lunes, 9 de febrero de 2026

Alertas meteoro ilógicas

Milio Mariño

Hay gente para la que el asunto de mayor relevancia, lo que está por encima de todo, es la previsión meteorológica. No son agricultores, son urbanitas ociosos que se interesan por el pronóstico del tiempo como los pilotos de fórmula uno cuando tienen que elegir los neumáticos. Quieren estar seguros de sí caerá un chaparrón o aumentará la temperatura, para salir de casa con un paraguas o despreocupados y sin ropa de abrigo. Y no se conforman con un pronóstico de media mañana en relación a la tarde, exigen ser informados, al menos, con un día de antelación a fin de tomar precauciones.

Están pendientes de los pronósticos, pero luego se enfadan y acaban cabreados si la predicción falla y salen a tomar unos vinos cargando con un paraguas que no necesitaban.

Las predicciones meteorológicas indignan a mucha gente. Si llueve durante dos o tres días y anuncian otra borrasca surgen miles de voces que protestan y culpan del mal tiempo a la tala de árboles en la Amazonia o al Ministerio de Hacienda. Para culpable vale cualquiera. Esta sociedad, en la que vivimos, practica la queja como deporte. La gente se queja de lo que es fácil quejarse y no protesta por lo que debería de protestar, si pusiera algo de su parte. Pero no lo pone. Protesta por cosas intrascendentes y se encoje de hombros cuando le hablan de la responsabilidad individual y de que los derechos no se sostienen sin los correspondientes deberes.

Eso es historia. Unos protestan por qué falla la previsión del tiempo y otros porque acierta y los delata como niños consentidos. Un buen ejemplo fue aquella famosa frase del 112 asturiano: "Ya somos mayorinos". No lo parece cuando los helicópteros tienen que seguir rescatando a insensatos que se adentran en la montaña como quien sale a pasear por el parque o cuando la Guardia Civil se afana en poner vallas para impedir que la gente se acerque y saque fotos mientras el mar azota la costa con olas de nueve metros.

Los humanos del siglo XXI estamos opositando para ser los más estúpidos de todos los tiempos. Los hay que protestan por cargar con un paraguas cuando no llueve mientras que otros son capaces de adentrarse en una nevada con pantalones cortos y en chanclas. Es como si hubiéramos perdido el sentido común y nos volviéramos majaretas.

Cuesta comprender qué está pasando. Por alguna razón misteriosa, nadie es capaz de cuidar de sí mismo. Y eso explica que abunden los consejos infantiles: cruce por el paso de peatones, protéjase del frío, haga caso de la alerta amarilla, naranja o cualquiera del arco iris.... Procure beber agua cuando el calor aprieta. No se lance a la piscina desde el balcón del hotel…

Las precauciones de toda la vida, que cada uno tomábamos por nuestra cuenta, ahora son alertas imprescindibles para la supervivencia. El pasado 26 enero nos avisaron, con una alerta en el móvil, de que no nos acercáramos a la costa porque el oleaje era muy fuerte. Qué tiempos aquellos cuando uno miraba al mar y sabía, sin que nadie se lo dijera, si era peligroso acercarse. Detesto las alertas, pero ojala inventen una que nos avise cuando hacemos el imbécil.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 2 de febrero de 2026

Desnudos

Milio Mariño

Siempre que surge el tema y alguien pregunta qué opino de la Inteligencia Artificial respondo con absoluta sinceridad: me la refanfinfla. No quiero que me ayude en nada. No la necesito. Reconozco que es un invento asombroso, pero pienso seguir haciendo lo que haga sin su ayuda. No estoy en contra del progreso, si inventan algo para no tener que agacharme lo compro, pero me niego a que un robot sabelotodo me de consejos.

Así es como pienso. Y si les parezco más bruto que un gañan mono cejo, lo acepto. La Inteligencia Artificial no me gusta. Es más, me genera rechazo. Sé que está presente en las instituciones, los servicios públicos, las empresas y hasta en los teléfonos móviles, pero agradecería que respetara mi voluntad y se mantuviera alejada de mí vida. Algo que intuyo difícil porque ya lo ha invadido todo y hace lo que le viene en gana, estemos o no estemos de acuerdo. La prueba es que, sí quiere, puede quitarnos la ropa y dejarnos en pelota. Basta que alguien pulse una tecla y el desamparo es total. Se acabó la privacidad. En cualquier momento podemos aparecer desnudos, a la vista de todos, y el miedo a semejante espectáculo nos tiene atemorizados.

 Estamos en sus manos. El todopoderoso Elon Musk ha puesto a disposición del público en general, y los desaprensivos en particular, un programa llamado Grok que, con una simple fotografía, te desnuda y te convierte en un animalillo indefenso expuesto al mayor de los ridículos.

Este atropello desató las alarmas de los más confiados. Incluso en el Foro de Davos, que ya es decir, llegaron a la conclusión de que ninguna amenaza ha progresado tanto como la inteligencia artificial. Se ha convertido en un acelerador de los demás riesgos y, a falta de salvaguardas, supone un cóctel explosivo que puede llevarnos al caos.

 

Las nuevas tecnologías no deberían exigir, como pago, que inevitablemente tengamos que aceptar sus caprichos. Que nos desnuden de forma involuntaria y difundan las imágenes es un acto de vandalismo que merece pena de cárcel. Acostumbrados a pensarnos con cierta benevolencia, vernos sin ropa supone una humillación que sabotea nuestra intimidad. Sobre todo porque no es verdad que desnudos todos somos iguales. Ni mucho menos. Quienes ya tenemos una edad hacemos un esfuerzo por mantener nuestra decrepitud y nuestros atributos ocultos no solo a la mirada ajena, también a la propia. Hace tiempo que, cuando me ducho, nunca me miro el cuerpo, me enjabono por todas partes y procuro no mirar para no decepcionarme. Pero ahora resulta que, a pesar de mis precauciones, cualquiera puede verme desnudo por obra y gracia de la Inteligencia Artificial. Y el daño no es artificial. Es real y afecta a mi dignidad.  

Que puedan desnudarnos, más que un invento tecnológico, parece cosa de magia. Pero lo cierto es que pueden y lo hacen para que quede claro que somos insignificantes y no pintamos nada. El recado es que quien no se adapte y se someta a la Inteligencia Artificial será borrado del mapa.

Aunque esa terrible amenaza siga ahí, al acecho, tenemos nuestras armas. La solución no es complicada, solo requiere que pensemos por nuestra cuenta. Que utilicemos más el cerebro, que lo utilizamos poco y quieren que lo utilicemos todavía menos.

Mi artículo de Opinión de los lunes en La Nueva España 


miércoles, 28 de enero de 2026

Autonomías muy suyas

Milio Mariño

Los ofendidos de profesión, los que se ofenden a diario cuando no están en el poder, han vuelto a poner el grito en el cielo por la propuesta de reforma del sistema de financiación autonómica. Alertan sobre un agravio comparativo con Cataluña y, aunque disimulan, su postura es la del viejo refrán: “Justicia quiero yo, pero en mi casa no”.

El reparto que propone el Gobierno tiene en cuenta la población real de cada territorio, ponderada por variables como el envejecimiento o el coste de los servicios públicos básicos. Todas las Autonomías salen beneficiadas. Para Asturias supondría que la financiación actual se vería incrementada en más de 248 millones. Pero sospecho que cualquier propuesta que viniera del Gobierno sería igualmente rechazada. Ahí reside el problema, que ya fuera este reparto o el más justo jamás establecido, contaría con las mismas críticas y el mismo rechazo.

Resolver la financiación autonómica lleva pendiente desde 2014 y puede seguir estándolo otros doce años porque poner de acuerdo a diecisiete Comunidades Autónomas más dos ciudades, también autónomas, es complicado. Sobre todo si en muchas de ellas gobiernan quienes nunca se tomaron en serio el Estado de las Autonomías y ahora están acompañados por los que apuestan por suprimirlas si llegan a gobernar. Para todos ellos, España es Madrid y el resto, simplemente, el extrarradio. Y ya no les cuento si hablamos de lo que consideran territorio comanche: Cataluña y Euskadi.

Antes de la dictadura, en tiempos de la Segunda República, solo tenían estatuto de autonomía Cataluña y Euskadi. Después, en la transición, se recurrió al café para todos, que sirvió para la creación del estado de las autonomías y fue una salida aceptable pero, probablemente, no la solución.  Faltaba un trecho por recorrer y entre el rebrote patrio, la insolidaridad, el afán por destruir al adversario y el odio ideológico, en vez de avanzar, hemos ido a peor.

Como era de esperar, el PP ha sido quien más ha levantado la voz calificando la propuesta de insolidaria y colocando al Gobierno y a Cataluña en el centro de la diana. Ahí los sitúan sin entrar a valorar los criterios de reparto ni, menos aún, el intento de limitar el dumping fiscal que practican los territorios que hacen rebajas fiscales para tener ventaja sobre el resto. Primero presumen de bajar los impuestos y luego piden al Estado que se lo compense.

Hasta el momento solo hay una propuesta, la del Gobierno. Ningún partido ha presentado una alternativa a la reforma de la financiación autonómica. El calendario para aprobar el modelo definitivo está previsto que dure varios meses en los que, a falta de propuestas, se sucederán las recetas demagógicas alejadas de la realidad. Más que defender lo suyo, habrá quien se dedique a cargar contra el vecino. Siempre hay quien prefiere quedar tuerto con tal de que el otro no vea. 

A falta de otras, la propuesta presentada debería servir para iniciar una negociación seria en la que se impliquen todas las Comunidades. El rechazo por sistema, las descalificaciones, el agravio comparativo o volver al eslogan España se rompe no resuelven nada. Solo eternizan el problema.

Que cada Autonomía vaya a lo suyo avala lo que oí decir a un escéptico cascarrabias, que el Estado español solo tiene en común la Liga de Fútbol, el Corte Inglés y la Guardia Civil.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 19 de enero de 2026

El peaje de enero

Milio Mariño

Enero exige pagar un peaje, por los viajes que le dimos a la tarjeta las pasadas navidades, que es tan injusto como el del Huerna. Es de vergüenza, pero acabamos pagándolo porque nos sentimos culpables de querer parecernos a los que tienen dinero para pasar unas navidades de lujo.

Lo curioso es que, aunque tengan dinero, no hacen como nosotros, no caen en la tentación del consumo. Se refugian en sus chalets de la sierra y en las estaciones de esquí, respiran aire puro y hacen deporte. Nosotros, en cambio, no hacemos ni dos flexiones, comemos lo que pone el colesterol por las nubes, bebemos lo que es malo para el hígado y los riñones y dilapidamos el saldo de la tarjeta comprando regalos de dudosa utilidad. Puede servir como ejemplo ese abrigo reversible, para el perro, que nos costó 90 euros y cuando el perro lo vio ladeó la cabeza y dijo con la mirada: al que se atreva a ponérmelo lo destrozo a dentelladas.

Enero se hace muy largo porqué, además de frio y desagradable, es vengativo. Exige que paguemos la osadía de intentar parecernos a los ricos. Asoma con una sonrisa pero, en cuanto acaban las fiestas, impone su crudeza y nos obliga a vivir cuesta arriba. Son las reglas del juego. Los ricos siempre se las arreglan para que parezca que merecen lo que tienen y para que nosotros acabemos convencidos de que merecemos lo que tenemos. Si hay protestas, y ven que peligra su inmunidad, fomentan cualquier conflicto para que nos peleemos y les dejemos en paz. Solo hay que fijarse en cómo nos han liado con el feminismo y la trampa de qué no persigue la igualdad sino la superioridad de la mujer sobre el hombre. Sembraron esa discordia y se divierten contemplando como nos peleamos.

Otro frente abierto, con el mismo objetivo, son los inmigrantes y la idea de que, por su culpa, vivimos peor y aumentaron nuestros problemas. Han conseguido que los acusemos de quitarnos el trabajo, beneficiarse de nuestros impuestos y delinquir sin que las autoridades hagan nada por evitarlo.

Estos falsos problemas ya están consolidados y dando sus frutos. Pero, no contentos con eso, han sembrado una nueva discordia que persigue el enfrentamiento entre los jóvenes y los viejos. Hace tiempo que lo intentan y estas navidades aprovecharon un libro de Analía Plaza en el que la autora dice: “Los jubilados españoles se están pegando la vida cañón”. Insinúa que los jubilados cobran lo que no les pertenece y son culpables de que los jóvenes no levanten cabeza. Una especie de nuevo capítulo de la  saga “Los juegos del Hambre” en el que se declara la guerra a los pensionistas sobre la base de que su felicidad impide que los jóvenes sean felices. La idea es que los viejos son un lastre y la propuesta que si no la palman pronto habrá que empujarlos para que el mundo gire más rápido.

Nos manejan como quieren. El peaje que pagamos en enero contribuye a universalizar la culpa y meterla en la conciencia de los que menos tienen para que no olviden que disponer de poco dinero, y gastarlo alegremente, conlleva la penitencia de vivir un mes a dos velas. En esas estamos. Estamos subiendo una cuesta que, cuando se acabe, dará paso a otra.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 12 de enero de 2026

Trump, rey de los unos

Milio Mariño

Hasta donde alcanzan mis recuerdos, siempre tuve inquietud por conocer el pasado. En mi niñez, cuando empezaba con los libros de historia, sentía curiosidad por saber algo más de lo que venía en el texto. Me pasó con Atila, rey de los hunos. En el libro simplemente lo mencionaban y el profesor, en vez de contarnos quien era aquel bárbaro que había puesto en jaque al Imperio Romano, comentó que tenía un caballo, Othar, que por donde pisaba no volvía a crecer la yerba. 

Estuve mucho tiempo intrigado, pensando cómo sería aquel caballo y cómo sería su dueño, a quien llamaban el azote de Dios en la tierra. Esa intriga, la curiosidad insatisfecha debió anidar en mi cerebro, esperando respuesta, y hace unos días, cuando supimos lo de Trump en Venezuela, lo primero que me vino a la cabeza fue Atila.

Llevaba sabe dios los años que no me acordaba del rey de los hunos. Así que debe ser cierto eso de que el cerebro reacciona para protegernos. Trump no viene de las estepas de Asia Central, viene de las entrañas del capitalismo, pero tiene todas las papeletas para convertirse en el nuevo Atila del Siglo XXI.

Merece más ser el nuevo Atila que el Nobel de la paz. Y no hace falta que insista, ya nos ha convencido de que carece de principios y que, además de bruto, desprecia la inteligencia y se comporta como un ser primitivo, vengativo y violento, que presume de estar al frente del mayor ejército del mundo.

 Los límites de Trump están en sí mismo, no en las leyes. De todas maneras, como prueba de que solo persigue la justicia, justifica sus acciones diciendo que invadirá lo que haga falta en defensa de sus compatriotas drogadictos, que no es que lo sean por que vivan en un país que produce esos problemas sino porque unos extranjeros malvados les suministran drogas.

Este Atila contemporáneo tiene a su favor que, cuando invade y se apodera de un territorio, no exige el pago de tributos en doncellas sino en de barriles de petróleo.

Por más vueltas que le demos es imposible encontrar una explicación de cómo una acémila con corbata ha llegado a ser la persona más poderosa del mundo. Pero todavía es más difícil explicar que un buen número de políticos y mandatarios de la muy civilizada Europa tengan más miedo que vergüenza y hagan malabarismos para disimular que no les llega la ropa al cuerpo. No son los únicos, también muchos periodistas y medios de comunicación hablan en voz baja para no molestar a la fiera.

El miedo es una emoción que tenemos que respetar. Pero, unos por devoción y otros por miedo, han hecho de Trump el rey.

Tampoco pretendo dármelas de valiente. Hace tiempo que soy abuelo y eso acojona un poco. No por qué la valentía disminuya con la dad sino porque los años van haciéndonos menos impulsivos y reconfiguran la energía hacia una evaluación de los riesgos con más sentido práctico.

Habrá quien no esté de acuerdo, pero estoy seguro de que muchos me darán la razón. Puestos a elegir, me quedo con Maduro. Siempre será preferible un autoritario pequeño que uno de la talla de Trump. La diferencia en cuanto al tamaño del miedo que ambos pueden infundir no admite discusión.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España 


lunes, 5 de enero de 2026

Este año puede ser peor

Milio Mariño

Mientras desayunaba, sentí el pellizco de esa neurona que nos espabila cuando  despertamos sin despertar del todo y caí en la cuenta de que enero no es el comienzo de nada. No hay un antes y un después de diciembre, hay un par de días de fiesta y vuelta a la rutina de siempre.

Menos mal que la neurona estuvo al quite porque un poco más y vuelvo con esos propósitos de año nuevo que, enseguida, abandono culpándome de que no los consigo por mi escasa fuerza de voluntad. Lo cual es cierto, pero también lo es que no depende, solo, de mí. Depende de la situación general, que está como está y habrá que rezar para que no empeore.

Rezando, es casi seguro que no se arregle. Y, sospecho que el arreglo sería peor sí hiciéramos caso a quienes piden elecciones y piden que los votemos. Una petición asombrosa por cuanto que quien la hace es un político sin liderazgo ni más proyecto que el entusiasmo por que prosperen algunas causas judiciales que viene utilizando para poder disparar con algo, a falta de munición propia. Circunstancia que lo ha convertido en una especie de cuñado catastrofista cuyas sentenciosas afirmaciones son desmentidas, una y otra vez, por la realidad de los hechos.

Así es como empieza 2026, igual que acabó 2025. Con la misma soberbia de quienes reclaman que el gobierno les pertenece porque cuando ellos no gobiernan todo va mal. Quítate tú que me pongo yo. Ninguna explicación de cómo piensan abordar el modelo territorial, las pensiones, la vivienda, el salario mínimo, la política económica… Nada. A lo más que llegan es a decir que bajarán los impuestos sin bajar el gasto público. Una milonga, copiada de Milei y de Trump, que se une a la sarta de mentiras, insultos y estupideces que repiten constantemente ante la falta de un proyecto creíble. 

Si hablamos de corrupción, que vuelve a estar en boca de todos, todavía es peor. Quienes prometen erradicarla y combatirla con dureza, son los que han tenido en sus filas más corruptos que nadie, han sido condenados por ello y se atreven a exigir honradez desde unos despachos que pagaron con dinero negro.

El panorama, ciertamente, no invita al optimismo. De hecho, mucha gente está convencida de que todo irá a peor. Una sospecha fundada porque, lo de ahora, no es que los privilegiados, que viven estupendamente, quieran que gobiernen los suyos, también los más desfavorecidos, los que cobran un subsidio o un salario que apenas les alcanza para sobrevivir, están deseando que llegue alguien que tire abajo los  logros del progresismo, sin que les importe como quedará el país y como quedarán ellos mismos. Su objetivo es vengarse de que la vida los trate como los trata y para esa tarea no piensan elegir a los que luchan por una sociedad más justa. Eligen a los que prometen expulsar a los inmigrantes, se oponen al feminismo, no creen en el cambio climático, desprecian todo lo público y apuestan por las corridas de toros como símbolo de nuestra cultura.

Predecir el futuro es complicado. El de España se presenta muy preocupante y Trump, en la Casa Blanca, tampoco tranquiliza mucho. Pero, ojala fuera una predicción. Lo grave es que ya está sucediendo y, en 2026, puede ser peor.


Milio Mariño / Artículo Opinión / Diario La Nueva España


martes, 30 de diciembre de 2025

Inocentadas

Milio Mariño

Enarbolando la premisa de que somos inocentes, mientras no se demuestre lo contrario, habíamos elegido una fecha, el 28 de diciembre, para celebrarlo. Ese día, aparcábamos la seriedad y nos prestábamos a gastar bromas en las que incluso colaboraban los medios de comunicación, con noticias falsas y sorprendentes, que provocaban reacciones divertidas y nos reafirmaban en la creencia de que somos la única especie capaz de reírse.

La citada fiesta no alcanzó a ser de las de guardar, pero había adquirido cierta notoriedad al tratarse de una costumbre cristiana que recuperamos con la democracia, pues durante la dictadura ser inocente se había puesto difícil y la risa escaseaba hasta el punto de que algunos historiadores afirman que Franco solo se rió una vez: cuando Eisenhower visitó España. Así que había ganas de celebrar nuestra inocencia y reírnos a carcajadas porque la risa es barata y denota felicidad. Pero la celebración fue decayendo a medida que empezamos a tener constancia de que no se respetaba el 28 de diciembre.

Hay dudas sobre cuando comenzó la deriva, pero es probable que fuera a partir de marzo de 2004, con ocasión de las bombas en los trenes. A partir de entonces, las inocentadas y los bulos empezaron a difundirse sin que importara la fecha ni la época del año. Cualquier día era válido. Un día nos sorprendimos con que la Comisión Europea había decidido que la energía nuclear era una energía verde. Otro con que el Tribunal Constitucional había evitado pronunciarse sobre un recurso de amparo a propósito de una sentencia del Tribunal Superior de Baleares que consideraba que no era delito, y por tanto podía considerarse legal, saldar una deuda económica practicando sexo oral. Y, así, las inocentadas fueron dejando de ser excepción y empezaron a normalizarse de modo que hasta los jueces del Supremo se apuntaron a la fiesta y dijeron que les había resultado imposible identificar quien era M. Rajoy.

Entre las falsas inocentadas podríamos incluir, pero se salva por lo que tiene de original, la decisión de un juez que, ante la denuncia de un vecino por tener que soportar música rap a todo volumen, hasta altas horas de la madrugada, condenó al infractor a una multa de trescientos euros con la reserva de que podía reducirla si ponía música de Beethoven.

Por distintas razones, algunas inconfesables, se fue perdiendo la costumbre de respetar el 28 de diciembre y las inocentadas empezaron a proliferar de forma alarmante. Un error garrafal ya que, por ejemplo, a los jueces del Supremo no les hubiera costado nada sujetarse unos días y en vez de publicar la condena del Fiscal General el 20 de noviembre hacerlo un mes más tarde. Con un simple cambio de fecha hubieran evitado las críticas y la sospecha de lawfare. Habríamos tomado el fallo por una inocentada y todos contentos. 

La situación es preocupante, de ahí que mucha gente reclame que se acometan mejoras para fortalecer y salvaguardar nuestra democracia. Mejoras como, por ejemplo, una ley que prohíba las inocentadas en otras fechas que no sean el 28 de diciembre y contemple fuertes sanciones, incluso la cárcel, cuando los infractores provengan de la política, la judicatura o los medios de comunicación.

Una ley así hace falta. Supondría el triunfo de la razón sobre el actual y dañino desbarajuste.  

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España