Según el último informe PISA, de lo malo, Asturias no es lo
peor. La evaluación internacional de nuestros estudiantes indica que seguimos
estando por encima de la media de España, aunque la caída haya sido muy similar.
Ya estábamos por encima y ese colchón nos ha permitido seguir ocupando los primeros
puestos. Habrá influido, supongo, que el 72% de nuestro alumnado, seis puntos
más que la media española, pertenece a la escuela pública y, también, que estamos
por encima en cuanto a la inversión pública por estudiante.
Entre los malos, somos buenos. Pero suspendemos. El informe
supone un palo para muchos países y, sobre todo, para España. No hay excusa
posible. Ninguna. Aunque, ya se sabe, a la hora de asumir responsabilidades
pasa lo de siempre: Entre todos la mataron y ella sola se murió. Nadie se hace
cargo del fracaso. La culpa depende de quién gobierne en cada sitio. El
Gobierno Central dice que son las Comunidades Autónomas, la mayoría gobernadas
por el PP, quienes tienen la competencia educativa y estas se desentienden y
atribuyen el fracaso a la Ley de Educación. La búsqueda de culpables también
apunta a los maestros, los padres y, en última instancia, los teléfonos móviles.
Nadie se salva. Y sería injusto que se salvara. Vivimos en una
sociedad que, hace tiempo, ha dejado de valorar el esfuerzo y abraza la
comodidad. Hemos llegado al extremo de que ni siquiera nos esforzamos para
advertir cualquier anomalía o que nuestra vida corre peligro. Para eso ya están
las autoridades, para avisarnos de que no debemos salir de casa sin paraguas
cuando amenaza lluvia, ni acercarnos demasiado a la costa cuando el mar se
encrespa y levanta olas de nueve metros.
Esfuerzo el mínimo y responsabilidad, a ser posible, ninguna.
Son legión los que prefieren tener una mascota a tener hijos y otros tantos los
que prolongan la adolescencia hasta una edad en qué ya piensan en jubilarse.
Luego están los que piden pagar menos impuestos y, al mismo tiempo, reclaman
mayor protección social. Y, cada vez son más los que consideran que, para
triunfar en la vida, no se necesita una sólida formación sino ser un
espabilado, un pillo para entendernos. Ese es el modelo que triunfa. El
esfuerzo, si acaso, lo dejan para el gimnasio. Lo importante es cuidar el
cuerpo, el cerebro no necesita músculo, para eso ya está la IA.
Tal vez exagere un poco, pero por ahí respira el sentir
general. Y, como los niños y los jóvenes no son tontos ni tampoco extraterrestres,
hacen lo que ven a los mayores. Si están todo el día con el móvil es porque los
mayores viven pegados a él. Si son incapaces de manejar las frustraciones es porque
sus padres les consienten lo que haga falta con tal de que les dejen en paz.
El Informe PISA nos ha puesto al tanto de un estrepitoso fracaso,
pero no es de los estudiantes, es de la sociedad. De una sociedad conformista que
justifica la injusticia y valida la estupidez. Suspendemos en lo más elemental
y, también, en respeto y humildad. Así
que por mucho que levantemos la voz no tenemos autoridad para exigirles a
nuestros hijos y nuestros nietos que saquen sobresaliente dónde nosotros
sacamos un cero.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España






