lunes, 15 de junio de 2026

Mundial pelotudo

Milio Mariño

Con la excusa de que eligieron presidente a Donald Trump, fue extendiéndose la idea de que los estadounidenses son medio tontos. Yo, no lo creo. Muchos Estados, por ejemplo Ohio, Nuevo México, Kentucky o Misisipi, incluyen en sus constituciones la prohibición expresa de que voten los idiotas. “Ningún idiota o persona loca tendrá derecho a ser elector en este Estado”. Además, prohibiciones aparte, minusvaloramos su inteligencia. Quienes estaban hartos de vivir puteados votaron a un multimillonario que prometió devolverles el orgullo y que Estados Unidos recuperara su hegemonía en el mundo. Así mismo, millones de mujeres, inmigrantes y personas de color llegaron a la conclusión de que debían votar a quien los insultaba y los menospreciaba porque lo hacía por su bien.

A las razones expuestas, que demuestran que los estadounidenses saben lo que hacen, hay que añadir que, dentro de poco, es muy probable que nosotros hagamos lo mismo. Todo apunta que votaremos muy parecido y tendremos, también como ellos, un Mundial de Fútbol. El Mundial de 2030, junto con Portugal y Marruecos.

No es una coincidencia. La ultraderecha está de moda y los grandes negocios suelen ir juntos y se llevan muy bien con la FIFA. Por otra parte, dentro de la misma orbita, el espectáculo del fútbol es una buena oportunidad para que los ultras exhiban su repertorio fascista.

Si se cumple lo que algunos vaticinan, y empieza a cumplirse ya que han sido detenidos varios futbolistas y árbitros de países raros, este Mundial de Estados Unidos no solo será el más caro de la historia sino que batirá todos los record en cuanto a detenciones y número de efectivos destinados a vigilar la seguridad, pues incluye la participación de la CIA, el FBI, el ejército, el ICE, agencias federales, unidades de policía estatal y local y empresas de seguridad privadas. Sumen a todo esto una legión de drones cazadores que pueden disparar redes de atrape sobre cualquiera, perros robot que inspeccionarán bolsos y mochilas, camiones gigantes de rayos X y miles de cámaras, controladas por IA, que filmarán los lugares públicos y el entorno de los estadios.

Todo un descomunal y carísimo despliegue para un probable fracaso porque a los estadounidenses les importa una higa el fútbol y muchos de los que podrían acudir de fuera no lo harán como ya indican las cancelaciones masivas de vuelos y reservas.  Las campañas de persecución del ICE han acabado con el turismo y son pocos los que se atreven a viajar a Estados Unidos. Apenas nadie de los países sudamericanos, por miedo a ser detenido, y de África ni les cuento.

Trump y la guerra de Irán están haciendo mucho daño y la economía norteamericana ha empeorado de forma notable.  Si antes, para un ciudadano  de Estados Unidos, que no fuera rico, la vida allí era trabajar, dormir, e ir de compras, ahora la realidad se impone y mucha gente no puede permitirse el lujo de ir al médico o comprar los medicamentos más básicos. Así que, entre que hay poco dinero y que los estadounidenses nunca fueron aficionados al fútbol, el Mundial de Estados Unidos apunta a ser un fracaso.

Lo resumió muy bien Donald Trump hace unos días. Dijo que no compraría entradas si tuviera que pagarlas.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión

lunes, 8 de junio de 2026

Cuando el Papa estuvo en Asturias

Milio Mariño

La visita del Papa, León XIV, es un pretexto para recordar algunos detalles de cuando Juan Pablo II estuvo en Asturias. Que fue el 20 de agosto de 1989, un domingo de mucho calor. Un día espléndido y muy celebrado por la jerarquía eclesiástica asturiana, que había temido que la lluvia arruinara la visita.

Juan Pablo II llegó al aeropuerto de Asturias a media mañana y por la tarde, después de pasear por Oviedo y celebrar una misa multitudinaria en La Morgal, aún tenía que viajar, en helicóptero, desde Oviedo a Cangas de Onís y, luego, subir en coche hasta Covadonga. Una jornada agotadora para cualquiera y más para una persona de 69 años. Así que parecía normal que El Papa estuviera visiblemente cansado. No obstante, cuando llegó a Covadonga, a la Casa de Encuentros, donde pasaría la noche, el médico le tomó la temperatura y advirtió que tenía fiebre. El termómetro marcaba 38 grados.

El entorno del pontífice acordó mantener en secreto, hasta el día siguiente, que El Papa estaba enfermo, pero la fiebre era alta y estaban muy preocupados. La preocupación fue mayor cuando no quiso cenar. Pidió una tisana y se acostó.

Juan Pablo II durmió, en Covadonga, más de diez horas seguidas y aquel sueño no solo fue reparador, fue milagroso porque se levantó sin fiebre y de muy buen humor. Para disipar cualquier duda, mientras desayunaba, dijo que, de acuerdo con lo previsto, daría un paseo por el entorno de los Lagos.  Convencidos de que no conseguirían disuadirlo, pensaron que lo mejor sería que tuviera un calzado adecuado. No habían reparado en ese detalle, de modo que encargaron al gerente de la diócesis de Oviedo, José Gabriel García, que fuera a comprarle unas zapatillas deportivas. Y eso hizo, pero cuando llegó a Cangas de Onís se dio cuenta de que nadie le había dicho qué número calzaba El Papa. Calculó que sería un 43 o 44, un número grande.

Desoyendo los consejos y negándose a cambiar de calzado, Juan Pablo II inició su paseo por el entorno de los Lagos. Tuvo que resbalar y caer de costado para que dijera: Me habéis convencido, dadme las zapatillas. Unas zapatillas que, al ponerlas, resultó que eran dos números más grandes de lo que necesitaba. De todas maneras, siguió con ellas y estuvo paseando en solitario, durante más de una hora, por un paisaje que calificó de maravilloso, con su característico ropaje blanco, una vara de avellano y aquellas zapatillas blancas con rayas rojas que le habían comprado a última hora.

Además de las zapatillas, al Papa le habían regalado, en Oviedo, una reproducción de las sandalias de San Pedro, reliquia de la Catedral. No llegaron a regalarle, como estaba previsto, un osezno. El Vaticano se había mostrado reacio a aceptar el regalo, pues temía que pudiera acabar como el burro que le habían regalado  en Brasil, que no supieron qué hacer con él y se convirtió en un problema. En este caso el problema no llegó a plantearse porque el osezno murió poco antes de la visita del Papa. Hay quien dice que murió de pena, por no haber sido aceptado, mientras que otros opinan que prefirió morir antes de que lo llevaran fuera de Asturias.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España



lunes, 1 de junio de 2026

Zapatero o de otro oficio

Milio Mariño

La realidad es pura interpretación. No recuerdo quien lo dijo, pero quien lo dijera da igual. Es verdad. El mar ahí lo tenemos y no todos lo vemos del mismo color. Cada cual lo ve a su modo. Una reflexión que también vale para el caso de Zapatero. Muchos se preguntan cómo es posible que, con la fama de buena persona que tiene, haya acabado imputado por corrupción y tráfico de influencias, mientras que otros tantos, igual más numerosos, no se preguntan nada. Dicen que ya lo sabían antes de que el juez lo imputara.

Los sabelotodo siempre presumen de qué ya lo sabían. Solo unos pocos asumimos nuestra ignorancia y seguimos preguntándonos qué pudo pasar.

Pasara lo que pasara, la honradez de Zapatero está en entredicho. Pero solo para algunos. Apenas cuatro contados, el resto lo tienen claro. Dicen que es inocente o culpable, dependiendo del color político que abanderen.

Quienes dudan no son los que se declaran apolíticos, un espécimen hipócrita y cobarde que se apunta a la que salta, son quienes, al margen de su ideología, creen que tienen la obligación moral de cuestionar todo lo concerniente a este caso. Ya me gustaría responder con entusiasmo que Zapatero es inocente, o con pena y resignación que es culpable, pero como no tengo bola de cristal, he intentado leer, con la mayor objetividad posible, las 85 páginas que nos ha regalado el juez Calama.

El auto es entretenido y muy literario. Llama la atención que el juez no parta de la presunción de inocencia. Considera, desde el principio, que Zapatero es el jefe de una organización criminal de tráfico de influencias sin aportar pruebas. Aporta, eso sí, un buen número de personajes que aparecen en unas grabaciones facilitadas por la Homeland Security Investigations estadounidense, que no sabemos dónde, ni cuándo, ni como las pudo obtener. Ante una aportación tan exótica, uno se pregunta qué pinta Estados Unidos en este asunto y sí podría tener algún interés político, dado que Pedro Sánchez se ha enfrentado a Donald Trump, negándole la utilización de las bases y no aceptando aumentar la aportación de España a la OTAN, y Zapatero mandó retirar las tropas cuando la guerra de Irak. No parece muy normal que una agencia de seguridad de Estados Unidos, vinculada a ICE, investigue a Zapatero y ponga sus grabaciones a disposición de un juez español.

No les oculto que mi condición de lector empedernido de literatura de género negro pudo ayudar a que sospeche de que en esto anda metida la CIA, El Mosad, la oposición venezolana, la ultraderecha y los que asumen con entusiasmo qué quien pueda hacer que haga.  

Puede ser. Pero, aunque mis sospechas coincidan con las que apuntan un buen número de analistas internacionales, expertos en geopolítica, también tengo en cuenta que cualquier ser humano, por muy bondadoso y altruista que sea, puede acabar seducido por el egoísmo y meter la pata hasta el cuezo.

Al final, aunque la duda ofenda, sigo teniendo la duda de si Zapatero se dedicaría a otro oficio, o si estamos ante una patraña urdida para conseguir un objetivo concreto que llevan tiempo anunciando. Tardaremos en saberlo y, hasta, es posible que nunca lo sepamos.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión


lunes, 25 de mayo de 2026

La otra IA (animal)

Milio Mariño

Estoy empezando a cansarme de las maravillas y los milagros que atribuyen a la Inteligencia Artificial. No cuestiono su importancia, sé que forma parte del progreso y lo acepto, pero llevo mal oír que, dentro de poco, se ocupará de las cosas complicadas y nosotros podremos dedicarnos a otras tareas menos exigentes. Supongo que a disfrutar como animales.

Lo mismo va por ahí el futuro. Los animales disfrutan y no se complican la vida. Existe la posibilidad, cada vez más fundada, de que vivan mejor que nosotros y tengan una inteligencia que nos negamos a reconocer por miedo a salir malparados. Hay pruebas que lo confirman. Los investigadores están revelando hallazgos muy sorprendentes. El pasado mes de enero supimos de una vaca, llamada Veronika, que cogía palos con la boca para rascarse, eligiendo el más áspero para el lomo y el más suave para las ubres y las zonas más delicadas. Las vacas, al parecer, tienen una capacidad cognitiva mayor de lo que pensábamos.

 Pero no solo las vacas. Los cerdos, en contra de la opinión generalizada, distinguen la suciedad de la limpieza, utilizan la memoria a largo plazo y su comprensión espacial es magnífica. Otro detalle increíble es que los cuervos, cuando se aburren, elijen a otro animal cualquiera y se ponen a graznar para molestarlo y divertirse, al ver como se enfada y reacciona indignado.

Cuanto más investigan a los animales más se sorprenden con sus capacidades. Lo último que los científicos han descubierto es que algunos animales domésticos perciben si el humano con el que conviven es corto de la azotea o tiene una inteligencia aceptable. Un hallazgo que rompe todos los esquemas porque que tú perro o tú gato sean capaces de juzgarte, te tengan calado y sepan de qué pie cojeas ya era lo que nos faltaba. Abre una nueva vía en nuestra relación con los animales que es para preocuparse.

Podemos disimular y pasar por alto las habilidades de la vaca Veronika o que los cerdos detesten la suciedad y prefieran la limpieza, pero con esto de que los perros y los gatos calibren nuestro nivel de inteligencia no contábamos. Especulábamos sobre en qué medida podría afectarnos la Inteligencia Artificial y resulta que los animales, que creíamos irracionales, manejan herramientas, son solidarios, entienden los conceptos de equidad y empatía, resuelven problemas y saben si tenemos la cabeza bien o mal amueblada. Y si, a todo esto, sumamos que ningún animal hace con sus semejantes las barbaridades que hacemos nosotros, la bofetada en los morros es de las que necesitan una buena bolsa de hielo.

Corren malos tiempos para los humanos. Creíamos que éramos los reyes del Universo y el espejo nos devuelve la realidad de que somos como cualquier bicho viviente. En su día, ya lo anticipó Darwin. Dijo que el ser humano es un animal que nació con suerte. Una suerte que se nos está acabando porque la Inteligencia Artificial por un lado y la Inteligencia Animal por otro nos están acorralando y a saber qué será de nosotros.

Los videntes y los echadores de cartas barajan varias hipótesis. La más sólida es que, seguramente, dentro de algunos años acabaremos emigrando a Marte porque aquí ya estamos muy vistos y no engañamos a nadie.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 18 de mayo de 2026

Ratas y ratones

Milio Mariño

Siempre está uno aprendiendo. Hasta hace unos días pensaba que las ratas y los ratones eran pareja de hecho y resulta que son de familias distintas. Las ratas son grandes y peludas y los ratones pequeños y con unas orejas enormes, en proporción a su cabeza. Está bien saberlo. Si no es por la histeria que provocó el Hantavirus sigo en la inopia. Claro que la diferencia tampoco es mucha. Las ratas, igual que los ratones, son animales que despreciamos y a los que atribuimos la propagación de un montón de enfermedades.

 El Hantavirus los devolvió al centro de la polémica, pero es de siempre que los ratones tengan muy mala fama. Que yo sepa, solo hay dos excepciones: el ratoncito Pérez y la Ratita Presumida. Todos los demás provocan una gran aversión y un deseo irrefrenable de acabar con ellos como sea: a patadas, con trampas, con veneno… Con cualquier cosa menos con una flauta, como hizo Hamelín, sabedor de que, a los ratones, les gusta la música. Hay un estudio científico, publicado en Science Advances, que apunta qué lo que más les gusta es el jazz.

A lo que iba, si no me distraigo, es que, aunque las ratas están por todas partes, me parecía extraño que se embarcaran en un crucero de lujo. En esos cruceros no  dejan que entren ni como polizones. Por eso, los responsables del MV Hondius, enseguida salieron al paso y aclararon que el contagio del Hantavirus se había producido fuera del barco, probablemente en un vertedero. Una posibilidad más creíble porque las ratas y los ratones son animales pobres y los ricos no tienen contacto con la pobreza a no ser por accidente o deporte. Circunstancia que los virus conocen y de ahí que aprovechen cualquier descuido para saltar de una gallina, un murciélago o un ratón, a una persona rica y demostrar que los esfuerzos por mantener las diferencias sociales son inútiles.

La naturaleza no es como nosotros, trata por igual a todos los seres humanos. Está por averiguar si el contagio de los pasajeros del crucero de lujo no será consecuencia de que, en lo que va de año, la OMS lleve contabilizadas 17.000 infecciones, provocadas por las ratas y los ratones, en las ruinas de Gaza. Miles de infectados sin que la humanidad se diera por enterada.

Pero claro, que la infección afecte a los pasajeros de un crucero de lujo tiene otro alcance. Le prestamos más atención aunque el trato acabe siendo muy parecido. El egoísmo alimenta la crueldad y de ahí surge el grito: ¡No los queremos en nuestros puertos! Preferimos que mueran en alta mar como los subsaharianos que vienen en pateras y los traga el océano.

El mundo está infectado de estupidez y deshumanización. El dolor ajeno no conmueve a nadie y la solidaridad es cosa del pasado. Lo que se lleva es cerrar los ojos o mirar para otro lado por miedo a sentir compasión. Hemos llegado a que todo se valore en términos de utilidad. En eso se han convertido las relaciones humanas. Deberíamos tomar nota de las ratas y los ratones. Un estudio de la Universidad de California demuestra que estos animales, que consideramos despreciables, ayudan a sus congéneres en casos de necesidad.

 

Milio Mariño / Articulo de Opinión


lunes, 11 de mayo de 2026

Lejía para la boca de los políticos

Milio Mariño

Entre las calamidades que oxidan la convivencia está que hayamos llegado al colmo de que la mala educación y los insultos gocen de prestigio y sean motivo de orgullo. No hablo de quienes ponen cara de asco, nos miran con desprecio y solo saludan cuando necesitan algo de nosotros. De esos hablaré otro día. Hablo de los políticos que presumen de llamar mierda o hijo de mala madre al Presidente del Gobierno y reciben un fuerte aplauso de los que entienden que son calificativos ingeniosos que demuestran que quien los pronuncia está capacitado para dirigir un país como el nuestro. Consideran que insultar es un derecho, utilizan el insulto contra sus rivales políticos y, al mismo tiempo, exigen ser tratados con el máximo respeto.

Deberían visitar al psiquiatra. Ni el sentido común ni la libertad de expresión justifican que se insulte a nadie y menos al Presidente del Gobierno. De ahí que cualquiera qué no sea un cafre se sienta avergonzado y apele a la disculpa de que los políticos que insultan no nos representan. Eso quisiéramos, pero la realidad dice otra cosa. España es una democracia representativa y los diputados, ya sean muy educados o se porten como un onagro, el asno salvaje de las estepas de Asia, representan a todos los españoles.

Otra disculpa muy socorrida es que no nos merecemos los políticos que tenemos, pero tampoco cuela. Los elegimos nosotros, así que la responsabilidad es nuestra.

Agotadas las disculpas, relativas a nuestro entorno, solemos apelar, en última instancia, a otros países cuyos dirigentes no destacan por recitar poemas. Ponemos el ejemplo de Estados Unidos o Argentina, donde Donald Trump y Javier Milei, sacan lo mejor de sí mismos y no hay comparecencia o rueda de prensa en la que no insulten o menosprecien a cualquiera que se cruce en su camino.

Algo debe estar pasando cuando la falta de educación y los insultos constituyen el comportamiento habitual de un buen número de políticos. Ya no se trata de un desliz o una anécdota puntual, la reiteración induce a pensar que estamos ante una tendencia mundial que va en aumento, impulsada por los defensores de una ideología que no se lleva muy bien con la democracia.

Quienes recurren a las burlas y los ataques personales, hasta el punto de que consideran que insultar al presidente del Gobierno no solo es legítimo sino muy divertido, forman parte de un circo que se ha propuesto seducir y encandilar a los que demandan soluciones fáciles con el mínimo esfuerzo. Insultan y reciben el aplauso de una coreografía de rebuznos que se dan por satisfechos con un ridículo desahogo que los envilece y solo aporta rencor y odio.

Mientras que la gente sensata no penalice los insultos y los comportamientos políticos deleznables, la polarización irá en aumento y acabará imponiéndose el estilo zafio de quienes no están por la labor de respetar los valores democráticos.

Lo curioso es que fuera de la política, en la calle, la gente se comporta de forma educada y amable. Así que a los políticos que insultan habría que imponerles el castigo con el que amenazaban nuestras abuelas.  ¡Cómo vuelva a oírte otra palabrota, te lavo la boca con lejía!   


Milio Mariño / Articulo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 4 de mayo de 2026

Prioridad animal

Milio Mariño

Las ideas andan por ahí volando como los mosquitos, pero si no te pica ninguna ni tienes nada que rascar para escribir un artículo, pruebas con una noticia por ver si puedes aprovecharla antes de que acabe en el basurero del olvido.
Y, eso fue lo que hice. Cogí Prioridad Nacional, que está en boca de todos, y a continuación escribí: migración de los seres humanos. Confiaba poco en que pudiera encontrar algo ameno y positivo. No obstante, para documentarme, eché mano de un viejo Atlas y, nada más abrirlo, aparecieron las rutas que, del Polo Norte a la Antártida, habían seguido los hombres y las mujeres para llegar a poblar casi todos los rincones de la Tierra, empujados por ese instinto que nos lleva a querer vivir mejor o simplemente vivir.

Con un Atlas delante ves el mundo de otra manera. Entiendes que no llegaríamos a ser lo que somos sin las migraciones humanas. Percibes que cuando las personas empezaron a trasladarse de un sitio a otro no existían las fronteras. Hubo un tiempo en que no las había y es posible que llegue otro en el que dejarán de existir. Al fin y al cabo solo son líneas que se van trazando según el resultado de las guerras o la conveniencia de los poderosos. Por eso son cambiantes y, a veces, ridículas y hasta caprichosas. Es inútil que para trazarlas utilicen los ríos, los mares y las montañas, no dejan de ser líneas imaginarias que dividen territorios que estaban unidos en tiempos no tan remotos.

Las fronteras han sido, y siguen siendo, el origen de muchos conflictos y la causa de muchas muertes. Han hecho que los seres humanos experimentemos el sentimiento positivo de pertenecer a un lugar y quererlo hasta el punto de sentirnos muy identificados con él, pero también que haya quien confunda ese sentimiento con el derecho de posesión. Con la idea de que somos dueños del lugar que habitamos y los que vengan de fuera no solo han de contar con nuestra autorización sino pagar un tributo.

Así es como surgen las fronteras del odio, que en lo esencial coinciden con las otras y provocan un resquemor enfermizo que influye en la forma de ver a los extranjeros, sobre todo a los que no tienen dinero.

Estamos en ese momento. Parece que se nos ha olvidado que, hace unos años, España empezó a poblarse de licenciados universitarios al tiempo que iban desapareciendo los fontaneros, carpinteros, albañiles y la gente que trabajaba bajo el plástico de los invernaderos, a cuarenta grados de temperatura, o bajando escombros en una obra, o en algo que exigiera partirse el lomo y sudar la gota gorda.

Con soberbia y mucha chulería, dijimos que necesitábamos sangre nueva y mano de obra barata. Gente dura, sacrificada y hambrienta que hiciera el trabajo que no nos gusta y no queremos hacer. Y la cosa marchaba bien hasta que los guardianes de las esencias se dieron cuenta de un detalle que había pasado desapercibido: Los migrantes quieren ser como nosotros. Y eso no puede ser, dijeron algunos. Les dejamos que estén aquí como animales domésticos, pero de ahí a que tengan los mismos derechos… Lo máximo que podrían tener es prioridad animal.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España 


lunes, 27 de abril de 2026

La mansedumbre de los jóvenes

Milio Mariño

En los entornos sociales donde se configuran las opiniones se oye con demasiada frecuencia que los jubilados vivimos en otro planeta. No sé si en Marte, pero sí a una dimensión diferente, amena y muy divertida, que invita a pasear sin prisa, vigilar las obras municipales, tomar el aperitivo y rememorar el pasado editándolo en una versión más amable.  

Algo de eso habrá, no digo que no. Por mucho que presumamos de tener una conciencia crítica, al final llegamos a la conclusión de que nuestra generación fue la mejor y no es comparable con lo que vino después. Y no me escaqueo, me incluyo. Hago esfuerzos para no convertirme en un viejo gruñón pero, al final, acabo quejándome de que la juventud es de una mansedumbre atroz.

Pobrecitos, lo tienen muy mal, dicen sus padres.  Pues que se yo, lo mismo están muy mimados y piensan que las conquistas sociales caen del cielo. Hace poco, un chaval decía en una entrevista: Somos una generación derrotada, vivimos peor que nuestros abuelos.

Asombra que ya se den por vencidos. Se quejan del precio de la vivienda y de que el empleo digno y justamente remunerado, prácticamente, no existe, pero en vez de rebelarse y hacer algo, nos echan la culpa. Dicen que es la herencia que les dejamos. Culpan a papá y mamá y, sobre todo, a los abuelos. Son jóvenes, pero ya se están quejando de que cuando les toque jubilarse van a cobrar, si es que cobran, menos de lo que, ahora, cobramos los jubilados. Unos jubilados a quienes reprochan que estemos todo el día con la matraca de que luchamos por la democracia y las libertades. Algo que, a ellos, les trae sin cuidado.

Un estudio, elaborado el pasado mes de diciembre, señala que el 40% de los jóvenes considera que, en determinadas circunstancias, sería preferible un régimen autoritario, mientras que un 8,8% afirma que le es indiferente un régimen que otro.

La mitad de los jóvenes valoran la democracia no en comparación con la dictadura ni tampoco como ideal, sino sobre la base de que a ellos les pueda ir mejor o peor.

Pues nada, a seguir así. A verlas venir tumbados en el sofá, jugando con la maquinita y diciendo tonterías como que en otros tiempos tal vez se vivía peor, pero la juventud lo tenía mejor. Una reflexión absurda que enlazan con el reproche de que los políticos se olvidan de los jóvenes y solo se preocupan de los jubilados porque les tienen miedo cuando hay elecciones.

Y a mucha honra. Los achaques de la edad no nos impiden seguir en la brecha y vigilar que se respeten nuestros derechos. Seguimos dando la vara porque de lo contrario se olvidarían de nosotros. En cambio, la falta de implicación de los jóvenes, la poca participación electoral y el cuestionamiento de la democracia configuran una juventud que acepta las migajas y solo protesta con el teléfono móvil.

La juventud lleva razón cuando vaticina un futuro en el que tiene muchas probabilidades de vivir peor que sus abuelos. El sistema falla y no está cumpliendo las expectativas de las nuevas generaciones. Pero también fallan los jóvenes. Han descartado la posibilidad de luchar. Solo se les ocurre quejarse.

 Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva Esña

lunes, 20 de abril de 2026

Lunáticos

Milio Mariño

Los Estados Unidos de América del norte se parecen cada vez más a los barbaros de dicha latitud. Aquellos salvajes que arrasaban cuanto estaba a su alcance y dejaban un rastro de destrucción a su paso. Es inaudito el daño que están haciendo a la humanidad. Lo hicieron con los aranceles, luego con la guerra de Irán y, finalmente, con la más atroz de las maldades: desvelar el lado oculto de la luna. Una auténtica salvajada.

El daño es imperdonable. Los americanos han hecho lo peor que podían hacer, acabar con el referente de la imaginación. Han roto el secreto. Han destruido el origen de lo desconocido. Han acabado con lo que, por su invisibilidad, nos invitaba a llegar más lejos: a que imagináramos poemas, composiciones musicales, obras pictóricas, esculturas, películas de cine, novelas… Todo lo que produce la imaginación y la realidad no alcanza a explicar.

La otra cara de la luna ya no pertenece al territorio de lo misterioso, pertenece al inventario del terreno conocido. Lo habían intentado otras veces. En 1959, la sonda soviética Luna 3 ya hizo algunas fotografías, pero todas de muy baja calidad y que apenas permitían reconocer casi nada de la superficie lunar. Tuvieron que pasar algunos años, hasta 1968, para que un ser humano pudiera ver de forma directa ese hemisferio misterioso gracias a la misión del Apolo 8, que fue la segunda operación tripulada y la primera que conseguía salir de la órbita terrestre, orbitar alrededor de la Luna y regresar a la Tierra.

 A pesar de aquellos intentos, la cara oculta de la luna seguía siendo una incógnita porque las imágenes disponibles eran las de una masa gris, sin color y sin apenas detalles. Luego, en enero de 2019, los chinos consiguieron que aterrizara una sonda, la Change 4, en la misteriosa cara oculta. Pero tampoco enseñaron apenas nada, fue como si quisieran preservar el secreto. Todo lo contrario que estos bárbaros americanos, que se jactan de haber hecho historia por haber visto el lado oculto de la luna más cerca que nadie.

Es mentira, no fueron los primeros. Antes que ellos otras 24 personas lo habían visto con sus propios ojos. La novedad es que, a esa nómina, han añadido un hombre negro, una mujer y mucha publicidad. Un despliegue publicitario sin precedentes para un viaje carente de utilidad, que solo se explica por el afán enfermizo de los poderosos, empeñados en demostrar que pueden llegar dónde se lo propongan, incluido lo más íntimo de nosotros.

Enseñarnos el lado oculto de la luna ha sido una venganza. Ha sido como pisotear el refugio donde todo era posible. Habrá quien piense que nada ha cambiado, que todo sigue igual y, sin embargo, los duendes y las hadas ya no tienen dónde vivir. No había territorio más libre que el lado oculto de la luna. Lo han invadido. Donald Trump y sus amigos lunáticos han profanado el paraíso de la imaginación y el rock sinfónico de Pink Floyd.

Aunque lo parezca, no los llamo lunáticos por lo que han hecho. La luna no tiene culpa de sus desvaríos. El término fue corregido y ahora define un trastorno mental que se atribuye a quienes sufren locura a intervalos, no todo el tiempo.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión

 


lunes, 13 de abril de 2026

Torrente Presidente Trump

Milio Mariño

El final de la lógica siempre es el absurdo y el absurdo suele renacer como idea brillante en la mente de los estúpidos. Por eso, cuando creíamos que el cupo de estupideces estaba cubierto, Torrente Presidente Trump, convocó una rueda de prensa y anunció la meteorología del terror: Esta noche morirá toda una civilización.

Afortunadamente, la predicción fue un error. No lo es añadir un segundo apellido a la película de Santiago Segura porque los críticos de cine están empeñados en calificarla como una parodia de la España cutre y facha y no advierten que se trata de un documental sobre el energúmeno de la terrible amenaza.

Segura aborda las peripecias de un protagonista moralmente despreciable, racista, fanfarrón, zafio, mentiroso, machista y homófobo, que habla de una realidad inventada y se le va la pinza cada dos por tres. Un personaje convertido en peligro público que presume de qué no tiene otro límite más que el suyo y bromea sin que le importe hacer el ridículo.

Con estos antecedentes, el protagonista podría ser español, pero encaja como ninguno en el bocazas del flequillo rubio. La película es un biopic de Donald Trump. Santiago Segura no retrata a un hipotético presidente español, retrata al Presidente de EEUU y a los americanos de la América profunda, que no se puede decir que sean tontos porque nacieron con la inteligencia justa, pero han evolucionado hacia una tontería voluntaria que los ha convertido en el vivo retrato de Homer Simpson.

Quienes argumentan que la gente se ríe mucho y no se reiría tanto si la película  tratara de los americanos olvidan un matiz. La gente no se ríe por qué el personaje sea gracioso, se ríe porque da miedo. La risa es un mecanismo de defensa que toma el control del cerebro cuando estamos en peligro. Así se explica que nos descojonemos cuando el Presidente del país más poderoso del mundo dice que tiene línea directa con Dios, que es quien le indica los pasos a seguir por el bien de la humanidad. Bien que, al parecer, consiste en emprender una guerra ilegal y atroz que no beneficia a nadie y estamos pagando con dinero de nuestro bolsillo.

Ante semejante despropósito qué otra cosa podemos hacer más que reírnos. También podríamos llorar, pero no sale a cuenta porque aparte de pasar un mal rato no arreglaríamos el destrozo.

Santiago Segura es muy astuto. Utiliza, como coartada, la España cutre y franquista, pero Torrente Presidente no es español. Ni Rajoy o Feijoo ni, incluso, Santiago Abascal estarían a la altura. Aunque España sea un país atípico en muchas cosas, a estupideces y burradas todavía hay quien nos gane. Ningún Presidente español se atrevería a derribar parte de La Moncloa para construir un salón de baile, ni firmaría los decretos leyes en un folio gigante y con un rotulador que parece una berenjena. Y el dato que resulta definitivo es que ni al que asó la manteca se le ocurriría mandar un cohete a la luna con el retrete que no funciona.

Cuando los disparates no nos sorprenden entramos en una situación que da miedo. Y en esas estamos. Hoy garbanzos y mañana ya veremos. El menú del día lo decide un cocinero que nos tiene hipnotizados.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España 


lunes, 6 de abril de 2026

Sobremesa de Pascua

Milio Mariño

Los expertos en felicidad, que los hay, afirman que las personas que comen en compañía tienden a ser más felices. Tal vez por eso, reunirnos en torno a una mesa, para compartir conversación y comida, se ha convertido en una costumbre que no solo ha sobrevivido al paso del tiempo sino que cada vez es más imprescindible para celebrar cualquier alegría.

El antropólogo Robin Dunbar, de la Universidad de Oxford, estima que las primeras comidas grupales debieron hacerse alrededor de una hoguera hará, como poco, un millón de años. Aquí, en Avilés, hace menos que tenemos por costumbre comer en la calle los Lunes de Pascua y si no lo hacemos en torno a una hoguera no es por ganas, es por la incomodidad de acarrear leña, ya que el frio de la cuaresma suele quedarse a disfrutar de la fiesta y casi siempre nos acompaña.

Comer en la calle, por Pascua, se ha convertido en una tradición que refuerza nuestro vínculo de pertenencia y ayuda a crear recuerdos que nunca se olvidan. Su importancia no radica en lo que se come, radica en lo que representa: una conexión social que trasciende generaciones.

La gastronomía es importante, pero el buen humor y la sobremesa son ingredientes que se disfrutan tanto o más que cualquier plato de alta cocina. Comer en la calle no va de esnobismos ni platos sofisticados. El menú es sencillo: empanada, tortilla, bollos preñaos, embutido… alguna fabada. Todo en raciones copiosas que invitan a la precaución de tener a mano algún remedio para hacer más llevadero el trabajo del estómago.

Dicen los estudiosos que la costumbre de las raciones muy abundantes viene del recuerdo de la posguerra, de los años cuarenta del pasado siglo, que fueron los años del hambre. Venga de donde venga sería una pena que se perdiera por esa modernidad de usar platos cuadrados con un bocado irreconocible en el centro. No es el caso de lo que, por aquí, se estila y nunca lo fue de Jesús, el de “La Parra”, a quien tengo oído decir: “Voy quitar la carta y poner una báscula. Voy pesavos a la entrada y la salida y cobrar por kilo de engorde”.

Volviendo a la comida en la calle sería imperdonable que olvidáramos el papel de la sobremesa. Un regalo que añade magia al momento y nos invita a pensar juntos para entender mejor el mundo y también a nosotros mismos. Podemos decidir dónde nos sentamos, pero nunca cuándo ni con quién vamos a disfrutar de una buena  sobremesa. Puede ser con el de al lado, con el de enfrente, con el que está en la otra punta o con todos a la vez. Con quien tenga a bien emparejarnos el destino, que viaja en nubes de lana y es el encargado de repartir lo que cae del cielo. Así que buen provecho a quienes hoy coman en la calle y mejor, si cabe, a quienes disfruten de la sobremesa. Palabra que no tiene una traducción exacta en ningún otro idioma y que solo con nombrarla evoca un encanto que invita a gozar de la vida. Decía Saramago, en un poema, que las flores se alimentan de la fértil humedad y las palabras de la humedad de la saliva.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 30 de marzo de 2026

Cuba cuenta los días

Milio Mariño

Cuba se está muriendo y su agonía discurre sin pena ni gloria. El mundo navega por otros mares y que Cuba muera no preocupa a nadie. Tampoco cómo la van a enterrar. Tanto da que la entierren al estilo de Venezuela como que la incineren al amanecer. Pocos, muy pocos, van a llorar su muerte. Es muy posible que ni sus amigos los rusos asistan al funeral. Y, en cuanto a nosotros, igual mandamos algunas flores, por aquello de que aún quedan 165.000 cubanos descendientes, hijos o nietos, de españoles, pero no habrá lágrimas ni abrazos de despedida.  

Cuba morirá sola y sin la dignidad de oponer resistencia. Su Presidente, Díaz Canel, dijo hace unos días: “Cualquier agresor externo chocará en Cuba con una resistencia inexpugnable. Vamos a dar la vida defendiendo la Revolución”. Ciertamente, lo dijo pero ni los más acérrimos lo tomaron en serio. Lleva semanas negociando con Washington, nadie sabe si una rendición en toda regla o un apaño como el de su colega y vecino Nicolás Maduro.

El presidente cubano tiene poco que negociar. En Cuba no hay petróleo ni tierras raras. No hay negocio, y eso explica el desinterés de Marcos Rubio y Donald Trump quien, dando muestras de su acostumbrada delicadeza, acaba de decir: “Creo que tendré el honor de tomar Cuba. No sé si tomarla o liberarla. Puedo hacer lo que quiera con ella”.

Y lo está haciendo. El bloqueo total de Cuba, decretado en enero por Donald Trump, es criminal e inhumano y ha sido condenado por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Pero la tragedia del pueblo cubano es anterior, viene de lejos. Son  muchos años de falta de libertades, escasez de alimentos, medicinas y todo lo necesario para vivir con dignidad.

Cuba es un país privilegiado que lo tiene todo y no tiene nada. Causó asombro, hace seis años, cuando fabricó 100 millones de dosis de la vacuna contra el Covid, suficiente para proteger a sus 11 millones de habitantes, y regaló el resto a los países del tercer mundo. Ahora espera con ansiedad que llegue la ayuda humanitaria que está en camino. Si llega será un alivio, pero no paliará el sufrimiento de un pueblo agotado que cuenta los días esperando el final.

Una salida, que apuntan algunos analistas internacionales, podría ser que el gobierno cubano pactara reformas económicas con Estados Unidos, sin apenas tocar la estructura política, y dejara el establecimiento de un régimen democrático para más adelante. Un modelo muy parecido al empleado en Venezuela que supondría una decepción para los 700.000 cubanos que viven en Miami y para quienes, dentro de la isla, esperan un cambio que traiga plenas libertades.

Aunque la dictadura cubana está llegando a su final, el escenario que se dibuja es el de una transición difícil, complicada y plagada de incertidumbres. Hay mucha rabia acumulada, mucha sed de justicia y, también, deseo de venganza.  

Los elogios de Trump al buen clima de Cuba, y las posibilidades turísticas de la isla, no parecen un botín suficiente como para que Estados Unidos se haga cargo de tutelar y gestionar un cambio pacífico sin enfrentamientos ni derramamiento de sangre. Los cubanos confían poco en su gobierno, pero en Trump confían todavía menos.

 

Mi artículo de Opinión de los lunes.

lunes, 23 de marzo de 2026

El mundo que añoran los buenos

Milio Mariño

El sábado desperté preocupado y, con el primer café a medio tomar, me senté frente al ordenador. Había estado dándole vueltas al lío en que nos ha metido Trump y quería empezar el día sabiendo cómo está el mundo.

Está como suponía. La opinión generalizada es que el mundo está mal, muy mal. Los analistas coinciden en añorar el pasado y lamentan, con nostalgia, que estemos ante un mundo nuevo que ya no se rige por reglas.

Salí pitando. Pero no porque me asustara lo que decían, sino para atender esa necesidad imperiosa que suele surgir después del primer café. El caso que allí sentado, ya saben, es dónde se me ocurren las ideas más peregrinas. Deduzco que mí interior aprovecha para explayarse por arriba y por abajo con idéntico resultado. Así que empecé a pensar si, de verdad, había vivido en un mundo que respetaba la legalidad internacional y los derechos humanos. Y, como tenía alguna duda, decidí hacer un repaso. Recordé las guerras de Libia, Irak, Afganistán y Somalia, la anexión de Palestina, la invasión de Ucrania, el genocidio de Gaza, el asalto a Venezuela, las amenazas a Canadá y Groenlandia…

 Al final llegué a la conclusión de que hablaban de un mundo en el que yo no había vivido. El mundo que invocaban, con nostalgia, no respetaba las resoluciones de la ONU ni el Derecho Internacional. De modo que no entendía por qué se rasgaban las vestiduras y apelaban a un pasado en el que las leyes eran violadas con total impunidad. Hay cientos de casos. El más reciente es Gaza, donde se cometió un genocidio, a la vista de todos, y el mundo miró para otro lado sin avergonzarse siquiera un poco. Nadie movió un dedo para evitar el asesinato de más de 75.000 palestinos. Y siguen sin hacer nada para evitar que continúen muriendo por la hambruna y el bloqueo de alimentos, agua y medicinas.

Ese parece ser el mundo con reglas que añoran los buenos. Un mundo que impuso sanciones a Rusia, por la invasión de Ucrania, y apeló a la Corte Penal Internacional, para que emitiera una orden de arresto contra Vladímir Putin. El mismo mundo que descartó sancionar a Israel por la invasión de Gaza y no tomó ninguna medida contra Benjamín Netanyahu.

Curioso mundo, regido por leyes, el de quienes se escandalizan de que se avecine un mundo nuevo que no parece dispuesto a respetar ninguna. “Ya que no podemos confiar en un mundo con reglas, como la única manera de defender nuestros intereses… debemos buscar formas creativas para abordar las crisis”. Dijo  Úrsula Von der Leyen. Y los defensores de la ley y el orden se le echaron encima. Calla, calla, no seas loca, como se te ocurre decir algo así. Pues nada, si hay que rectificar se rectifica: Aquí una amiga, una esclava, una sierva… Dijo doña Úrsula,  parafraseando a López Vázquez en “Atraco a las tres”.

Antes de volver al ordenador, mientras tiraba de la cadena, pensé que lo mismo nunca existió ese mundo gobernado por leyes que algunos añoran. Claro que también puede ser que las leyes a las que se refieren sean la ley del embudo y la ley del más fuerte.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / diario La Nueva España


lunes, 16 de marzo de 2026

Dinero en mano

Milio Mariño

La primavera siempre llega con hojas nuevas, aroma de flores y mariposas de mil colores. Esas son sus credenciales y bien que lo celebramos. Pero esta que está por llegar se encontrará con la sorpresa de que tenemos otras preocupaciones y no estamos para sutilezas como que la tierra se vista de verde o el sol nos acaricie la piel. Ahora mismo, hay gente cuya preocupación consiste en ponerse a salvo de las bombas y los misiles, mientras que otros andamos preocupados por el precio de los carburantes y por esa recomendación de los bancos de que llevemos dinero en la cartera como precaución necesaria que puede salvarnos la vida.

El mundo alberga una nueva guerra que no solo destruye objetivos militares, también mata gente y puede resultar incómoda para quienes, en la distancia, somos espectadores. Según los expertos, a resultas del conflicto, podría producirse un colapso tecnológico que inutilice nuestras tarjetas de crédito. Una catástrofe que el Banco Central de Suecia dice que podemos evitar llevando en la cartera, al menos, noventa euros.

Solemos desconfiar y poner en duda que los Bancos se preocupen por nosotros, pero es evidente que la preocupación existe. El Banco de España, no solo suscribe la recomendación de su homólogo en Suecia sino que va más allá y sugiere que, además del dinero en efectivo, lo deseable sería que todos tuviéramos en nuestra cuenta corriente el dinero suficiente para hacer frente a nuestros gastos fijos durante tres meses.

Es importante estar, siempre, atentos porque las medidas que recomiendan para hacer frente a una crisis suelen cambiar con frecuencia y pueden cogernos desprevenidos. Hace un año, la Unión Europea recomendaba tener a mano un kit de supervivencia y aunque citaba el dinero no lo incluía entre las necesidades más básicas. Un fallo que los Bancos Centrales acaban de corregir y, ahora, además de la botella de agua, el transistor, la lata de fabada y la linterna, consideran imprescindible que llevemos dinero en la cartera.  

No me parece una ocurrencia, es una propuesta con mucho sentido. Solíamos preguntarnos para qué sirve el dinero y, por fin, tenemos la respuesta: para salvarnos la vida.

Nadie duda de que el dinero aporta seguridad y mucha confianza, pero ojo con el matiz porque supone un cambio importante. El dinero al que se refieren es el dinero en mano, son los fajos de billetes, no las tarjetas de crédito, las criptomonedas o esos inventos para pagar con el móvil.

Llevados por la inercia, habíamos dejado de usar el dinero como dinero y tuvo que venir una guerra para que tomáramos conciencia de que es imprescindible llevar dinero en la cartera. Aquello de pelearnos con los amigos y gritar: “¡Pago yo!”, “¡No, yo!”, “¡No, que me toca a mí!” se había convertido en una tradición olvidada. Sobre todo para quienes integran las nuevas generaciones, que suelen salir de casa sin llevar ni un euro encima y casi nunca muestran intención de pagar, precisamente por eso.

 Las guerras nunca traen nada bueno pero, en este caso, que nos digan que por nuestra propia supervivencia, tenemos que llevar, al menos, 90 euros en la cartera, viene bien para que no se pierdan las viejas costumbres y para que los gorrones no tengan excusa.


Milio Mariño / Artículo ode Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 9 de marzo de 2026

Desertar es de valientes

Milio Mariño

Viendo las imágenes de la guerra que enfrenta a Israel y Estados Unidos con Irán, parece como que un misil surcara el cielo a velocidad de vértigo, se cruzara con otro, que venía en sentido contrario, explotaran y aquí no pasado nada. La idea es convencernos de que la guerra consiste en una disputa entre misiles que se hacen trizas mientras la población sigue a lo suyo y cuando regresa a sus casas se entera de quien va ganando por las noticias del telediario. Así es como están presentando esta guerra, con una apariencia de irrealidad que se asemeja mucho a un videojuego. Lo único que, a diferencia de los videojuegos, no vemos muertos y si, por un descuido, aparece alguno lo pixelan para no herir sensibilidades.

Arriba, en el cielo, es posible que suceda lo que nos cuentan, pero abajo, en la tierra, la guerra sigue siendo la misma de hace mil años. No ha cambiado nada. Sigue teniendo el mismo sinsentido y las mismas consecuencias: hogares derruidos, ruinas humeantes, gente que busca a los suyos entre los escombros, niños que lloran desconsolados, heridos que gritan auxilio y miradas de horror de quienes no entienden qué está pasando.

Aunque parezca moderna, y las armas sean sofisticadas, la guerra sigue siendo muy clásica. Tal vez tengamos una percepción distinta por las imágenes que nos pasan, la lejanía del campo de batalla y porque ahora nuestros jóvenes no están obligados al servicio militar y los soldados son profesionales con más motivaciones económicas que patrióticas. Varios informes apuntan que, en la actualidad, el ejército de Ucrania cuenta con un 40% de extranjeros, de los cuales 7.000 son sudamericanos, reclutados con la promesa de recibir 4.000 dólares al mes que luego quedan en menos. Pero que se haya llegado a esto no resta crueldad y horror a la guerra, añade un negocio infame a costa de la pobreza y el sufrimiento ajeno.   

El argumento que utilizan para justificar las recientes guerras, eliminar un régimen opresor o totalitario, es falso. La guerra no es una herramienta que permita mejorar a ningún país. Arrasar con todo y matar a miles de personas con el pretexto de que es para que luego surja algo bueno, supone un disparate que no debería convencer ni a los muy ingenuos. Es como ese chiste de dos pilotos que van a los mandos de un bombardero y uno le dice al otro: Ya verás la que nos va a caer en twitter cuando se enteren de que somos nosotros los de las bombas.

La irresponsabilidad de Trump y de Netanyahu, dos perturbados que se creen los amos del mundo y desprecian a quienes no están dispuestos a secundar sus locuras, puede convertirse en la III Guerra Mundial y en una conflagración nuclear. El peligro de que pueda suceder algo así es real. También es peligroso oponerse a los caprichos de estos lunáticos, pues tiene un precio y suele ser caro. Pero la guerra encarna un modelo de sociedad y resolución de conflictos que tenemos que rechazar de plano. Desertar de la locura, abandonar las filas de los que cometen crímenes contra la humanidad, es un acto de valentía. Ojala que algún día organicen una guerra y no vaya nadie.

 Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 2 de marzo de 2026

Izquierda plus y pedrea electoral

Milio Mariño

El pasado mes de febrero, mes apodado el loco, varios políticos pusieron en marcha una iniciativa que pretende unir lo que queda de la izquierda, a la izquierda del PSOE, en algo así como un frente común que sirva para frenar el avance de la extrema derecha.

 La izquierda que pretenden unir tendrá que agenciarse un nombre porque Izquierda Unida ya está inventada. La inventó Gerardo Iglesias, Gerardín, en 1986, y era como un traje a medida con el que pretendían vestir al Partido Comunista para suavizar su imagen y aumentar la base electoral. Tuvo sus años buenos. Luego vino la amistad entre Julio Anguita y Aznar, la pinza (IU-PP) y después las dos orillas: En un lado el PP y el PSOE y en el otro Izquierda Unida. Muy parecido a lo que ocurre ahora, solo que en la otra orilla está Vox. 

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, cantaba Rubén Blades. Vox  se ha convertido en una fuerza revolucionaria que sustituye a la izquierda y defiende las reivindicaciones de los campesinos, los trabajadores y los maltratados por el sistema. Aunque claro, no promete el progreso social, la paz en el mundo, la salvación del planeta, el fin de las guerras y la abolición del machismo. Eso son tonterías. Promete mano dura y espectáculo. Ha cambiado la hoz y el martillo por una motosierra y promete cortar cabezas a diestro y siniestro.

Promete lo que la gente que está pasándolo mal quiere oír. Que castiguen a los culpabales de que ellos vivan así. Que no les hablen de la oligarquía financiera y los ultra liberales. Que se dejen de bobadas y actúen contra quienes les han dicho que tienen la culpa: los inmigrantes, las feministas, los jubilados con buenas pensiones, los servicios públicos ineficaces y el woke del tiempo que dice que el aluvión de borrascas es por el cambio climático. 

La extrema derecha utiliza el descontento mientras la izquierda más a la izquierda, los indignados de hace unos años, se olvidan de su discurso. Van a lo práctico. Y lo práctico, según sus avispados líderes, es juntarse para aprovechar los votos que, en provincias como Soria o Teruel y otras por el estilo, penalizan a las formaciones pequeñas ya que la Ley Electoral concede a esos territorios más diputados de los que, por población, les corresponden.

La izquierda plus no propone un proyecto transformador para dar la batalla y crear un clima ilusionante que haga que la gente les vote. Propone aprovechar las migajas de los restos electorales para conseguir algunos escaños. Un propósito que llevarlo a la práctica se antoja difícil.

Es cierto que resulta descorazonador que Vox gane votos prometiendo defender a los trabajadores mientras vota contra sus derechos y defiende los intereses de las grandes fortunas. Pero también lo es que la gente más desfavorecida no se sienta representada por quienes eran sus lógicos representantes. El voto a la ultraderecha, más que por ideología es, sobre todo, un grito de desesperación. Es la forma de protestar de quienes están hartos de que nadie les haga caso. Presumir de ser más de izquierdas que nadie y conformarse con la pedrea electoral supone salir a perder y allanar el camino a los reaccionarios.


Milio Mariño / Articulo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 23 de febrero de 2026

Insultar no es opinión

Milio Mariño

Por más que procuro estar al día y mantener la mente abierta, hay cosas que no logro entender. Y no son grandes cosas, son cosas sencillas que me llevo a la cama y, en vez de contar ovejas, estoy dándoles vueltas hasta que consigo dormir. Al día siguiente siguen estando ahí y aunque lo lógico sería que pasara página y reconociera, con una sonrisa, que mí cabeza me da para más, insisto en encontrarles sentido.

En ese empeño, atendiendo al consejo de si lo intentas vete hasta al final, sigo sin entender que el insulto se haya normalizado y se considere opinión. Me parece una monstruosidad. Creo que fue Saramago quien dijo que las palabras no hay que dejar que salgan de la boca sin antes pasarlas por la mente. Una precaución que, desde luego, no tuvo Belén Navarro Cañete, la concejala del PP de Vallanca, que gritó "¡hijo de puta!" a Pedro Sánchez cuando este se disponía a dar un mitin en Teruel.

No fue la primera. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, también acabó por reconocer que había llamado “hijo de puta”, al presidente del Gobierno. Es lo mínimo que se merece, dijo como disculpa. Y cundió el ejemplo porque hasta en el estadio Carlos Tartiere, antes del  partido Real Oviedo - Real Madrid, se profirió el mismo insulto dirigido al presidente del Gobierno. Insulto que fue denunciado por la Liga de Fútbol Profesional.  

Nuestro ordenamiento jurídico no contempla el derecho a insultar. El insulto no es libertad opinión, es una agresión verbal que genera odio y menoscaba la convivencia social. Por eso sorprende que en la política no se tomen medidas y qué quien insulta siga gozando de impunidad. Todo lo contrario de lo que ocurre en el fútbol.

En el fútbol se castiga a los que insultan. Y no es de hace dos días, hace ya veinte años que la Comisión Antiviolencia viene registrando los insultos de forma textual. Uno de los primeros fue: “Ese portugués hijoputa es”. Y tuvo sanción. Una medida muy razonable en una sociedad que se tiene por civilizada. No todo vale para ayudar a que tú equipo gane el partido.

Lo sorprendente, y vergonzoso, es que La Liga de fútbol castigue la violencia verbal y los partidos políticos la amparen y la disculpen. Coincido con el escritor argentino Hernán Casciari, quien dijo que el efecto de prohibir los insultos en el fútbol obliga a que los hinchas usen herramientas que antes no usaban como la metáfora, el sarcasmo y el ingenio. Qué menos si se quiere preservar la buena educación. Y que bochorno que se aplique en el fútbol y no en la política. Que en el Congreso y en el Senado no pase como en los campos de fútbol y el presidente o la presidenta de la Cámara, suspenda el debate y mande a sus señorías al vestuario cuando se produce un incidente de estas características.

Normalizar el insulto, aceptar que se insulte como una forma de expresar las diferencias políticas, era lo que nos faltaba para degradar, aún más, nuestra maltrecha democracia. Hemos llegado a un punto en el que a ciertos políticos apetece decirles: Sospecho que no debe de haber diferencia entre cómo le huele la boca y cómo le olerá el culo.


Mi artículo de los lunes en La Nueva España

 


lunes, 16 de febrero de 2026

Disfrazarse de uno mismo

Milio Mariño

El viento, que estos días sopló con fuerza, hizo que el aroma del Antroxu borrara la pestilencia de la polarización política y la gente recuperó el buen humor. Así que, un año más, la fantasía volvió a las calles de Avilés para vivir una tradición que se ha convertido en patrimonio de quienes se sienten protagonistas, participan y se divierten, y quienes no estamos para muchos trotes y disfrutamos desde el balcón. 

La pena es que ya estamos a lunes, pero todavía queda hoy y mañana antes del triste entierro de la sardina y el comienzo de la cuaresma. Tiempo de ayuno, prohibiciones y tristeza al que volveremos fortalecidos después del reconstituyente que supone vivir estos días como cada uno quiera y sin que nadie se lo impida. A eso invita L’Antroxu, a escenificar de la forma más grotesca posible las miserias de nuestra vida no para obviar ni ocultar los problemas, sino para exorcizarlos haciéndoles burla con disfraces y risas, además de buena comida y la bebida que el festejo requiera.

Pero lo bueno se acaba enseguida. El miércoles no nos quedará otra que volver a disfrazarnos. En este caso no para salir de fiesta, sino porque lo exige la vida. En carnaval nos disfrazamos porque nos apetece, pero el resto del año también vamos disfrazados para cumplir con el papel que elegimos o el que nos obligan a representar.

No vendría mal que, cuando pasen estos días, tomáramos cuenta del disfraz que llevamos puesto.  Este año llegamos tarde, pero para el próximo podría ser interesante que probáramos con lo contrario de lo que es costumbre. Es decir, qué en vez de ponernos el disfraz que esté de moda nos quitáramos el disfraz que llevamos puesto y nos disfrazáramos de nosotros mismos.

Sería una buena experiencia. Disfrazados de nosotros, tendríamos la oportunidad de comprobar que aceptación tenemos. Bien es verdad que, a lo mejor, no resultaría tan divertido. Igual nos liamos y acabamos desconcertados porque el trámite no es sencillo, es complicado y requiere mucha fuerza de voluntad. Estamos tan pendientes de lo que otros nos piden que nos olvidamos de nosotros mismos.

Habría que hacerlo sin miedo. Lo bueno es que quienes somos gente corriente, los que apenas pintamos nada, no necesitamos ser muy valientes. Por mucho que intentemos disfrazarnos de otros, nos delata nuestro aspecto. En cambio las personas importantes, las que están obligadas a gestionar sus emociones, necesitan disfrazarse para ocultar su personalidad.

Disfrazarnos en carnaval, y si me apuran hacer el ridículo, es una afición sana y muy terapéutica que eleva la autoestima. Lo que decía antes, disfrazarse de uno mismo, tal vez no sea muy original, pero supondría una liberación, que es de lo que se trata. Se trata de ser libres, algo que no se consigue haciendo trampas, escondiendo nuestra personalidad por miedo a la opinión que los demás puedan tener de nosotros.

La idea no es mía, qué más quisiera. Hace tiempo leí una fábula, no recuerdo de quien, que decía lo siguiente: Hubo una vez un hombre que en Carnaval se disfrazó de sí mismo y parecía otro. Fue muy feliz, pero el miércoles de ceniza volvió a ser el de todos los días, es decir, el que los demás querían que fuera.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España