miércoles, 28 de enero de 2026

Autonomías muy suyas

Milio Mariño

Los ofendidos de profesión, los que se ofenden a diario cuando no están en el poder, han vuelto a poner el grito en el cielo por la propuesta de reforma del sistema de financiación autonómica. Alertan sobre un agravio comparativo con Cataluña y, aunque disimulan, su postura es la del viejo refrán: “Justicia quiero yo, pero en mi casa no”.

El reparto que propone el Gobierno tiene en cuenta la población real de cada territorio, ponderada por variables como el envejecimiento o el coste de los servicios públicos básicos. Todas las Autonomías salen beneficiadas. Para Asturias supondría que la financiación actual se vería incrementada en más de 248 millones. Pero sospecho que cualquier propuesta que viniera del Gobierno sería igualmente rechazada. Ahí reside el problema, que ya fuera este reparto o el más justo jamás establecido, contaría con las mismas críticas y el mismo rechazo.

Resolver la financiación autonómica lleva pendiente desde 2014 y puede seguir estándolo otros doce años porque poner de acuerdo a diecisiete Comunidades Autónomas más dos ciudades, también autónomas, es complicado. Sobre todo si en muchas de ellas gobiernan quienes nunca se tomaron en serio el Estado de las Autonomías y ahora están acompañados por los que apuestan por suprimirlas si llegan a gobernar. Para todos ellos, España es Madrid y el resto, simplemente, el extrarradio. Y ya no les cuento si hablamos de lo que consideran territorio comanche: Cataluña y Euskadi.

Antes de la dictadura, en tiempos de la Segunda República, solo tenían estatuto de autonomía Cataluña y Euskadi. Después, en la transición, se recurrió al café para todos, que sirvió para la creación del estado de las autonomías y fue una salida aceptable pero, probablemente, no la solución.  Faltaba un trecho por recorrer y entre el rebrote patrio, la insolidaridad, el afán por destruir al adversario y el odio ideológico, en vez de avanzar, hemos ido a peor.

Como era de esperar, el PP ha sido quien más ha levantado la voz calificando la propuesta de insolidaria y colocando al Gobierno y a Cataluña en el centro de la diana. Ahí los sitúan sin entrar a valorar los criterios de reparto ni, menos aún, el intento de limitar el dumping fiscal que practican los territorios que hacen rebajas fiscales para tener ventaja sobre el resto. Primero presumen de bajar los impuestos y luego piden al Estado que se lo compense.

Hasta el momento solo hay una propuesta, la del Gobierno. Ningún partido ha presentado una alternativa a la reforma de la financiación autonómica. El calendario para aprobar el modelo definitivo está previsto que dure varios meses en los que, a falta de propuestas, se sucederán las recetas demagógicas alejadas de la realidad. Más que defender lo suyo, habrá quien se dedique a cargar contra el vecino. Siempre hay quien prefiere quedar tuerto con tal de que el otro no vea. 

A falta de otras, la propuesta presentada debería servir para iniciar una negociación seria en la que se impliquen todas las Comunidades. El rechazo por sistema, las descalificaciones, el agravio comparativo o volver al eslogan España se rompe no resuelven nada. Solo eternizan el problema.

Que cada Autonomía vaya a lo suyo avala lo que oí decir a un escéptico cascarrabias, que el Estado español solo tiene en común la Liga de Fútbol, el Corte Inglés y la Guardia Civil.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 19 de enero de 2026

El peaje de enero

Milio Mariño

Enero exige pagar un peaje, por los viajes que le dimos a la tarjeta las pasadas navidades, que es tan injusto como el del Huerna. Es de vergüenza, pero acabamos pagándolo porque nos sentimos culpables de querer parecernos a los que tienen dinero para pasar unas navidades de lujo.

Lo curioso es que, aunque tengan dinero, no hacen como nosotros, no caen en la tentación del consumo. Se refugian en sus chalets de la sierra y en las estaciones de esquí, respiran aire puro y hacen deporte. Nosotros, en cambio, no hacemos ni dos flexiones, comemos lo que pone el colesterol por las nubes, bebemos lo que es malo para el hígado y los riñones y dilapidamos el saldo de la tarjeta comprando regalos de dudosa utilidad. Puede servir como ejemplo ese abrigo reversible, para el perro, que nos costó 90 euros y cuando el perro lo vio ladeó la cabeza y dijo con la mirada: al que se atreva a ponérmelo lo destrozo a dentelladas.

Enero se hace muy largo porqué, además de frio y desagradable, es vengativo. Exige que paguemos la osadía de intentar parecernos a los ricos. Asoma con una sonrisa pero, en cuanto acaban las fiestas, impone su crudeza y nos obliga a vivir cuesta arriba. Son las reglas del juego. Los ricos siempre se las arreglan para que parezca que merecen lo que tienen y para que nosotros acabemos convencidos de que merecemos lo que tenemos. Si hay protestas, y ven que peligra su inmunidad, fomentan cualquier conflicto para que nos peleemos y les dejemos en paz. Solo hay que fijarse en cómo nos han liado con el feminismo y la trampa de qué no persigue la igualdad sino la superioridad de la mujer sobre el hombre. Sembraron esa discordia y se divierten contemplando como nos peleamos.

Otro frente abierto, con el mismo objetivo, son los inmigrantes y la idea de que, por su culpa, vivimos peor y aumentaron nuestros problemas. Han conseguido que los acusemos de quitarnos el trabajo, beneficiarse de nuestros impuestos y delinquir sin que las autoridades hagan nada por evitarlo.

Estos falsos problemas ya están consolidados y dando sus frutos. Pero, no contentos con eso, han sembrado una nueva discordia que persigue el enfrentamiento entre los jóvenes y los viejos. Hace tiempo que lo intentan y estas navidades aprovecharon un libro de Analía Plaza en el que la autora dice: “Los jubilados españoles se están pegando la vida cañón”. Insinúa que los jubilados cobran lo que no les pertenece y son culpables de que los jóvenes no levanten cabeza. Una especie de nuevo capítulo de la  saga “Los juegos del Hambre” en el que se declara la guerra a los pensionistas sobre la base de que su felicidad impide que los jóvenes sean felices. La idea es que los viejos son un lastre y la propuesta que si no la palman pronto habrá que empujarlos para que el mundo gire más rápido.

Nos manejan como quieren. El peaje que pagamos en enero contribuye a universalizar la culpa y meterla en la conciencia de los que menos tienen para que no olviden que disponer de poco dinero, y gastarlo alegremente, conlleva la penitencia de vivir un mes a dos velas. En esas estamos. Estamos subiendo una cuesta que, cuando se acabe, dará paso a otra.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 12 de enero de 2026

Trump, rey de los unos

Milio Mariño

Hasta donde alcanzan mis recuerdos, siempre tuve inquietud por conocer el pasado. En mi niñez, cuando empezaba con los libros de historia, sentía curiosidad por saber algo más de lo que venía en el texto. Me pasó con Atila, rey de los hunos. En el libro simplemente lo mencionaban y el profesor, en vez de contarnos quien era aquel bárbaro que había puesto en jaque al Imperio Romano, comentó que tenía un caballo, Othar, que por donde pisaba no volvía a crecer la yerba. 

Estuve mucho tiempo intrigado, pensando cómo sería aquel caballo y cómo sería su dueño, a quien llamaban el azote de Dios en la tierra. Esa intriga, la curiosidad insatisfecha debió anidar en mi cerebro, esperando respuesta, y hace unos días, cuando supimos lo de Trump en Venezuela, lo primero que me vino a la cabeza fue Atila.

Llevaba sabe dios los años que no me acordaba del rey de los hunos. Así que debe ser cierto eso de que el cerebro reacciona para protegernos. Trump no viene de las estepas de Asia Central, viene de las entrañas del capitalismo, pero tiene todas las papeletas para convertirse en el nuevo Atila del Siglo XXI.

Merece más ser el nuevo Atila que el Nobel de la paz. Y no hace falta que insista, ya nos ha convencido de que carece de principios y que, además de bruto, desprecia la inteligencia y se comporta como un ser primitivo, vengativo y violento, que presume de estar al frente del mayor ejército del mundo.

 Los límites de Trump están en sí mismo, no en las leyes. De todas maneras, como prueba de que solo persigue la justicia, justifica sus acciones diciendo que invadirá lo que haga falta en defensa de sus compatriotas drogadictos, que no es que lo sean por que vivan en un país que produce esos problemas sino porque unos extranjeros malvados les suministran drogas.

Este Atila contemporáneo tiene a su favor que, cuando invade y se apodera de un territorio, no exige el pago de tributos en doncellas sino en de barriles de petróleo.

Por más vueltas que le demos es imposible encontrar una explicación de cómo una acémila con corbata ha llegado a ser la persona más poderosa del mundo. Pero todavía es más difícil explicar que un buen número de políticos y mandatarios de la muy civilizada Europa tengan más miedo que vergüenza y hagan malabarismos para disimular que no les llega la ropa al cuerpo. No son los únicos, también muchos periodistas y medios de comunicación hablan en voz baja para no molestar a la fiera.

El miedo es una emoción que tenemos que respetar. Pero, unos por devoción y otros por miedo, han hecho de Trump el rey.

Tampoco pretendo dármelas de valiente. Hace tiempo que soy abuelo y eso acojona un poco. No por qué la valentía disminuya con la dad sino porque los años van haciéndonos menos impulsivos y reconfiguran la energía hacia una evaluación de los riesgos con más sentido práctico.

Habrá quien no esté de acuerdo, pero estoy seguro de que muchos me darán la razón. Puestos a elegir, me quedo con Maduro. Siempre será preferible un autoritario pequeño que uno de la talla de Trump. La diferencia en cuanto al tamaño del miedo que ambos pueden infundir no admite discusión.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España 


lunes, 5 de enero de 2026

Este año puede ser peor

Milio Mariño

Mientras desayunaba, sentí el pellizco de esa neurona que nos espabila cuando  despertamos sin despertar del todo y caí en la cuenta de que enero no es el comienzo de nada. No hay un antes y un después de diciembre, hay un par de días de fiesta y vuelta a la rutina de siempre.

Menos mal que la neurona estuvo al quite porque un poco más y vuelvo con esos propósitos de año nuevo que, enseguida, abandono culpándome de que no los consigo por mi escasa fuerza de voluntad. Lo cual es cierto, pero también lo es que no depende, solo, de mí. Depende de la situación general, que está como está y habrá que rezar para que no empeore.

Rezando, es casi seguro que no se arregle. Y, sospecho que el arreglo sería peor sí hiciéramos caso a quienes piden elecciones y piden que los votemos. Una petición asombrosa por cuanto que quien la hace es un político sin liderazgo ni más proyecto que el entusiasmo por que prosperen algunas causas judiciales que viene utilizando para poder disparar con algo, a falta de munición propia. Circunstancia que lo ha convertido en una especie de cuñado catastrofista cuyas sentenciosas afirmaciones son desmentidas, una y otra vez, por la realidad de los hechos.

Así es como empieza 2026, igual que acabó 2025. Con la misma soberbia de quienes reclaman que el gobierno les pertenece porque cuando ellos no gobiernan todo va mal. Quítate tú que me pongo yo. Ninguna explicación de cómo piensan abordar el modelo territorial, las pensiones, la vivienda, el salario mínimo, la política económica… Nada. A lo más que llegan es a decir que bajarán los impuestos sin bajar el gasto público. Una milonga, copiada de Milei y de Trump, que se une a la sarta de mentiras, insultos y estupideces que repiten constantemente ante la falta de un proyecto creíble. 

Si hablamos de corrupción, que vuelve a estar en boca de todos, todavía es peor. Quienes prometen erradicarla y combatirla con dureza, son los que han tenido en sus filas más corruptos que nadie, han sido condenados por ello y se atreven a exigir honradez desde unos despachos que pagaron con dinero negro.

El panorama, ciertamente, no invita al optimismo. De hecho, mucha gente está convencida de que todo irá a peor. Una sospecha fundada porque, lo de ahora, no es que los privilegiados, que viven estupendamente, quieran que gobiernen los suyos, también los más desfavorecidos, los que cobran un subsidio o un salario que apenas les alcanza para sobrevivir, están deseando que llegue alguien que tire abajo los  logros del progresismo, sin que les importe como quedará el país y como quedarán ellos mismos. Su objetivo es vengarse de que la vida los trate como los trata y para esa tarea no piensan elegir a los que luchan por una sociedad más justa. Eligen a los que prometen expulsar a los inmigrantes, se oponen al feminismo, no creen en el cambio climático, desprecian todo lo público y apuestan por las corridas de toros como símbolo de nuestra cultura.

Predecir el futuro es complicado. El de España se presenta muy preocupante y Trump, en la Casa Blanca, tampoco tranquiliza mucho. Pero, ojala fuera una predicción. Lo grave es que ya está sucediendo y, en 2026, puede ser peor.


Milio Mariño / Artículo Opinión / Diario La Nueva España


martes, 30 de diciembre de 2025

Inocentadas

Milio Mariño

Enarbolando la premisa de que somos inocentes, mientras no se demuestre lo contrario, habíamos elegido una fecha, el 28 de diciembre, para celebrarlo. Ese día, aparcábamos la seriedad y nos prestábamos a gastar bromas en las que incluso colaboraban los medios de comunicación, con noticias falsas y sorprendentes, que provocaban reacciones divertidas y nos reafirmaban en la creencia de que somos la única especie capaz de reírse.

La citada fiesta no alcanzó a ser de las de guardar, pero había adquirido cierta notoriedad al tratarse de una costumbre cristiana que recuperamos con la democracia, pues durante la dictadura ser inocente se había puesto difícil y la risa escaseaba hasta el punto de que algunos historiadores afirman que Franco solo se rió una vez: cuando Eisenhower visitó España. Así que había ganas de celebrar nuestra inocencia y reírnos a carcajadas porque la risa es barata y denota felicidad. Pero la celebración fue decayendo a medida que empezamos a tener constancia de que no se respetaba el 28 de diciembre.

Hay dudas sobre cuando comenzó la deriva, pero es probable que fuera a partir de marzo de 2004, con ocasión de las bombas en los trenes. A partir de entonces, las inocentadas y los bulos empezaron a difundirse sin que importara la fecha ni la época del año. Cualquier día era válido. Un día nos sorprendimos con que la Comisión Europea había decidido que la energía nuclear era una energía verde. Otro con que el Tribunal Constitucional había evitado pronunciarse sobre un recurso de amparo a propósito de una sentencia del Tribunal Superior de Baleares que consideraba que no era delito, y por tanto podía considerarse legal, saldar una deuda económica practicando sexo oral. Y, así, las inocentadas fueron dejando de ser excepción y empezaron a normalizarse de modo que hasta los jueces del Supremo se apuntaron a la fiesta y dijeron que les había resultado imposible identificar quien era M. Rajoy.

Entre las falsas inocentadas podríamos incluir, pero se salva por lo que tiene de original, la decisión de un juez que, ante la denuncia de un vecino por tener que soportar música rap a todo volumen, hasta altas horas de la madrugada, condenó al infractor a una multa de trescientos euros con la reserva de que podía reducirla si ponía música de Beethoven.

Por distintas razones, algunas inconfesables, se fue perdiendo la costumbre de respetar el 28 de diciembre y las inocentadas empezaron a proliferar de forma alarmante. Un error garrafal ya que, por ejemplo, a los jueces del Supremo no les hubiera costado nada sujetarse unos días y en vez de publicar la condena del Fiscal General el 20 de noviembre hacerlo un mes más tarde. Con un simple cambio de fecha hubieran evitado las críticas y la sospecha de lawfare. Habríamos tomado el fallo por una inocentada y todos contentos. 

La situación es preocupante, de ahí que mucha gente reclame que se acometan mejoras para fortalecer y salvaguardar nuestra democracia. Mejoras como, por ejemplo, una ley que prohíba las inocentadas en otras fechas que no sean el 28 de diciembre y contemple fuertes sanciones, incluso la cárcel, cuando los infractores provengan de la política, la judicatura o los medios de comunicación.

Una ley así hace falta. Supondría el triunfo de la razón sobre el actual y dañino desbarajuste.  

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 22 de diciembre de 2025

Mentiras de Nochebuena

Milio Mariño

Soy de los que no tienen fe. No, no la tengo, pero les aseguro que se puede no tener fe y, sin embargo, creer en la Navidad. En esa burbuja emocional que, aunque esté ligada a un origen religioso, va más allá. Alcanza para que un agnóstico, al menos una vez al año y por estas fechas, desee salud y suerte, felicite a todo el mundo y, de paso, se felicite a sí mismo.

Es lo que hago y pienso seguir así. Estoy convencido de que la Navidad nos gusta a casi todos por más que sea un dilema todavía por resolver. Las calles iluminadas, la música por todas partes, los escaparates a rebosar y la gente comprando como si no hubiera un mañana, contagian un optimismo del que es difícil sustraerse. Poniéndonos en lo peor, incluso si llegáramos a la conclusión de que la Navidad es una farsa y todo está urdido para fomentar el consumo, puede servirnos para pasar buenos ratos y disfrutar con la familia.

Ya imagino que, al oír familia, a más de uno le saltaría la alarma y reaccionaría advirtiendo que ese disfrute hay que ponerlo entre comillas porque en la mesa de nochebuena se dirán muchas mentiras y las habrá de todos los colores. Piadosas, para evitar posibles disgustos y no arruinar la fiesta, estratégicas, por razones egoístas, y también algunas de supervivencia para protegernos de quienes se violentarían si conocieran la verdad.

Cuento con ello. No me importa que los detractores de la Navidad y las cenas familiares saquen pecho y aludan a que, en definitiva, lo que mantendría unida a la familia, en la cena de nochebuena, serían las mentiras. Bueno ¿Y qué? Si necesitamos mentir para protegernos o proteger al resto, convivir pacíficamente, ser amables y no romper la ilusión de los demás, se miente y ya está. Las mentiras solo son malas cuando están directamente asociadas con las malas intenciones.

 

La verdad goza de mucho prestigio, pero es cruel y despiadada y sería insoportable que nos la estuvieran restregando, todo el tiempo, por los morros. La mentira, en cambio, aunque tiene peor fama, sí está motivada por el deseo de no hacer daño, sirve para ennoblecer la vida. Así que ya sentados a la mesa y dispuestos para cenar, no es mala idea mentir para desarmar a los aguafiestas que no soportan la alegría de los demás.

La mentira es defendible frente a quienes presumen de cantar las verdades al lucero del alba y eligen la cena de nochebuena como auditorio. Habría que verlos diciéndoles las verdades a sus jefes, a su pareja, a sus amigos o, incluso, a ellos mismos. Es probable que, en otros ámbitos, sean menos valientes.

Varios estudios coindicen en que, como mínimo, mentimos entre diez y veinte veces al día. Todos, nadie se salva. Lo que hay que tener en cuenta es por qué se hace. San Agustín decía que la mentira no depende de la verdad, sino de la intención, de modo que si no hay intención no hay mentira.

Tampoco es cuestión de buscar excusas. El mismo argumento que utilizamos para mentirles a los niños, con Papa Noel y los Reyes Magos, es válido para evitar la catástrofe y que la cena de nochebuena sea un éxito. Las mentiras son necesarias cuando la verdad solo sirve para hacer daño.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 15 de diciembre de 2025

Cuento que viene a cuenta

Milio Mariño

Por el sofá del salón y la mesa de la esquina había desparramados varios catálogos de juguetes y regalos que me hicieron reflexionar sobre el niño que fui y el abuelo que soy. Una reflexión casi imposible porque el mundo ha cambiado tanto que es como si hubieran transcurrido cien generaciones. Solo hay que ver lo que ocurre con los niños: ya no les preguntamos qué piden a los Reyes, les damos un catálogo y les decimos que elijan. Pueden pedir lo que quieran.

Me refiero a personas como nosotros, nada de gente rica. En cualquier caso, les prevengo de qué no voy a contarles la historia de un niño de familia pobre que apenas tuvo regalos y ahora, que es abuelo y puede, regala a manos llenas.

No va por ahí la cosa. La historia es diferente. Mis padres tenían lo justo, pero nunca me consideré pobre y humilde tampoco. No lo digo como excusa, asumo las consecuencias. Hubo quien dijo que si hubiera sido más disciplinado hubiera llegado más alto. Sospecho que quien lo dijo confundía la disciplina con la obediencia. Virtud de la que también fui privado, supongo que por el diablo. A él le debo que obedecer me resultara difícil mientras que para otros no suponía ningún esfuerzo. Recuerdo que oía con insistencia: cuando crezcas y seas mayor harás lo que te apetezca, pero ahora obedeces y haces lo que te manden.

Aquella promesa mitigaba, en parte, las frustraciones. No sabía que me estaban engañando y que, cuando fuera mayor, tendría menos posibilidades de hacer lo que quisiera. Posiblemente no fuera su intención pero, sin saberlo, estaban enseñándome a gestionar el malestar que supone no conseguir lo que quieres.

Entonces no había catálogos de regalos y juguetes. Recibías uno o dos en Reyes y, con suerte, otro en el cumpleaños. Entre medias, los domingos te daban una pequeña “paga” y aprendías a priorizar el gasto y hasta planificabas algún ahorro. Era una época en la que llamar por teléfono había que hacerlo solo para avisar de algo, dejar encendida la luz del baño o del pasillo suponía una reprimenda, hacer fotos estaba reservado para los días especiales porque salían muy caras… Todo estaba limitado. Quisieras, o no, aprendías a sujetarte. Y, cuando te sujetabas, surgían esas pequeñas frustraciones que te iban preparando para lo que te esperaba cuando fueras adulto.

Esto que comento pertenece a un pasado reciente que parece remoto. Ahora, los niños de nuestro entorno no distinguen entre lo que se puede y no se puede. No distinguen entre la vida real y la virtual. Se han quedado sin límites. Tienen muchos aparatos para entretenerse y muchos amigos virtuales, pero se aburren y están más solos que nunca. Juegan poco al aire libre y cada vez menos libremente.

También los abuelos hemos cambiado, no nos parecemos en nada a los de nuestra infancia. Igual es que ya empiezo a chochear, pero creo que nuestro cambio ha sido positivo, a la inversa que el de los niños. Ahora somos más activos y vitales, salimos más a la calle y hacemos travesuras. Si quieren que les diga la última, cogí los catálogos y los tiré a la basura. No me arrepiento. Cuando tiré la bolsa, el contendor se cerró como quien guiña un ojo y agradecí que fuera mí cómplice.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 8 de diciembre de 2025

La Inmaculada y algunos pecados

Milio Mariño

Hace tiempo que albergo la duda sobre si la cercanía de estos dos días festivos, el sábado la Constitución y hoy, lunes, la Inmaculada, se debe a una coincidencia o a que alguien tuvo la idea de ponerlos juntos porque ambos se necesitan. Para entender esta duda habría que remontarse a 1978, cuando el franquismo se resistía a la democracia y la Inmaculada no solo era la madre de Cristo, también era la madre de España, un país elegido por Dios para una misión histórica.

Ni más ni menos. Estuvieron cuarenta años con esa matraca. Insistían en lo que había dicho el Conde-Duque de Olivares: “Dios es español y está de parte de nuestra nación”. España era el pueblo elegido y la envidia de todo el mundo. Así que, influido por la historia que nos habían contado en el bachillerato y por aquel eslogan, que se hizo muy famoso, Spain is different, llegué a creer que los españoles éramos diferentes de verdad. Luego, cuando empecé a viajar por Europa, ya fui desterrando esa idea. No había tal diferencia, nosotros teníamos nuestras cosas y ellos tenían las suyas. En cualquier caso, la diferencia no estaba en las personas, estaba en nuestro retraso social, tecnológico y económico. Trabajábamos más, cobrábamos menos y teníamos peores servicios públicos. Aunque, eso sí, aparentábamos estar siempre contentos y disfrutábamos de la vida más y mejor que ellos.  

Seguimos muy parecido. Dinamarca, Noruega y Finlandia siguen al frente de la clasificación europea y España, a pesar de que no se parece en nada a la de 1978, sigue sin figurar en el ranking de los primeros. Hemos mejorado mucho, pero no lo suficiente. Y, lo peor de todo, es que esa mejora, de la que algunos nos sentimos orgullosos, hay quien dice que solo ha servido para que degeneremos hacia un país irreconocible que ha desvirtuado la esencia de lo genuinamente español.

Al parecer, hemos pecado de progresistas. Por eso hay políticos que proponen devolvernos al buen camino y recuperar la verdadera España. Esa España que en vez de parecerse a Europa se parezca a la de los toros, el señorito y la Guardia Civil con tricornio. Es decir, al Spain is different.

Menudo chasco. Tantos años luchando para que España no fuera diferente, fuera normal, y resulta que lo normal era volver al pasado. Una propuesta poco novedosa y nada solidaria que, mal que nos pese, está ganando  adeptos. Cada vez hay más jóvenes que añoran la juventud de sus abuelos. Desconocen cómo fueron aquellos años pero no les importa, se refieren al pasado con una alegría que confirma su ignorancia. Manifiestan su rebeldía presumiendo de ser anti-igualitarios, anti-progresistas, anti-feministas, anti-científicos, anti-ecologistas, anti-emigración y todos los anti que podamos imaginar. Según las últimas encuestas  el 42% de los jóvenes de la Generación Z y, sobre todo, los millennials consideran que las dictaduras son una buena manera de gobernar.

El sábado, en el 47 cumpleaños de la Constitución, quienes la defienden y defienden el progreso dijeron que es del todo increíble que podamos volver al pasado. Se olvidaron de que también resulta increíble que hace 2025 años a una mujer le introdujeran unos espermatozoides por lamparoscopia y tuvo un hijo que fue Dios en persona. Y eso, precisamente, es lo que hoy celebramos.


Milio Mariño / Artículo de Opinión

lunes, 1 de diciembre de 2025

La justicia buena es la poética

Milio Mariño

Debido a mi enfermiza afición por la lectura estoy muy acostumbrado a la justicia poética, que es la que rige en las novelas y supone que, al final, los buenos  siempre son recompensados y los malos reciben el castigo que merecen. Hablo de una justicia que no se aplica de acuerdo con la legislación vigente ni es administrada por los jueces, interviene de oficio y sentencia que la vida, por medio de una casualidad o algo inesperado, devuelve la jugada y hace que el culpable pague por lo que hizo.

Me gusta esta justicia; es más justa que la otra. Si me piden algún ejemplo ahí va uno. Cazar elefantes es legal, pero no parece que sea honesto que alguien los mate solo por divertirse. Pues bien, recordarán que, hace unos años, el Rey Juan Carlos mató un elefante en Botsuana. Lo hizo de forma legal, sin infringir ninguna ley, pero en aquella cacería se fracturó la cadera por tres sitios y tuvo que ser evacuado de urgencia a España. Mala suerte dijeron algunos.

Puede ser, pero sospecho que intervino la justicia poética. Y si entramos a valorar el resultado, en relación con los objetivos que persigue la justicia ordinaria, que son el arrepentimiento y la reinserción social, el éxito fue rotundo. Poco después el Rey se dirigió a los españoles y dijo: Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir.  

La justicia poética propicia el buen rollo. Claro que también es verdad que, a la justicia ordinaria, le toca bregar con asuntos que se las traen. Resulta difícil impartir justicia en una sociedad tan polarizada como la nuestra. Ahora mismo no se habla de otra cosa que de la condena al Fiscal General. Los de un lado opinan que se hizo justicia y los del otro dicen que ha sido poco menos que un golpe de estado.

En la vida real, a diferencia de lo que pasa en las novelas y en las películas, no siempre se hace efectiva la verdadera justicia. Así que no es de extrañar que la gente de a pie piense que los poderosos hacen lo que les viene en gana y gozan de impunidad. Al final, los malos se van de rositas. Menos en las novelas y en el cine, donde interviene la justicia poética y el criminal nunca gana.

El tribalismo al que hemos llegado se aprovecha de que la justicia no es una ciencia, es interpretativa y está demasiado enredada con leyes, procedimientos, corporativismo y posturas preconcebidas que son un obstáculo para que se haga justicia como está mandado. Como hace ese juez que llevamos en el cerebro y apela a la justicia poética. Que es la que nos gusta y la que propicia finales bonitos: un timador que es víctima de un timo, un cazador de elefantes que sale malparado, un ladrón que en su huida choca contra un árbol… Desgracias que no deberían hacernos felices pero que, en nuestro fuero interno, hacen justicia.

El caso del Fiscal General ya no tiene vuelta de hoja, pero si, por casualidad, esta Nochebuena, a los Jueces del Supremo se les quemara el pavo en el horno y tuvieran que cenar el pienso de sus mascotas, más de uno se alegraría y diría que, al final, se hizo justicia. Una perrería por otra.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


 


lunes, 24 de noviembre de 2025

De veinte a veinte van cincuenta

Milio Mariño

El jueves pasado se cumplieron cincuenta años de una de esas fechas que nunca se olvidan. Siempre recordaré el día que en la pantalla del televisor apareció un señor de orejas tremendas y ojos de cocodrilo y, entre suspiros y ataques de hipo, dijo: ¡Españoles, Franco ha muerto!  

No lo celebré. No hubo champán ni sidra El Gaitero, nada. Tampoco dije que en paz descanse porque no lo merecía. En vez de sentir alegría sentí mucho alivio. Tenía veinte y pocos años y casi me habían hecho creer que Franco era inmortal. Oía al equipo médico, que iba detallando los pasos de la agonía y el paso definitivo nunca llegaba. Franco permanecía entubado y conectado a un sinfín de aparatos, pero habían puesto a su lado el brazo incorrupto de Santa Teresa, el manto de la Virgen del Pilar y otras reliquias. Contaba con tantas ayudas que nos tenía en un sin vivir. Y, como aquel veinte de noviembre era jueves y hacía poco que había visto la película de Berlanga “Los jueves milagro” llegué a pensar que lo mismo resucitaba y todo seguía igual.

Al final, no hubo milagro. El dictador acabó muriendo el 20 de noviembre de 1975 y las detenciones, las torturas y los asesinatos no murieron con él. Duraron unos años más. Así que quienes envuelven la Transición con un halo mágico de consenso y buen rollo, mienten o no la han vivido. El tránsito hacia la democracia fue duro y muy difícil, los franquistas no cedieron así como así. Lo sabemos quiénes estuvimos involucrados y sufrimos las consecuencias, que no crean que éramos muchos, éramos menos de los que ahora presumen de un mérito que no tienen. Y ya no les cuento los que se apuntan a reescribir la historia y dicen que pudimos ser más valientes, ir más allá y hacerlo mejor.

Por supuesto. La Transición estuvo abierta a distintos caminos, pero juzgar ahora lo que sucedió entonces supone jugar con ventaja y dulcificar una historia que algunos recordamos muy bien. El paso de la dictadura a la democracia, con la oposición del ejército, la Guardia Civil y los ultras, no fue un camino de rosas. Hicimos lo que supimos y lo que pudimos hacer. Éramos jóvenes y muy optimistas. Creíamos que conseguiríamos un régimen de libertades y sería un logro sin precedentes. Nunca imaginamos que, cincuenta años después, se cuestionaría aquella conquista. Y menos aún que muchos jóvenes justificarían la dictadura, reivindicarían el machismo y se proclamarían admiradores de un dictador que era bajito, hablaba con voz de pito y no tenía un par de lo que, según ellos, un hombre debe tener.

Como lo oyen. Franco era monórquido, solo tenía un testículo, el otro lo había perdido en los alrededores de Ceuta, en un refriega contra los moros. Pero ni la mutilación varonil ni su voz aflautada impidieron que fuera considerado un héroe. Tampoco que, a estas alturas, aparezcan miles de jóvenes que se proclaman herederos de sus espermatozoides.

Los abuelos tenemos razones para estar orgullosos de lo que hicimos. La Transición no fue perfecta pero conseguimos una democracia que sí ha empeorado no es culpa nuestra. A saber qué pasará en el futuro. Los descontentos y los que más protestan se proponen corregir nuestros errores y mejorar la vida de los pobres, empuñando una motosierra.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 17 de noviembre de 2025

Cosas de la edad

Milio Mariño

Allá por agosto supimos que había fallecido María Branyas, a los 117 años, y el pasado lunes falleció Angelina Torres que, con 112, debía ser la siguiente en el escalafón centenario. Las dos se fueron sin hacer ruido y agradecidas por haber arrancado tantas hojas del calendario, pues vivir más de un siglo es un privilegio que pocos alcanzan. La edad es otra cosa, es un número que nos acompaña pero no define la esencia de nuestro espíritu. Podemos tener cien años y sentirnos jóvenes. De hecho, llega un momento en que no nos reconocemos en la edad que tenemos. La edad real es inamovible, pero la edad subjetiva, percibirnos más jóvenes, es algo que está a nuestro alcance y nos ayuda a ser más felices. 

Pensando en las dos ancianas, y en el empeño actual por eludir la vejez, recordé la historia de un holandés que registró en los tribunales una petición para que le quitaran veinte años y su DNI reflejara 49 en lugar de los 69 que tenía entonces.  

Sucedió hace tiempo y fue un caso muy comentado. Sobre todo cuando se supo que la respuesta de sus señorías había sido negativa. Los jueces dijeron que no habían encontrado argumentos legales para autorizar que el demandante pudiera cambiar por voluntad propia la fecha de su nacimiento.

Emile Ratelband, que así se llamaba quien quería rejuvenecer con todas las de la ley, no estuvo de acuerdo. Argumentó que si se autoriza a los transexuales a cambiar de género y que conste en su DNI, por qué, él, no podía cambiar su edad. Además, para reforzar su petición había adjuntado un certificado médico en el que se aseguraba que, fisiológicamente, tenía 45 años. Y no solo eso, también se comprometía a que si le cambiaban la partida de nacimiento estaba dispuesto a renunciar a su pensión y seguir trabajando hasta que, de nuevo, le llegara la edad de jubilarse.

No cabe duda de que era holandés. A un español jamás se le hubiera ocurrido renunciar a su pensión. Ni a cambio de veinte años ni de nada. Pero, lo sorprendente del caso es que decía que no era el miedo a envejecer lo que le había llevado a plantear la reclamación sino el deseo de exprimir su vida al máximo.

Parece difícil que la vida se pueda exprimir cambiando la fecha de nacimiento. De todas maneras, es de agradecer que se decantara por lo legal y no por soltarnos una retahíla de consejos para parecer veinte años más jóvenes. En estos tiempos, casi todos nos negamos a envejecer. No quiero imaginar la que podría liarse si los que tienen 69 años reclamaran tener 49 y los jueces les dieran la razón. Si así fuera, María y Angelina no hubieran llegado a centenarias.

Cuentan que la clave, para que no accedieran a la petición de Emile Ratelband, estuvo en una pregunta que le hizo el Juez. Dígame: ¿Dónde quedan esos 20 años que usted quiere quitarse? La respuesta era difícil. El juez podía quitarle veinte años en el DNI, pero él nunca podría quitárselos de encima. Mejor que reclamar en un juzgado hubiera sido que siguiera el ejemplo de José Saramago quien, en cierta ocasión, dijo a un periodista: Se equivoca, no tengo la edad que usted dice, tengo la que yo quiero.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 10 de noviembre de 2025

Mazón, un relato de ficción

Milio Mariño

¡¡ Papel !! Gritó Mazón a un ujier que dormitaba en un banco a la puerta de su despacho. Y, cuando el ujier lo trajo, salió corriendo, derrapó en la esquina del pasillo y entró en el baño. Una vez allí, cerró la puerta, echó el pestillo y, con el pantalón abajo, el calzoncillo por los tobillos y la mandíbula desencajada, dijo: No puedo más. Llevaba un año aguantando un embrollo que se le había atravesado en el tránsito del intestino al cerebro y las entrañas le echaban fuego provocándole un sudor frio que delataba su sufrimiento. Así que decidió abandonarse al único placer que, sin incurrir en pecado, le es permitido a un cristiano y puso fin al suplicio.

Cuando terminó, sintió que se le despejaba la mente y se aclaraban sus ideas. El calvario había acabado. Lo siguiente era hacer lo que procede en estos casos. Y eso hizo. Con manos temblorosas cogió el rollo y trató de limpiarse de modo que no quedara ni rastro de aquella inmundicia que, por fin, se había quitado de encima. Casi lo había conseguido pero, cuando estaba acabando, le vino una náusea y estuvo a punto de vomitar. El olor era insoportable. Trató de evitarlo agitando con fuerza los brazos y moviéndolos por encima de su cabeza, a fin de crear una corriente de aire que dispersara aquel pestazo. No sirvió de nada. A pesar de sus esfuerzos el mal olor lo envolvía formando una especie de halo y persistía en el ambiente hasta el punto de que, cuando salió a dar una rueda de prensa, el olor salió con él y algunos de los presentes hicieron ostensibles gestos de asco, al tiempo que mascullaban varias palabras alusivas a su madre.

Esto que acaban de leer, acabo de inventarlo. Es pura ficción. Hay pocas posibilidades, por no decir ninguna, de que Mazón hiciera algo parecido. No sabemos qué hizo la tarde de la Dana ni tampoco el día que anunció su dimisión, pero dado que se oye, como un clamor, que la realidad supera a la ficción, quienes escribimos tenemos que arreglárnoslas como podamos si queremos escribir de este asunto. Ya me dirán qué hacemos con unos sucesos reales que no parecen reales. Habrá que contarlos de alguna forma que les dé verosimilitud. Habrá que seguir el consejo del narrador y poeta José María Merino, quien decía que la ficción es el mejor medio para desvelar la realidad.

La ficción es necesaria para convencernos de que las cosas pueden ser distintas de como son. No es un refugio frente a la verdad, es el espacio donde la verdad se vuelve más soportable. Permite entender cosas que, de otra forma, resultarían incomprensibles. Llena los silencios de quienes se empeñan en reescribir lo sucedido con la desfachatez de presentarse como víctimas de una tragedia a la que ellos mismos contribuyeron con su pasividad.

La dimisión de Carlos Mazón fue un vergonzoso ejercicio de auto justificación y cinismo que sustituyó la verdad por bulos que ya habían sido desmontados con certezas incontestables y autos judiciales. Mazón se despidió mintiendo. Y, puestos a mentir, podía haber recurrido a una ficción como la que encabeza este artículo. Después de todo, es creíble. No es inverosímil ni descabellada. Es lo que suele ocurrirle a cualquiera que esté de mierda hasta el cuello


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España 


lunes, 3 de noviembre de 2025

Noviembre de aniversario

Milio Mariño

Aunque hagamos esfuerzos por vivir el presente, el pasado siempre se impone al olvido. Permanece dentro de nosotros y regresa, unas veces a su antojo y otras cuando lo convocamos. Noviembre es buena fecha. Es un mes romántico que empieza con el recuerdo de nuestros difuntos y acaba con el aniversario de una muerte que abrió las puertas a la democracia.

Hace cincuenta años, noviembre se estrenaba con las familias camino del cementerio, pero ahora tienen que organizarse para seguir cumpliendo con la visita y las flores y llevar al niño a la Fiesta de Halloween, disfrazado con lo más aterrador que hayan encontrado en los bazares chinos.

Los tiempos cambian. Ahora, los jóvenes y los más pequeños disfrutan con lo macabro, el miedo y el terror. Algunos adultos también, pero menos. Los viejos, en cambio, detestan estos festejos. En su infancia, el miedo siempre estuvo presente y todo el año era Halloween. Durante la dictadura, la sumisión era obligatoria y ejercía su dominio acompañada por los castigos, el clasismo, la insistencia en que la guerra la habían ganado los buenos y el clima asfixiante de una sociedad amordazada que desconocía la democracia y lo que significaban los derechos y las libertades. Así vivieron toda su etapa infantil y no les quedaron ganas de hacer bromas con el miedo.

Nunca más, dicen cuando les recuerdan aquellos años. Y en esas estaban, sin prestarle mucha atención al cincuenta aniversario de la muerte de Franco, cuando el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), publicó un estudio según el cual el 19% de los españoles, de entre 18 y 24 años, cree que aquellos fueron unos años buenos o muy buenos y que, durante la dictadura, se vivía mejor.

Tezanos siempre tan oportuno. Llevo toda la vida escuchando qué quien no conoce el pasado está condenado a repetirlo y va resultar que es verdad. Quienes creen que aquellos años fueron buenos o muy buenos es evidente que desconocen cómo fueron. Y, por supuesto, son culpables de su ignorancia, pero más culpa tenemos nosotros. Los hemos educado de forma que ni en los colegios ni en los institutos se ha querido hablar del franquismo; con lo cual ni los chavales de 18 años ni los que ahora tienen 50 saben nada sobre Franco y la dictadura. Creen que aquello fue jauja y se apoyan en lo que decimos: Que, a su edad, vivíamos mejor.

A pesar de todo, tal vez sea una ingenuidad considerar que el ascenso del fascismo y la ultraderecha son fruto del desconocimiento. Si funcionara la máquina del tiempo y los jóvenes pudieran viajar a la dictadura, no está claro que  regresaran pensando distinto. Ser rebelde, en estos tiempos, es ser fascista o de ultraderecha. Hace poco, entrevistaron a un chaval en televisión y dijo: “Lo que necesitamos es un Presidente autoritario que actúe con mano dura y acabe con esta mierda”.  

No hace falta ser un atleta mental para deducir que se refiere a la democracia. Hasta, como quien dice, ayer más allá de la posición ideológica de cada uno, prácticamente, todos defendíamos con orgullo el régimen democrático. Algunos seguimos defendiéndolo, pero somos ya muy mayores para salir a la calle y pelear, otra vez, como hace cincuenta años. Sería ridículo. Sería como esa gilipollez de demostrar que no somos un robot seleccionando tres fotos absurdas.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 27 de octubre de 2025

El robo de París

Milio Mariño

Nunca se había robado tanto y de tantas maneras distintas como en estos últimos años. Es exagerado. No supone motivo de alarma porque los ladrones han mutado en magos circenses que con una mano distraen al público y con la otra le roban la cartera. Han conseguido incluso que en vez de llamarlos ladrones los llamemos corruptos. Y la diferencia no estriba en que la palabra suponga menos rechazo social. Eso no les importa, lo que les importa es el trullo. Los corruptos cumplen menos años de cárcel.

Insisto: Se roba muchísimo. Y, para mayor desgracia, apenas quedan ladrones como los de antes. Ya no hay ladrones como aquellos de las novelas y las películas, que eran muy ingeniosos y tenían unos principios morales que respetaban a rajatabla. Solo robaban a los ricos y no hacían daño a nadie. No usaban la violencia ni las armas. Así que no pude por menos que acordarme de ellos cuando leí la noticia del robo en el Museo del Louvre de París.

También leí muchas opiniones, pero la mayoría evitaban decir la verdad. Menuda obra de arte saquear las vitrinas de la Galería Apolo un domingo por la mañana, sin tocarle un pelo a nadie, y llevarse nueve piezas de las Joyas de la Corona. Una diadema de oro y diamantes; un collar de 8 zafiros y 631 diamantes; unos pendientes también de zafiros; un collar de esmeraldas; un par de pendientes a juego; un broche de piedras preciosas llamado relicario; una diadema con 212 perlas y 2.000 diamantes y un broche representando un gran lazo de diamantes rosa.

El Ministro del Interior francés, Laurent Núñez, convocó una rueda de prensa y dijo que el valor de lo robado era incalculable. Pero luego aparecieron los tasadores y dijeron que suponía 88 millones de euros. Poco me parece.

Dándole vueltas al robo tropecé con una frase que no acabo de acordarme de quién es: “Ya que vas a robar, roba bien”. Descarto que fuera El Lute y El Dioni pienso que tampoco. No es igual robar gallinas que las Joyas de la Corona. Las gallinas se roban fácil pero, para compensar esa facilidad, a modo de disuasión, suponen más años de cárcel. De todas maneras, robar para comer tiene nombre, se llama hurto famélico. Sí se roba por extrema necesidad, para evitar morir de hambre, siempre que el importe sea menor de 400 euros, solo entraña una pequeña multa o un mes de cárcel. Una excepción absurda porque quien se está muriendo de hambre no creo que tenga fuerzas para robar.

Los ladrones de París robaron para comer y para una espléndida sobremesa de café, copa y puro. Robaron unas joyas que si preguntáramos por su origen entraríamos en un terreno muy peligroso. Su historia se remonta varios siglos atrás y combina expolios, intrigas, asesinatos…   El diamante de mayor tamaño, 426 quilates, proviene de la India y daría para una novela. Así que vale más no hurgar en la herida porque lo mismo acabamos invocando el refrán: El que roba a un ladrón…  Y tampoco es eso. Cualquier robo, el  que sea, merece ser condenado. 

La parte positiva es que en España sería imposible ese robo. No por mérito de la policía, sino porque no tenemos joyas de la corona. La joya más importante está en Abu Dabi. 


Milio Mariño / Articulo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 20 de octubre de 2025

Guerras, animales y personas

Milio Mariño


Cuando el pasado 12 de octubre, en el desfile de la Fiesta Nacional, vi que habían sustituido a la cabra de la Legión por un borrego, que fue igualmente muy aplaudido, tuve la sensación de que el animal no disfrutaba con los aplausos y hubiera preferido que lo dejaran tranquilo y no lo metieran en aquel lío.

Los animales son pacifistas, no les gusta mezclarse con los ejércitos ni entienden que haya guerras. Lo cual no impide que puedan acabar siendo víctimas igual que nosotros. El otro día leí en un periódico que los rusos habían atacado, con drones, una granja en Ucrania, en la región de Járkov, y habían causado la muerte de 13.600 cerdos. Una masacre.

 Si las guerras resultan incomprensibles para nosotros, imaginen para los animales. Los animales no saben que el mundo se divide en países. Ni siquiera el toro bravo sabe que es español. Embiste aquí como embestiría en Pekín si hubiera toreros chinos desafiándolo en un ruedo. Lo suyo, como lo de cualquier animal, no es atacar, es defenderse. De modo que los animales no necesitan ninguna justificación. Todo lo contrario que nosotros, que cometemos atrocidades y luego hacemos lo indecible por justificarlas.

Miguel Gila, que era muy observador, decía que cuando hay una guerra matas a cualquiera y nadie te pregunta. Está justificado que mueran miles de personas. Por eso, muchos de los que se tienen por gente decente, incluido Felipe González, justifican que Israel mate a mujeres, ancianos y niños para que los terroristas reflexionen y piensen que siempre puede haber alguien más bestia.

 Puestas así las cosas ya me dirán que argumentos tenemos para reprocharles a los rusos que hayan matado 13.600 cerdos o destruyeran la gigantesca granja de Chornobaivka, donde había cuatro millones de gallinas que murieron de hambre y sed porque los rusos bloquearon el suministro de pienso y agua. Otro tanto sucede con las cabras, gallinas, ovejas y camellos que han muerto en Gaza por los bombardeos y porque también están pasando hambre igual, o más, que las personas. Hay una foto en la que aparecen unos niños palestinos y un burro comiendo, todos, del mismo cuenco. Seguro que a Netanyahu le parecerá simpática.

Desde que comenzó la guerra, según las estimaciones de la ONU, en Gaza han muerto 60.000 ovejas y 10.000 cabras. No hay registro de las gallinas, los burros y los camellos. Otros animales como los perros también han sufrido bajas, no se han librado, pero son los que mejor lo llevan. Son los únicos que no están flacos porque, al parecer, se alimentan de los cadáveres que encuentran abandonados en las calles.

Analizando las cifras de animales y seres humanos que han muerto en Gaza sorprende que sean muy parecidas. Tal es así que el ministro de Defensa israelí Yoav Gallant y el Secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, no hacen distinciones. Los dos han dicho, públicamente, que los palestinos son animales. Les quitan la condición de humanos para justificar que tienen derecho a matarlos.

Sería absurdo negar que las personas no somos animales. Lo somos, además la diferencia entre ellos y nosotros no estriba en el destino, pues unos y otros morimos por igual. Lo que nos hace diferentes es la inteligencia. A los animales nunca se les ocurriría desfilar detrás de un borrego.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

 


lunes, 6 de octubre de 2025

Luna llena de otoño

Milio Mariño

Mañana martes, siete de octubre, podremos disfrutar de la primera Luna llena de otoño, que es la más grande del año y añade un toque mágico a una estación que favorece las leyendas y las historias de los abuelos. Será todo un espectáculo si tenemos en cuenta que la Luna siempre ha sido fuente de fascinación y misterio, incluida su enigmática cara oculta, que fue inmortalizada por Pink Floyd en un disco que es música para los sentidos y bálsamo para el cerebro.

Viene de muy antiguo que asociemos los plenilunios a poderes mágicos y misteriosos que pueden ir desde que un hombre se convierta en lobo a propiciar que cambiemos de humor o que el pelo nos crezca más rápido. Nuestros parientes, los gorilas, celebran la luna llena bailando y los lobos aúllan al cielo, aunque hay quien dice que lo que hacen es rezar y pedir por la conservación de su especie. También las plantas se dejan influenciar por la Luna, así como los árboles, el agua de los océanos y sus inquilinos los peces.

La Luna es como una ternura flexible que lo envuelve todo. Y esta primera de otoño, que viene vestida de ocre y es la más grande y brillante, llegará, como siempre,  para favorecer nuestros sueños. Seguro que lo consigue, pero tiene difícil convencer a esa legión de científicos que, últimamente, parecen empeñados en corregir las enseñanzas de nuestros ancestros y aseguran que la Luna no nos influye en absoluto, que solo se trata de mitos y falsas creencias que han venido transmitiéndose a través de los siglos. Los hay que afirman, incluso, que subiendo una escalera experimentamos más cambios gravitacionales de los que puede ejercer la Luna sobre nosotros.

No me lo creo. Tampoco entiendo a qué viene esa campaña de desprestigio. Parece como si la Luna les hubiera jugado una mala pasada. Tenían mucha prisa por subir allí arriba y Collins, Aldin y Armstrong subieron en 1969, hace 56 años, pero nadie ha vuelto. Había muchos proyectos para establecer bases permanentes que permitirían explorar otros planetas, pero nada de nada. Y, tal vez por eso, por la indiferencia y el desprecio, la Luna se está alejando de nosotros.

Lo dice la NASA en un informe difundido hace poco. Dice que la Luna se está alejando de la tierra a razón de 3,8 centímetros por año. No parece gran cosa pero, según los expertos, de aquí a un tiempo podría tener consecuencias para nuestro planeta. Podría afectar a la duración de los días, el efecto de las mareas y hasta los eclipses.

Este informe de la NASA, y la postura de algunos científicos, evidencia lo mucho que saben de la Luna y lo que, aún, desconocen. Que es mucho más y denota su ignorancia en cuanto a la relación de la Luna con la Tierra. Un vínculo que nació hace millones de años y se fue acrecentando por razones de vecindad y mutuo respeto al orden cósmico que les permite girar a su bola.

Se entiende mal que quienes niegan que la Luna tenga alguna influencia sobre nosotros nos alerten del peligro de que, poco a poco, se vaya alejando. A saber qué pasará cuando se haya alejado tanto que ya no pueda influir en nada. Cuesta imaginar cómo será la vida entonces.

 


lunes, 29 de septiembre de 2025

Aún quedan ingenuos

Milio Mariño

Si se trata de confesar los pecados, aquí tienen un ingenuo que seguirá siéndolo hasta que se muera. Son incontables las veces que me la dieron con queso y no escarmiento, vuelvo a picar como un necio. Insisto en engañarme a pesar de que me consta, como a todos, que el altruismo y la bondad escasean tanto como el niobio, que es un mineral muy escaso y muy codiciado.

 Es evidente que sigue habiendo constructores que sobornan y consiguen que recalifiquen sus terrenos, banqueros que estafan y el Estado los subvenciona con millones de euros, empresarios que explotan a sus trabajadores y pasan por ser ejemplares, políticos que cobran mordidas y dan lecciones de ética… En fin, toda una casuística variopinta de la que no se escapan jueces, policías y hasta alguna eminencia reverendísima, pues las monjas de la Asociación Lumen Dei se enfrentan, desde hace años, a lo que consideran un expolio irregular por parte del arzobispo de Oviedo: la venta por más de 12,7 millones de euros de edificios repartidos entre Asturias, Barcelona y Madrid y el destino de ese dinero cuyo paradero se desconoce.

Ejemplos hay a montones, pero ni esos ejemplos, ni siquiera la edad que, según dicen, nos hace desconfiados, me llevan a anteponer la malicia a la buena fe. Sé que la virtud está en el término medio, ni ser muy ingenuo ni desconfiar de todo, pero sigo reaccionando como si la esencia de nuestra especie no fuera la maldad.

Ahora entenderán por qué. En el periódico que estaba leyendo decían que un billete de avión no siempre cuesta lo mismo, que el precio puede variar en función del asiento, el día de la semana, la hora del vuelo o la época del año. Me parecía lógico y muy normal. Pero introducían una variable. ¿Qué pasa con quienes tienen que viajar por una urgencia como asistir al entierro de un familiar?

Ahí se me encendió la bombilla. Pensé: menos mal que todavía queda algo de humanidad. Sería injusto que una persona que viaja porque falleció un familiar tuviera que pagar la misma tarifa que quien se permite hacerlo un viernes de julio, víspera de vacaciones.

Lo digo con toda franqueza, me sentía orgulloso de lo que creía un detalle humanitario. Pero seguí leyendo y caí del caballo. La aerolínea estadounidense Delta Air Lines, si presentas un certificado de defunción y dices que te urge un billete porque se ha muerto tu madre, te cobra el doble. Establece los precios de forma personalizada mediante un programa de inteligencia artificial que procesa los datos de cada cliente. Es decir, cuanto más lo necesitas más caro te sale. Ir al entierro de tú madre te sale más caro que si viajas por vacaciones.

Estuve llamándome imbécil hasta que cansé. Luego di un repaso para ver si suele pasar que exploten la desesperación o la urgencia por un producto o servicio esencial y quedé asombrado. Si ven que lo necesitas pagas más y si insistes en que lo necesitas mucho pagas mucho más. Ocurre con todo: con las medicinas, las vacunas, la vivienda…

Al final, llegué a la conclusión de que no valía la pena mortificarme por aquel desliz. La primera característica de la maldad es que nunca la ves venir. Siempre se disfraza de algo bueno, por eso te pilla desprevenido y picas como un ingenuo.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España