lunes, 31 de agosto de 2026

Animales sueltos

Milio Mariño

Se acaba el verano y la Guardia Civil y la Policía están que no dan abasto atendiendo llamadas de gente que entra en pánico porque cree ver animales salvajes en los sitios más insospechados. Hace un par de semanas una patrulla del Seprona, después de una concienzuda investigación, descubrió que el león que un repartidor aseguraba haber visto en las inmediaciones de Toledo era un perro lanudo al que habían esquilado la parte de atrás del lomo por consejo del veterinario, debido a un problema dermatológico.

La explicación de algunos psicólogos, sobre el aumento de estas alarmas, es que la gente ve documentales de fauna salvaje en la tele y luego no acierta con el tamaño real de los animales. Así fue que varias personas creyeron ver un cocodrilo en la ribera del Duero, cerca de Tordesillas, y resultó que era una nutria. Vieron que algo se movía en el río y el movimiento que hacen las nutrias, generando ondas con su cola, les pareció la estela de un cocodrilo.  

Casos como este y otros similares hay a cientos. En un pueblo de Granada, aseguraron que habían visto una pantera paseándose por las afueras y después del despliegue de una patrulla de la Guardia Civil se llegó a la conclusión de que la pantera era un gato negro que deambulaba por el pueblo.

La mayoría de estos avisos, de gente que denuncia la presencia de animales salvajes, ocurre en verano. Coincide cuando los urbanitas pasan sus vacaciones en una naturaleza que desconocen. Creen que el campo tiene aceras, pasos de peatones y bancos donde sentarse a contemplar los atardeceres.

En lo que va de verano, en Asturias se han producido 124 rescates en zonas montañosas debidos, sobre todo, a imprudencias y conductas temerarias. Cierto que también han rescatado una vaca, pero no por una negligencia, por un accidente.

El problema es que el 112, la policía y la Guardia Civil no pueden ignorar los avisos aunque lo denunciado les parezca una broma. Cuando se produce un aviso, están obligados a intervenir y movilizar los recursos que tengan: drones, helicópteros, perros, bomberos, agentes de seguridad… Todo un despliegue, por más que sospechen que se trata de una imprudencia o la alucinación de un chiflado. Tal parece como que hubiera mil zoos en España desde los que todos los días se escapa alguna fiera o que los animales también se hayan apuntado a la avalancha migratoria y huyan de África porque, aunque no vean la tele, que no la ven, se enteran de que aquí se vive muy bien por los que van allí de safari. 

Animales sueltos hay muchos, pero los más peligrosos son los urbanitas que nunca han visto una vaca a dos metros y creen ver fieras, al acecho, por todos los rincones. Presumen de su amor por el campo, pero se quejan del madrugador canto del gallo, el ruido de los cencerros y el olor a estiércol.  

La receta la desconozco, pero necesitamos poner remedio a esta infantilización de la sociedad que lo invade todo. La Guardia Civil ha llegado a recibir llamadas que acusaban de mal trato al dueño de un perro que lo tenía atado y los mismos han vuelto a llamar denunciando su abandono cuando lo vieron suelto.


Milio Mariño / Artículo de Opinión

lunes, 24 de agosto de 2026

Placeres caros y baratos

Milio Mariño

Siempre que me alojé en un hotel de lujo, que fue pocas veces, tuve la sensación de que quienes se alojaban allí sentían compasión por mí. Notaba que me miraban sabiendo que no pertenecía a la fauna de aquel lugar y se mostraban condescendientes porque debían de creer que sacrificaba mis ahorros por el placer de estar con ellos. No imaginaban que mi presencia era como invitado en algún simposio y aprovechaba para joderles el decorado. Resultaba divertido que me consideraran un impostor. La soberbia les llevaba al convencimiento de que estaba feliz por disfrutar de su compañía.

En uno de esos hoteles, que está en Barcelona, tenía nombre de princesa y sigue conservando las estrellas, aunque ya no se llama como se llamaba, viví una anécdota que había olvidado y volví a recordar hace unos días, ahora explico por qué. 

Dormir la siesta es un placer barato. No cuesta nada. No hace falta ni poner voluntad. Sobre todo si es verano y acabas de comer bien. Así es pero, en esta vida desaforada que nos obligan a vivir, las élites consideran que la siesta es un vicio de gente que, debido a sus pocos recursos y escasa imaginación, se divierte durmiendo a deshora.

Y en esas estaba yo. Disfrutando de una tarde de agosto, tumbado en el sofá y durmiendo como un lirón. Estaba en la gloria bendita, pero como debe ser cierto que no hay placer sin dolor, me despertó el zumbido de un mosquito que parecía el estruendo de un helicóptero. No exagero. Una mosca cojonera incordia lo suyo, pero un mosquito con ganas de cachondeo puede arruinarte la siesta y convertirla en un suplicio.

Desperté intentando ahuyentar el ruido a manotazos. Un intento inútil porque el mosquito seguía zumbando y hacía gala de sus acrobacias, al tiempo que se regodeaba de mi torpeza para el asesinato. Al final, me puse tan histérico que repartía aspavientos como un energúmeno haciendo kung fu, así que me levanté del sofá, preparé un café y me puse a escribir.

Aunque estaba cabreado, como aún me duraba el perfume de la siesta, pensé que podía aprovecharlo para escribir sobre los placeres baratos, pero ponerte a escribir es dar salida a lo que no sabes que llevas dentro. Y lo que llevaba, en aquel momento, era el hotel de lujo y la siesta de un día de junio.

Aquel día, había acabado de comer y estaba tomando un café y fumando un cigarro en la terraza del interior del hotel. Estaba solo cuando un señor, a mi lado, empezó a charlar disimulando que su intención era averiguar qué hacía yo en un sitio que no era el mío. En principio, resultaba divertido esquivar sus preguntas, pero cuando empezó a ponerse pesado dije que, sintiéndolo mucho, tenía que dejarlo porque pensaba subir a la habitación a echarme una siesta.

¿Una siesta?, dijo incrédulo. Menudo desperdicio. Qué pena que no aproveche su estancia en un hotel como este. Es lo que hago, respondí. No sé a usted, pero a mí me gustan los placeres caros. Y este no pienso perdérmelo. 

Borges escribió una reflexión que suscribo encantado: La siesta es tan valiosa que si te despiertan bruscamente sientes que te han robado una fortuna.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 17 de agosto de 2026

Ceuta, la mar de por medio

Milio Mariño

Cualquiera que, como un servidor, tenga dificultades para definir qué es una nación y busque informarse, puede acabar más confuso de lo que estaba. Hay definiciones para todos los gustos. Desde las que se basan en la raza, la geografía, el idioma o la historia hasta la que dice que una nación es un grupo de personas unidas por el odio a sus vecinos.

Esta última no la suscribo. Prefiero, por ejemplo, una nación es, en esencia, una frontera. Supongo que, en base a eso, debió establecerse que España limita al norte con el Mar Cantábrico. Así nos lo enseñaron de niños, pero la sabiduría popular corrige lo que no es correcto. En algunos documentos, que figuran en el Registro de la Propiedad, se dice de ciertas fincas, situadas en la costa asturiana, que limitan con Inglaterra la mar de por medio.

 Ese es el límite. El mar separa tierras, pero une personas y culturas. En nuestro caso, la mar de por medio con Inglaterra es fría y abarca muchas millas. Un mar menos ancho y más cálido tal vez que nos hubiera animado a cruzar a nado para alcanzar la orilla de la democracia y el progreso, en tiempos de la guerra civil, la posguerra y la dictadura franquista.

Es previsible que hubiéramos hecho lo que hacen los balseros cubanos para llegar a Miami. Y nos aplaudirían los mismos que aplauden el éxodo cubano. A nadie se le ocurre culpar a Estados Unidos de que los cubanos quieran escapar del infierno. Por esa misma razón, tampoco España tiene la culpa de la avalancha de Ceuta. Que Trump y Netanyahu cambiaran de parecer y piensen de otro modo es para tomar nota, pero que los dirigentes del PP y VOX piensen como ellos es una falta de patriotismo que clama al cielo.

Un país que resulta agredido requiere unidad interna. La irrupción de 60.000 personas en Ceuta, procedentes de Marruecos, no fue un movimiento popular espontáneo, fue una operación organizada con el propósito de poner a España contra las cuerdas. La crisis duró apenas un día, pero sirvió para demostrar que cada vez que algo va mal hay quienes se alegran y hacen lo posible porque vaya peor. Al parecer todavía sigue vigente aquello de: “Si cae España que caiga que ya la levantaremos nosotros”. Presumen de patriotas quienes se alegran de la desgracia y se ponen de parte del enemigo.

Esta táctica siniestra, que consiste en aprovechar cualquier mal para intentar derribar al gobierno, explica que no les importe el centenar largo de jóvenes,  mujeres y niños que murieron tratando de alcanzar la orilla, ni el destino de los menores atrapados en Ceuta. La palabra compasión la han desterrado de su vocabulario. En su lugar, proponen a los ceutíes que salgan a cazar emigrantes.

La mar de por medio con Marruecos no puede ser que nos convierta en una nación unida por el odio a nuestros vecinos. Fomentar el odio, atenta contra la dignidad humana, la seguridad colectiva y la convivencia pacífica. Es mentira que así se proteja mejor nuestra frontera. Lo que algunos proponen que hagamos es lo que está haciendo Marruecos: arrojar a sus propios ciudadanos al abismo con tal de sacar rédito del conflicto.

Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 10 de agosto de 2026

El peso de los eclipses

Milio Mariño

Un buen número de españoles, en su mayoría gente que lleva tres años pidiendo elecciones, espera con ilusión que el eclipse de sol previsto para el miércoles 12 de agosto acabe con el Gobierno.

No es un deseo desesperado ni un optimismo sin fundamento. La escasa puntería de Feijoo, que no acierta ni una, incluso después de que le operaran los ojos en Oviedo, ha hecho que sus seguidores confíen en la astrología como último recurso. Tienen fe en que el eclipse surta efecto y los malos augurios supongan el desalojo definitivo del inquilino de la Moncloa.

Los eclipses han inspirado historias y creencias de muy distinto signo. Desde los filósofos griegos hasta nuestros días, todas las culturas se han servido de esa filigrana del cielo para alimentar predicciones que hablan del fin del mundo, la propagación de epidemias, los desastres naturales y el derrocamiento de gobernantes y monarcas.

La tendencia mayoritaria asocia los eclipses con las catástrofes, pero no todo es negativo. También hay quienes atribuyen al fenómeno astronómico efectos positivos y señalan que algunos reyes y líderes políticos fueron alumbrados en un año en que se produjo un eclipse. El rey Carlos de Inglaterra, el príncipe William y su esposa Kate Middleton, Donald Trump, Karl Marx y el Papa Juan XXIII, nacieron, precisamente,  un año en que se produjo el citado fenómeno.

El rigor y, sobre todo, la seriedad que preside estos artículos obligaban a investigar al respecto y el resultado es un dato que para muchos será una sorpresa. Pedro Sánchez nació un día poco corriente, el 29 de febrero del año 1972. Año en el que hubo un eclipse de sol, que se produjo el 10 de julio.

Las especulaciones sobre los efectos de los eclipses también alcanzan a los nacidos en año bisiesto. Hay quien opina que son portadores de la eterna juventud y en la antigüedad se creía que tenían poderes mágicos y un optimismo fuera de lo común.

Pedro Sánchez participa de estos fenómenos por partida doble: nació un año bisiesto en el que, además, hubo un eclipse. Se aporta el dato por estricto rigor biográfico, no hay intención, ni mucho menos, de desmoralizar a quienes tienen puestas sus esperanzas en el eclipse del miércoles. En cualquier caso, puede interpretarse de mil maneras. Los caldeos y los egipcios, los indios americanos y hasta los cristianos y el propio Islam, utilizaron los eclipses para lo bueno y para lo malo. Servía para las dos cosas. El objetivo era el mismo: aprovechar el fenómeno para predisponer a la gente a favor o en contra.

Los eclipses siempre fueron algo desconcertante cuyo efecto sobre nosotros sigue siendo un misterio. Hay quien cree que influyen y hay quien lo niega de forma rotunda. Puede servir como ejemplo una idea que se difundió hace tiempo: que durante un eclipse todos perdemos peso. Parece poco creíble, pero es verdad. La Luna y el Sol se alinean con la Tierra de tal forma que la fuerza de la gravedad terrestre disminuye. El efecto es pequeño, mientras dura el eclipse una persona de 80 kilos pesa 50 gramos menos, pero suficiente para afirmar que influye sobre nosotros. En lo físico no cabe duda. Y en lo psicológico allá cada uno.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 3 de agosto de 2026

Pedir al viento que trabaje de bombero

Milio Mariño

Aunque el humo de los rescoldos todavía no se ha ido del todo, las esquelas de los bosques que fallecieron en los incendios ya no están en los periódicos. Se acabó el duelo. Solo nos queda el asombro. Esa emoción que todos hemos sentido más de una vez y, sin embargo, siempre nos coge desprevenidos. Sin poder explicar con palabras lo que ven nuestros ojos.

Nadie decide asombrarse. El asombro es automático. Surge cuando vemos las imágenes del fuego y el inventario de los bosques calcinados. Nos parece todavía más asombroso que un bombero luche contra las llamas que alcanzan quince metros de altura con una manguera en las manos. Menuda proeza. Tiene más mérito eso que un astronauta paseándose por la luna.

Insisto en el asombro porque no encuentro otra palabra que exprese mejor la sensación de vulnerabilidad absoluta y el bloqueo emocional que sentimos frente a la destrucción del fuego. También asombra, pero menos, que las autoridades no tengan reparo en humillarse y pidan al viento que nos ayude porque se consideran incapaces de apagar los incendios. Parece una fantasía propia de la Edad Media. Pura magia sin un atisbo de racionalidad.

No nos han explicado, de forma cabal, qué ha ocurrido, por qué ha ocurrido y qué está ocurriendo para que ante los incendios forestales sintamos una indefensión y una impotencia absoluta. Seguimos sin saber cuál es la causa y quienes pretenden informarnos evidencian que no saben nada ni tienen el control. Ahí está lo que dijo Feijoo: ”El fuego se va moviendo de una forma no prevista, debido a la propia temperatura de la combustión, y cuando parece que va hacia un lugar y podemos atacarlo, automáticamente hace un zigzag y se va al lado contrario”.

Así se explica quien no fue Presidente porque no quiso, pero quiere serlo cuanto primero mejor. Con estas explicaciones, y otras por el estilo, tratan de justificar que ni diez batallones de bomberos ni la Unión Militar de Emergencias, con toda su fuerza operativa y su despliegue logístico, pueden vencer al fuego. Intentan convencernos de que el fuego seguirá siendo invencible aunque se contrate a los bomberos en invierno y se les encargue el mantenimiento de los espacios forestales. Tampoco, según algunos, se arreglaría nada reconociendo que las altas temperaturas hacen imposible que alguien siga negando los efectos del cambio climático. Los hay que siguen negándolo aún a riesgo de pasar por retrasados mentales.

La única conclusión positiva de estos sucesos recientes es que se confirma que somos un Estado laico. Ahora, en vez de pedirle a Dios que nos libre de los incendios se lo pedimos al viento. Al viento se lo pedimos todo, que haga de bombero cuando no podemos apagar el fuego y que nos ayude a sobrellevar un verano en el que las altas temperaturas están asfixiándonos. Le pedimos esos favores con la esperanza de que, al final, acabará concediéndolos. Dejamos la ventana abierta aun sabiendo que el viento es una fuerza ciega que no sabe distinguir entre la caricia y la bofetada, entre lo que debe mover y lo que debería dejar en su sitio. Así que es ridículo pedirle nada. Y menos que trabaje de bombero.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 27 de julio de 2026

Espermatozoides patrióticos

Milio Mariño

Pete Hegseth, secretario de defensa de Estados Unidos, anunció que planea someter a los soldados estadounidenses a un análisis de los niveles de testosterona debido a que han detectado un descenso generalizado de la hombría. Cualidad que considera imprescindible para que las fuerzas armadas operen con eficacia y al máximo de sus capacidades.

El problema no se circunscribe a Estados Unidos y su ejército, afecta a todos los países. En España, por ejemplo, la fuerza del feminismo y la influencia del lobby gay inventaron el término masculinidad frágil para disimular lo que todo el mundo sabe. Que, salvo raras excepciones, es del tipo nenaza.

Por más que enarbolemos el lema "Cuando una mujer avanza, ningún hombre retrocede", la realidad demuestra que peligra la supervivencia del hombre de verdad. El hombre que se viste por los pies y lo hace con dignidad, sin miedo a ser objeto de burla por quienes ridiculizan los valores de lo masculino.

Corren malos tiempos para los hombres. La esperanza, y el consuelo, es que los malos tiempos crean hombres fuertes. Así lo demuestra un estudio, del Grupo Internacional UR, cuyas conclusiones son que los hombres asturianos tienen un esperma que duplica en calidad al de los varones de Madrid y supera ampliamente al de los habitantes del resto de España.

Según el citado estudio los hombres asturianos tienen de media alrededor de 95 millones de espermatozoides móviles por eyaculación, mientras que en Madrid esa cifra apenas alcanza los 50 millones. Calderilla en comparación con lo nuestro.

La revelación es oportuna porque los asturianos habíamos quedado relegados a una irrelevancia que rayaba en la marginalidad. Apenas pintábamos nada en el panorama español. Nadie hablaba de nosotros, pero el estudio nos devuelve el protagonismo que, históricamente, siempre tuvimos. En su día iniciamos la reconquista prácticamente con nada, palos y piedras, y ahora  estamos en disposición de reconquistar la esencia de lo español gracias a nuestro esperma de primera calidad. En el siglo VIII, el protagonista fue Don Pelayo y en el XXI, lo es ese asturiano anónimo que, aunque protagonice polvos egoístas, es generoso regalando espermatozoides.

No hay mejor prueba de nuestra evolución que haber transformado aquella fama que nos atribuía un carácter rudo y belicoso en un aluvión de espermatozoides que contribuyen a perpetuar la pureza de nuestra raza. Hemos sido cuna de la nación y volvemos a ser cruciales cuando en Estados Unidos están preocupados por los bajos niveles de testosterona y en la capital de España andan a vueltas con el concebido no nacido, el embrión de pocas semanas que Ayuso, y Feijoo cuando gobierne, elevan a la condición de persona desde que la mujer lo lleva en el vientre.

La medida que puso en marcha la Comunidad de Madrid induce a la sospecha de que los dirigentes conservadores estaban al tanto del plan de los americanos y el potencial del esperma asturiano. De ahí que traten de paliar la escasa calidad de los espermatozoides madrileños con esa ley del nasciturus que invade la plena potestad de la mujer sobre su cuerpo. Cuando lleguen al Gobierno, si es que llegan, esperemos que no intenten hacer lo mismo con el concepturus y se les ocurra tocarnos los huevos. Los asturianos no lo aceptaríamos. Y las asturianas tampoco.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 20 de julio de 2026

Ortografía sin falta

Milio Mariño

El verano no siempre regala felicidad. También esconde días aciagos como bien saben los miles de aspirantes a una plaza de maestro, en la enseñanza pública, que acaban de suspender las oposiciones. Aquí, en Asturias, los suspensos alcanzaron el 61% y quienes integraban los tribunales afirman que se encontraron con auténticas barbaridades. Dicen que a pesar de ser indulgentes con los errores de puntuación y sintaxis, las faltas de ortografía fueron numerosas y tan inaceptables como que hubo maestros que escribieron: “abances”, “surga” o “llendo”.

Algunos suspensos argumentaron, en su descargo, que las pruebas deberían ser más objetivas. Sugieren que deberían sustituir el desarrollo escrito tradicional por test o cuestionarios.

Los maestros no quieren escribir. Y la verdad es que no podemos exigirles que escriban bien. Escribir bien supone un don que está al alcance de muy pocos. Lo que sí podemos y debemos exigir es que escriban de forma correcta, que sepan expresarse por escrito y lo hagan con concordancia y sin faltas de ortografía. Es una exigencia básica para un maestro, un periodista, un abogado… Cualquiera que posea un título universitario y, si me apuran, para los que solo han cursado la ESO. Escribir de forma correcta es imprescindible para comunicarnos.

Pero, cada vez escribimos peor. En todos los sentidos. No solo en lo referente a la sintaxis y la ortografía, también a mano, con un teclado, en Facebook, Twitter y, por supuesto, WhatsApp.

Escribimos fatal. Recuerdo que me decían que tenía letra de médico. Escribía, y escribo, con mala caligrafía. Letras deformadas y feas aunque no hasta el punto de ser ilegibles. No llego al nivel de los médicos, de quienes creía que escribían en una especie de idioma particular que solo entendían los farmacéuticos. La sorpresa fue cuando me enteré de que no hay tal idioma. Los médicos escriben las recetas con esa letra horrible, simplemente, por chulería y los farmacéuticos se las ven y se las desean para entenderlas. Tal es así que cuando se interesan por nuestras dolencias es para que les demos alguna pista que les ayude a descifrar el jeroglífico de la receta.

En las farmacias sufren tanto o más que nosotros. Se enfrentan con unas recetas que son ilegibles y, a veces, despachan fármacos equivocados. Un estudio, publicado en la revista TIME, señala que la complicación a la hora de descifrar las recetas médicas está causando, en Estados Unidos, 7.000 muertes al año.

Los médicos se disculpan diciendo que lo hacen para no perturbar la sensibilidad de los pacientes. Esto es, que escriben mal a propósito para no producir alarma en los hipocondriacos que leen las recetas y los informes.

 Resulta curioso, pero restarle importancia a escribir mal es lo que hacen algunos maestros que han suspendido las oposiciones. Parece que hay como un cambio de rol en el profesorado. Veníamos de un rol más académico y exigente y vamos hacia un rol más social. Los maestros no quieren dejar en evidencia a sus alumnos y los imitan en la ignorancia por miedo a causarles un trauma.

Menuda la que nos espera. De lo mal que escriben los médicos estamos salvándonos gracias a la receta electrónica, pero de la mala ortografía de los maestros creo que no nos salva ni la caridad.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España