Un buen número de españoles, en su mayoría gente que lleva tres
años pidiendo elecciones, espera con ilusión que el eclipse de sol previsto
para el miércoles 12 de agosto acabe con el Gobierno.
No es un deseo desesperado ni un optimismo sin fundamento. La
escasa puntería de Feijoo, que no acierta ni una, incluso después de que le
operaran los ojos en Oviedo, ha hecho que sus seguidores confíen en la astrología
como último recurso. Tienen fe en que el eclipse surta efecto y los malos
augurios supongan el desalojo definitivo del inquilino de la Moncloa.
Los eclipses han inspirado historias y creencias de muy
distinto signo. Desde los filósofos griegos hasta nuestros días, todas las culturas
se han servido de esa filigrana del cielo para alimentar predicciones que
hablan del fin del mundo, la propagación de epidemias, los desastres naturales
y el derrocamiento de gobernantes y monarcas.
La tendencia mayoritaria asocia los eclipses con las
catástrofes, pero no todo es negativo. También hay quienes atribuyen al
fenómeno astronómico efectos positivos y señalan que algunos reyes y líderes políticos
fueron alumbrados en un año en que se produjo un eclipse. El rey Carlos de
Inglaterra, el príncipe William y su esposa Kate Middleton, Donald Trump, Karl
Marx y el Papa Juan XXIII, nacieron, precisamente, un año en que se produjo el citado fenómeno.
El rigor y, sobre todo, la seriedad que preside estos
artículos obligaban a investigar al respecto y el resultado es un dato que para
muchos será una sorpresa. Pedro Sánchez nació un día poco corriente, el 29 de
febrero del año 1972. Año en el que hubo un eclipse de sol, que se produjo el
10 de julio.
Las especulaciones sobre los efectos de los eclipses también
alcanzan a los nacidos en año bisiesto. Hay quien opina que son portadores de
la eterna juventud y en la antigüedad se creía que tenían poderes mágicos y un
optimismo fuera de lo común.
Pedro Sánchez participa de estos fenómenos por partida
doble: nació un año bisiesto en el que, además, hubo un eclipse. Se aporta
el dato por estricto rigor biográfico, no hay intención, ni mucho menos, de desmoralizar
a quienes tienen puestas sus esperanzas en el eclipse del miércoles. En
cualquier caso, puede interpretarse de mil maneras. Los caldeos y los egipcios,
los indios americanos y hasta los cristianos y el propio Islam, utilizaron los
eclipses para lo bueno y para lo malo. Servía para las dos cosas. El objetivo era
el mismo: aprovechar el fenómeno para predisponer a la gente a favor o en
contra.
Los eclipses siempre fueron algo desconcertante cuyo efecto
sobre nosotros sigue siendo un misterio. Hay quien cree que influyen y hay quien
lo niega de forma rotunda. Puede servir como ejemplo una idea que se difundió
hace tiempo: que durante un eclipse todos perdemos peso. Parece poco creíble, pero
es verdad. La Luna y el Sol se alinean con la Tierra de tal forma que la fuerza
de la gravedad terrestre disminuye. El efecto es pequeño, mientras dura el
eclipse una persona de 80 kilos pesa 50 gramos menos, pero suficiente para
afirmar que influye sobre nosotros. En lo físico no cabe duda. Y en lo
psicológico allá cada uno.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

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