lunes, 13 de julio de 2026

Ser humano

Milio Mariño

Entre bostezo y bostezo, con la taza de café en la mano y la veraniega preocupación de si acabaría escampando, salí a la terraza, me senté cómodamente y abrí el ordenador. Así es como suelo empezar el día ahora en verano, disfrutando del aire libre y echando una ojeada a la prensa mientras acabo el desayuno y fumo un cigarro. Nada del otro mundo pero, hace unos días, intenté hacer lo mismo y en el ordenador apareció un letrero que me dejó patidifuso: Por favor, espere mientras comprobamos si usted es humano.

No lo mandé al carajo. Esperé como un imbécil a que el aparato investigara mi vida y decidiera si quien había pulsado la tecla era yo, o un chimpancé al que le había tocado la primitiva y había comprado un ordenador como quien compra un taladro para perforar los entresijos del mundo. Encima, no crean que fue cuestión de segundos, el ordenador se tomó su tiempo antes de dar el visto bueno y aceptarme como ser humano.

Aparte del enfado, lo lógico hubiera sido que preguntara por el motivo de aquella sospecha, pero quedé tan sorprendido como cuando vas conduciendo y, sin motivo aparente, te para la Guardia Civil y, el más feo de los dos, dice de mal humor: A ver, documentación.

Acabé resignándome y sonriéndo en defensa propia. Tomé el café, fumé el cigarro y, aunque pensaba darme una ducha y olvidarlo todo, me intrigaba que el ordenador dudara de mi condición y, también, el criterio que había seguido para aceptarme y permitir que entrara en su mundo. Claro que, al mismo tiempo, también era consciente de que, a veces, yo tampoco me reconozco y me cuesta aceptarme tal como soy. Así que la precaución podía tener su lógica.

Más que el fastidio por el trámite lo que, en el fondo, me molestaba era que me había arrugado. Había obedecido y esperado con cierta intriga que me diera su veredicto. No había mostrado ni el menor atisbo de rebelión. Había dejado que el ordenador pisoteara mí dignidad.

La cosa se complicó cuando, seguramente para exculparme, se me ocurrió pensar si aquel infame aparato haría lo mismo con cualquiera o solo se atrevería con la gente como yo. Sin darme cuenta me había metido en un jardín peligroso. No recomendable para alguien que aborda una preciosa mañana, a dos pasos de la playa y de un mar azul y plata cuyas olas se mueven como un acordeón entre los brazos. El buen humor mañanero se había torcido en cabreo. Tenía la certeza de que el aparato no adoptaría aquella precaución qué se yo, vamos a poner, con Benjamín Netanyahu. Si lo hiciera, tendría que denegarle el acceso. Es evidente que sus acciones no son las propias de un ser humano.

Después de darle dos vueltas, caí en la cuenta de que al ordenador no le importan los valores. No entiende de honestidad, compasión, amor, empatía o respeto. Lo que nosotros consideramos humanidad a él se la refanfinfla. Así que había sido una tontería pensar que esa era la duda que motivó que comprobara si soy humano. A veces uno se obceca y arruina el día por nada. Es como cuando te sale un grano y te empeñas en encontrarle explicación.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 6 de julio de 2026

Otro verano con Pedro Sánchez

Milio Mariño

Así como el que no quiere la cosa, aquí estamos: con el bañador puesto, la silla de playa al hombro y un sol infinito que sigue en el mismo sitio que el verano pasado. Igual que Pedro Sánchez. Quien, para desesperación del PP y la peña que intenta reconquistar el poder, ha vuelto a decir que no piensa irse. Que, sí quieren que se vaya, tendrán que echarlo. Lleva ocho años en el Gobierno y ha sido capaz de mantenerse pactando con partidos de ideologías muy diversas y superando situaciones difíciles como el Covid16, la erupción del volcán de La Palma, la Dana, el apagón, las consecuencias económicas de las guerras en Ucrania, Gaza e Irán, las embestidas de Donald Trump y la ofensiva judicial contra su entorno familiar y político. Sus rivales y enemigos no pierden la esperanza de verlo derrotado y de rodillas en el suelo pero, de momento, no lo han conseguido.

Lo han intentado de mil maneras y el resultado es ninguno. Nada. Y la frustración los ha llevado del menosprecio al insulto. Insultar a Pedro Sánchez, disimulando o con todas las letras, lo han convertido en su desahogo. Primero lo llamaron perro, luego dijeron “me gusta la fruta” y han acabado llamándolo hijo de puta, cosa que, por lo visto, aunque sea una expresión de mal gusto no constituye delito.

 Insultan a Pedro Sánchez y lo celebran como ese niño que dice caca después de cagarse encima. Lo curioso es que mientras esto ocurre en España, crecen las alabanzas y la admiración que le profesan personalidades de otros países y medios internacionales. Algo que no había ocurrido con ningún presidente español.

Pedro Sánchez no solo se ha convertido en la referencia de la socialdemocracia a nivel mundial sino que ha sido profusamente aplaudido en universidades como las de Columbia o Yale, en la Asamblea General de la ONU, en el Consejo de Ministros de la Unión Europea, en la FAO, con una ovación que duró más de un minuto, en Roma,  Londres, Nueva York, Pekín… Además, los principales periódicos del mundo le han dedicado portadas en términos muy favorables, destacando en tono elogioso que ha relanzado el crecimiento económico, reducido el paro y aumentado los derechos sociales y que, haciendo gala de una audacia notable, lidera la conciencia de Europa oponiéndose a los desmanes de Donald Trump.

Por si fuera poco, el Papa León XIV también le ha dedicado grandes elogios que casi han coincidido con la invitación al insulto que hizo el portero del Sabadell F.C. desde el balcón del Ayuntamiento. Consecuencia, eso parece, del desprecio y la operación de acoso y derribo que la derecha y sus altavoces mediáticos pusieron en marcha desde el primer minuto contra el Presidente del Gobierno.

La cuestión es que, de momento, no hay recambio. Este verano también estará Pedro Sánchez. Una circunstancia que, unida a que las temperaturas subirán hasta hacerse insoportables, supondrá que mucha gente lo pasará mal y tendrá que hacer un esfuerzo sobrehumano para poder soportarlo.

El consejo de los expertos viene a ser el de siempre, que los más afectados no olviden hidratarse. Que beban mucho y procuren sentarse a la sombra. Y lo más importante, que coman mucha fruta.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 29 de junio de 2026

Corruptos y corruptitos

Milio Mariño

Ahora que conocemos la sentencia del caso Ábalos, sabemos algo que no sabíamos: que hay corruptos y corruptitos. Dos especies que se parecen mucho, pero no son iguales. Ábalos y Koldo pertenecen a una y Aldama a otra. En un caso la corrupción consiste en enriquecerse con negocios fraudulentos y en el otro exactamente lo mismo, pero chivándose de los compinches. Se despotrica, con pruebas o sin ellas y especialmente contra el Gobierno, y el Tribunal Supremo hace lo que Dios manda. Perdona. En este caso con la particularidad de que no impone ni la mínima penitencia. Nada, ni rezar un padrenuestro.

Dios y el Supremo los quieren arrepentidos, aunque no creo que acepten que Koldo y Ábalos se arrepientan. Haberlo pensado antes. Lo explica muy bien la sentencia: “La corrupción opera como un fenómeno que distorsiona la finalidad del poder, debilita los contrapesos institucionales y compromete la igualdad de los ciudadanos ante la ley”.

No puedo estar más de acuerdo. Ábalos, Koldo y Aldama producen repugnancia y dan mucha vergüenza. Con todo, me cuesta entender que a Rodrigo Rato, por tres delitos contra la Hacienda Pública, uno de blanqueo de capitales y otro de corrupción, le cayeran cuatro años y a Ábalos veinticuatro. Y mi estupor es todavía mayor cuando leo que la sentencia considera probado que Aldama percibió 3,7 millones de euros por contratos de mascarillas amañados y no tiene que devolverlos ni tampoco ingresar en la cárcel.

Dándole vueltas a lo que hicieron estos impresentables, es un misterio que me viniera a la memoria el recuerdo de aquellos circos en los que aparecían tres payasos: dos que hacían de tontos y uno de listo. Precisamente, el que los niños detestábamos porque era el que siempre se libraba mientras los otros recibían todas las tortas.

 Volviendo a la sentencia, no me cabe duda de que puede ser ejemplar. Pero no por el castigo sino por lo que perdona. Imagino que habrá muchos españoles que estarán pensando que, si se presentara la ocasión, no les importaría saltarse las leyes y sobornar o hacer lo que fuera, con tal de engordar su cartera con casi cuatro millones de euros. Los que curran en un trabajo de mierda y cobran una miseria, estarán planteándose no digo ser corruptos, pero si corruptitos. Sale a cuenta. Así que me temo que esta sentencia no contribuirá a la regeneración ética por la que tanto viene luchando el PP desde los tiempos de Aznar.

El perdón de Aldama anticipa que cuando Feijoo llegue al Gobierno, si es que llega, Manos Limpias las tendrá destrozadas de tanto lavar, Hazte oír habrá contraído una sordera a prueba de sonotone y los Abogados Cristianos habrán colgado la toga en un clavo reventados por tanto trabajo.

Cabe suponer, además, que los jueces estarán exhaustos después de instruir sumarios de miles de folios y se tomarán un respiro. Lo apunta el juez Calama, que acaba de decirle a Zapatero que le gusta el marisco que sirven en el restaurante Portonovo de Madrid. Así que aconsejará a sus colegas que hagan un alto y pasen por la marisquería porque lo tienen bien merecido. El precio es lo de menos, dice Calama que es muy ajustado para lo bueno que es el producto.


Milio Mariño / Artículo de Opinión/ Diario La Nueva España

lunes, 22 de junio de 2026

Joyas y regalos

Milio Mariño

En el estreno de este verano no se habla de la operación bikini ni de los cuerpos con lorzas que aspiran a convertirse en joyas esculturales. Se habla de otras joyas, las del tesoro de Zapatero, que han sido tasadas en más de un millón de euros.

No pienso apuntarme al cotilleo. Ahora bien, sí que voy a dar mi opinión a propósito de un linchamiento que me parece más propio del salvaje oeste que de un país civilizado. Un linchamiento por unas joyas que son meros adornos. Puedes llevarlas encima, pero no puedes comerlas ni te protegen del frio. Un collar, aunque sea de zafiros, no abriga como una bufanda y una sortija la pones entre los labios y no sabe a nada. Así que ya digo, es posible que sean un símbolo de riqueza, pero utilidad no tienen ninguna. Y menos si las guardas en una caja fuerte y ni siquiera las sacas los domingos para ir a misa y, después, presumir tomando el vermú. Las tienes y es como si no las tuvieras. Son como piezas de museo: valiosas por lo que significan pero no por lo que valen.

La utilidad de las joyas, entendida en cuanto a lo que suponen de beneficio, es ninguna. Pueden hacer incluso que te sientas en peligro.  Más que un activo son un estorbo. Otra cosa es su instrumentalización. Aquí sí que ya cabe todo, desde el reproche ético a la hipocresía del que se indigna por la paja en el ojo ajeno.

En el caso de las joyas de Zapatero, como en otros, más que poner el grito en el cielo, soy partidario del método comprensivo. Si, como parece, fueron regalos debería tenerse en cuenta lo que dicen los psicólogos: se disfruta más regalando que recibiendo regalos.

Regalar es un acto precioso. Da igual lo que regales, el valor del regalo es simbólico. Lo importante es la sorpresa y el aprieto de improvisar unas palabras para agraderlo. Invitaría a un café a quien pudiera decirme que le dijo Aznar a Gadafi cuando, en 2003, le regaló aquel caballo que se llamaba El Rayo del Líder y que, como no podía llevarlo a casa y meterlo en la caja fuerte, acabó en las caballerizas de la Guardia Civil, comiendo pienso a cargo del erario público, hasta el año pasado que falleció.

Los regalos que reciben los Reyes y Presidentes del Gobierno acaban siendo una incomodidad. Alfonso XIII  regaló a su entonces novia y luego reina Victoria Eugenia, una tiara con 450 diamantes y diez perlas, montadas en una estructura de platino. Luego, ya de casados, Alfonso le regalaba a la reina un rivière de diamantes o un collar de oro y piedras preciosas, cada vez que ella descubría una infidelidad. Y tuvo, al menos, seis hijos ilegítimos. Esas joyas son las que ahora luce la reina Letizia en los actos oficiales.

A mí, y supongo que a muchos de ustedes, me gustaría que a los Reyes y los Presidentes del Gobierno les regalaran libros. Pero, al parecer, no es costumbre.

Fueran o no fueran regalos lo que la gente le dice a Zapatero es: Devuélveme el rosario de mi madre, la confianza que había depositado en ti, y quédate con todo lo demás.

Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 15 de junio de 2026

Mundial pelotudo

Milio Mariño

Con la excusa de que eligieron presidente a Donald Trump, fue extendiéndose la idea de que los estadounidenses son medio tontos. Yo, no lo creo. Muchos Estados, por ejemplo Ohio, Nuevo México, Kentucky o Misisipi, incluyen en sus constituciones la prohibición expresa de que voten los idiotas. “Ningún idiota o persona loca tendrá derecho a ser elector en este Estado”. Además, prohibiciones aparte, minusvaloramos su inteligencia. Quienes estaban hartos de vivir puteados votaron a un multimillonario que prometió devolverles el orgullo y que Estados Unidos recuperara su hegemonía en el mundo. Así mismo, millones de mujeres, inmigrantes y personas de color llegaron a la conclusión de que debían votar a quien los insultaba y los menospreciaba porque lo hacía por su bien.

A las razones expuestas, que demuestran que los estadounidenses saben lo que hacen, hay que añadir que, dentro de poco, es muy probable que nosotros hagamos lo mismo. Todo apunta que votaremos muy parecido y tendremos, también como ellos, un Mundial de Fútbol. El Mundial de 2030, junto con Portugal y Marruecos.

No es una coincidencia. La ultraderecha está de moda y los grandes negocios suelen ir juntos y se llevan muy bien con la FIFA. Por otra parte, dentro de la misma orbita, el espectáculo del fútbol es una buena oportunidad para que los ultras exhiban su repertorio fascista.

Si se cumple lo que algunos vaticinan, y empieza a cumplirse ya que han sido detenidos varios futbolistas y árbitros de países raros, este Mundial de Estados Unidos no solo será el más caro de la historia sino que batirá todos los record en cuanto a detenciones y número de efectivos destinados a vigilar la seguridad, pues incluye la participación de la CIA, el FBI, el ejército, el ICE, agencias federales, unidades de policía estatal y local y empresas de seguridad privadas. Sumen a todo esto una legión de drones cazadores que pueden disparar redes de atrape sobre cualquiera, perros robot que inspeccionarán bolsos y mochilas, camiones gigantes de rayos X y miles de cámaras, controladas por IA, que filmarán los lugares públicos y el entorno de los estadios.

Todo un descomunal y carísimo despliegue para un probable fracaso porque a los estadounidenses les importa una higa el fútbol y muchos de los que podrían acudir de fuera no lo harán como ya indican las cancelaciones masivas de vuelos y reservas.  Las campañas de persecución del ICE han acabado con el turismo y son pocos los que se atreven a viajar a Estados Unidos. Apenas nadie de los países sudamericanos, por miedo a ser detenido, y de África ni les cuento.

Trump y la guerra de Irán están haciendo mucho daño y la economía norteamericana ha empeorado de forma notable.  Si antes, para un ciudadano  de Estados Unidos, que no fuera rico, la vida allí era trabajar, dormir, e ir de compras, ahora la realidad se impone y mucha gente no puede permitirse el lujo de ir al médico o comprar los medicamentos más básicos. Así que, entre que hay poco dinero y que los estadounidenses nunca fueron aficionados al fútbol, el Mundial de Estados Unidos apunta a ser un fracaso.

Lo resumió muy bien Donald Trump hace unos días. Dijo que no compraría entradas si tuviera que pagarlas.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión

lunes, 8 de junio de 2026

Cuando el Papa estuvo en Asturias

Milio Mariño

La visita del Papa, León XIV, es un pretexto para recordar algunos detalles de cuando Juan Pablo II estuvo en Asturias. Que fue el 20 de agosto de 1989, un domingo de mucho calor. Un día espléndido y muy celebrado por la jerarquía eclesiástica asturiana, que había temido que la lluvia arruinara la visita.

Juan Pablo II llegó al aeropuerto de Asturias a media mañana y por la tarde, después de pasear por Oviedo y celebrar una misa multitudinaria en La Morgal, aún tenía que viajar, en helicóptero, desde Oviedo a Cangas de Onís y, luego, subir en coche hasta Covadonga. Una jornada agotadora para cualquiera y más para una persona de 69 años. Así que parecía normal que El Papa estuviera visiblemente cansado. No obstante, cuando llegó a Covadonga, a la Casa de Encuentros, donde pasaría la noche, el médico le tomó la temperatura y advirtió que tenía fiebre. El termómetro marcaba 38 grados.

El entorno del pontífice acordó mantener en secreto, hasta el día siguiente, que El Papa estaba enfermo, pero la fiebre era alta y estaban muy preocupados. La preocupación fue mayor cuando no quiso cenar. Pidió una tisana y se acostó.

Juan Pablo II durmió, en Covadonga, más de diez horas seguidas y aquel sueño no solo fue reparador, fue milagroso porque se levantó sin fiebre y de muy buen humor. Para disipar cualquier duda, mientras desayunaba, dijo que, de acuerdo con lo previsto, daría un paseo por el entorno de los Lagos.  Convencidos de que no conseguirían disuadirlo, pensaron que lo mejor sería que tuviera un calzado adecuado. No habían reparado en ese detalle, de modo que encargaron al gerente de la diócesis de Oviedo, José Gabriel García, que fuera a comprarle unas zapatillas deportivas. Y eso hizo, pero cuando llegó a Cangas de Onís se dio cuenta de que nadie le había dicho qué número calzaba El Papa. Calculó que sería un 43 o 44, un número grande.

Desoyendo los consejos y negándose a cambiar de calzado, Juan Pablo II inició su paseo por el entorno de los Lagos. Tuvo que resbalar y caer de costado para que dijera: Me habéis convencido, dadme las zapatillas. Unas zapatillas que, al ponerlas, resultó que eran dos números más grandes de lo que necesitaba. De todas maneras, siguió con ellas y estuvo paseando en solitario, durante más de una hora, por un paisaje que calificó de maravilloso, con su característico ropaje blanco, una vara de avellano y aquellas zapatillas blancas con rayas rojas que le habían comprado a última hora.

Además de las zapatillas, al Papa le habían regalado, en Oviedo, una reproducción de las sandalias de San Pedro, reliquia de la Catedral. No llegaron a regalarle, como estaba previsto, un osezno. El Vaticano se había mostrado reacio a aceptar el regalo, pues temía que pudiera acabar como el burro que le habían regalado  en Brasil, que no supieron qué hacer con él y se convirtió en un problema. En este caso el problema no llegó a plantearse porque el osezno murió poco antes de la visita del Papa. Hay quien dice que murió de pena, por no haber sido aceptado, mientras que otros opinan que prefirió morir antes de que lo llevaran fuera de Asturias.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España



lunes, 1 de junio de 2026

Zapatero o de otro oficio

Milio Mariño

La realidad es pura interpretación. No recuerdo quien lo dijo, pero quien lo dijera da igual. Es verdad. El mar ahí lo tenemos y no todos lo vemos del mismo color. Cada cual lo ve a su modo. Una reflexión que también vale para el caso de Zapatero. Muchos se preguntan cómo es posible que, con la fama de buena persona que tiene, haya acabado imputado por corrupción y tráfico de influencias, mientras que otros tantos, igual más numerosos, no se preguntan nada. Dicen que ya lo sabían antes de que el juez lo imputara.

Los sabelotodo siempre presumen de qué ya lo sabían. Solo unos pocos asumimos nuestra ignorancia y seguimos preguntándonos qué pudo pasar.

Pasara lo que pasara, la honradez de Zapatero está en entredicho. Pero solo para algunos. Apenas cuatro contados, el resto lo tienen claro. Dicen que es inocente o culpable, dependiendo del color político que abanderen.

Quienes dudan no son los que se declaran apolíticos, un espécimen hipócrita y cobarde que se apunta a la que salta, son quienes, al margen de su ideología, creen que tienen la obligación moral de cuestionar todo lo concerniente a este caso. Ya me gustaría responder con entusiasmo que Zapatero es inocente, o con pena y resignación que es culpable, pero como no tengo bola de cristal, he intentado leer, con la mayor objetividad posible, las 85 páginas que nos ha regalado el juez Calama.

El auto es entretenido y muy literario. Llama la atención que el juez no parta de la presunción de inocencia. Considera, desde el principio, que Zapatero es el jefe de una organización criminal de tráfico de influencias sin aportar pruebas. Aporta, eso sí, un buen número de personajes que aparecen en unas grabaciones facilitadas por la Homeland Security Investigations estadounidense, que no sabemos dónde, ni cuándo, ni como las pudo obtener. Ante una aportación tan exótica, uno se pregunta qué pinta Estados Unidos en este asunto y sí podría tener algún interés político, dado que Pedro Sánchez se ha enfrentado a Donald Trump, negándole la utilización de las bases y no aceptando aumentar la aportación de España a la OTAN, y Zapatero mandó retirar las tropas cuando la guerra de Irak. No parece muy normal que una agencia de seguridad de Estados Unidos, vinculada a ICE, investigue a Zapatero y ponga sus grabaciones a disposición de un juez español.

No les oculto que mi condición de lector empedernido de literatura de género negro pudo ayudar a que sospeche de que en esto anda metida la CIA, El Mosad, la oposición venezolana, la ultraderecha y los que asumen con entusiasmo qué quien pueda hacer que haga.  

Puede ser. Pero, aunque mis sospechas coincidan con las que apuntan un buen número de analistas internacionales, expertos en geopolítica, también tengo en cuenta que cualquier ser humano, por muy bondadoso y altruista que sea, puede acabar seducido por el egoísmo y meter la pata hasta el cuezo.

Al final, aunque la duda ofenda, sigo teniendo la duda de si Zapatero se dedicaría a otro oficio, o si estamos ante una patraña urdida para conseguir un objetivo concreto que llevan tiempo anunciando. Tardaremos en saberlo y, hasta, es posible que nunca lo sepamos.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión