Siempre que me alojé en un hotel de lujo, que fue pocas
veces, tuve la sensación de que quienes se alojaban allí sentían compasión por
mí. Notaba que me miraban sabiendo que no pertenecía a la fauna de aquel lugar
y se mostraban condescendientes porque debían de creer que sacrificaba mis
ahorros por el placer de estar con ellos. No imaginaban que mi presencia era como
invitado en algún simposio y aprovechaba para joderles el decorado. Resultaba
divertido que me consideraran un impostor. La soberbia les llevaba al
convencimiento de que estaba feliz por disfrutar de su compañía.
En uno de esos hoteles, que está en Barcelona, tenía nombre
de princesa y sigue conservando las estrellas, aunque ya no se llama como se
llamaba, viví una anécdota que había olvidado y volví a recordar hace unos días,
ahora explico por qué.
Dormir la siesta es un placer barato. No cuesta nada. No hace
falta ni poner voluntad. Sobre todo si es verano y acabas de comer bien. Así es
pero, en esta vida desaforada que nos obligan a vivir, las élites consideran que
la siesta es un vicio de gente que, debido a sus pocos recursos y escasa
imaginación, se divierte durmiendo a deshora.
Y en esas estaba yo. Disfrutando de una tarde de agosto,
tumbado en el sofá y durmiendo como un lirón. Estaba en la gloria bendita, pero
como debe ser cierto que no hay placer sin dolor, me despertó el zumbido de un
mosquito que parecía el estruendo de un helicóptero. No exagero. Una mosca
cojonera incordia lo suyo, pero un mosquito con ganas de cachondeo puede
arruinarte la siesta y convertirla en un suplicio.
Desperté intentando ahuyentar el ruido a manotazos. Un
intento inútil porque el mosquito seguía zumbando y hacía gala de sus
acrobacias, al tiempo que se regodeaba de mi torpeza para el asesinato. Al
final, me puse tan histérico que repartía aspavientos como un energúmeno
haciendo kung fu, así que me levanté del sofá, preparé un café y me puse a
escribir.
Aunque estaba cabreado, como aún me duraba el perfume de la
siesta, pensé que podía aprovecharlo para escribir sobre los placeres baratos,
pero ponerte a escribir es dar salida a lo que no sabes que llevas dentro. Y lo
que llevaba, en aquel momento, era el hotel de lujo y la siesta de un día de
junio.
Aquel día, había acabado de comer y estaba tomando un café y
fumando un cigarro en la terraza del interior del hotel. Estaba solo cuando un
señor, a mi lado, empezó a charlar disimulando que su intención era averiguar
qué hacía yo en un sitio que no era el mío. En principio, resultaba divertido
esquivar sus preguntas, pero cuando empezó a ponerse pesado dije que, sintiéndolo
mucho, tenía que dejarlo porque pensaba subir a la habitación a echarme una
siesta.
¿Una siesta?, dijo incrédulo. Menudo desperdicio. Qué pena que
no aproveche su estancia en un hotel como este. Es lo que hago, respondí. No sé
a usted, pero a mí me gustan los placeres caros. Y este no pienso
perdérmelo.
Borges escribió una reflexión que suscribo encantado: La
siesta es tan valiosa que si te despiertan bruscamente sientes que te han
robado una fortuna.



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