lunes, 4 de mayo de 2026

Prioridad animal

Milio Mariño

Las ideas andan por ahí volando como los mosquitos, pero si no te pica ninguna ni tienes nada que rascar para escribir un artículo, pruebas con una noticia por ver si puedes aprovecharla antes de que acabe en el basurero del olvido.
Y, eso fue lo que hice. Cogí Prioridad Nacional, que está en boca de todos, y a continuación escribí: migración de los seres humanos. Confiaba poco en que pudiera encontrar algo ameno y positivo. No obstante, para documentarme, eché mano de un viejo Atlas y, nada más abrirlo, aparecieron las rutas que, del Polo Norte a la Antártida, habían seguido los hombres y las mujeres para llegar a poblar casi todos los rincones de la Tierra, empujados por ese instinto que nos lleva a querer vivir mejor o simplemente vivir.

Con un Atlas delante ves el mundo de otra manera. Entiendes que no llegaríamos a ser lo que somos sin las migraciones humanas. Percibes que cuando las personas empezaron a trasladarse de un sitio a otro no existían las fronteras. Hubo un tiempo en que no las había y es posible que llegue otro en el que dejarán de existir. Al fin y al cabo solo son líneas que se van trazando según el resultado de las guerras o la conveniencia de los poderosos. Por eso son cambiantes y, a veces, ridículas y hasta caprichosas. Es inútil que para trazarlas utilicen los ríos, los mares y las montañas, no dejan de ser líneas imaginarias que dividen territorios que estaban unidos en tiempos no tan remotos.

Las fronteras han sido, y siguen siendo, el origen de muchos conflictos y la causa de muchas muertes. Han hecho que los seres humanos experimentemos el sentimiento positivo de pertenecer a un lugar y quererlo hasta el punto de sentirnos muy identificados con él, pero también que haya quien confunda ese sentimiento con el derecho de posesión. Con la idea de que somos dueños del lugar que habitamos y los que vengan de fuera no solo han de contar con nuestra autorización sino pagar un tributo.

Así es como surgen las fronteras del odio, que en lo esencial coinciden con las otras y provocan un resquemor enfermizo que influye en la forma de ver a los extranjeros, sobre todo a los que no tienen dinero.

Estamos en ese momento. Parece que se nos ha olvidado que, hace unos años, España empezó a poblarse de licenciados universitarios al tiempo que iban desapareciendo los fontaneros, carpinteros, albañiles y la gente que trabajaba bajo el plástico de los invernaderos, a cuarenta grados de temperatura, o bajando escombros en una obra, o en algo que exigiera partirse el lomo y sudar la gota gorda.

Con soberbia y mucha chulería, dijimos que necesitábamos sangre nueva y mano de obra barata. Gente dura, sacrificada y hambrienta que hiciera el trabajo que no nos gusta y no queremos hacer. Y la cosa marchaba bien hasta que los guardianes de las esencias se dieron cuenta de un detalle que había pasado desapercibido: Los migrantes quieren ser como nosotros. Y eso no puede ser, dijeron algunos. Les dejamos que estén aquí como animales domésticos, pero de ahí a que tengan los mismos derechos… Lo máximo que podrían tener es prioridad animal.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España 


lunes, 27 de abril de 2026

La mansedumbre de los jóvenes

Milio Mariño

En los entornos sociales donde se configuran las opiniones se oye con demasiada frecuencia que los jubilados vivimos en otro planeta. No sé si en Marte, pero sí a una dimensión diferente, amena y muy divertida, que invita a pasear sin prisa, vigilar las obras municipales, tomar el aperitivo y rememorar el pasado editándolo en una versión más amable.  

Algo de eso habrá, no digo que no. Por mucho que presumamos de tener una conciencia crítica, al final llegamos a la conclusión de que nuestra generación fue la mejor y no es comparable con lo que vino después. Y no me escaqueo, me incluyo. Hago esfuerzos para no convertirme en un viejo gruñón pero, al final, acabo quejándome de que la juventud es de una mansedumbre atroz.

Pobrecitos, lo tienen muy mal, dicen sus padres.  Pues que se yo, lo mismo están muy mimados y piensan que las conquistas sociales caen del cielo. Hace poco, un chaval decía en una entrevista: Somos una generación derrotada, vivimos peor que nuestros abuelos.

Asombra que ya se den por vencidos. Se quejan del precio de la vivienda y de que el empleo digno y justamente remunerado, prácticamente, no existe, pero en vez de rebelarse y hacer algo, nos echan la culpa. Dicen que es la herencia que les dejamos. Culpan a papá y mamá y, sobre todo, a los abuelos. Son jóvenes, pero ya se están quejando de que cuando les toque jubilarse van a cobrar, si es que cobran, menos de lo que, ahora, cobramos los jubilados. Unos jubilados a quienes reprochan que estemos todo el día con la matraca de que luchamos por la democracia y las libertades. Algo que, a ellos, les trae sin cuidado.

Un estudio, elaborado el pasado mes de diciembre, señala que el 40% de los jóvenes considera que, en determinadas circunstancias, sería preferible un régimen autoritario, mientras que un 8,8% afirma que le es indiferente un régimen que otro.

La mitad de los jóvenes valoran la democracia no en comparación con la dictadura ni tampoco como ideal, sino sobre la base de que a ellos les pueda ir mejor o peor.

Pues nada, a seguir así. A verlas venir tumbados en el sofá, jugando con la maquinita y diciendo tonterías como que en otros tiempos tal vez se vivía peor, pero la juventud lo tenía mejor. Una reflexión absurda que enlazan con el reproche de que los políticos se olvidan de los jóvenes y solo se preocupan de los jubilados porque les tienen miedo cuando hay elecciones.

Y a mucha honra. Los achaques de la edad no nos impiden seguir en la brecha y vigilar que se respeten nuestros derechos. Seguimos dando la vara porque de lo contrario se olvidarían de nosotros. En cambio, la falta de implicación de los jóvenes, la poca participación electoral y el cuestionamiento de la democracia configuran una juventud que acepta las migajas y solo protesta con el teléfono móvil.

La juventud lleva razón cuando vaticina un futuro en el que tiene muchas probabilidades de vivir peor que sus abuelos. El sistema falla y no está cumpliendo las expectativas de las nuevas generaciones. Pero también fallan los jóvenes. Han descartado la posibilidad de luchar. Solo se les ocurre quejarse.

 Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva Esña

lunes, 20 de abril de 2026

Lunáticos

Milio Mariño

Los Estados Unidos de América del norte se parecen cada vez más a los barbaros de dicha latitud. Aquellos salvajes que arrasaban cuanto estaba a su alcance y dejaban un rastro de destrucción a su paso. Es inaudito el daño que están haciendo a la humanidad. Lo hicieron con los aranceles, luego con la guerra de Irán y, finalmente, con la más atroz de las maldades: desvelar el lado oculto de la luna. Una auténtica salvajada.

El daño es imperdonable. Los americanos han hecho lo peor que podían hacer, acabar con el referente de la imaginación. Han roto el secreto. Han destruido el origen de lo desconocido. Han acabado con lo que, por su invisibilidad, nos invitaba a llegar más lejos: a que imagináramos poemas, composiciones musicales, obras pictóricas, esculturas, películas de cine, novelas… Todo lo que produce la imaginación y la realidad no alcanza a explicar.

La otra cara de la luna ya no pertenece al territorio de lo misterioso, pertenece al inventario del terreno conocido. Lo habían intentado otras veces. En 1959, la sonda soviética Luna 3 ya hizo algunas fotografías, pero todas de muy baja calidad y que apenas permitían reconocer casi nada de la superficie lunar. Tuvieron que pasar algunos años, hasta 1968, para que un ser humano pudiera ver de forma directa ese hemisferio misterioso gracias a la misión del Apolo 8, que fue la segunda operación tripulada y la primera que conseguía salir de la órbita terrestre, orbitar alrededor de la Luna y regresar a la Tierra.

 A pesar de aquellos intentos, la cara oculta de la luna seguía siendo una incógnita porque las imágenes disponibles eran las de una masa gris, sin color y sin apenas detalles. Luego, en enero de 2019, los chinos consiguieron que aterrizara una sonda, la Change 4, en la misteriosa cara oculta. Pero tampoco enseñaron apenas nada, fue como si quisieran preservar el secreto. Todo lo contrario que estos bárbaros americanos, que se jactan de haber hecho historia por haber visto el lado oculto de la luna más cerca que nadie.

Es mentira, no fueron los primeros. Antes que ellos otras 24 personas lo habían visto con sus propios ojos. La novedad es que, a esa nómina, han añadido un hombre negro, una mujer y mucha publicidad. Un despliegue publicitario sin precedentes para un viaje carente de utilidad, que solo se explica por el afán enfermizo de los poderosos, empeñados en demostrar que pueden llegar dónde se lo propongan, incluido lo más íntimo de nosotros.

Enseñarnos el lado oculto de la luna ha sido una venganza. Ha sido como pisotear el refugio donde todo era posible. Habrá quien piense que nada ha cambiado, que todo sigue igual y, sin embargo, los duendes y las hadas ya no tienen dónde vivir. No había territorio más libre que el lado oculto de la luna. Lo han invadido. Donald Trump y sus amigos lunáticos han profanado el paraíso de la imaginación y el rock sinfónico de Pink Floyd.

Aunque lo parezca, no los llamo lunáticos por lo que han hecho. La luna no tiene culpa de sus desvaríos. El término fue corregido y ahora define un trastorno mental que se atribuye a quienes sufren locura a intervalos, no todo el tiempo.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión

 


lunes, 13 de abril de 2026

Torrente Presidente Trump

Milio Mariño

El final de la lógica siempre es el absurdo y el absurdo suele renacer como idea brillante en la mente de los estúpidos. Por eso, cuando creíamos que el cupo de estupideces estaba cubierto, Torrente Presidente Trump, convocó una rueda de prensa y anunció la meteorología del terror: Esta noche morirá toda una civilización.

Afortunadamente, la predicción fue un error. No lo es añadir un segundo apellido a la película de Santiago Segura porque los críticos de cine están empeñados en calificarla como una parodia de la España cutre y facha y no advierten que se trata de un documental sobre el energúmeno de la terrible amenaza.

Segura aborda las peripecias de un protagonista moralmente despreciable, racista, fanfarrón, zafio, mentiroso, machista y homófobo, que habla de una realidad inventada y se le va la pinza cada dos por tres. Un personaje convertido en peligro público que presume de qué no tiene otro límite más que el suyo y bromea sin que le importe hacer el ridículo.

Con estos antecedentes, el protagonista podría ser español, pero encaja como ninguno en el bocazas del flequillo rubio. La película es un biopic de Donald Trump. Santiago Segura no retrata a un hipotético presidente español, retrata al Presidente de EEUU y a los americanos de la América profunda, que no se puede decir que sean tontos porque nacieron con la inteligencia justa, pero han evolucionado hacia una tontería voluntaria que los ha convertido en el vivo retrato de Homer Simpson.

Quienes argumentan que la gente se ríe mucho y no se reiría tanto si la película  tratara de los americanos olvidan un matiz. La gente no se ríe por qué el personaje sea gracioso, se ríe porque da miedo. La risa es un mecanismo de defensa que toma el control del cerebro cuando estamos en peligro. Así se explica que nos descojonemos cuando el Presidente del país más poderoso del mundo dice que tiene línea directa con Dios, que es quien le indica los pasos a seguir por el bien de la humanidad. Bien que, al parecer, consiste en emprender una guerra ilegal y atroz que no beneficia a nadie y estamos pagando con dinero de nuestro bolsillo.

Ante semejante despropósito qué otra cosa podemos hacer más que reírnos. También podríamos llorar, pero no sale a cuenta porque aparte de pasar un mal rato no arreglaríamos el destrozo.

Santiago Segura es muy astuto. Utiliza, como coartada, la España cutre y franquista, pero Torrente Presidente no es español. Ni Rajoy o Feijoo ni, incluso, Santiago Abascal estarían a la altura. Aunque España sea un país atípico en muchas cosas, a estupideces y burradas todavía hay quien nos gane. Ningún Presidente español se atrevería a derribar parte de La Moncloa para construir un salón de baile, ni firmaría los decretos leyes en un folio gigante y con un rotulador que parece una berenjena. Y el dato que resulta definitivo es que ni al que asó la manteca se le ocurriría mandar un cohete a la luna con el retrete que no funciona.

Cuando los disparates no nos sorprenden entramos en una situación que da miedo. Y en esas estamos. Hoy garbanzos y mañana ya veremos. El menú del día lo decide un cocinero que nos tiene hipnotizados.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España 


lunes, 6 de abril de 2026

Sobremesa de Pascua

Milio Mariño

Los expertos en felicidad, que los hay, afirman que las personas que comen en compañía tienden a ser más felices. Tal vez por eso, reunirnos en torno a una mesa, para compartir conversación y comida, se ha convertido en una costumbre que no solo ha sobrevivido al paso del tiempo sino que cada vez es más imprescindible para celebrar cualquier alegría.

El antropólogo Robin Dunbar, de la Universidad de Oxford, estima que las primeras comidas grupales debieron hacerse alrededor de una hoguera hará, como poco, un millón de años. Aquí, en Avilés, hace menos que tenemos por costumbre comer en la calle los Lunes de Pascua y si no lo hacemos en torno a una hoguera no es por ganas, es por la incomodidad de acarrear leña, ya que el frio de la cuaresma suele quedarse a disfrutar de la fiesta y casi siempre nos acompaña.

Comer en la calle, por Pascua, se ha convertido en una tradición que refuerza nuestro vínculo de pertenencia y ayuda a crear recuerdos que nunca se olvidan. Su importancia no radica en lo que se come, radica en lo que representa: una conexión social que trasciende generaciones.

La gastronomía es importante, pero el buen humor y la sobremesa son ingredientes que se disfrutan tanto o más que cualquier plato de alta cocina. Comer en la calle no va de esnobismos ni platos sofisticados. El menú es sencillo: empanada, tortilla, bollos preñaos, embutido… alguna fabada. Todo en raciones copiosas que invitan a la precaución de tener a mano algún remedio para hacer más llevadero el trabajo del estómago.

Dicen los estudiosos que la costumbre de las raciones muy abundantes viene del recuerdo de la posguerra, de los años cuarenta del pasado siglo, que fueron los años del hambre. Venga de donde venga sería una pena que se perdiera por esa modernidad de usar platos cuadrados con un bocado irreconocible en el centro. No es el caso de lo que, por aquí, se estila y nunca lo fue de Jesús, el de “La Parra”, a quien tengo oído decir: “Voy quitar la carta y poner una báscula. Voy pesavos a la entrada y la salida y cobrar por kilo de engorde”.

Volviendo a la comida en la calle sería imperdonable que olvidáramos el papel de la sobremesa. Un regalo que añade magia al momento y nos invita a pensar juntos para entender mejor el mundo y también a nosotros mismos. Podemos decidir dónde nos sentamos, pero nunca cuándo ni con quién vamos a disfrutar de una buena  sobremesa. Puede ser con el de al lado, con el de enfrente, con el que está en la otra punta o con todos a la vez. Con quien tenga a bien emparejarnos el destino, que viaja en nubes de lana y es el encargado de repartir lo que cae del cielo. Así que buen provecho a quienes hoy coman en la calle y mejor, si cabe, a quienes disfruten de la sobremesa. Palabra que no tiene una traducción exacta en ningún otro idioma y que solo con nombrarla evoca un encanto que invita a gozar de la vida. Decía Saramago, en un poema, que las flores se alimentan de la fértil humedad y las palabras de la humedad de la saliva.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 30 de marzo de 2026

Cuba cuenta los días

Milio Mariño

Cuba se está muriendo y su agonía discurre sin pena ni gloria. El mundo navega por otros mares y que Cuba muera no preocupa a nadie. Tampoco cómo la van a enterrar. Tanto da que la entierren al estilo de Venezuela como que la incineren al amanecer. Pocos, muy pocos, van a llorar su muerte. Es muy posible que ni sus amigos los rusos asistan al funeral. Y, en cuanto a nosotros, igual mandamos algunas flores, por aquello de que aún quedan 165.000 cubanos descendientes, hijos o nietos, de españoles, pero no habrá lágrimas ni abrazos de despedida.  

Cuba morirá sola y sin la dignidad de oponer resistencia. Su Presidente, Díaz Canel, dijo hace unos días: “Cualquier agresor externo chocará en Cuba con una resistencia inexpugnable. Vamos a dar la vida defendiendo la Revolución”. Ciertamente, lo dijo pero ni los más acérrimos lo tomaron en serio. Lleva semanas negociando con Washington, nadie sabe si una rendición en toda regla o un apaño como el de su colega y vecino Nicolás Maduro.

El presidente cubano tiene poco que negociar. En Cuba no hay petróleo ni tierras raras. No hay negocio, y eso explica el desinterés de Marcos Rubio y Donald Trump quien, dando muestras de su acostumbrada delicadeza, acaba de decir: “Creo que tendré el honor de tomar Cuba. No sé si tomarla o liberarla. Puedo hacer lo que quiera con ella”.

Y lo está haciendo. El bloqueo total de Cuba, decretado en enero por Donald Trump, es criminal e inhumano y ha sido condenado por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Pero la tragedia del pueblo cubano es anterior, viene de lejos. Son  muchos años de falta de libertades, escasez de alimentos, medicinas y todo lo necesario para vivir con dignidad.

Cuba es un país privilegiado que lo tiene todo y no tiene nada. Causó asombro, hace seis años, cuando fabricó 100 millones de dosis de la vacuna contra el Covid, suficiente para proteger a sus 11 millones de habitantes, y regaló el resto a los países del tercer mundo. Ahora espera con ansiedad que llegue la ayuda humanitaria que está en camino. Si llega será un alivio, pero no paliará el sufrimiento de un pueblo agotado que cuenta los días esperando el final.

Una salida, que apuntan algunos analistas internacionales, podría ser que el gobierno cubano pactara reformas económicas con Estados Unidos, sin apenas tocar la estructura política, y dejara el establecimiento de un régimen democrático para más adelante. Un modelo muy parecido al empleado en Venezuela que supondría una decepción para los 700.000 cubanos que viven en Miami y para quienes, dentro de la isla, esperan un cambio que traiga plenas libertades.

Aunque la dictadura cubana está llegando a su final, el escenario que se dibuja es el de una transición difícil, complicada y plagada de incertidumbres. Hay mucha rabia acumulada, mucha sed de justicia y, también, deseo de venganza.  

Los elogios de Trump al buen clima de Cuba, y las posibilidades turísticas de la isla, no parecen un botín suficiente como para que Estados Unidos se haga cargo de tutelar y gestionar un cambio pacífico sin enfrentamientos ni derramamiento de sangre. Los cubanos confían poco en su gobierno, pero en Trump confían todavía menos.

 

Mi artículo de Opinión de los lunes.

lunes, 23 de marzo de 2026

El mundo que añoran los buenos

Milio Mariño

El sábado desperté preocupado y, con el primer café a medio tomar, me senté frente al ordenador. Había estado dándole vueltas al lío en que nos ha metido Trump y quería empezar el día sabiendo cómo está el mundo.

Está como suponía. La opinión generalizada es que el mundo está mal, muy mal. Los analistas coinciden en añorar el pasado y lamentan, con nostalgia, que estemos ante un mundo nuevo que ya no se rige por reglas.

Salí pitando. Pero no porque me asustara lo que decían, sino para atender esa necesidad imperiosa que suele surgir después del primer café. El caso que allí sentado, ya saben, es dónde se me ocurren las ideas más peregrinas. Deduzco que mí interior aprovecha para explayarse por arriba y por abajo con idéntico resultado. Así que empecé a pensar si, de verdad, había vivido en un mundo que respetaba la legalidad internacional y los derechos humanos. Y, como tenía alguna duda, decidí hacer un repaso. Recordé las guerras de Libia, Irak, Afganistán y Somalia, la anexión de Palestina, la invasión de Ucrania, el genocidio de Gaza, el asalto a Venezuela, las amenazas a Canadá y Groenlandia…

 Al final llegué a la conclusión de que hablaban de un mundo en el que yo no había vivido. El mundo que invocaban, con nostalgia, no respetaba las resoluciones de la ONU ni el Derecho Internacional. De modo que no entendía por qué se rasgaban las vestiduras y apelaban a un pasado en el que las leyes eran violadas con total impunidad. Hay cientos de casos. El más reciente es Gaza, donde se cometió un genocidio, a la vista de todos, y el mundo miró para otro lado sin avergonzarse siquiera un poco. Nadie movió un dedo para evitar el asesinato de más de 75.000 palestinos. Y siguen sin hacer nada para evitar que continúen muriendo por la hambruna y el bloqueo de alimentos, agua y medicinas.

Ese parece ser el mundo con reglas que añoran los buenos. Un mundo que impuso sanciones a Rusia, por la invasión de Ucrania, y apeló a la Corte Penal Internacional, para que emitiera una orden de arresto contra Vladímir Putin. El mismo mundo que descartó sancionar a Israel por la invasión de Gaza y no tomó ninguna medida contra Benjamín Netanyahu.

Curioso mundo, regido por leyes, el de quienes se escandalizan de que se avecine un mundo nuevo que no parece dispuesto a respetar ninguna. “Ya que no podemos confiar en un mundo con reglas, como la única manera de defender nuestros intereses… debemos buscar formas creativas para abordar las crisis”. Dijo  Úrsula Von der Leyen. Y los defensores de la ley y el orden se le echaron encima. Calla, calla, no seas loca, como se te ocurre decir algo así. Pues nada, si hay que rectificar se rectifica: Aquí una amiga, una esclava, una sierva… Dijo doña Úrsula,  parafraseando a López Vázquez en “Atraco a las tres”.

Antes de volver al ordenador, mientras tiraba de la cadena, pensé que lo mismo nunca existió ese mundo gobernado por leyes que algunos añoran. Claro que también puede ser que las leyes a las que se refieren sean la ley del embudo y la ley del más fuerte.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / diario La Nueva España


lunes, 16 de marzo de 2026

Dinero en mano

Milio Mariño

La primavera siempre llega con hojas nuevas, aroma de flores y mariposas de mil colores. Esas son sus credenciales y bien que lo celebramos. Pero esta que está por llegar se encontrará con la sorpresa de que tenemos otras preocupaciones y no estamos para sutilezas como que la tierra se vista de verde o el sol nos acaricie la piel. Ahora mismo, hay gente cuya preocupación consiste en ponerse a salvo de las bombas y los misiles, mientras que otros andamos preocupados por el precio de los carburantes y por esa recomendación de los bancos de que llevemos dinero en la cartera como precaución necesaria que puede salvarnos la vida.

El mundo alberga una nueva guerra que no solo destruye objetivos militares, también mata gente y puede resultar incómoda para quienes, en la distancia, somos espectadores. Según los expertos, a resultas del conflicto, podría producirse un colapso tecnológico que inutilice nuestras tarjetas de crédito. Una catástrofe que el Banco Central de Suecia dice que podemos evitar llevando en la cartera, al menos, noventa euros.

Solemos desconfiar y poner en duda que los Bancos se preocupen por nosotros, pero es evidente que la preocupación existe. El Banco de España, no solo suscribe la recomendación de su homólogo en Suecia sino que va más allá y sugiere que, además del dinero en efectivo, lo deseable sería que todos tuviéramos en nuestra cuenta corriente el dinero suficiente para hacer frente a nuestros gastos fijos durante tres meses.

Es importante estar, siempre, atentos porque las medidas que recomiendan para hacer frente a una crisis suelen cambiar con frecuencia y pueden cogernos desprevenidos. Hace un año, la Unión Europea recomendaba tener a mano un kit de supervivencia y aunque citaba el dinero no lo incluía entre las necesidades más básicas. Un fallo que los Bancos Centrales acaban de corregir y, ahora, además de la botella de agua, el transistor, la lata de fabada y la linterna, consideran imprescindible que llevemos dinero en la cartera.  

No me parece una ocurrencia, es una propuesta con mucho sentido. Solíamos preguntarnos para qué sirve el dinero y, por fin, tenemos la respuesta: para salvarnos la vida.

Nadie duda de que el dinero aporta seguridad y mucha confianza, pero ojo con el matiz porque supone un cambio importante. El dinero al que se refieren es el dinero en mano, son los fajos de billetes, no las tarjetas de crédito, las criptomonedas o esos inventos para pagar con el móvil.

Llevados por la inercia, habíamos dejado de usar el dinero como dinero y tuvo que venir una guerra para que tomáramos conciencia de que es imprescindible llevar dinero en la cartera. Aquello de pelearnos con los amigos y gritar: “¡Pago yo!”, “¡No, yo!”, “¡No, que me toca a mí!” se había convertido en una tradición olvidada. Sobre todo para quienes integran las nuevas generaciones, que suelen salir de casa sin llevar ni un euro encima y casi nunca muestran intención de pagar, precisamente por eso.

 Las guerras nunca traen nada bueno pero, en este caso, que nos digan que por nuestra propia supervivencia, tenemos que llevar, al menos, 90 euros en la cartera, viene bien para que no se pierdan las viejas costumbres y para que los gorrones no tengan excusa.


Milio Mariño / Artículo ode Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 9 de marzo de 2026

Desertar es de valientes

Milio Mariño

Viendo las imágenes de la guerra que enfrenta a Israel y Estados Unidos con Irán, parece como que un misil surcara el cielo a velocidad de vértigo, se cruzara con otro, que venía en sentido contrario, explotaran y aquí no pasado nada. La idea es convencernos de que la guerra consiste en una disputa entre misiles que se hacen trizas mientras la población sigue a lo suyo y cuando regresa a sus casas se entera de quien va ganando por las noticias del telediario. Así es como están presentando esta guerra, con una apariencia de irrealidad que se asemeja mucho a un videojuego. Lo único que, a diferencia de los videojuegos, no vemos muertos y si, por un descuido, aparece alguno lo pixelan para no herir sensibilidades.

Arriba, en el cielo, es posible que suceda lo que nos cuentan, pero abajo, en la tierra, la guerra sigue siendo la misma de hace mil años. No ha cambiado nada. Sigue teniendo el mismo sinsentido y las mismas consecuencias: hogares derruidos, ruinas humeantes, gente que busca a los suyos entre los escombros, niños que lloran desconsolados, heridos que gritan auxilio y miradas de horror de quienes no entienden qué está pasando.

Aunque parezca moderna, y las armas sean sofisticadas, la guerra sigue siendo muy clásica. Tal vez tengamos una percepción distinta por las imágenes que nos pasan, la lejanía del campo de batalla y porque ahora nuestros jóvenes no están obligados al servicio militar y los soldados son profesionales con más motivaciones económicas que patrióticas. Varios informes apuntan que, en la actualidad, el ejército de Ucrania cuenta con un 40% de extranjeros, de los cuales 7.000 son sudamericanos, reclutados con la promesa de recibir 4.000 dólares al mes que luego quedan en menos. Pero que se haya llegado a esto no resta crueldad y horror a la guerra, añade un negocio infame a costa de la pobreza y el sufrimiento ajeno.   

El argumento que utilizan para justificar las recientes guerras, eliminar un régimen opresor o totalitario, es falso. La guerra no es una herramienta que permita mejorar a ningún país. Arrasar con todo y matar a miles de personas con el pretexto de que es para que luego surja algo bueno, supone un disparate que no debería convencer ni a los muy ingenuos. Es como ese chiste de dos pilotos que van a los mandos de un bombardero y uno le dice al otro: Ya verás la que nos va a caer en twitter cuando se enteren de que somos nosotros los de las bombas.

La irresponsabilidad de Trump y de Netanyahu, dos perturbados que se creen los amos del mundo y desprecian a quienes no están dispuestos a secundar sus locuras, puede convertirse en la III Guerra Mundial y en una conflagración nuclear. El peligro de que pueda suceder algo así es real. También es peligroso oponerse a los caprichos de estos lunáticos, pues tiene un precio y suele ser caro. Pero la guerra encarna un modelo de sociedad y resolución de conflictos que tenemos que rechazar de plano. Desertar de la locura, abandonar las filas de los que cometen crímenes contra la humanidad, es un acto de valentía. Ojala que algún día organicen una guerra y no vaya nadie.

 Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 2 de marzo de 2026

Izquierda plus y pedrea electoral

Milio Mariño

El pasado mes de febrero, mes apodado el loco, varios políticos pusieron en marcha una iniciativa que pretende unir lo que queda de la izquierda, a la izquierda del PSOE, en algo así como un frente común que sirva para frenar el avance de la extrema derecha.

 La izquierda que pretenden unir tendrá que agenciarse un nombre porque Izquierda Unida ya está inventada. La inventó Gerardo Iglesias, Gerardín, en 1986, y era como un traje a medida con el que pretendían vestir al Partido Comunista para suavizar su imagen y aumentar la base electoral. Tuvo sus años buenos. Luego vino la amistad entre Julio Anguita y Aznar, la pinza (IU-PP) y después las dos orillas: En un lado el PP y el PSOE y en el otro Izquierda Unida. Muy parecido a lo que ocurre ahora, solo que en la otra orilla está Vox. 

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, cantaba Rubén Blades. Vox  se ha convertido en una fuerza revolucionaria que sustituye a la izquierda y defiende las reivindicaciones de los campesinos, los trabajadores y los maltratados por el sistema. Aunque claro, no promete el progreso social, la paz en el mundo, la salvación del planeta, el fin de las guerras y la abolición del machismo. Eso son tonterías. Promete mano dura y espectáculo. Ha cambiado la hoz y el martillo por una motosierra y promete cortar cabezas a diestro y siniestro.

Promete lo que la gente que está pasándolo mal quiere oír. Que castiguen a los culpabales de que ellos vivan así. Que no les hablen de la oligarquía financiera y los ultra liberales. Que se dejen de bobadas y actúen contra quienes les han dicho que tienen la culpa: los inmigrantes, las feministas, los jubilados con buenas pensiones, los servicios públicos ineficaces y el woke del tiempo que dice que el aluvión de borrascas es por el cambio climático. 

La extrema derecha utiliza el descontento mientras la izquierda más a la izquierda, los indignados de hace unos años, se olvidan de su discurso. Van a lo práctico. Y lo práctico, según sus avispados líderes, es juntarse para aprovechar los votos que, en provincias como Soria o Teruel y otras por el estilo, penalizan a las formaciones pequeñas ya que la Ley Electoral concede a esos territorios más diputados de los que, por población, les corresponden.

La izquierda plus no propone un proyecto transformador para dar la batalla y crear un clima ilusionante que haga que la gente les vote. Propone aprovechar las migajas de los restos electorales para conseguir algunos escaños. Un propósito que llevarlo a la práctica se antoja difícil.

Es cierto que resulta descorazonador que Vox gane votos prometiendo defender a los trabajadores mientras vota contra sus derechos y defiende los intereses de las grandes fortunas. Pero también lo es que la gente más desfavorecida no se sienta representada por quienes eran sus lógicos representantes. El voto a la ultraderecha, más que por ideología es, sobre todo, un grito de desesperación. Es la forma de protestar de quienes están hartos de que nadie les haga caso. Presumir de ser más de izquierdas que nadie y conformarse con la pedrea electoral supone salir a perder y allanar el camino a los reaccionarios.


Milio Mariño / Articulo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 23 de febrero de 2026

Insultar no es opinión

Milio Mariño

Por más que procuro estar al día y mantener la mente abierta, hay cosas que no logro entender. Y no son grandes cosas, son cosas sencillas que me llevo a la cama y, en vez de contar ovejas, estoy dándoles vueltas hasta que consigo dormir. Al día siguiente siguen estando ahí y aunque lo lógico sería que pasara página y reconociera, con una sonrisa, que mí cabeza me da para más, insisto en encontrarles sentido.

En ese empeño, atendiendo al consejo de si lo intentas vete hasta al final, sigo sin entender que el insulto se haya normalizado y se considere opinión. Me parece una monstruosidad. Creo que fue Saramago quien dijo que las palabras no hay que dejar que salgan de la boca sin antes pasarlas por la mente. Una precaución que, desde luego, no tuvo Belén Navarro Cañete, la concejala del PP de Vallanca, que gritó "¡hijo de puta!" a Pedro Sánchez cuando este se disponía a dar un mitin en Teruel.

No fue la primera. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, también acabó por reconocer que había llamado “hijo de puta”, al presidente del Gobierno. Es lo mínimo que se merece, dijo como disculpa. Y cundió el ejemplo porque hasta en el estadio Carlos Tartiere, antes del  partido Real Oviedo - Real Madrid, se profirió el mismo insulto dirigido al presidente del Gobierno. Insulto que fue denunciado por la Liga de Fútbol Profesional.  

Nuestro ordenamiento jurídico no contempla el derecho a insultar. El insulto no es libertad opinión, es una agresión verbal que genera odio y menoscaba la convivencia social. Por eso sorprende que en la política no se tomen medidas y qué quien insulta siga gozando de impunidad. Todo lo contrario de lo que ocurre en el fútbol.

En el fútbol se castiga a los que insultan. Y no es de hace dos días, hace ya veinte años que la Comisión Antiviolencia viene registrando los insultos de forma textual. Uno de los primeros fue: “Ese portugués hijoputa es”. Y tuvo sanción. Una medida muy razonable en una sociedad que se tiene por civilizada. No todo vale para ayudar a que tú equipo gane el partido.

Lo sorprendente, y vergonzoso, es que La Liga de fútbol castigue la violencia verbal y los partidos políticos la amparen y la disculpen. Coincido con el escritor argentino Hernán Casciari, quien dijo que el efecto de prohibir los insultos en el fútbol obliga a que los hinchas usen herramientas que antes no usaban como la metáfora, el sarcasmo y el ingenio. Qué menos si se quiere preservar la buena educación. Y que bochorno que se aplique en el fútbol y no en la política. Que en el Congreso y en el Senado no pase como en los campos de fútbol y el presidente o la presidenta de la Cámara, suspenda el debate y mande a sus señorías al vestuario cuando se produce un incidente de estas características.

Normalizar el insulto, aceptar que se insulte como una forma de expresar las diferencias políticas, era lo que nos faltaba para degradar, aún más, nuestra maltrecha democracia. Hemos llegado a un punto en el que a ciertos políticos apetece decirles: Sospecho que no debe de haber diferencia entre cómo le huele la boca y cómo le olerá el culo.


Mi artículo de los lunes en La Nueva España

 


lunes, 16 de febrero de 2026

Disfrazarse de uno mismo

Milio Mariño

El viento, que estos días sopló con fuerza, hizo que el aroma del Antroxu borrara la pestilencia de la polarización política y la gente recuperó el buen humor. Así que, un año más, la fantasía volvió a las calles de Avilés para vivir una tradición que se ha convertido en patrimonio de quienes se sienten protagonistas, participan y se divierten, y quienes no estamos para muchos trotes y disfrutamos desde el balcón. 

La pena es que ya estamos a lunes, pero todavía queda hoy y mañana antes del triste entierro de la sardina y el comienzo de la cuaresma. Tiempo de ayuno, prohibiciones y tristeza al que volveremos fortalecidos después del reconstituyente que supone vivir estos días como cada uno quiera y sin que nadie se lo impida. A eso invita L’Antroxu, a escenificar de la forma más grotesca posible las miserias de nuestra vida no para obviar ni ocultar los problemas, sino para exorcizarlos haciéndoles burla con disfraces y risas, además de buena comida y la bebida que el festejo requiera.

Pero lo bueno se acaba enseguida. El miércoles no nos quedará otra que volver a disfrazarnos. En este caso no para salir de fiesta, sino porque lo exige la vida. En carnaval nos disfrazamos porque nos apetece, pero el resto del año también vamos disfrazados para cumplir con el papel que elegimos o el que nos obligan a representar.

No vendría mal que, cuando pasen estos días, tomáramos cuenta del disfraz que llevamos puesto.  Este año llegamos tarde, pero para el próximo podría ser interesante que probáramos con lo contrario de lo que es costumbre. Es decir, qué en vez de ponernos el disfraz que esté de moda nos quitáramos el disfraz que llevamos puesto y nos disfrazáramos de nosotros mismos.

Sería una buena experiencia. Disfrazados de nosotros, tendríamos la oportunidad de comprobar que aceptación tenemos. Bien es verdad que, a lo mejor, no resultaría tan divertido. Igual nos liamos y acabamos desconcertados porque el trámite no es sencillo, es complicado y requiere mucha fuerza de voluntad. Estamos tan pendientes de lo que otros nos piden que nos olvidamos de nosotros mismos.

Habría que hacerlo sin miedo. Lo bueno es que quienes somos gente corriente, los que apenas pintamos nada, no necesitamos ser muy valientes. Por mucho que intentemos disfrazarnos de otros, nos delata nuestro aspecto. En cambio las personas importantes, las que están obligadas a gestionar sus emociones, necesitan disfrazarse para ocultar su personalidad.

Disfrazarnos en carnaval, y si me apuran hacer el ridículo, es una afición sana y muy terapéutica que eleva la autoestima. Lo que decía antes, disfrazarse de uno mismo, tal vez no sea muy original, pero supondría una liberación, que es de lo que se trata. Se trata de ser libres, algo que no se consigue haciendo trampas, escondiendo nuestra personalidad por miedo a la opinión que los demás puedan tener de nosotros.

La idea no es mía, qué más quisiera. Hace tiempo leí una fábula, no recuerdo de quien, que decía lo siguiente: Hubo una vez un hombre que en Carnaval se disfrazó de sí mismo y parecía otro. Fue muy feliz, pero el miércoles de ceniza volvió a ser el de todos los días, es decir, el que los demás querían que fuera.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 9 de febrero de 2026

Alertas meteoro ilógicas

Milio Mariño

Hay gente para la que el asunto de mayor relevancia, lo que está por encima de todo, es la previsión meteorológica. No son agricultores, son urbanitas ociosos que se interesan por el pronóstico del tiempo como los pilotos de fórmula uno cuando tienen que elegir los neumáticos. Quieren estar seguros de sí caerá un chaparrón o aumentará la temperatura, para salir de casa con un paraguas o despreocupados y sin ropa de abrigo. Y no se conforman con un pronóstico de media mañana en relación a la tarde, exigen ser informados, al menos, con un día de antelación a fin de tomar precauciones.

Están pendientes de los pronósticos, pero luego se enfadan y acaban cabreados si la predicción falla y salen a tomar unos vinos cargando con un paraguas que no necesitaban.

Las predicciones meteorológicas indignan a mucha gente. Si llueve durante dos o tres días y anuncian otra borrasca surgen miles de voces que protestan y culpan del mal tiempo a la tala de árboles en la Amazonia o al Ministerio de Hacienda. Para culpable vale cualquiera. Esta sociedad, en la que vivimos, practica la queja como deporte. La gente se queja de lo que es fácil quejarse y no protesta por lo que debería de protestar, si pusiera algo de su parte. Pero no lo pone. Protesta por cosas intrascendentes y se encoje de hombros cuando le hablan de la responsabilidad individual y de que los derechos no se sostienen sin los correspondientes deberes.

Eso es historia. Unos protestan por qué falla la previsión del tiempo y otros porque acierta y los delata como niños consentidos. Un buen ejemplo fue aquella famosa frase del 112 asturiano: "Ya somos mayorinos". No lo parece cuando los helicópteros tienen que seguir rescatando a insensatos que se adentran en la montaña como quien sale a pasear por el parque o cuando la Guardia Civil se afana en poner vallas para impedir que la gente se acerque y saque fotos mientras el mar azota la costa con olas de nueve metros.

Los humanos del siglo XXI estamos opositando para ser los más estúpidos de todos los tiempos. Los hay que protestan por cargar con un paraguas cuando no llueve mientras que otros son capaces de adentrarse en una nevada con pantalones cortos y en chanclas. Es como si hubiéramos perdido el sentido común y nos volviéramos majaretas.

Cuesta comprender qué está pasando. Por alguna razón misteriosa, nadie es capaz de cuidar de sí mismo. Y eso explica que abunden los consejos infantiles: cruce por el paso de peatones, protéjase del frío, haga caso de la alerta amarilla, naranja o cualquiera del arco iris.... Procure beber agua cuando el calor aprieta. No se lance a la piscina desde el balcón del hotel…

Las precauciones de toda la vida, que cada uno tomábamos por nuestra cuenta, ahora son alertas imprescindibles para la supervivencia. El pasado 26 enero nos avisaron, con una alerta en el móvil, de que no nos acercáramos a la costa porque el oleaje era muy fuerte. Qué tiempos aquellos cuando uno miraba al mar y sabía, sin que nadie se lo dijera, si era peligroso acercarse. Detesto las alertas, pero ojala inventen una que nos avise cuando hacemos el imbécil.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 2 de febrero de 2026

Desnudos

Milio Mariño

Siempre que surge el tema y alguien pregunta qué opino de la Inteligencia Artificial respondo con absoluta sinceridad: me la refanfinfla. No quiero que me ayude en nada. No la necesito. Reconozco que es un invento asombroso, pero pienso seguir haciendo lo que haga sin su ayuda. No estoy en contra del progreso, si inventan algo para no tener que agacharme lo compro, pero me niego a que un robot sabelotodo me de consejos.

Así es como pienso. Y si les parezco más bruto que un gañan mono cejo, lo acepto. La Inteligencia Artificial no me gusta. Es más, me genera rechazo. Sé que está presente en las instituciones, los servicios públicos, las empresas y hasta en los teléfonos móviles, pero agradecería que respetara mi voluntad y se mantuviera alejada de mí vida. Algo que intuyo difícil porque ya lo ha invadido todo y hace lo que le viene en gana, estemos o no estemos de acuerdo. La prueba es que, sí quiere, puede quitarnos la ropa y dejarnos en pelota. Basta que alguien pulse una tecla y el desamparo es total. Se acabó la privacidad. En cualquier momento podemos aparecer desnudos, a la vista de todos, y el miedo a semejante espectáculo nos tiene atemorizados.

 Estamos en sus manos. El todopoderoso Elon Musk ha puesto a disposición del público en general, y los desaprensivos en particular, un programa llamado Grok que, con una simple fotografía, te desnuda y te convierte en un animalillo indefenso expuesto al mayor de los ridículos.

Este atropello desató las alarmas de los más confiados. Incluso en el Foro de Davos, que ya es decir, llegaron a la conclusión de que ninguna amenaza ha progresado tanto como la inteligencia artificial. Se ha convertido en un acelerador de los demás riesgos y, a falta de salvaguardas, supone un cóctel explosivo que puede llevarnos al caos.

 

Las nuevas tecnologías no deberían exigir, como pago, que inevitablemente tengamos que aceptar sus caprichos. Que nos desnuden de forma involuntaria y difundan las imágenes es un acto de vandalismo que merece pena de cárcel. Acostumbrados a pensarnos con cierta benevolencia, vernos sin ropa supone una humillación que sabotea nuestra intimidad. Sobre todo porque no es verdad que desnudos todos somos iguales. Ni mucho menos. Quienes ya tenemos una edad hacemos un esfuerzo por mantener nuestra decrepitud y nuestros atributos ocultos no solo a la mirada ajena, también a la propia. Hace tiempo que, cuando me ducho, nunca me miro el cuerpo, me enjabono por todas partes y procuro no mirar para no decepcionarme. Pero ahora resulta que, a pesar de mis precauciones, cualquiera puede verme desnudo por obra y gracia de la Inteligencia Artificial. Y el daño no es artificial. Es real y afecta a mi dignidad.  

Que puedan desnudarnos, más que un invento tecnológico, parece cosa de magia. Pero lo cierto es que pueden y lo hacen para que quede claro que somos insignificantes y no pintamos nada. El recado es que quien no se adapte y se someta a la Inteligencia Artificial será borrado del mapa.

Aunque esa terrible amenaza siga ahí, al acecho, tenemos nuestras armas. La solución no es complicada, solo requiere que pensemos por nuestra cuenta. Que utilicemos más el cerebro, que lo utilizamos poco y quieren que lo utilicemos todavía menos.

Mi artículo de Opinión de los lunes en La Nueva España 


miércoles, 28 de enero de 2026

Autonomías muy suyas

Milio Mariño

Los ofendidos de profesión, los que se ofenden a diario cuando no están en el poder, han vuelto a poner el grito en el cielo por la propuesta de reforma del sistema de financiación autonómica. Alertan sobre un agravio comparativo con Cataluña y, aunque disimulan, su postura es la del viejo refrán: “Justicia quiero yo, pero en mi casa no”.

El reparto que propone el Gobierno tiene en cuenta la población real de cada territorio, ponderada por variables como el envejecimiento o el coste de los servicios públicos básicos. Todas las Autonomías salen beneficiadas. Para Asturias supondría que la financiación actual se vería incrementada en más de 248 millones. Pero sospecho que cualquier propuesta que viniera del Gobierno sería igualmente rechazada. Ahí reside el problema, que ya fuera este reparto o el más justo jamás establecido, contaría con las mismas críticas y el mismo rechazo.

Resolver la financiación autonómica lleva pendiente desde 2014 y puede seguir estándolo otros doce años porque poner de acuerdo a diecisiete Comunidades Autónomas más dos ciudades, también autónomas, es complicado. Sobre todo si en muchas de ellas gobiernan quienes nunca se tomaron en serio el Estado de las Autonomías y ahora están acompañados por los que apuestan por suprimirlas si llegan a gobernar. Para todos ellos, España es Madrid y el resto, simplemente, el extrarradio. Y ya no les cuento si hablamos de lo que consideran territorio comanche: Cataluña y Euskadi.

Antes de la dictadura, en tiempos de la Segunda República, solo tenían estatuto de autonomía Cataluña y Euskadi. Después, en la transición, se recurrió al café para todos, que sirvió para la creación del estado de las autonomías y fue una salida aceptable pero, probablemente, no la solución.  Faltaba un trecho por recorrer y entre el rebrote patrio, la insolidaridad, el afán por destruir al adversario y el odio ideológico, en vez de avanzar, hemos ido a peor.

Como era de esperar, el PP ha sido quien más ha levantado la voz calificando la propuesta de insolidaria y colocando al Gobierno y a Cataluña en el centro de la diana. Ahí los sitúan sin entrar a valorar los criterios de reparto ni, menos aún, el intento de limitar el dumping fiscal que practican los territorios que hacen rebajas fiscales para tener ventaja sobre el resto. Primero presumen de bajar los impuestos y luego piden al Estado que se lo compense.

Hasta el momento solo hay una propuesta, la del Gobierno. Ningún partido ha presentado una alternativa a la reforma de la financiación autonómica. El calendario para aprobar el modelo definitivo está previsto que dure varios meses en los que, a falta de propuestas, se sucederán las recetas demagógicas alejadas de la realidad. Más que defender lo suyo, habrá quien se dedique a cargar contra el vecino. Siempre hay quien prefiere quedar tuerto con tal de que el otro no vea. 

A falta de otras, la propuesta presentada debería servir para iniciar una negociación seria en la que se impliquen todas las Comunidades. El rechazo por sistema, las descalificaciones, el agravio comparativo o volver al eslogan España se rompe no resuelven nada. Solo eternizan el problema.

Que cada Autonomía vaya a lo suyo avala lo que oí decir a un escéptico cascarrabias, que el Estado español solo tiene en común la Liga de Fútbol, el Corte Inglés y la Guardia Civil.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 19 de enero de 2026

El peaje de enero

Milio Mariño

Enero exige pagar un peaje, por los viajes que le dimos a la tarjeta las pasadas navidades, que es tan injusto como el del Huerna. Es de vergüenza, pero acabamos pagándolo porque nos sentimos culpables de querer parecernos a los que tienen dinero para pasar unas navidades de lujo.

Lo curioso es que, aunque tengan dinero, no hacen como nosotros, no caen en la tentación del consumo. Se refugian en sus chalets de la sierra y en las estaciones de esquí, respiran aire puro y hacen deporte. Nosotros, en cambio, no hacemos ni dos flexiones, comemos lo que pone el colesterol por las nubes, bebemos lo que es malo para el hígado y los riñones y dilapidamos el saldo de la tarjeta comprando regalos de dudosa utilidad. Puede servir como ejemplo ese abrigo reversible, para el perro, que nos costó 90 euros y cuando el perro lo vio ladeó la cabeza y dijo con la mirada: al que se atreva a ponérmelo lo destrozo a dentelladas.

Enero se hace muy largo porqué, además de frio y desagradable, es vengativo. Exige que paguemos la osadía de intentar parecernos a los ricos. Asoma con una sonrisa pero, en cuanto acaban las fiestas, impone su crudeza y nos obliga a vivir cuesta arriba. Son las reglas del juego. Los ricos siempre se las arreglan para que parezca que merecen lo que tienen y para que nosotros acabemos convencidos de que merecemos lo que tenemos. Si hay protestas, y ven que peligra su inmunidad, fomentan cualquier conflicto para que nos peleemos y les dejemos en paz. Solo hay que fijarse en cómo nos han liado con el feminismo y la trampa de qué no persigue la igualdad sino la superioridad de la mujer sobre el hombre. Sembraron esa discordia y se divierten contemplando como nos peleamos.

Otro frente abierto, con el mismo objetivo, son los inmigrantes y la idea de que, por su culpa, vivimos peor y aumentaron nuestros problemas. Han conseguido que los acusemos de quitarnos el trabajo, beneficiarse de nuestros impuestos y delinquir sin que las autoridades hagan nada por evitarlo.

Estos falsos problemas ya están consolidados y dando sus frutos. Pero, no contentos con eso, han sembrado una nueva discordia que persigue el enfrentamiento entre los jóvenes y los viejos. Hace tiempo que lo intentan y estas navidades aprovecharon un libro de Analía Plaza en el que la autora dice: “Los jubilados españoles se están pegando la vida cañón”. Insinúa que los jubilados cobran lo que no les pertenece y son culpables de que los jóvenes no levanten cabeza. Una especie de nuevo capítulo de la  saga “Los juegos del Hambre” en el que se declara la guerra a los pensionistas sobre la base de que su felicidad impide que los jóvenes sean felices. La idea es que los viejos son un lastre y la propuesta que si no la palman pronto habrá que empujarlos para que el mundo gire más rápido.

Nos manejan como quieren. El peaje que pagamos en enero contribuye a universalizar la culpa y meterla en la conciencia de los que menos tienen para que no olviden que disponer de poco dinero, y gastarlo alegremente, conlleva la penitencia de vivir un mes a dos velas. En esas estamos. Estamos subiendo una cuesta que, cuando se acabe, dará paso a otra.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 12 de enero de 2026

Trump, rey de los unos

Milio Mariño

Hasta donde alcanzan mis recuerdos, siempre tuve inquietud por conocer el pasado. En mi niñez, cuando empezaba con los libros de historia, sentía curiosidad por saber algo más de lo que venía en el texto. Me pasó con Atila, rey de los hunos. En el libro simplemente lo mencionaban y el profesor, en vez de contarnos quien era aquel bárbaro que había puesto en jaque al Imperio Romano, comentó que tenía un caballo, Othar, que por donde pisaba no volvía a crecer la yerba. 

Estuve mucho tiempo intrigado, pensando cómo sería aquel caballo y cómo sería su dueño, a quien llamaban el azote de Dios en la tierra. Esa intriga, la curiosidad insatisfecha debió anidar en mi cerebro, esperando respuesta, y hace unos días, cuando supimos lo de Trump en Venezuela, lo primero que me vino a la cabeza fue Atila.

Llevaba sabe dios los años que no me acordaba del rey de los hunos. Así que debe ser cierto eso de que el cerebro reacciona para protegernos. Trump no viene de las estepas de Asia Central, viene de las entrañas del capitalismo, pero tiene todas las papeletas para convertirse en el nuevo Atila del Siglo XXI.

Merece más ser el nuevo Atila que el Nobel de la paz. Y no hace falta que insista, ya nos ha convencido de que carece de principios y que, además de bruto, desprecia la inteligencia y se comporta como un ser primitivo, vengativo y violento, que presume de estar al frente del mayor ejército del mundo.

 Los límites de Trump están en sí mismo, no en las leyes. De todas maneras, como prueba de que solo persigue la justicia, justifica sus acciones diciendo que invadirá lo que haga falta en defensa de sus compatriotas drogadictos, que no es que lo sean por que vivan en un país que produce esos problemas sino porque unos extranjeros malvados les suministran drogas.

Este Atila contemporáneo tiene a su favor que, cuando invade y se apodera de un territorio, no exige el pago de tributos en doncellas sino en de barriles de petróleo.

Por más vueltas que le demos es imposible encontrar una explicación de cómo una acémila con corbata ha llegado a ser la persona más poderosa del mundo. Pero todavía es más difícil explicar que un buen número de políticos y mandatarios de la muy civilizada Europa tengan más miedo que vergüenza y hagan malabarismos para disimular que no les llega la ropa al cuerpo. No son los únicos, también muchos periodistas y medios de comunicación hablan en voz baja para no molestar a la fiera.

El miedo es una emoción que tenemos que respetar. Pero, unos por devoción y otros por miedo, han hecho de Trump el rey.

Tampoco pretendo dármelas de valiente. Hace tiempo que soy abuelo y eso acojona un poco. No por qué la valentía disminuya con la dad sino porque los años van haciéndonos menos impulsivos y reconfiguran la energía hacia una evaluación de los riesgos con más sentido práctico.

Habrá quien no esté de acuerdo, pero estoy seguro de que muchos me darán la razón. Puestos a elegir, me quedo con Maduro. Siempre será preferible un autoritario pequeño que uno de la talla de Trump. La diferencia en cuanto al tamaño del miedo que ambos pueden infundir no admite discusión.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España