Los expertos en felicidad,
que los hay, afirman que las personas que comen en compañía tienden a ser más
felices. Tal vez por eso, reunirnos en torno a una mesa, para compartir conversación
y comida, se ha convertido en una costumbre que no solo ha sobrevivido al paso
del tiempo sino que cada vez es más imprescindible para celebrar cualquier
alegría.
El antropólogo Robin Dunbar, de
la Universidad de Oxford, estima que las primeras comidas grupales debieron
hacerse alrededor de una hoguera hará, como poco, un millón de años. Aquí, en
Avilés, hace menos que tenemos por costumbre comer en la calle los Lunes de
Pascua y si no lo hacemos en torno a una hoguera no es por ganas, es por la
incomodidad de acarrear leña, ya que el frio de la cuaresma suele quedarse a
disfrutar de la fiesta y casi siempre nos acompaña.
Comer en la calle, por
Pascua, se ha convertido en una tradición que refuerza nuestro vínculo de
pertenencia y ayuda a crear recuerdos que nunca se olvidan. Su importancia no
radica en lo que se come, radica en lo que representa: una conexión social que
trasciende generaciones.
La gastronomía es importante,
pero el buen humor y la sobremesa son ingredientes que se disfrutan tanto o más
que cualquier plato de alta cocina. Comer en la calle no va de esnobismos ni
platos sofisticados. El menú es sencillo: empanada, tortilla, bollos preñaos,
embutido… alguna fabada. Todo en raciones copiosas que invitan a la precaución
de tener a mano algún remedio para hacer más llevadero el trabajo del estómago.
Dicen los estudiosos que la costumbre
de las raciones muy abundantes viene del recuerdo de la posguerra, de los años
cuarenta del pasado siglo, que fueron los años del hambre. Venga de donde venga
sería una pena que se perdiera por esa modernidad de usar platos cuadrados con
un bocado irreconocible en el centro. No es el caso de lo que, por aquí, se
estila y nunca lo fue de Jesús, el de “La Parra”, a quien tengo oído decir: “Voy
quitar la carta y poner una báscula. Voy pesavos a la entrada y la salida y cobrar
por kilo de engorde”.
Volviendo a la comida en la
calle sería imperdonable que olvidáramos el papel de la sobremesa. Un regalo
que añade magia al momento y nos invita a pensar juntos para entender mejor el
mundo y también a nosotros mismos. Podemos decidir dónde nos sentamos, pero
nunca cuándo ni con quién vamos a disfrutar de una buena sobremesa. Puede ser con el de al lado, con el
de enfrente, con el que está en la otra punta o con todos a la vez. Con quien tenga
a bien emparejarnos el destino, que viaja en nubes de lana y es el encargado de
repartir lo que cae del cielo. Así que buen provecho a quienes hoy coman en la calle
y mejor, si cabe, a quienes disfruten de la sobremesa. Palabra que no tiene una
traducción exacta en ningún otro idioma y que solo con nombrarla evoca un
encanto que invita a gozar de la vida. Decía Saramago, en un poema, que las
flores se alimentan de la fértil humedad y las palabras de la humedad de la
saliva.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España
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