El verano no siempre regala felicidad.
También esconde días aciagos como bien saben los miles de aspirantes a una
plaza de maestro, en la enseñanza pública, que acaban de suspender las oposiciones.
Aquí, en Asturias, los suspensos alcanzaron el 61% y quienes integraban los
tribunales afirman que se encontraron con auténticas barbaridades. Dicen que a
pesar de ser indulgentes con los errores de puntuación y sintaxis, las faltas
de ortografía fueron numerosas y tan inaceptables como que hubo maestros que
escribieron: “abances”, “surga” o “llendo”.
Algunos suspensos argumentaron,
en su descargo, que las pruebas deberían ser más objetivas. Sugieren que
deberían sustituir el desarrollo escrito tradicional por test o cuestionarios.
Los maestros no quieren escribir.
Y la verdad es que no podemos exigirles que escriban bien. Escribir bien supone
un don que está al alcance de muy pocos. Lo que sí podemos y debemos exigir es
que escriban de forma correcta, que sepan expresarse por escrito y lo hagan con
concordancia y sin faltas de ortografía. Es una exigencia básica para un
maestro, un periodista, un abogado… Cualquiera que posea un título
universitario y, si me apuran, para los que solo han cursado la ESO. Escribir
de forma correcta es imprescindible para comunicarnos.
Pero, cada vez escribimos peor. En
todos los sentidos. No solo en lo referente a la sintaxis y la ortografía,
también a mano, con un teclado, en Facebook, Twitter y, por supuesto, WhatsApp.
Escribimos fatal. Recuerdo que me
decían que tenía letra de médico. Escribía, y escribo, con mala caligrafía. Letras
deformadas y feas aunque no hasta el punto de ser ilegibles. No llego al nivel
de los médicos, de quienes creía que escribían en una especie de idioma
particular que solo entendían los farmacéuticos. La sorpresa fue cuando me
enteré de que no hay tal idioma. Los médicos escriben las recetas con esa letra
horrible, simplemente, por chulería y los farmacéuticos se las ven y se las
desean para entenderlas. Tal es así que cuando se interesan por nuestras
dolencias es para que les demos alguna pista que les ayude a descifrar el
jeroglífico de la receta.
En las farmacias sufren tanto o
más que nosotros. Se enfrentan con unas recetas que son ilegibles y, a veces,
despachan fármacos equivocados. Un estudio, publicado en la revista TIME,
señala que la complicación a la hora de descifrar las recetas médicas está
causando, en Estados Unidos, 7.000 muertes al año.
Los médicos se disculpan diciendo
que lo hacen para no perturbar la sensibilidad de los pacientes. Esto es, que escriben
mal a propósito para no producir alarma en los hipocondriacos que leen las
recetas y los informes.
Resulta curioso, pero restarle importancia a
escribir mal es lo que hacen algunos maestros que han suspendido las oposiciones.
Parece que hay como un cambio de rol en el profesorado. Veníamos de un rol más
académico y exigente y vamos hacia un rol más social. Los maestros no quieren
dejar en evidencia a sus alumnos y los imitan en la ignorancia por miedo a
causarles un trauma.
Menuda la que nos espera. De lo
mal que escriben los médicos estamos salvándonos gracias a la receta electrónica,
pero de la mala ortografía de los maestros creo que no nos salva ni la caridad.

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