La visita del Papa, León XIV, es un pretexto para recordar algunos
detalles de cuando Juan Pablo II estuvo en Asturias. Que fue el 20 de agosto de
1989, un domingo de mucho calor. Un día espléndido y muy celebrado por la
jerarquía eclesiástica asturiana, que había temido que la lluvia arruinara la
visita.
Juan Pablo II llegó al aeropuerto de Asturias a media mañana
y por la tarde, después de pasear por Oviedo y celebrar una misa multitudinaria
en La Morgal, aún tenía que viajar, en helicóptero, desde Oviedo a Cangas de
Onís y, luego, subir en coche hasta Covadonga. Una jornada agotadora para
cualquiera y más para una persona de 69 años. Así que parecía normal que El
Papa estuviera visiblemente cansado. No obstante, cuando llegó a Covadonga, a
la Casa de Encuentros, donde pasaría la noche, el médico le tomó la temperatura
y advirtió que tenía fiebre. El termómetro marcaba 38 grados.
El entorno del pontífice acordó mantener en secreto, hasta
el día siguiente, que El Papa estaba enfermo, pero la fiebre era alta y estaban
muy preocupados. La preocupación fue mayor cuando no quiso cenar. Pidió una
tisana y se acostó.
Juan Pablo II durmió, en Covadonga, más de diez horas seguidas
y aquel sueño no solo fue reparador, fue milagroso porque se levantó sin fiebre
y de muy buen humor. Para disipar cualquier duda, mientras desayunaba, dijo que,
de acuerdo con lo previsto, daría un paseo por el entorno de los Lagos. Convencidos de que no conseguirían disuadirlo,
pensaron que lo mejor sería que tuviera un calzado adecuado. No habían reparado
en ese detalle, de modo que encargaron al gerente de la diócesis de Oviedo,
José Gabriel García, que fuera a comprarle unas zapatillas deportivas. Y eso
hizo, pero cuando llegó a Cangas de Onís se dio cuenta de que nadie le había
dicho qué número calzaba El Papa. Calculó que sería un 43 o 44, un número
grande.
Desoyendo los consejos y negándose a cambiar de calzado,
Juan Pablo II inició su paseo por el entorno de los Lagos. Tuvo que resbalar y
caer de costado para que dijera: Me habéis convencido, dadme las zapatillas.
Unas zapatillas que, al ponerlas, resultó que eran dos números más grandes de
lo que necesitaba. De todas maneras, siguió con ellas y estuvo paseando en
solitario, durante más de una hora, por un paisaje que calificó de maravilloso,
con su característico ropaje blanco, una vara de avellano y aquellas zapatillas
blancas con rayas rojas que le habían comprado a última hora.
Además de las zapatillas, al Papa le habían regalado, en
Oviedo, una reproducción de las sandalias de San Pedro, reliquia de la
Catedral. No llegaron a regalarle, como estaba previsto, un osezno. El Vaticano
se había mostrado reacio a aceptar el regalo, pues temía que pudiera acabar como
el burro que le habían regalado en
Brasil, que no supieron qué hacer con él y se convirtió en un problema. En este
caso el problema no llegó a plantearse porque el osezno murió poco antes de la
visita del Papa. Hay quien dice que murió de pena, por no haber sido aceptado,
mientras que otros opinan que prefirió morir antes de que lo llevaran fuera de
Asturias.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España






