Los Estados Unidos de América
del norte se parecen cada vez más a los barbaros de dicha latitud. Aquellos
salvajes que arrasaban cuanto estaba a su alcance y dejaban un rastro de destrucción
a su paso. Es inaudito el daño que están haciendo a la humanidad. Lo hicieron
con los aranceles, luego con la guerra de Irán y, finalmente, con la más atroz de
las maldades: desvelar el lado oculto de la luna. Una auténtica salvajada.
El daño es imperdonable. Los
americanos han hecho lo peor que podían hacer, acabar con el referente de la
imaginación. Han roto el secreto. Han destruido el origen de lo desconocido.
Han acabado con lo que, por su invisibilidad, nos invitaba a llegar más lejos:
a que imagináramos poemas, composiciones musicales, obras pictóricas, esculturas,
películas de cine, novelas… Todo lo que produce la imaginación y la realidad no
alcanza a explicar.
La otra cara de la luna ya no
pertenece al territorio de lo misterioso, pertenece al inventario del terreno
conocido. Lo habían intentado otras veces. En 1959, la sonda soviética Luna 3
ya hizo algunas fotografías, pero todas de muy baja calidad y que apenas
permitían reconocer casi nada de la superficie lunar. Tuvieron que pasar algunos
años, hasta 1968, para que un ser humano pudiera ver de forma directa ese
hemisferio misterioso gracias a la misión del Apolo 8, que fue la segunda
operación tripulada y la primera que conseguía salir de la órbita terrestre,
orbitar alrededor de la Luna y regresar a la Tierra.
A pesar de aquellos intentos, la cara oculta de
la luna seguía siendo una incógnita porque las imágenes disponibles eran las de
una masa gris, sin color y sin apenas detalles. Luego, en enero de 2019, los
chinos consiguieron que aterrizara una sonda, la Change 4, en la misteriosa cara
oculta. Pero tampoco enseñaron apenas nada, fue como si quisieran preservar el
secreto. Todo lo contrario que estos bárbaros americanos, que se jactan de
haber hecho historia por haber visto el lado oculto de la luna más cerca que
nadie.
Es mentira, no fueron los
primeros. Antes que ellos otras 24 personas lo habían visto con sus propios
ojos. La novedad es que, a esa nómina, han añadido un hombre negro, una mujer y
mucha publicidad. Un despliegue publicitario sin precedentes para un viaje carente
de utilidad, que solo se explica por el afán enfermizo de los poderosos,
empeñados en demostrar que pueden llegar dónde se lo propongan, incluido lo más
íntimo de nosotros.
Enseñarnos el lado oculto de
la luna ha sido una venganza. Ha sido como pisotear el refugio donde todo era
posible. Habrá quien piense que nada ha cambiado, que todo sigue igual y, sin
embargo, los duendes y las hadas ya no tienen dónde vivir. No había territorio
más libre que el lado oculto de la luna. Lo han invadido. Donald Trump y sus
amigos lunáticos han profanado el paraíso de la imaginación y el rock sinfónico
de Pink Floyd.
Aunque lo parezca, no los
llamo lunáticos por lo que han hecho. La luna no tiene culpa de sus desvaríos.
El término fue corregido y ahora define un trastorno mental que se atribuye a
quienes sufren locura a intervalos, no todo el tiempo.


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