplemente lo mencionaban y el profesor, en vez de contarnos quien era aquel bárbaro que había puesto en jaque al Imperio Romano, comentó que tenía un caballo, Othar, que por donde pisaba no volvía a crecer la yerba. 

Estuve mucho tiempo intrigado, pensando cómo sería aquel caballo y cómo sería su dueño, a quien llamaban el azote de Dios en la tierra. Esa intriga, la curiosidad insatisfecha debió anidar en mi cerebro, esperando respuesta, y hace unos días, cuando supimos lo de Trump en Venezuela, lo primero que me vino a la cabeza fue Atila.

Llevaba sabe dios los años que no me acordaba del rey de los hunos. Así que debe ser cierto eso de que el cerebro reacciona para protegernos. Trump no viene de las estepas de Asia Central, viene de las entrañas del capitalismo, pero tiene todas las papeletas para convertirse en el nuevo Atila del Siglo XXI.

Merece más ser el nuevo Atila que el Nobel de la paz. Y no hace falta que insista, ya nos ha convencido de que carece de principios y que, además de bruto, desprecia la inteligencia y se comporta como un ser primitivo, vengativo y violento, que presume de estar al frente del mayor ejército del mundo.

 Los límites de Trump están en sí mismo, no en las leyes. De todas maneras, como prueba de que solo persigue la justicia, justifica sus acciones diciendo que invadirá lo que haga falta en defensa de sus compatriotas drogadictos, que no es que lo sean por que vivan en un país que produce esos problemas sino porque unos extranjeros malvados les suministran drogas.

Este Atila contemporáneo tiene a su favor que, cuando invade y se apodera de un territorio, no exige el pago de tributos en doncellas sino en de barriles de petróleo.

Por más vueltas que le demos es imposible encontrar una explicación de cómo una acémila con corbata ha llegado a ser la persona más poderosa del mundo. Pero todavía es más difícil explicar que un buen número de políticos y mandatarios de la muy civilizada Europa tengan más miedo que vergüenza y hagan malabarismos para disimular que no les llega la ropa al cuerpo. No son los únicos, también muchos periodistas y medios de comunicación hablan en voz baja para no molestar a la fiera.

El miedo es una emoción que tenemos que respetar. Pero, unos por devoción y otros por miedo, han hecho de Trump el rey.

Tampoco pretendo dármelas de valiente. Hace tiempo que soy abuelo y eso acojona un poco. No por qué la valentía disminuya con la dad sino porque los años van haciéndonos menos impulsivos y reconfiguran la energía hacia una evaluación de los riesgos con más sentido práctico.

Habrá quien no esté de acuerdo, pero estoy seguro de que muchos me darán la razón. Puestos a elegir, me quedo con Maduro. Siempre será preferible un autoritario pequeño que uno de la talla de Trump. La diferencia en cuanto al tamaño del miedo que ambos pueden infundir no admite discusión.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España 


lunes, 5 de enero de 2026

Este año puede ser peor

Milio Mariño

Mientras desayunaba, sentí el pellizco de esa neurona que nos espabila cuando  despertamos sin despertar del todo y caí en la cuenta de que enero no es el comienzo de nada. No hay un antes y un después de diciembre, hay un par de días de fiesta y vuelta a la rutina de siempre.

Menos mal que la neurona estuvo al quite porque un poco más y vuelvo con esos propósitos de año nuevo que, enseguida, abandono culpándome de que no los consigo por mi escasa fuerza de voluntad. Lo cual es cierto, pero también lo es que no depende, solo, de mí. Depende de la situación general, que está como está y habrá que rezar para que no empeore.

Rezando, es casi seguro que no se arregle. Y, sospecho que el arreglo sería peor sí hiciéramos caso a quienes piden elecciones y piden que los votemos. Una petición asombrosa por cuanto que quien la hace es un político sin liderazgo ni más proyecto que el entusiasmo por que prosperen algunas causas judiciales que viene utilizando para poder disparar con algo, a falta de munición propia. Circunstancia que lo ha convertido en una especie de cuñado catastrofista cuyas sentenciosas afirmaciones son desmentidas, una y otra vez, por la realidad de los hechos.

Así es como empieza 2026, igual que acabó 2025. Con la misma soberbia de quienes reclaman que el gobierno les pertenece porque cuando ellos no gobiernan todo va mal. Quítate tú que me pongo yo. Ninguna explicación de cómo piensan abordar el modelo territorial, las pensiones, la vivienda, el salario mínimo, la política económica… Nada. A lo más que llegan es a decir que bajarán los impuestos sin bajar el gasto público. Una milonga, copiada de Milei y de Trump, que se une a la sarta de mentiras, insultos y estupideces que repiten constantemente ante la falta de un proyecto creíble. 

Si hablamos de corrupción, que vuelve a estar en boca de todos, todavía es peor. Quienes prometen erradicarla y combatirla con dureza, son los que han tenido en sus filas más corruptos que nadie, han sido condenados por ello y se atreven a exigir honradez desde unos despachos que pagaron con dinero negro.

El panorama, ciertamente, no invita al optimismo. De hecho, mucha gente está convencida de que todo irá a peor. Una sospecha fundada porque, lo de ahora, no es que los privilegiados, que viven estupendamente, quieran que gobiernen los suyos, también los más desfavorecidos, los que cobran un subsidio o un salario que apenas les alcanza para sobrevivir, están deseando que llegue alguien que tire abajo los  logros del progresismo, sin que les importe como quedará el país y como quedarán ellos mismos. Su objetivo es vengarse de que la vida los trate como los trata y para esa tarea no piensan elegir a los que luchan por una sociedad más justa. Eligen a los que prometen expulsar a los inmigrantes, se oponen al feminismo, no creen en el cambio climático, desprecian todo lo público y apuestan por las corridas de toros como símbolo de nuestra cultura.

Predecir el futuro es complicado. El de España se presenta muy preocupante y Trump, en la Casa Blanca, tampoco tranquiliza mucho. Pero, ojala fuera una predicción. Lo grave es que ya está sucediendo y, en 2026, puede ser peor.


Milio Mariño / Artículo Opinión / Diario La Nueva España


martes, 30 de diciembre de 2025

Inocentadas

Milio Mariño

Enarbolando la premisa de que somos inocentes, mientras no se demuestre lo contrario, habíamos elegido una fecha, el 28 de diciembre, para celebrarlo. Ese día, aparcábamos la seriedad y nos prestábamos a gastar bromas en las que incluso colaboraban los medios de comunicación, con noticias falsas y sorprendentes, que provocaban reacciones divertidas y nos reafirmaban en la creencia de que somos la única especie capaz de reírse.

La citada fiesta no alcanzó a ser de las de guardar, pero había adquirido cierta notoriedad al tratarse de una costumbre cristiana que recuperamos con la democracia, pues durante la dictadura ser inocente se había puesto difícil y la risa escaseaba hasta el punto de que algunos historiadores afirman que Franco solo se rió una vez: cuando Eisenhower visitó España. Así que había ganas de celebrar nuestra inocencia y reírnos a carcajadas porque la risa es barata y denota felicidad. Pero la celebración fue decayendo a medida que empezamos a tener constancia de que no se respetaba el 28 de diciembre.

Hay dudas sobre cuando comenzó la deriva, pero es probable que fuera a partir de marzo de 2004, con ocasión de las bombas en los trenes. A partir de entonces, las inocentadas y los bulos empezaron a difundirse sin que importara la fecha ni la época del año. Cualquier día era válido. Un día nos sorprendimos con que la Comisión Europea había decidido que la energía nuclear era una energía verde. Otro con que el Tribunal Constitucional había evitado pronunciarse sobre un recurso de amparo a propósito de una sentencia del Tribunal Superior de Baleares que consideraba que no era delito, y por tanto podía considerarse legal, saldar una deuda económica practicando sexo oral. Y, así, las inocentadas fueron dejando de ser excepción y empezaron a normalizarse de modo que hasta los jueces del Supremo se apuntaron a la fiesta y dijeron que les había resultado imposible identificar quien era M. Rajoy.

Entre las falsas inocentadas podríamos incluir, pero se salva por lo que tiene de original, la decisión de un juez que, ante la denuncia de un vecino por tener que soportar música rap a todo volumen, hasta altas horas de la madrugada, condenó al infractor a una multa de trescientos euros con la reserva de que podía reducirla si ponía música de Beethoven.

Por distintas razones, algunas inconfesables, se fue perdiendo la costumbre de respetar el 28 de diciembre y las inocentadas empezaron a proliferar de forma alarmante. Un error garrafal ya que, por ejemplo, a los jueces del Supremo no les hubiera costado nada sujetarse unos días y en vez de publicar la condena del Fiscal General el 20 de noviembre hacerlo un mes más tarde. Con un simple cambio de fecha hubieran evitado las críticas y la sospecha de lawfare. Habríamos tomado el fallo por una inocentada y todos contentos. 

La situación es preocupante, de ahí que mucha gente reclame que se acometan mejoras para fortalecer y salvaguardar nuestra democracia. Mejoras como, por ejemplo, una ley que prohíba las inocentadas en otras fechas que no sean el 28 de diciembre y contemple fuertes sanciones, incluso la cárcel, cuando los infractores provengan de la política, la judicatura o los medios de comunicación.

Una ley así hace falta. Supondría el triunfo de la razón sobre el actual y dañino desbarajuste.  

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 22 de diciembre de 2025

Mentiras de Nochebuena

Milio Mariño

Soy de los que no tienen fe. No, no la tengo, pero les aseguro que se puede no tener fe y, sin embargo, creer en la Navidad. En esa burbuja emocional que, aunque esté ligada a un origen religioso, va más allá. Alcanza para que un agnóstico, al menos una vez al año y por estas fechas, desee salud y suerte, felicite a todo el mundo y, de paso, se felicite a sí mismo.

Es lo que hago y pienso seguir así. Estoy convencido de que la Navidad nos gusta a casi todos por más que sea un dilema todavía por resolver. Las calles iluminadas, la música por todas partes, los escaparates a rebosar y la gente comprando como si no hubiera un mañana, contagian un optimismo del que es difícil sustraerse. Poniéndonos en lo peor, incluso si llegáramos a la conclusión de que la Navidad es una farsa y todo está urdido para fomentar el consumo, puede servirnos para pasar buenos ratos y disfrutar con la familia.

Ya imagino que, al oír familia, a más de uno le saltaría la alarma y reaccionaría advirtiendo que ese disfrute hay que ponerlo entre comillas porque en la mesa de nochebuena se dirán muchas mentiras y las habrá de todos los colores. Piadosas, para evitar posibles disgustos y no arruinar la fiesta, estratégicas, por razones egoístas, y también algunas de supervivencia para protegernos de quienes se violentarían si conocieran la verdad.

Cuento con ello. No me importa que los detractores de la Navidad y las cenas familiares saquen pecho y aludan a que, en definitiva, lo que mantendría unida a la familia, en la cena de nochebuena, serían las mentiras. Bueno ¿Y qué? Si necesitamos mentir para protegernos o proteger al resto, convivir pacíficamente, ser amables y no romper la ilusión de los demás, se miente y ya está. Las mentiras solo son malas cuando están directamente asociadas con las malas intenciones.

 

La verdad goza de mucho prestigio, pero es cruel y despiadada y sería insoportable que nos la estuvieran restregando, todo el tiempo, por los morros. La mentira, en cambio, aunque tiene peor fama, sí está motivada por el deseo de no hacer daño, sirve para ennoblecer la vida. Así que ya sentados a la mesa y dispuestos para cenar, no es mala idea mentir para desarmar a los aguafiestas que no soportan la alegría de los demás.

La mentira es defendible frente a quienes presumen de cantar las verdades al lucero del alba y eligen la cena de nochebuena como auditorio. Habría que verlos diciéndoles las verdades a sus jefes, a su pareja, a sus amigos o, incluso, a ellos mismos. Es probable que, en otros ámbitos, sean menos valientes.

Varios estudios coindicen en que, como mínimo, mentimos entre diez y veinte veces al día. Todos, nadie se salva. Lo que hay que tener en cuenta es por qué se hace. San Agustín decía que la mentira no depende de la verdad, sino de la intención, de modo que si no hay intención no hay mentira.

Tampoco es cuestión de buscar excusas. El mismo argumento que utilizamos para mentirles a los niños, con Papa Noel y los Reyes Magos, es válido para evitar la catástrofe y que la cena de nochebuena sea un éxito. Las mentiras son necesarias cuando la verdad solo sirve para hacer daño.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 15 de diciembre de 2025

Cuento que viene a cuenta

Milio Mariño

Por el sofá del salón y la mesa de la esquina había desparramados varios catálogos de juguetes y regalos que me hicieron reflexionar sobre el niño que fui y el abuelo que soy. Una reflexión casi imposible porque el mundo ha cambiado tanto que es como si hubieran transcurrido cien generaciones. Solo hay que ver lo que ocurre con los niños: ya no les preguntamos qué piden a los Reyes, les damos un catálogo y les decimos que elijan. Pueden pedir lo que quieran.

Me refiero a personas como nosotros, nada de gente rica. En cualquier caso, les prevengo de qué no voy a contarles la historia de un niño de familia pobre que apenas tuvo regalos y ahora, que es abuelo y puede, regala a manos llenas.

No va por ahí la cosa. La historia es diferente. Mis padres tenían lo justo, pero nunca me consideré pobre y humilde tampoco. No lo digo como excusa, asumo las consecuencias. Hubo quien dijo que si hubiera sido más disciplinado hubiera llegado más alto. Sospecho que quien lo dijo confundía la disciplina con la obediencia. Virtud de la que también fui privado, supongo que por el diablo. A él le debo que obedecer me resultara difícil mientras que para otros no suponía ningún esfuerzo. Recuerdo que oía con insistencia: cuando crezcas y seas mayor harás lo que te apetezca, pero ahora obedeces y haces lo que te manden.

Aquella promesa mitigaba, en parte, las frustraciones. No sabía que me estaban engañando y que, cuando fuera mayor, tendría menos posibilidades de hacer lo que quisiera. Posiblemente no fuera su intención pero, sin saberlo, estaban enseñándome a gestionar el malestar que supone no conseguir lo que quieres.

Entonces no había catálogos de regalos y juguetes. Recibías uno o dos en Reyes y, con suerte, otro en el cumpleaños. Entre medias, los domingos te daban una pequeña “paga” y aprendías a priorizar el gasto y hasta planificabas algún ahorro. Era una época en la que llamar por teléfono había que hacerlo solo para avisar de algo, dejar encendida la luz del baño o del pasillo suponía una reprimenda, hacer fotos estaba reservado para los días especiales porque salían muy caras… Todo estaba limitado. Quisieras, o no, aprendías a sujetarte. Y, cuando te sujetabas, surgían esas pequeñas frustraciones que te iban preparando para lo que te esperaba cuando fueras adulto.

Esto que comento pertenece a un pasado reciente que parece remoto. Ahora, los niños de nuestro entorno no distinguen entre lo que se puede y no se puede. No distinguen entre la vida real y la virtual. Se han quedado sin límites. Tienen muchos aparatos para entretenerse y muchos amigos virtuales, pero se aburren y están más solos que nunca. Juegan poco al aire libre y cada vez menos libremente.

También los abuelos hemos cambiado, no nos parecemos en nada a los de nuestra infancia. Igual es que ya empiezo a chochear, pero creo que nuestro cambio ha sido positivo, a la inversa que el de los niños. Ahora somos más activos y vitales, salimos más a la calle y hacemos travesuras. Si quieren que les diga la última, cogí los catálogos y los tiré a la basura. No me arrepiento. Cuando tiré la bolsa, el contendor se cerró como quien guiña un ojo y agradecí que fuera mí cómplice.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 8 de diciembre de 2025

La Inmaculada y algunos pecados

Milio Mariño

Hace tiempo que albergo la duda sobre si la cercanía de estos dos días festivos, el sábado la Constitución y hoy, lunes, la Inmaculada, se debe a una coincidencia o a que alguien tuvo la idea de ponerlos juntos porque ambos se necesitan. Para entender esta duda habría que remontarse a 1978, cuando el franquismo se resistía a la democracia y la Inmaculada no solo era la madre de Cristo, también era la madre de España, un país elegido por Dios para una misión histórica.

Ni más ni menos. Estuvieron cuarenta años con esa matraca. Insistían en lo que había dicho el Conde-Duque de Olivares: “Dios es español y está de parte de nuestra nación”. España era el pueblo elegido y la envidia de todo el mundo. Así que, influido por la historia que nos habían contado en el bachillerato y por aquel eslogan, que se hizo muy famoso, Spain is different, llegué a creer que los españoles éramos diferentes de verdad. Luego, cuando empecé a viajar por Europa, ya fui desterrando esa idea. No había tal diferencia, nosotros teníamos nuestras cosas y ellos tenían las suyas. En cualquier caso, la diferencia no estaba en las personas, estaba en nuestro retraso social, tecnológico y económico. Trabajábamos más, cobrábamos menos y teníamos peores servicios públicos. Aunque, eso sí, aparentábamos estar siempre contentos y disfrutábamos de la vida más y mejor que ellos.  

Seguimos muy parecido. Dinamarca, Noruega y Finlandia siguen al frente de la clasificación europea y España, a pesar de que no se parece en nada a la de 1978, sigue sin figurar en el ranking de los primeros. Hemos mejorado mucho, pero no lo suficiente. Y, lo peor de todo, es que esa mejora, de la que algunos nos sentimos orgullosos, hay quien dice que solo ha servido para que degeneremos hacia un país irreconocible que ha desvirtuado la esencia de lo genuinamente español.

Al parecer, hemos pecado de progresistas. Por eso hay políticos que proponen devolvernos al buen camino y recuperar la verdadera España. Esa España que en vez de parecerse a Europa se parezca a la de los toros, el señorito y la Guardia Civil con tricornio. Es decir, al Spain is different.

Menudo chasco. Tantos años luchando para que España no fuera diferente, fuera normal, y resulta que lo normal era volver al pasado. Una propuesta poco novedosa y nada solidaria que, mal que nos pese, está ganando  adeptos. Cada vez hay más jóvenes que añoran la juventud de sus abuelos. Desconocen cómo fueron aquellos años pero no les importa, se refieren al pasado con una alegría que confirma su ignorancia. Manifiestan su rebeldía presumiendo de ser anti-igualitarios, anti-progresistas, anti-feministas, anti-científicos, anti-ecologistas, anti-emigración y todos los anti que podamos imaginar. Según las últimas encuestas  el 42% de los jóvenes de la Generación Z y, sobre todo, los millennials consideran que las dictaduras son una buena manera de gobernar.

El sábado, en el 47 cumpleaños de la Constitución, quienes la defienden y defienden el progreso dijeron que es del todo increíble que podamos volver al pasado. Se olvidaron de que también resulta increíble que hace 2025 años a una mujer le introdujeran unos espermatozoides por lamparoscopia y tuvo un hijo que fue Dios en persona. Y eso, precisamente, es lo que hoy celebramos.


Milio Mariño / Artículo de Opinión

lunes, 1 de diciembre de 2025

La justicia buena es la poética

Milio Mariño

Debido a mi enfermiza afición por la lectura estoy muy acostumbrado a la justicia poética, que es la que rige en las novelas y supone que, al final, los buenos  siempre son recompensados y los malos reciben el castigo que merecen. Hablo de una justicia que no se aplica de acuerdo con la legislación vigente ni es administrada por los jueces, interviene de oficio y sentencia que la vida, por medio de una casualidad o algo inesperado, devuelve la jugada y hace que el culpable pague por lo que hizo.

Me gusta esta justicia; es más justa que la otra. Si me piden algún ejemplo ahí va uno. Cazar elefantes es legal, pero no parece que sea honesto que alguien los mate solo por divertirse. Pues bien, recordarán que, hace unos años, el Rey Juan Carlos mató un elefante en Botsuana. Lo hizo de forma legal, sin infringir ninguna ley, pero en aquella cacería se fracturó la cadera por tres sitios y tuvo que ser evacuado de urgencia a España. Mala suerte dijeron algunos.

Puede ser, pero sospecho que intervino la justicia poética. Y si entramos a valorar el resultado, en relación con los objetivos que persigue la justicia ordinaria, que son el arrepentimiento y la reinserción social, el éxito fue rotundo. Poco después el Rey se dirigió a los españoles y dijo: Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir.  

La justicia poética propicia el buen rollo. Claro que también es verdad que, a la justicia ordinaria, le toca bregar con asuntos que se las traen. Resulta difícil impartir justicia en una sociedad tan polarizada como la nuestra. Ahora mismo no se habla de otra cosa que de la condena al Fiscal General. Los de un lado opinan que se hizo justicia y los del otro dicen que ha sido poco menos que un golpe de estado.

En la vida real, a diferencia de lo que pasa en las novelas y en las películas, no siempre se hace efectiva la verdadera justicia. Así que no es de extrañar que la gente de a pie piense que los poderosos hacen lo que les viene en gana y gozan de impunidad. Al final, los malos se van de rositas. Menos en las novelas y en el cine, donde interviene la justicia poética y el criminal nunca gana.

El tribalismo al que hemos llegado se aprovecha de que la justicia no es una ciencia, es interpretativa y está demasiado enredada con leyes, procedimientos, corporativismo y posturas preconcebidas que son un obstáculo para que se haga justicia como está mandado. Como hace ese juez que llevamos en el cerebro y apela a la justicia poética. Que es la que nos gusta y la que propicia finales bonitos: un timador que es víctima de un timo, un cazador de elefantes que sale malparado, un ladrón que en su huida choca contra un árbol… Desgracias que no deberían hacernos felices pero que, en nuestro fuero interno, hacen justicia.

El caso del Fiscal General ya no tiene vuelta de hoja, pero si, por casualidad, esta Nochebuena, a los Jueces del Supremo se les quemara el pavo en el horno y tuvieran que cenar el pienso de sus mascotas, más de uno se alegraría y diría que, al final, se hizo justicia. Una perrería por otra.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


 


lunes, 24 de noviembre de 2025

De veinte a veinte van cincuenta

Milio Mariño

El jueves pasado se cumplieron cincuenta años de una de esas fechas que nunca se olvidan. Siempre recordaré el día que en la pantalla del televisor apareció un señor de orejas tremendas y ojos de cocodrilo y, entre suspiros y ataques de hipo, dijo: ¡Españoles, Franco ha muerto!  

No lo celebré. No hubo champán ni sidra El Gaitero, nada. Tampoco dije que en paz descanse porque no lo merecía. En vez de sentir alegría sentí mucho alivio. Tenía veinte y pocos años y casi me habían hecho creer que Franco era inmortal. Oía al equipo médico, que iba detallando los pasos de la agonía y el paso definitivo nunca llegaba. Franco permanecía entubado y conectado a un sinfín de aparatos, pero habían puesto a su lado el brazo incorrupto de Santa Teresa, el manto de la Virgen del Pilar y otras reliquias. Contaba con tantas ayudas que nos tenía en un sin vivir. Y, como aquel veinte de noviembre era jueves y hacía poco que había visto la película de Berlanga “Los jueves milagro” llegué a pensar que lo mismo resucitaba y todo seguía igual.

Al final, no hubo milagro. El dictador acabó muriendo el 20 de noviembre de 1975 y las detenciones, las torturas y los asesinatos no murieron con él. Duraron unos años más. Así que quienes envuelven la Transición con un halo mágico de consenso y buen rollo, mienten o no la han vivido. El tránsito hacia la democracia fue duro y muy difícil, los franquistas no cedieron así como así. Lo sabemos quiénes estuvimos involucrados y sufrimos las consecuencias, que no crean que éramos muchos, éramos menos de los que ahora presumen de un mérito que no tienen. Y ya no les cuento los que se apuntan a reescribir la historia y dicen que pudimos ser más valientes, ir más allá y hacerlo mejor.

Por supuesto. La Transición estuvo abierta a distintos caminos, pero juzgar ahora lo que sucedió entonces supone jugar con ventaja y dulcificar una historia que algunos recordamos muy bien. El paso de la dictadura a la democracia, con la oposición del ejército, la Guardia Civil y los ultras, no fue un camino de rosas. Hicimos lo que supimos y lo que pudimos hacer. Éramos jóvenes y muy optimistas. Creíamos que conseguiríamos un régimen de libertades y sería un logro sin precedentes. Nunca imaginamos que, cincuenta años después, se cuestionaría aquella conquista. Y menos aún que muchos jóvenes justificarían la dictadura, reivindicarían el machismo y se proclamarían admiradores de un dictador que era bajito, hablaba con voz de pito y no tenía un par de lo que, según ellos, un hombre debe tener.

Como lo oyen. Franco era monórquido, solo tenía un testículo, el otro lo había perdido en los alrededores de Ceuta, en un refriega contra los moros. Pero ni la mutilación varonil ni su voz aflautada impidieron que fuera considerado un héroe. Tampoco que, a estas alturas, aparezcan miles de jóvenes que se proclaman herederos de sus espermatozoides.

Los abuelos tenemos razones para estar orgullosos de lo que hicimos. La Transición no fue perfecta pero conseguimos una democracia que sí ha empeorado no es culpa nuestra. A saber qué pasará en el futuro. Los descontentos y los que más protestan se proponen corregir nuestros errores y mejorar la vida de los pobres, empuñando una motosierra.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España