Entre bostezo y bostezo, con la taza de café en la mano y la
veraniega preocupación de si acabaría escampando, salí a la terraza, me senté
cómodamente y abrí el ordenador. Así es como suelo empezar el día ahora en
verano, disfrutando del aire libre y echando una ojeada a la prensa mientras
acabo el desayuno y fumo un cigarro. Nada del otro mundo pero, hace unos días,
intenté hacer lo mismo y en el ordenador apareció un letrero que me dejó
patidifuso: Por favor, espere mientras comprobamos si usted es humano.
No lo mandé al carajo. Esperé como un imbécil a que el aparato
investigara mi vida y decidiera si quien había pulsado la tecla era yo, o un
chimpancé al que le había tocado la primitiva y había comprado un ordenador como
quien compra un taladro para perforar los entresijos del mundo. Encima, no
crean que fue cuestión de segundos, el ordenador se tomó su tiempo antes de dar
el visto bueno y aceptarme como ser humano.
Aparte del enfado, lo lógico hubiera sido que preguntara por
el motivo de aquella sospecha, pero quedé tan sorprendido como cuando vas
conduciendo y, sin motivo aparente, te para la Guardia Civil y, el más feo de
los dos, dice de mal humor: A ver, documentación.
Acabé resignándome y sonriéndo en defensa propia. Tomé el
café, fumé el cigarro y, aunque pensaba darme una ducha y olvidarlo todo, me intrigaba
que el ordenador dudara de mi condición y, también, el criterio que había
seguido para aceptarme y permitir que entrara en su mundo. Claro que, al mismo
tiempo, también era consciente de que, a veces, yo tampoco me reconozco y me
cuesta aceptarme tal como soy. Así que la precaución podía tener su lógica.
Más que el fastidio por el trámite lo que, en el fondo, me
molestaba era que me había arrugado. Había obedecido y esperado con cierta
intriga que me diera su veredicto. No había mostrado ni el menor atisbo de
rebelión. Había dejado que el ordenador pisoteara mí dignidad.
La cosa se complicó cuando, seguramente para exculparme, se
me ocurrió pensar si aquel infame aparato haría lo mismo con cualquiera o solo
se atrevería con la gente como yo. Sin darme cuenta me había metido en un
jardín peligroso. No recomendable para alguien que aborda una preciosa mañana,
a dos pasos de la playa y de un mar azul y plata cuyas olas se mueven como un
acordeón entre los brazos. El buen humor mañanero se había torcido en cabreo.
Tenía la certeza de que el aparato no adoptaría aquella precaución qué se yo, vamos
a poner, con Benjamín Netanyahu. Si lo hiciera, tendría que denegarle el
acceso. Es evidente que sus acciones no son las propias de un ser humano.
Después de darle dos vueltas, caí en la cuenta de que al ordenador no le importan los valores. No entiende de honestidad, compasión, amor, empatía o respeto. Lo que nosotros consideramos humanidad a él se la refanfinfla. Así que había sido una tontería pensar que esa era la duda que motivó que comprobara si soy humano. A veces uno se obceca y arruina el día por nada. Es como cuando te sale un grano y te empeñas en encontrarle explicación.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España
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