En los entornos sociales
donde se configuran las opiniones se oye con demasiada frecuencia que los jubilados
vivimos en otro planeta. No sé si en Marte, pero sí a una dimensión diferente, amena
y muy divertida, que invita a pasear sin prisa, vigilar las obras municipales,
tomar el aperitivo y rememorar el pasado editándolo en una versión más amable.
Algo de eso habrá, no digo
que no. Por mucho que presumamos de tener una conciencia crítica, al final llegamos
a la conclusión de que nuestra generación fue la mejor y no es comparable con
lo que vino después. Y no me escaqueo, me incluyo. Hago esfuerzos para no
convertirme en un viejo gruñón pero, al final, acabo quejándome de que la
juventud es de una mansedumbre atroz.
Pobrecitos, lo tienen muy mal,
dicen sus padres. Pues que se yo, lo
mismo están muy mimados y piensan que las conquistas sociales caen del cielo. Hace
poco, un chaval decía en una entrevista: Somos una generación derrotada, vivimos
peor que nuestros abuelos.
Asombra que ya se den por
vencidos. Se quejan del precio de la vivienda y de que el empleo digno y
justamente remunerado, prácticamente, no existe, pero en vez de rebelarse y
hacer algo, nos echan la culpa. Dicen que es la herencia que les dejamos.
Culpan a papá y mamá y, sobre todo, a los abuelos. Son jóvenes, pero ya se están
quejando de que cuando les toque jubilarse van a cobrar, si es que cobran, menos
de lo que, ahora, cobramos los jubilados. Unos jubilados a quienes reprochan
que estemos todo el día con la matraca de que luchamos por la democracia y las
libertades. Algo que, a ellos, les trae sin cuidado.
Un estudio, elaborado el
pasado mes de diciembre, señala que el 40% de los jóvenes considera que, en
determinadas circunstancias, sería preferible un régimen autoritario, mientras
que un 8,8% afirma que le es indiferente un régimen que otro.
La mitad de los jóvenes valoran
la democracia no en comparación con la dictadura ni tampoco como ideal, sino
sobre la base de que a ellos les pueda ir mejor o peor.
Pues nada, a seguir así. A
verlas venir tumbados en el sofá, jugando con la maquinita y diciendo tonterías
como que en otros tiempos tal vez se vivía peor, pero la juventud lo tenía mejor.
Una reflexión absurda que enlazan con el reproche de que los políticos se
olvidan de los jóvenes y solo se preocupan de los jubilados porque les tienen
miedo cuando hay elecciones.
Y a mucha honra. Los achaques
de la edad no nos impiden seguir en la brecha y vigilar que se respeten nuestros
derechos. Seguimos dando la vara porque de lo contrario se olvidarían de
nosotros. En cambio, la falta de implicación de los jóvenes, la poca
participación electoral y el cuestionamiento de la democracia configuran una
juventud que acepta las migajas y solo protesta con el teléfono móvil.
La juventud lleva razón cuando
vaticina un futuro en el que tiene muchas probabilidades de vivir peor que sus
abuelos. El sistema falla y no está cumpliendo las expectativas de las nuevas
generaciones. Pero también fallan los jóvenes. Han descartado la posibilidad de
luchar. Solo se les ocurre quejarse.



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