Aunque el humo de los rescoldos todavía no se ha ido del
todo, las esquelas de los bosques que fallecieron en los incendios ya no están
en los periódicos. Se acabó el duelo. Solo nos queda el asombro. Esa emoción
que todos hemos sentido más de una vez y, sin embargo, siempre nos coge
desprevenidos. Sin poder explicar con palabras lo que ven nuestros ojos.
Nadie decide asombrarse. El asombro es automático. Surge
cuando vemos las imágenes del fuego y el inventario de los bosques calcinados.
Nos parece todavía más asombroso que un bombero luche contra las llamas que
alcanzan quince metros de altura con una manguera en las manos. Menuda proeza.
Tiene más mérito eso que un astronauta paseándose por la luna.
Insisto en el asombro porque no encuentro otra palabra que exprese
mejor la sensación de vulnerabilidad absoluta y el bloqueo emocional que
sentimos frente a la destrucción del fuego. También asombra, pero menos, que
las autoridades no tengan reparo en humillarse y pidan al viento que nos ayude
porque se consideran incapaces de apagar los incendios. Parece una fantasía propia
de la Edad Media. Pura magia sin un atisbo de racionalidad.
No nos han explicado, de forma cabal, qué ha ocurrido, por
qué ha ocurrido y qué está ocurriendo para que ante los incendios forestales
sintamos una indefensión y una impotencia absoluta. Seguimos sin saber cuál es
la causa y quienes pretenden informarnos evidencian que no saben nada ni tienen
el control. Ahí está lo que dijo Feijoo: ”El fuego se va moviendo de una forma
no prevista, debido a la propia temperatura de la combustión, y cuando parece
que va hacia un lugar y podemos atacarlo, automáticamente hace un zigzag y se
va al lado contrario”.
Así se explica quien no fue Presidente porque no quiso, pero
quiere serlo cuanto primero mejor. Con estas explicaciones, y otras por el
estilo, tratan de justificar que ni diez batallones de bomberos ni la Unión
Militar de Emergencias, con toda su fuerza operativa y su despliegue logístico,
pueden vencer al fuego. Intentan convencernos de que el fuego seguirá siendo
invencible aunque se contrate a los bomberos en invierno y se les encargue el
mantenimiento de los espacios forestales. Tampoco, según algunos, se arreglaría
nada reconociendo que las altas temperaturas hacen imposible que alguien siga
negando los efectos del cambio climático. Los hay que siguen negándolo aún a
riesgo de pasar por retrasados mentales.
La única conclusión positiva de estos sucesos recientes es
que se confirma que somos un Estado laico. Ahora, en vez de pedirle a Dios que
nos libre de los incendios se lo pedimos al viento. Al viento se lo pedimos
todo, que haga de bombero cuando no podemos apagar el fuego y que nos ayude a
sobrellevar un verano en el que las altas temperaturas están asfixiándonos. Le
pedimos esos favores con la esperanza de que, al final, acabará concediéndolos.
Dejamos la ventana abierta aun sabiendo que el viento es una fuerza ciega que
no sabe distinguir entre la caricia y la bofetada, entre lo que debe mover y lo
que debería dejar en su sitio. Así que es ridículo pedirle nada. Y menos que trabaje
de bombero.
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