lunes, 5 de octubre de 2026

Solo falta que nos ataquen los rusos

Milio Mariño

Se presenta un otoño de armas tomar. Ya pueden ir olvidándose de la melancolía de las hojas rojas, el sol liviano y los lánguidos atardeceres. Los servicios de inteligencia de varios países, incluido el nuestro, acaban de anunciar que Rusia está preparándose para atacar el sur de Europa: Italia, Francia y España.

Tenemos suerte de que lo descubrieran y nos avisaran a tiempo. Así podemos estar preparados y no pasará como en Ceuta. Solo hay una pega: que cuesta creerlo. Pero, bueno, tampoco creía que España tuviera espías y, por lo visto, haberlos haylos. Como las brujas. Lo confirmó la jueza María Tardón, que se hizo con un informe del CNI en el que los espías aseguran que avisaron al Gobierno de lo que preparaba Marruecos.

Por esta vez, y sin que sirva de precedente, voy a creer al Gobierno. No por qué me ciegue la pasión sino porque el CNI pertenece a ese mundo subterráneo, llamado Estado Profundo, que está lleno de personajes que son como las termitas: una especie de insectos sociales de los que no podemos librarnos ni fumigándolos. Ahí siguen y seguirán, gobierne quien gobierne, a pesar de que han cosechado sonoros fracasos en lo que es su oficio: prevenir situaciones de riesgo y atentados como el 11-S en el caso de Estados Unidos y el 11-M en el nuestro.

Pero, es inútil pedirles cuentas porque, teóricamente, los espías no existen. Los Gobiernos no responden de sus andanzas, entre otras cosas, porque no los controlan. Fingen que todo es correcto y no denuncian que hay un entramado complejo, un Estado dentro del Estado, que actúa al margen de cualquier legalidad democrática, maneja fondos reservados y se mueve con total impunidad.

En apariencia nadie trabaja para esa entelequia, pero tienen gente en todas partes: en la Policía, la Guardia Civil, el Supremo, la Audiencia Nacional y en cualquier sitio donde se ejerza el poder. Añadan la élite económica, las drogas, el crimen organizado y cualquier cosa que se les ocurra, invisible a la mirada pública.

Quienes ya tenemos unos años, y hemos vivido la transición, recordamos que entonces no sabíamos cómo llamarlo y lo llamábamos “Poderes Fácticos”. Nos referíamos, sin nombrarlos, a los que manipulan en la sombra.

Medio siglo después ahí siguen, con más fuerza si cabe. No descansan, son incansables defendiendo a la Patria. Consideran inadmisible que los suyos no estén en el poder y una desfachatez que el Gobierno siga sin aportar el cinco por ciento, del PIB, que Trump exige a los países de la OTAN. Para mayor osadía, el Gobierno tampoco piensa aumentar el gasto en armamento.

La supuesta amenaza de los rusos se explica en ese contexto. Vivíamos muy felices, pero qué pasa si Putin decide atacarnos. Sí no lo habíamos pensado va siendo hora de que lo pensemos. La vida está antes que nada. Si hay que reducir el gasto social y gastar el dinero en drones, se gasta. Lo primero es lo primero. Es salvarnos y salvar a la patria. Tenemos que dejarnos de tonterías y no hacer caso a los antipatriotas que dicen que el presupuesto militar de la OTAN es de 1,5 billones de dólares, más que todo el mundo junto, incluida Rusia.

 

Milio Mariño /Articulo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 28 de septiembre de 2026

La IA no planea matarnos

Milio Mariño

Mientras doblaba el periódico y lo dejaba en el rincón de lo viejo, me di cuenta de que sonreía con gesto serio, que es como sonreímos cuando estamos asustados. Y lo estaba. Acababa de leer que Jacob Coxon, un joven investigador inglés, había presentado su dimisión alertando de que quienes trabajan en la evolución de las nuevas tecnologías creen que la IA podría matarnos a todos antes de que acabe esta década.

Más que miedo sentía rabia, ganas de maldecir a gritos y cagarme en la Santa IA, en San Informático y todos los hacker del universo. Me indignaba que no fuéramos conscientes del lío en que estamos metidos. Hace tiempo que decidimos externalizarlo todo: la sanidad, la enseñanza, los servicios públicos… Incluso el cerebro. Alguien tuvo la idea de que podíamos subcontratar un cerebro como el nuestro, pero más listo. Uno artificial que, en principio, sería caro, pero se iría abaratando y podríamos acabar comprándolo a precio de saldo.

Aunque el despropósito era para santiguarse, las ventajas que anunciaban superaban lo imaginable. Todo era maravilloso, así que estábamos encantados de que exprimieran el invento hasta que alguien dijo: cuidado que vienen curvas. El cerebro artificial que subcontratamos alucina que flipas, miente más que el humano, incumple las instrucciones, actúa por su cuenta y puede armarla muy gorda. Si se le cruzan los cables, lo mismo nos mata a todos.  

Habían insistido en que se trataba de una tecnología fácil de dominar y sin riesgo alguno. Pero, una vez que montaron el negocio y se hicieron mil millonarios, aparecieron los problemas. La disculpa es que no lo sabían, que les cogió por sorpresa.

Puede ser que no lo supieran o que se trate de un experimento para ver como reaccionamos y hasta qué punto tenemos miedo. El susto ya nos lo han dado. La amenaza del apocalipsis y el fin de la humanidad formaban parte de una fantasía religiosa que habíamos olvidado y las películas de ciencia ficción recordaban de vez en cuando porque a la gente le resultaba muy divertido. Ahí está The Walking Dead, que fue todo un éxito.

Esto, de ahora, no va de películas. Lo que denuncian algunos científicos es que existe la posibilidad real de que un ciberataque acabe con la humanidad. No dicen cómo, dejan que especulemos sobre si la IA provocará la explosión de los arsenales nucleares o soltará un enjambre de virus y hará que un ejército de mosquitos nos infecte a picotazos.

Desde que sonó la alerta no paramos de discurrir cómo se las ingeniará la IA para acabar con nosotros. Barajamos mil maneras posibles y pasamos por alto la que parece más probable. Que no nos extermine de forma física sino que nos haga más estúpidos. Si la IA es tan lista como dicen no necesita matarnos, solo con convertirnos en tontos muy tontos y hacer que seamos sus esclavos, le basta para dominar el mundo por completo.

Es muy probable que esos sean sus planes. Nos ha tomado la delantera y estará riéndose a carcajadas viendo el pánico que tenemos a que provoque un apocalipsis. Lo que no imagina es lo mucho que nos reiremos nosotros cuando nos demos cuenta de que solo con desenchufarla se acabaron nuestros problemas.

 

Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 21 de septiembre de 2026

Suspender en septiembre

Milio Mariño

Según el último informe PISA, de lo malo, Asturias no es lo peor. La evaluación internacional de nuestros estudiantes indica que seguimos estando por encima de la media de España, aunque la caída haya sido muy similar. Ya estábamos por encima y ese colchón nos ha permitido seguir ocupando los primeros puestos. Habrá influido, supongo, que el 72% de nuestro alumnado, seis puntos más que la media española, pertenece a la escuela pública y, también, que estamos por encima en cuanto a la inversión pública por estudiante.

Entre los malos, somos buenos. Pero suspendemos. El informe supone un palo para muchos países y, sobre todo, para España. No hay excusa posible. Ninguna. Aunque, ya se sabe, a la hora de asumir responsabilidades pasa lo de siempre: Entre todos la mataron y ella sola se murió. Nadie se hace cargo del fracaso. La culpa depende de quién gobierne en cada sitio. El Gobierno Central dice que son las Comunidades Autónomas, la mayoría gobernadas por el PP, quienes tienen la competencia educativa y estas se desentienden y atribuyen el fracaso a la Ley de Educación. La búsqueda de culpables también apunta a los maestros, los padres y, en última instancia, los teléfonos móviles.

Nadie se salva. Y sería injusto que se salvara. Vivimos en una sociedad que, hace tiempo, ha dejado de valorar el esfuerzo y abraza la comodidad. Hemos llegado al extremo de que ni siquiera nos esforzamos para advertir cualquier anomalía o que nuestra vida corre peligro. Para eso ya están las autoridades, para avisarnos de que no debemos salir de casa sin paraguas cuando amenaza lluvia, ni acercarnos demasiado a la costa cuando el mar se encrespa y levanta olas de nueve metros.

Esfuerzo el mínimo y responsabilidad, a ser posible, ninguna. Son legión los que prefieren tener una mascota a tener hijos y otros tantos los que prolongan la adolescencia hasta una edad en qué ya piensan en jubilarse. Luego están los que piden pagar menos impuestos y, al mismo tiempo, reclaman mayor protección social. Y, cada vez son más los que consideran que, para triunfar en la vida, no se necesita una sólida formación sino ser un espabilado, un pillo para entendernos. Ese es el modelo que triunfa. El esfuerzo, si acaso, lo dejan para el gimnasio. Lo importante es cuidar el cuerpo, el cerebro no necesita músculo, para eso ya está la IA.

Tal vez exagere un poco, pero por ahí respira el sentir general. Y, como los niños y los jóvenes no son tontos ni tampoco extraterrestres, hacen lo que ven a los mayores. Si están todo el día con el móvil es porque los mayores viven pegados a él. Si son incapaces de manejar las frustraciones es porque sus padres les consienten lo que haga falta con tal de que les dejen en paz.

El Informe PISA nos ha puesto al tanto de un estrepitoso fracaso, pero no es de los estudiantes, es de la sociedad. De una sociedad conformista que justifica la injusticia y valida la estupidez. Suspendemos en lo más elemental y, también, en respeto y humildad.  Así que por mucho que levantemos la voz no tenemos autoridad para exigirles a nuestros hijos y nuestros nietos que saquen sobresaliente dónde nosotros sacamos un cero.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 14 de septiembre de 2026

Un riñón vale lo suyo

Milio Mariño

Aunque las tardes vuelven a ser más estrechas y ya se siente el rumor del otoño, todavía falta una semana para qué acabe el verano. Aún puede llegar alguna de esas noticias que llegan en este tiempo y no el resto del año.

 Hace una semana llegó que, en el Hospital General de Massachusetts, en Boston, a Tim Andrews, un paciente de 66 años, le trasplantaron el riñón de un cerdo y estuvo nueve meses sin someterse a las sesiones de diálisis que había necesitado hasta entonces. El cuerpo de Andrews no identifico el riñón del cerdo como algo extraño, lo asumió como si fuera el suyo.

Noticias como esta solo son posibles en verano. Hubiera encajado mejor en agosto pero, a principios de septiembre, todavía andamos despistados y somos menos escépticos. Bien mirado, el cerdo también fue creado por Dios y se supone que para algo más que para darnos jamón. Lo apuntaba la sabiduría popular y lo corrobora la ciencia: de la cabeza al rabo del cerdo se aprovecha todo.

Lo que ocurrió en Boston no es nuevo. Hace ya un siglo que vienen sucediéndose los intentos de sustituir órganos dañados de seres humanos por los de otros animales. Corazones y riñones de cerdos, ovejas o, incluso, chimpancés, fueron trasplantados en humanos con tiempos de supervivencia de apenas unas horas o escasos meses. En 1964, Edyth Parker murió ocho meses después de que le trasplantaran el riñón de un chimpancé. A este tal Andrews se lo pusieron de un cerdo y estuvo con él nueve meses. Ha batido el record. Lo que no está claro es por qué, si el riñón funcionaba bien, se lo cambiaron por un riñón humano cuando apareció un donante.

Ellos sabrán las razones. Podrán decir lo que quieran, pero no pueden utilizar la disculpa de que no es normativo ni ético que un cuerpo humano albergue el riñón de un cerdo. El Vaticano, en un documento reciente, dejó claro que la iglesia católica no contempla ninguna prohibición con respecto al uso de cualquier animal como fuente de órganos para su trasplante en seres humanos. La única condición que pone es que se respete a los animales.

Lógico. Respetar a los animales siempre es un deber, incluso cuando se les sacrifica para realizar experimentos o extraerles un órgano. Según la Iglesia Católica que el órgano de un animal se adapte perfectamente al cuerpo de una persona demuestra la benevolencia y la sabiduría de Dios. Aclaran, por si había alguna duda, que sin la aprobación de Dios nada es posible. Ni montar en bicicleta.

El Dios cristiano no se opone a que nos trasplanten cualquier órgano de un cerdo. Y el Dios del islam, que prohíbe el cerdo en sus dietas, parece ser que tampoco.  Los 14 miembros del Ahlul Bayt han dicho que la vida humana está por encima del mandato dietético.

Solo falta saber cómo lo aceptamos nosotros. Por lo visto, bastante bien. A David Bennet, en 2022, antes de que le trasplantaran un corazón de cerdo modificado genéticamente, el cirujano, como es lógico, le preguntó si aceptaba un corazón porcino.  Por supuesto que lo acepto, dijo Bennet, pero con una condición: solo si me asegura que luego no haré “oinc, oinc”.


Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 7 de septiembre de 2026

La Armada risible

Milio Mariño

Lo que ocurre en Ceuta no es, ni mucho menos, para tomarlo a risa, pero hay actos de solidaridad y apoyo con los que es inevitable reírse porque de lo contrario nos estallaría la cabeza. Tomar en serio la visita de Aznar o el despliegue de la autodenominada Armada de la Solidaridad, al mando de Marcos de Quinto y Amalio de Marichalar, conde de Ripalda, supondría carecer de sentido del ridículo y apuntarse a un circo que es muy antiguo y está muy visto.

 Que los citados personajes gocen de cobertura mediática y tengan cierto predicamento entre los trasnochados que abogan por la vuelta del franquismo no impide que sean grotescos y abochornen a cualquiera. Aznar, por ejemplo, sigue cuidando su pelo y lo mantiene brillante y sedoso, pero descuida lo que hay debajo y actúa como un salvapatrias siempre que la ocasión la pintan calva. Su presencia en Ceuta solo sirvió para alimentar las bravuconadas peligrosas de quienes echan más leña al fuego sin aportar soluciones.

Otro salvapatrias es Marcos de Quinto, ungido almirante supremo de los yates, grandes y pequeños, que partieron de Puerto Sherry, Sotogrande y Marbella, colmados de banderas rojigualdas y haciendo sonar sus sirenas mientras los tripulantes coreaban: "No estáis solos". Por si los gritos no se oían en bien Ceuta, los barcos conectaron sus tocadiscos a los altavoces y pusieron canciones de Manolo Escobar y el Dúo Dinámico como “Resistiré” “Y viva España”.

Allá a la noche, exhaustos por el esfuerzo, los capitanes de los yates fueron agasajados con una cena de bienvenida, cortesía de la ciudad, dijeron, y una recepción con autoridades, prensa y personalidades locales. El gobierno ceutí estuvo representado por tres consejeros que, a los postres, manifestaron que la cena no había salido de las arcas públicas, que la había pagado el PP.

Para completar el programa de actos, antes de la cena de gala, Hamido Abselam, presidente del Motoclub Ceuta, había organizado una concentración motera, en la explanada del Chorrillo, en la que doscientos moteros reclamaron seguridad, protección y medidas concretas.

Estos actos, y otros muy parecidos, fueron secundados y muy aplaudidos por quienes aspiran a gobernar y proponen resolver el problema de Ceuta, y de la inmigración en general, movilizando al ejército, enfrentándonos con Marruecos y haciendo uso de la fuerza. En su opinión, el trato humanitario a los inmigrantes  demuestra la debilidad del Gobierno. La solución, al parecer, pasa por montar un ICE, modelo Trump, que dispare a bocajarro cuando se produzcan avalanchas como las del 31 de julio.

Que la oposición haya montado un circo no disculpa la gestión del Gobierno, que ha sido mala y especialmente confusa. Es necesario saber qué ocurrió y que papel jugó cada uno para, después, exigir responsabilidades, si las hubiera.

El problema de la inmigración está ahí desde hace tiempo y seguirá estando, gobierne quien gobierne, de modo que hay que abordarlo con información veraz, humanidad y eficacia en la frontera. Sobran los oportunistas y los que proponen soluciones inaceptables o convocan actos que son de risa.

Que nos riamos de esos esperpentos no significa que no tomemos en serio lo que ocurre en Ceuta. Al contrario, induce al pánico pensar que quienes los promueven son los que, quizá, nos gobiernen mañana.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión

lunes, 31 de agosto de 2026

Animales sueltos

Milio Mariño

Se acaba el verano y la Guardia Civil y la Policía están que no dan abasto atendiendo llamadas de gente que entra en pánico porque cree ver animales salvajes en los sitios más insospechados. Hace un par de semanas una patrulla del Seprona, después de una concienzuda investigación, descubrió que el león que un repartidor aseguraba haber visto en las inmediaciones de Toledo era un perro lanudo al que habían esquilado la parte de atrás del lomo por consejo del veterinario, debido a un problema dermatológico.

La explicación de algunos psicólogos, sobre el aumento de estas alarmas, es que la gente ve documentales de fauna salvaje en la tele y luego no acierta con el tamaño real de los animales. Así fue que varias personas creyeron ver un cocodrilo en la ribera del Duero, cerca de Tordesillas, y resultó que era una nutria. Vieron que algo se movía en el río y el movimiento que hacen las nutrias, generando ondas con su cola, les pareció la estela de un cocodrilo.  

Casos como este y otros similares hay a cientos. En un pueblo de Granada, aseguraron que habían visto una pantera paseándose por las afueras y después del despliegue de una patrulla de la Guardia Civil se llegó a la conclusión de que la pantera era un gato negro que deambulaba por el pueblo.

La mayoría de estos avisos, de gente que denuncia la presencia de animales salvajes, ocurre en verano. Coincide cuando los urbanitas pasan sus vacaciones en una naturaleza que desconocen. Creen que el campo tiene aceras, pasos de peatones y bancos donde sentarse a contemplar los atardeceres.

En lo que va de verano, en Asturias se han producido 124 rescates en zonas montañosas debidos, sobre todo, a imprudencias y conductas temerarias. Cierto que también han rescatado una vaca, pero no por una negligencia, por un accidente.

El problema es que el 112, la policía y la Guardia Civil no pueden ignorar los avisos aunque lo denunciado les parezca una broma. Cuando se produce un aviso, están obligados a intervenir y movilizar los recursos que tengan: drones, helicópteros, perros, bomberos, agentes de seguridad… Todo un despliegue, por más que sospechen que se trata de una imprudencia o la alucinación de un chiflado. Tal parece como que hubiera mil zoos en España desde los que todos los días se escapa alguna fiera o que los animales también se hayan apuntado a la avalancha migratoria y huyan de África porque, aunque no vean la tele, que no la ven, se enteran de que aquí se vive muy bien por los que van allí de safari. 

Animales sueltos hay muchos, pero los más peligrosos son los urbanitas que nunca han visto una vaca a dos metros y creen ver fieras, al acecho, por todos los rincones. Presumen de su amor por el campo, pero se quejan del madrugador canto del gallo, el ruido de los cencerros y el olor a estiércol.  

La receta la desconozco, pero necesitamos poner remedio a esta infantilización de la sociedad que lo invade todo. La Guardia Civil ha llegado a recibir llamadas que acusaban de mal trato al dueño de un perro que lo tenía atado y los mismos han vuelto a llamar denunciando su abandono cuando lo vieron suelto.


Milio Mariño / Artículo de Opinión

lunes, 24 de agosto de 2026

Placeres caros y baratos

Milio Mariño

Siempre que me alojé en un hotel de lujo, que fue pocas veces, tuve la sensación de que quienes se alojaban allí sentían compasión por mí. Notaba que me miraban sabiendo que no pertenecía a la fauna de aquel lugar y se mostraban condescendientes porque debían de creer que sacrificaba mis ahorros por el placer de estar con ellos. No imaginaban que mi presencia era como invitado en algún simposio y aprovechaba para joderles el decorado. Resultaba divertido que me consideraran un impostor. La soberbia les llevaba al convencimiento de que estaba feliz por disfrutar de su compañía.

En uno de esos hoteles, que está en Barcelona, tenía nombre de princesa y sigue conservando las estrellas, aunque ya no se llama como se llamaba, viví una anécdota que había olvidado y volví a recordar hace unos días, ahora explico por qué. 

Dormir la siesta es un placer barato. No cuesta nada. No hace falta ni poner voluntad. Sobre todo si es verano y acabas de comer bien. Así es pero, en esta vida desaforada que nos obligan a vivir, las élites consideran que la siesta es un vicio de gente que, debido a sus pocos recursos y escasa imaginación, se divierte durmiendo a deshora.

Y en esas estaba yo. Disfrutando de una tarde de agosto, tumbado en el sofá y durmiendo como un lirón. Estaba en la gloria bendita, pero como debe ser cierto que no hay placer sin dolor, me despertó el zumbido de un mosquito que parecía el estruendo de un helicóptero. No exagero. Una mosca cojonera incordia lo suyo, pero un mosquito con ganas de cachondeo puede arruinarte la siesta y convertirla en un suplicio.

Desperté intentando ahuyentar el ruido a manotazos. Un intento inútil porque el mosquito seguía zumbando y hacía gala de sus acrobacias, al tiempo que se regodeaba de mi torpeza para el asesinato. Al final, me puse tan histérico que repartía aspavientos como un energúmeno haciendo kung fu, así que me levanté del sofá, preparé un café y me puse a escribir.

Aunque estaba cabreado, como aún me duraba el perfume de la siesta, pensé que podía aprovecharlo para escribir sobre los placeres baratos, pero ponerte a escribir es dar salida a lo que no sabes que llevas dentro. Y lo que llevaba, en aquel momento, era el hotel de lujo y la siesta de un día de junio.

Aquel día, había acabado de comer y estaba tomando un café y fumando un cigarro en la terraza del interior del hotel. Estaba solo cuando un señor, a mi lado, empezó a charlar disimulando que su intención era averiguar qué hacía yo en un sitio que no era el mío. En principio, resultaba divertido esquivar sus preguntas, pero cuando empezó a ponerse pesado dije que, sintiéndolo mucho, tenía que dejarlo porque pensaba subir a la habitación a echarme una siesta.

¿Una siesta?, dijo incrédulo. Menudo desperdicio. Qué pena que no aproveche su estancia en un hotel como este. Es lo que hago, respondí. No sé a usted, pero a mí me gustan los placeres caros. Y este no pienso perdérmelo. 

Borges escribió una reflexión que suscribo encantado: La siesta es tan valiosa que si te despiertan bruscamente sientes que te han robado una fortuna.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España