Hay gente para la que el
asunto de mayor relevancia, lo que está por encima de todo, es la previsión
meteorológica. No son agricultores, son urbanitas ociosos que se interesan por
el pronóstico del tiempo como los pilotos de fórmula uno cuando tienen que
elegir los neumáticos. Quieren estar seguros de sí caerá un chaparrón o
aumentará la temperatura, para salir de casa con un paraguas o despreocupados y
sin ropa de abrigo. Y no se conforman con un pronóstico de media mañana en
relación a la tarde, exigen ser informados, al menos, con un día de antelación a
fin de tomar precauciones.
Están pendientes de los
pronósticos, pero luego se enfadan y acaban cabreados si la predicción falla y
salen a tomar unos vinos cargando con un paraguas que no necesitaban.
Las predicciones
meteorológicas indignan a mucha gente. Si llueve durante dos o tres días y anuncian
otra borrasca surgen miles de voces que protestan y culpan del mal tiempo a la
tala de árboles en la Amazonia o al Ministerio de Hacienda. Para culpable vale
cualquiera. Esta sociedad, en la que vivimos, practica la queja como deporte.
La gente se queja de lo que es fácil quejarse y no protesta por lo que debería
de protestar, si pusiera algo de su parte. Pero no lo pone. Protesta por cosas intrascendentes
y se encoje de hombros cuando le hablan de la responsabilidad individual y de que
los derechos no se sostienen sin los correspondientes deberes.
Eso es historia. Unos protestan
por qué falla la previsión del tiempo y otros porque acierta y los delata como
niños consentidos. Un buen ejemplo fue aquella famosa frase del 112 asturiano: "Ya
somos mayorinos". No lo parece cuando los helicópteros tienen que seguir
rescatando a insensatos que se adentran en la montaña como quien sale a pasear por
el parque o cuando la Guardia Civil se afana en poner vallas para impedir que
la gente se acerque y saque fotos mientras el mar azota la costa con olas de
nueve metros.
Los humanos del siglo XXI
estamos opositando para ser los más estúpidos de todos los tiempos. Los hay que
protestan por cargar con un paraguas cuando no llueve mientras que otros son
capaces de adentrarse en una nevada con pantalones cortos y en chanclas. Es
como si hubiéramos perdido el sentido común y nos volviéramos majaretas.
Cuesta comprender qué está
pasando. Por alguna razón misteriosa, nadie es capaz de cuidar de sí mismo. Y
eso explica que abunden los consejos infantiles: cruce por el paso de peatones,
protéjase del frío, haga caso de la alerta amarilla, naranja o cualquiera del
arco iris.... Procure beber agua cuando el calor aprieta. No se lance a la
piscina desde el balcón del hotel…
Las precauciones de toda la
vida, que cada uno tomábamos por nuestra cuenta, ahora son alertas
imprescindibles para la supervivencia. El pasado 26 enero nos avisaron, con una
alerta en el móvil, de que no nos acercáramos a la costa porque el oleaje era
muy fuerte. Qué tiempos aquellos cuando uno miraba al mar y sabía, sin que
nadie se lo dijera, si era peligroso acercarse. Detesto las alertas, pero ojala
inventen una que nos avise cuando hacemos el imbécil.






