El pasado mes de febrero, mes
apodado el loco, varios políticos pusieron en marcha una iniciativa que pretende
unir lo que queda de la izquierda, a la izquierda del PSOE, en algo así como un
frente común que sirva para frenar el avance de la extrema derecha.
La izquierda que pretenden unir tendrá que
agenciarse un nombre porque Izquierda Unida ya está inventada. La inventó Gerardo
Iglesias, Gerardín, en 1986, y era como un traje a medida con el que pretendían
vestir al Partido Comunista para suavizar su imagen y aumentar la base
electoral. Tuvo sus años buenos. Luego vino la amistad entre Julio Anguita y
Aznar, la pinza (IU-PP) y después las dos orillas: En un lado el PP y el PSOE y
en el otro Izquierda Unida. Muy parecido a lo que ocurre ahora, solo que en la
otra orilla está Vox.
La vida te da sorpresas,
sorpresas te da la vida, cantaba Rubén Blades. Vox se ha convertido en una fuerza revolucionaria que
sustituye a la izquierda y defiende las reivindicaciones de los campesinos, los
trabajadores y los maltratados por el sistema. Aunque claro, no promete el
progreso social, la paz en el mundo, la salvación del planeta, el fin de las
guerras y la abolición del machismo. Eso son tonterías. Promete mano dura y
espectáculo. Ha cambiado la hoz y el martillo por una motosierra y promete
cortar cabezas a diestro y siniestro.
Promete lo que la gente que está
pasándolo mal quiere oír. Que castiguen a los culpabales de que ellos vivan así.
Que no les hablen de la oligarquía financiera y los ultra liberales. Que se dejen
de bobadas y actúen contra quienes les han dicho que tienen la culpa: los inmigrantes,
las feministas, los jubilados con buenas pensiones, los servicios públicos ineficaces
y el woke del tiempo que dice que el aluvión de borrascas es por el cambio
climático.
La extrema derecha utiliza el
descontento mientras la izquierda más a la izquierda, los indignados de hace
unos años, se olvidan de su discurso. Van a lo práctico. Y lo práctico, según
sus avispados líderes, es juntarse para aprovechar los votos que, en provincias
como Soria o Teruel y otras por el estilo, penalizan a las formaciones pequeñas
ya que la Ley Electoral concede a esos territorios más diputados de los que,
por población, les corresponden.
La izquierda plus no propone un
proyecto transformador para dar la batalla y crear un clima ilusionante que haga
que la gente les vote. Propone aprovechar las migajas de los restos electorales
para conseguir algunos escaños. Un propósito que llevarlo a la práctica se antoja
difícil.
Es cierto que resulta descorazonador
que Vox gane votos prometiendo defender a los trabajadores mientras vota contra
sus derechos y defiende los intereses de las grandes fortunas. Pero también lo
es que la gente más desfavorecida no se sienta representada por quienes eran
sus lógicos representantes. El voto a la ultraderecha, más que por ideología es,
sobre todo, un grito de desesperación. Es la forma de protestar de quienes
están hartos de que nadie les haga caso. Presumir de ser más de izquierdas que
nadie y conformarse con la pedrea electoral supone salir a perder y allanar el
camino a los reaccionarios.






