Habría que reconocer, antes que nada, que lo que celebramos
el 12 de octubre es un error. Colón calculó mal el tamaño de la tierra y trató
de llegar a las Indias, Asia oriental, atravesando el océano por una ruta más
corta que bordeando África. Conocía los cálculos del astrónomo y matemático persa
Al-Farghani, pero interpretó mal las unidades. Creyó que hablaba de millas
romanas, más cortas, cuando en realidad usaba millas árabes, bastante más
largas. Acertó asumiendo que la tierra es redonda, pero se equivocó en el
tamaño, la creía más pequeña. Por eso pensó que podía cruzar el océano con tres
carabelas y pocas provisiones.
El resultado de aquel error fue que llegó a un destino
completamente distinto: el continente americano. Y, lo que había sido un error
inicial acabó convirtiéndose en un éxito sin precedentes.
No sería el primer error ni el último que acaba bien. Ahí
están la penicilina, los rayos X, la anestesia, el plástico, la insulina… Y una
retahíla interminable de grandes hallazgos que fueron posibles gracias a un
error inicial.
Debemos tantas cosas a los errores que estaría justificado
que señaláramos un día para festejar su contribución. Ese día podría ser, por
qué no, el 12 de octubre. Tendría más sentido que haberlo elegido como el día
de nuestra Fiesta Nacional. Y, no lo digo por las críticas a la intervención de
los españoles en la conquista de América. Aplicar lo que ahora se entiende por genocidio
a lo que hicieron los conquistadores hace quinientos años es un revisionismo
demagógico que conduce a conclusiones disparatadas.
No, no es por eso. Es porque la fecha de la Fiesta Nacional debería
ser la de un acontecimiento alejado de la soberbia colonial y de cualquier
referente bélico. Debería buscarse un día que podamos disfrutarlo todos. Los
actos previstos, un desfile militar y una recepción, en el Salón del Trono del Palacio
Real, a la que están invitados los miembros de la corte empresarial, política y
mediática, que saludan, uno por uno, al Rey y la Reina con genuflexiones de
todo tipo, suena increíblemente rancio y trasluce la idea de un vasallaje
impropio de una democracia. Parece una fiesta particular de palacio, en tiempos
de la Edad Media, pensada para que la vean y se maravillen los súbditos del
reino.
Elegir otro día, que no sea el 12 de octubre, y darle a la
Fiesta Nacional un contenido civil y participativo no sería algo insólito ni tampoco
revolucionario. Italia, Alemania y Portugal han modificado la fecha y los actos
de sus fiestas nacionales convirtiéndolas en celebraciones civiles propias del
siglo XXI. Han roto con el concepto tradicional de Fiesta Nacional ligada al
ejército y a conquistas militares. Han dado el protagonismo a los ciudadanos.
Nuestra Fiesta Nacional debería ser algo más que un desfile
militar y el tradicional abucheo al Presidente del Gobierno, cuando coincide
que es de izquierdas. Espectáculo que la convierte en una fiesta partidista. En
un gran error y no como el de Colón, que acabó siendo positivo. Habría que
buscar un día y organizar unos actos en los que los españoles y las españolas se
sintieran partícipes y celebraran la Fiesta Nacional como una fiesta que nos
pertenece y es de todos.






