Ahora que conocemos la sentencia del caso Ábalos, sabemos
algo que no sabíamos: que hay corruptos y corruptitos. Dos especies que se parecen
mucho, pero no son iguales. Ábalos y Koldo pertenecen a una y Aldama a otra. En
un caso la corrupción consiste en enriquecerse con negocios fraudulentos y en
el otro exactamente lo mismo, pero chivándose de los compinches. Se despotrica,
con pruebas o sin ellas y especialmente contra el Gobierno, y el Tribunal Supremo
hace lo que Dios manda. Perdona. En este caso con la particularidad de que no
impone ni la mínima penitencia. Nada, ni rezar un padrenuestro.
Dios y el Supremo los quieren arrepentidos, aunque no creo
que acepten que Koldo y Ábalos se arrepientan. Haberlo pensado antes. Lo
explica muy bien la sentencia: “La corrupción opera como un fenómeno que
distorsiona la finalidad del poder, debilita los contrapesos institucionales y
compromete la igualdad de los ciudadanos ante la ley”.
No puedo estar más de acuerdo. Ábalos, Koldo y Aldama producen
repugnancia y dan mucha vergüenza. Con todo, me cuesta entender que a Rodrigo
Rato, por tres delitos contra la Hacienda Pública, uno de blanqueo de capitales
y otro de corrupción, le cayeran cuatro años y a Ábalos veinticuatro. Y mi
estupor es todavía mayor cuando leo que la sentencia considera probado que
Aldama percibió 3,7 millones de euros por contratos de mascarillas amañados y
no tiene que devolverlos ni tampoco ingresar en la cárcel.
Dándole vueltas a lo que hicieron estos impresentables, es
un misterio que me viniera a la memoria el recuerdo de aquellos circos en los
que aparecían tres payasos: dos que hacían de tontos y uno de listo. Precisamente,
el que los niños detestábamos porque era el que siempre se libraba mientras los
otros recibían todas las tortas.
Volviendo a la
sentencia, no me cabe duda de que puede ser ejemplar. Pero no por el castigo
sino por lo que perdona. Imagino que habrá muchos españoles que estarán
pensando que, si se presentara la ocasión, no les importaría saltarse las leyes
y sobornar o hacer lo que fuera, con tal de engordar su cartera con casi cuatro
millones de euros. Los que curran en un trabajo de mierda y cobran una miseria,
estarán planteándose no digo ser corruptos, pero si corruptitos. Sale a cuenta.
Así que me temo que esta sentencia no contribuirá a la regeneración ética por
la que tanto viene luchando el PP desde los tiempos de Aznar.
El perdón de Aldama anticipa que cuando Feijoo llegue al
Gobierno, si es que llega, Manos Limpias las tendrá destrozadas de tanto lavar,
Hazte oír habrá contraído una sordera a prueba de sonotone y los Abogados
Cristianos habrán colgado la toga en un clavo reventados por tanto trabajo.
Cabe suponer, además, que los jueces estarán exhaustos
después de instruir sumarios de miles de folios y se tomarán un respiro. Lo apunta
el juez Calama, que acaba de decirle a Zapatero que le gusta el marisco que sirven
en el restaurante Portonovo de Madrid. Así que aconsejará a sus colegas que
hagan un alto y pasen por la marisquería porque lo tienen bien merecido. El
precio es lo de menos, dice Calama que es muy ajustado para lo bueno que es el
producto.






