Cualquiera que, como un servidor, tenga dificultades para definir
qué es una nación y busque informarse, puede acabar más confuso de lo que
estaba. Hay definiciones para todos los gustos. Desde las que se basan en la
raza, la geografía, el idioma o la historia hasta la que dice que una nación es
un grupo de personas unidas por el odio a sus vecinos.
Esta última no la suscribo. Prefiero, por ejemplo, una
nación es, en esencia, una frontera. Supongo que, en base a eso, debió
establecerse que España limita al norte con el Mar Cantábrico. Así nos lo enseñaron
de niños, pero la sabiduría popular corrige lo que no es correcto. En algunos
documentos, que figuran en el Registro de la Propiedad, se dice de ciertas
fincas, situadas en la costa asturiana, que limitan con Inglaterra la mar de
por medio.
Ese es el límite. El
mar separa tierras, pero une personas y culturas. En nuestro caso, la mar de
por medio con Inglaterra es fría y abarca muchas millas. Un mar menos ancho y
más cálido tal vez que nos hubiera animado a cruzar a nado para alcanzar la
orilla de la democracia y el progreso, en tiempos de la guerra civil, la posguerra
y la dictadura franquista.
Es previsible que hubiéramos hecho lo que hacen los balseros
cubanos para llegar a Miami. Y nos aplaudirían los mismos que aplauden el éxodo
cubano. A nadie se le ocurre culpar a Estados Unidos de que los cubanos quieran
escapar del infierno. Por esa misma razón, tampoco España tiene la culpa de la
avalancha de Ceuta. Que Trump y Netanyahu cambiaran de parecer y piensen de
otro modo es para tomar nota, pero que los dirigentes del PP y VOX piensen como
ellos es una falta de patriotismo que clama al cielo.
Un país que resulta agredido requiere unidad interna. La
irrupción de 60.000 personas en Ceuta, procedentes de Marruecos, no fue un
movimiento popular espontáneo, fue una operación organizada con el propósito de
poner a España contra las cuerdas. La crisis duró apenas un día, pero sirvió
para demostrar que cada vez que algo va mal hay quienes se alegran y hacen lo
posible porque vaya peor. Al parecer todavía sigue vigente aquello de: “Si cae
España que caiga que ya la levantaremos nosotros”. Presumen de patriotas
quienes se alegran de la desgracia y se ponen de parte del enemigo.
Esta táctica siniestra, que consiste en aprovechar cualquier
mal para intentar derribar al gobierno, explica que no les importe el centenar
largo de jóvenes, mujeres y niños que
murieron tratando de alcanzar la orilla, ni el destino de los menores atrapados
en Ceuta. La palabra compasión la han desterrado de su vocabulario. En su lugar,
proponen a los ceutíes que salgan a cazar emigrantes.
La mar de por medio con Marruecos no puede ser que nos
convierta en una nación unida por el odio a nuestros vecinos. Fomentar el odio,
atenta contra la dignidad humana, la seguridad colectiva y la convivencia
pacífica. Es mentira que así se proteja mejor nuestra frontera. Lo que algunos proponen
que hagamos es lo que está haciendo Marruecos: arrojar a sus propios ciudadanos
al abismo con tal de sacar rédito del conflicto.
Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


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