lunes, 18 de mayo de 2026

Ratas y ratones

Milio Mariño

Siempre está uno aprendiendo. Hasta hace unos días pensaba que las ratas y los ratones eran pareja de hecho y resulta que son de familias distintas. Las ratas son grandes y peludas y los ratones pequeños y con unas orejas enormes, en proporción a su cabeza. Está bien saberlo. Si no es por la histeria que provocó el Hantavirus sigo en la inopia. Claro que la diferencia tampoco es mucha. Las ratas, igual que los ratones, son animales que despreciamos y a los que atribuimos la propagación de un montón de enfermedades.

 El Hantavirus los devolvió al centro de la polémica, pero es de siempre que los ratones tengan muy mala fama. Que yo sepa, solo hay dos excepciones: el ratoncito Pérez y la Ratita Presumida. Todos los demás provocan una gran aversión y un deseo irrefrenable de acabar con ellos como sea: a patadas, con trampas, con veneno… Con cualquier cosa menos con una flauta, como hizo Hamelín, sabedor de que, a los ratones, les gusta la música. Hay un estudio científico, publicado en Science Advances, que apunta qué lo que más les gusta es el jazz.

A lo que iba, si no me distraigo, es que, aunque las ratas están por todas partes, me parecía extraño que se embarcaran en un crucero de lujo. En esos cruceros no  dejan que entren ni como polizones. Por eso, los responsables del MV Hondius, enseguida salieron al paso y aclararon que el contagio del Hantavirus se había producido fuera del barco, probablemente en un vertedero. Una posibilidad más creíble porque las ratas y los ratones son animales pobres y los ricos no tienen contacto con la pobreza a no ser por accidente o deporte. Circunstancia que los virus conocen y de ahí que aprovechen cualquier descuido para saltar de una gallina, un murciélago o un ratón, a una persona rica y demostrar que los esfuerzos por mantener las diferencias sociales son inútiles.

La naturaleza no es como nosotros, trata por igual a todos los seres humanos. Está por averiguar si el contagio de los pasajeros del crucero de lujo no será consecuencia de que, en lo que va de año, la OMS lleve contabilizadas 17.000 infecciones, provocadas por las ratas y los ratones, en las ruinas de Gaza. Miles de infectados sin que la humanidad se diera por enterada.

Pero claro, que la infección afecte a los pasajeros de un crucero de lujo tiene otro alcance. Le prestamos más atención aunque el trato acabe siendo muy parecido. El egoísmo alimenta la crueldad y de ahí surge el grito: ¡No los queremos en nuestros puertos! Preferimos que mueran en alta mar como los subsaharianos que vienen en pateras y los traga el océano.

El mundo está infectado de estupidez y deshumanización. El dolor ajeno no conmueve a nadie y la solidaridad es cosa del pasado. Lo que se lleva es cerrar los ojos o mirar para otro lado por miedo a sentir compasión. Hemos llegado a que todo se valore en términos de utilidad. En eso se han convertido las relaciones humanas. Deberíamos tomar nota de las ratas y los ratones. Un estudio de la Universidad de California demuestra que estos animales, que consideramos despreciables, ayudan a sus congéneres en casos de necesidad.

 

Milio Mariño / Articulo de Opinión


lunes, 11 de mayo de 2026

Lejía para la boca de los políticos

Milio Mariño

Entre las calamidades que oxidan la convivencia está que hayamos llegado al colmo de que la mala educación y los insultos gocen de prestigio y sean motivo de orgullo. No hablo de quienes ponen cara de asco, nos miran con desprecio y solo saludan cuando necesitan algo de nosotros. De esos hablaré otro día. Hablo de los políticos que presumen de llamar mierda o hijo de mala madre al Presidente del Gobierno y reciben un fuerte aplauso de los que entienden que son calificativos ingeniosos que demuestran que quien los pronuncia está capacitado para dirigir un país como el nuestro. Consideran que insultar es un derecho, utilizan el insulto contra sus rivales políticos y, al mismo tiempo, exigen ser tratados con el máximo respeto.

Deberían visitar al psiquiatra. Ni el sentido común ni la libertad de expresión justifican que se insulte a nadie y menos al Presidente del Gobierno. De ahí que cualquiera qué no sea un cafre se sienta avergonzado y apele a la disculpa de que los políticos que insultan no nos representan. Eso quisiéramos, pero la realidad dice otra cosa. España es una democracia representativa y los diputados, ya sean muy educados o se porten como un onagro, el asno salvaje de las estepas de Asia, representan a todos los españoles.

Otra disculpa muy socorrida es que no nos merecemos los políticos que tenemos, pero tampoco cuela. Los elegimos nosotros, así que la responsabilidad es nuestra.

Agotadas las disculpas, relativas a nuestro entorno, solemos apelar, en última instancia, a otros países cuyos dirigentes no destacan por recitar poemas. Ponemos el ejemplo de Estados Unidos o Argentina, donde Donald Trump y Javier Milei, sacan lo mejor de sí mismos y no hay comparecencia o rueda de prensa en la que no insulten o menosprecien a cualquiera que se cruce en su camino.

Algo debe estar pasando cuando la falta de educación y los insultos constituyen el comportamiento habitual de un buen número de políticos. Ya no se trata de un desliz o una anécdota puntual, la reiteración induce a pensar que estamos ante una tendencia mundial que va en aumento, impulsada por los defensores de una ideología que no se lleva muy bien con la democracia.

Quienes recurren a las burlas y los ataques personales, hasta el punto de que consideran que insultar al presidente del Gobierno no solo es legítimo sino muy divertido, forman parte de un circo que se ha propuesto seducir y encandilar a los que demandan soluciones fáciles con el mínimo esfuerzo. Insultan y reciben el aplauso de una coreografía de rebuznos que se dan por satisfechos con un ridículo desahogo que los envilece y solo aporta rencor y odio.

Mientras que la gente sensata no penalice los insultos y los comportamientos políticos deleznables, la polarización irá en aumento y acabará imponiéndose el estilo zafio de quienes no están por la labor de respetar los valores democráticos.

Lo curioso es que fuera de la política, en la calle, la gente se comporta de forma educada y amable. Así que a los políticos que insultan habría que imponerles el castigo con el que amenazaban nuestras abuelas.  ¡Cómo vuelva a oírte otra palabrota, te lavo la boca con lejía!   


Milio Mariño / Articulo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 4 de mayo de 2026

Prioridad animal

Milio Mariño

Las ideas andan por ahí volando como los mosquitos, pero si no te pica ninguna ni tienes nada que rascar para escribir un artículo, pruebas con una noticia por ver si puedes aprovecharla antes de que acabe en el basurero del olvido.
Y, eso fue lo que hice. Cogí Prioridad Nacional, que está en boca de todos, y a continuación escribí: migración de los seres humanos. Confiaba poco en que pudiera encontrar algo ameno y positivo. No obstante, para documentarme, eché mano de un viejo Atlas y, nada más abrirlo, aparecieron las rutas que, del Polo Norte a la Antártida, habían seguido los hombres y las mujeres para llegar a poblar casi todos los rincones de la Tierra, empujados por ese instinto que nos lleva a querer vivir mejor o simplemente vivir.

Con un Atlas delante ves el mundo de otra manera. Entiendes que no llegaríamos a ser lo que somos sin las migraciones humanas. Percibes que cuando las personas empezaron a trasladarse de un sitio a otro no existían las fronteras. Hubo un tiempo en que no las había y es posible que llegue otro en el que dejarán de existir. Al fin y al cabo solo son líneas que se van trazando según el resultado de las guerras o la conveniencia de los poderosos. Por eso son cambiantes y, a veces, ridículas y hasta caprichosas. Es inútil que para trazarlas utilicen los ríos, los mares y las montañas, no dejan de ser líneas imaginarias que dividen territorios que estaban unidos en tiempos no tan remotos.

Las fronteras han sido, y siguen siendo, el origen de muchos conflictos y la causa de muchas muertes. Han hecho que los seres humanos experimentemos el sentimiento positivo de pertenecer a un lugar y quererlo hasta el punto de sentirnos muy identificados con él, pero también que haya quien confunda ese sentimiento con el derecho de posesión. Con la idea de que somos dueños del lugar que habitamos y los que vengan de fuera no solo han de contar con nuestra autorización sino pagar un tributo.

Así es como surgen las fronteras del odio, que en lo esencial coinciden con las otras y provocan un resquemor enfermizo que influye en la forma de ver a los extranjeros, sobre todo a los que no tienen dinero.

Estamos en ese momento. Parece que se nos ha olvidado que, hace unos años, España empezó a poblarse de licenciados universitarios al tiempo que iban desapareciendo los fontaneros, carpinteros, albañiles y la gente que trabajaba bajo el plástico de los invernaderos, a cuarenta grados de temperatura, o bajando escombros en una obra, o en algo que exigiera partirse el lomo y sudar la gota gorda.

Con soberbia y mucha chulería, dijimos que necesitábamos sangre nueva y mano de obra barata. Gente dura, sacrificada y hambrienta que hiciera el trabajo que no nos gusta y no queremos hacer. Y la cosa marchaba bien hasta que los guardianes de las esencias se dieron cuenta de un detalle que había pasado desapercibido: Los migrantes quieren ser como nosotros. Y eso no puede ser, dijeron algunos. Les dejamos que estén aquí como animales domésticos, pero de ahí a que tengan los mismos derechos… Lo máximo que podrían tener es prioridad animal.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España 


lunes, 27 de abril de 2026

La mansedumbre de los jóvenes

Milio Mariño

En los entornos sociales donde se configuran las opiniones se oye con demasiada frecuencia que los jubilados vivimos en otro planeta. No sé si en Marte, pero sí a una dimensión diferente, amena y muy divertida, que invita a pasear sin prisa, vigilar las obras municipales, tomar el aperitivo y rememorar el pasado editándolo en una versión más amable.  

Algo de eso habrá, no digo que no. Por mucho que presumamos de tener una conciencia crítica, al final llegamos a la conclusión de que nuestra generación fue la mejor y no es comparable con lo que vino después. Y no me escaqueo, me incluyo. Hago esfuerzos para no convertirme en un viejo gruñón pero, al final, acabo quejándome de que la juventud es de una mansedumbre atroz.

Pobrecitos, lo tienen muy mal, dicen sus padres.  Pues que se yo, lo mismo están muy mimados y piensan que las conquistas sociales caen del cielo. Hace poco, un chaval decía en una entrevista: Somos una generación derrotada, vivimos peor que nuestros abuelos.

Asombra que ya se den por vencidos. Se quejan del precio de la vivienda y de que el empleo digno y justamente remunerado, prácticamente, no existe, pero en vez de rebelarse y hacer algo, nos echan la culpa. Dicen que es la herencia que les dejamos. Culpan a papá y mamá y, sobre todo, a los abuelos. Son jóvenes, pero ya se están quejando de que cuando les toque jubilarse van a cobrar, si es que cobran, menos de lo que, ahora, cobramos los jubilados. Unos jubilados a quienes reprochan que estemos todo el día con la matraca de que luchamos por la democracia y las libertades. Algo que, a ellos, les trae sin cuidado.

Un estudio, elaborado el pasado mes de diciembre, señala que el 40% de los jóvenes considera que, en determinadas circunstancias, sería preferible un régimen autoritario, mientras que un 8,8% afirma que le es indiferente un régimen que otro.

La mitad de los jóvenes valoran la democracia no en comparación con la dictadura ni tampoco como ideal, sino sobre la base de que a ellos les pueda ir mejor o peor.

Pues nada, a seguir así. A verlas venir tumbados en el sofá, jugando con la maquinita y diciendo tonterías como que en otros tiempos tal vez se vivía peor, pero la juventud lo tenía mejor. Una reflexión absurda que enlazan con el reproche de que los políticos se olvidan de los jóvenes y solo se preocupan de los jubilados porque les tienen miedo cuando hay elecciones.

Y a mucha honra. Los achaques de la edad no nos impiden seguir en la brecha y vigilar que se respeten nuestros derechos. Seguimos dando la vara porque de lo contrario se olvidarían de nosotros. En cambio, la falta de implicación de los jóvenes, la poca participación electoral y el cuestionamiento de la democracia configuran una juventud que acepta las migajas y solo protesta con el teléfono móvil.

La juventud lleva razón cuando vaticina un futuro en el que tiene muchas probabilidades de vivir peor que sus abuelos. El sistema falla y no está cumpliendo las expectativas de las nuevas generaciones. Pero también fallan los jóvenes. Han descartado la posibilidad de luchar. Solo se les ocurre quejarse.

 Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva Esña

lunes, 20 de abril de 2026

Lunáticos

Milio Mariño

Los Estados Unidos de América del norte se parecen cada vez más a los barbaros de dicha latitud. Aquellos salvajes que arrasaban cuanto estaba a su alcance y dejaban un rastro de destrucción a su paso. Es inaudito el daño que están haciendo a la humanidad. Lo hicieron con los aranceles, luego con la guerra de Irán y, finalmente, con la más atroz de las maldades: desvelar el lado oculto de la luna. Una auténtica salvajada.

El daño es imperdonable. Los americanos han hecho lo peor que podían hacer, acabar con el referente de la imaginación. Han roto el secreto. Han destruido el origen de lo desconocido. Han acabado con lo que, por su invisibilidad, nos invitaba a llegar más lejos: a que imagináramos poemas, composiciones musicales, obras pictóricas, esculturas, películas de cine, novelas… Todo lo que produce la imaginación y la realidad no alcanza a explicar.

La otra cara de la luna ya no pertenece al territorio de lo misterioso, pertenece al inventario del terreno conocido. Lo habían intentado otras veces. En 1959, la sonda soviética Luna 3 ya hizo algunas fotografías, pero todas de muy baja calidad y que apenas permitían reconocer casi nada de la superficie lunar. Tuvieron que pasar algunos años, hasta 1968, para que un ser humano pudiera ver de forma directa ese hemisferio misterioso gracias a la misión del Apolo 8, que fue la segunda operación tripulada y la primera que conseguía salir de la órbita terrestre, orbitar alrededor de la Luna y regresar a la Tierra.

 A pesar de aquellos intentos, la cara oculta de la luna seguía siendo una incógnita porque las imágenes disponibles eran las de una masa gris, sin color y sin apenas detalles. Luego, en enero de 2019, los chinos consiguieron que aterrizara una sonda, la Change 4, en la misteriosa cara oculta. Pero tampoco enseñaron apenas nada, fue como si quisieran preservar el secreto. Todo lo contrario que estos bárbaros americanos, que se jactan de haber hecho historia por haber visto el lado oculto de la luna más cerca que nadie.

Es mentira, no fueron los primeros. Antes que ellos otras 24 personas lo habían visto con sus propios ojos. La novedad es que, a esa nómina, han añadido un hombre negro, una mujer y mucha publicidad. Un despliegue publicitario sin precedentes para un viaje carente de utilidad, que solo se explica por el afán enfermizo de los poderosos, empeñados en demostrar que pueden llegar dónde se lo propongan, incluido lo más íntimo de nosotros.

Enseñarnos el lado oculto de la luna ha sido una venganza. Ha sido como pisotear el refugio donde todo era posible. Habrá quien piense que nada ha cambiado, que todo sigue igual y, sin embargo, los duendes y las hadas ya no tienen dónde vivir. No había territorio más libre que el lado oculto de la luna. Lo han invadido. Donald Trump y sus amigos lunáticos han profanado el paraíso de la imaginación y el rock sinfónico de Pink Floyd.

Aunque lo parezca, no los llamo lunáticos por lo que han hecho. La luna no tiene culpa de sus desvaríos. El término fue corregido y ahora define un trastorno mental que se atribuye a quienes sufren locura a intervalos, no todo el tiempo.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión

 


lunes, 13 de abril de 2026

Torrente Presidente Trump

Milio Mariño

El final de la lógica siempre es el absurdo y el absurdo suele renacer como idea brillante en la mente de los estúpidos. Por eso, cuando creíamos que el cupo de estupideces estaba cubierto, Torrente Presidente Trump, convocó una rueda de prensa y anunció la meteorología del terror: Esta noche morirá toda una civilización.

Afortunadamente, la predicción fue un error. No lo es añadir un segundo apellido a la película de Santiago Segura porque los críticos de cine están empeñados en calificarla como una parodia de la España cutre y facha y no advierten que se trata de un documental sobre el energúmeno de la terrible amenaza.

Segura aborda las peripecias de un protagonista moralmente despreciable, racista, fanfarrón, zafio, mentiroso, machista y homófobo, que habla de una realidad inventada y se le va la pinza cada dos por tres. Un personaje convertido en peligro público que presume de qué no tiene otro límite más que el suyo y bromea sin que le importe hacer el ridículo.

Con estos antecedentes, el protagonista podría ser español, pero encaja como ninguno en el bocazas del flequillo rubio. La película es un biopic de Donald Trump. Santiago Segura no retrata a un hipotético presidente español, retrata al Presidente de EEUU y a los americanos de la América profunda, que no se puede decir que sean tontos porque nacieron con la inteligencia justa, pero han evolucionado hacia una tontería voluntaria que los ha convertido en el vivo retrato de Homer Simpson.

Quienes argumentan que la gente se ríe mucho y no se reiría tanto si la película  tratara de los americanos olvidan un matiz. La gente no se ríe por qué el personaje sea gracioso, se ríe porque da miedo. La risa es un mecanismo de defensa que toma el control del cerebro cuando estamos en peligro. Así se explica que nos descojonemos cuando el Presidente del país más poderoso del mundo dice que tiene línea directa con Dios, que es quien le indica los pasos a seguir por el bien de la humanidad. Bien que, al parecer, consiste en emprender una guerra ilegal y atroz que no beneficia a nadie y estamos pagando con dinero de nuestro bolsillo.

Ante semejante despropósito qué otra cosa podemos hacer más que reírnos. También podríamos llorar, pero no sale a cuenta porque aparte de pasar un mal rato no arreglaríamos el destrozo.

Santiago Segura es muy astuto. Utiliza, como coartada, la España cutre y franquista, pero Torrente Presidente no es español. Ni Rajoy o Feijoo ni, incluso, Santiago Abascal estarían a la altura. Aunque España sea un país atípico en muchas cosas, a estupideces y burradas todavía hay quien nos gane. Ningún Presidente español se atrevería a derribar parte de La Moncloa para construir un salón de baile, ni firmaría los decretos leyes en un folio gigante y con un rotulador que parece una berenjena. Y el dato que resulta definitivo es que ni al que asó la manteca se le ocurriría mandar un cohete a la luna con el retrete que no funciona.

Cuando los disparates no nos sorprenden entramos en una situación que da miedo. Y en esas estamos. Hoy garbanzos y mañana ya veremos. El menú del día lo decide un cocinero que nos tiene hipnotizados.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España 


lunes, 6 de abril de 2026

Sobremesa de Pascua

Milio Mariño

Los expertos en felicidad, que los hay, afirman que las personas que comen en compañía tienden a ser más felices. Tal vez por eso, reunirnos en torno a una mesa, para compartir conversación y comida, se ha convertido en una costumbre que no solo ha sobrevivido al paso del tiempo sino que cada vez es más imprescindible para celebrar cualquier alegría.

El antropólogo Robin Dunbar, de la Universidad de Oxford, estima que las primeras comidas grupales debieron hacerse alrededor de una hoguera hará, como poco, un millón de años. Aquí, en Avilés, hace menos que tenemos por costumbre comer en la calle los Lunes de Pascua y si no lo hacemos en torno a una hoguera no es por ganas, es por la incomodidad de acarrear leña, ya que el frio de la cuaresma suele quedarse a disfrutar de la fiesta y casi siempre nos acompaña.

Comer en la calle, por Pascua, se ha convertido en una tradición que refuerza nuestro vínculo de pertenencia y ayuda a crear recuerdos que nunca se olvidan. Su importancia no radica en lo que se come, radica en lo que representa: una conexión social que trasciende generaciones.

La gastronomía es importante, pero el buen humor y la sobremesa son ingredientes que se disfrutan tanto o más que cualquier plato de alta cocina. Comer en la calle no va de esnobismos ni platos sofisticados. El menú es sencillo: empanada, tortilla, bollos preñaos, embutido… alguna fabada. Todo en raciones copiosas que invitan a la precaución de tener a mano algún remedio para hacer más llevadero el trabajo del estómago.

Dicen los estudiosos que la costumbre de las raciones muy abundantes viene del recuerdo de la posguerra, de los años cuarenta del pasado siglo, que fueron los años del hambre. Venga de donde venga sería una pena que se perdiera por esa modernidad de usar platos cuadrados con un bocado irreconocible en el centro. No es el caso de lo que, por aquí, se estila y nunca lo fue de Jesús, el de “La Parra”, a quien tengo oído decir: “Voy quitar la carta y poner una báscula. Voy pesavos a la entrada y la salida y cobrar por kilo de engorde”.

Volviendo a la comida en la calle sería imperdonable que olvidáramos el papel de la sobremesa. Un regalo que añade magia al momento y nos invita a pensar juntos para entender mejor el mundo y también a nosotros mismos. Podemos decidir dónde nos sentamos, pero nunca cuándo ni con quién vamos a disfrutar de una buena  sobremesa. Puede ser con el de al lado, con el de enfrente, con el que está en la otra punta o con todos a la vez. Con quien tenga a bien emparejarnos el destino, que viaja en nubes de lana y es el encargado de repartir lo que cae del cielo. Así que buen provecho a quienes hoy coman en la calle y mejor, si cabe, a quienes disfruten de la sobremesa. Palabra que no tiene una traducción exacta en ningún otro idioma y que solo con nombrarla evoca un encanto que invita a gozar de la vida. Decía Saramago, en un poema, que las flores se alimentan de la fértil humedad y las palabras de la humedad de la saliva.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España