Enero exige pagar un peaje,
por los viajes que le dimos a la tarjeta las pasadas navidades, que es tan injusto
como el del Huerna. Es de vergüenza, pero acabamos pagándolo porque nos
sentimos culpables de querer parecernos a los que tienen dinero para pasar unas
navidades de lujo.
Lo curioso es que, aunque tengan
dinero, no hacen como nosotros, no caen en la tentación del consumo. Se
refugian en sus chalets de la sierra y en las estaciones de esquí, respiran
aire puro y hacen deporte. Nosotros, en cambio, no hacemos ni dos flexiones,
comemos lo que pone el colesterol por las nubes, bebemos lo que es malo para el
hígado y los riñones y dilapidamos el saldo de la tarjeta comprando regalos de dudosa
utilidad. Puede servir como ejemplo ese abrigo reversible, para el perro, que nos
costó 90 euros y cuando el perro lo vio ladeó la cabeza y dijo con la mirada:
al que se atreva a ponérmelo lo destrozo a dentelladas.
Enero se hace muy largo porqué,
además de frio y desagradable, es vengativo. Exige que paguemos la osadía de
intentar parecernos a los ricos. Asoma con una sonrisa pero, en cuanto acaban
las fiestas, impone su crudeza y nos obliga a vivir cuesta arriba. Son las
reglas del juego. Los ricos siempre se las arreglan para que parezca que
merecen lo que tienen y para que nosotros acabemos convencidos de que merecemos
lo que tenemos. Si hay protestas, y ven que peligra su inmunidad, fomentan cualquier
conflicto para que nos peleemos y les dejemos en paz. Solo hay que fijarse en cómo
nos han liado con el feminismo y la trampa de qué no persigue la igualdad sino
la superioridad de la mujer sobre el hombre. Sembraron esa discordia y se divierten
contemplando como nos peleamos.
Otro frente abierto, con el
mismo objetivo, son los inmigrantes y la idea de que, por su culpa, vivimos
peor y aumentaron nuestros problemas. Han conseguido que los acusemos de
quitarnos el trabajo, beneficiarse de nuestros impuestos y delinquir sin que
las autoridades hagan nada por evitarlo.
Estos falsos problemas ya están
consolidados y dando sus frutos. Pero, no contentos con eso, han sembrado una
nueva discordia que persigue el enfrentamiento entre los jóvenes y los viejos.
Hace tiempo que lo intentan y estas navidades aprovecharon un libro de Analía
Plaza en el que la autora dice: “Los jubilados españoles se están pegando la vida
cañón”. Insinúa que los jubilados cobran lo que no les pertenece y son culpables
de que los jóvenes no levanten cabeza. Una especie de nuevo capítulo de la saga “Los juegos del Hambre” en el que se
declara la guerra a los pensionistas sobre la base de que su felicidad impide
que los jóvenes sean felices. La idea es que los viejos son un lastre y la
propuesta que si no la palman pronto habrá que empujarlos para que el mundo
gire más rápido.
Nos manejan como quieren. El
peaje que pagamos en enero contribuye a universalizar la culpa y meterla en la
conciencia de los que menos tienen para que no olviden que disponer de poco
dinero, y gastarlo alegremente, conlleva la penitencia de vivir un mes a dos velas.
En esas estamos. Estamos subiendo una cuesta que, cuando se acabe, dará paso a
otra.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

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