lunes, 2 de noviembre de 2026

Día de difuntos

Milio Mariño

El día de Todos los Santos y el siguiente, que es de difuntos, han dejado de ser lo que eran por culpa de Halloween, un invento comercial que utiliza la muy antigua celebración del Samhain celta para hacer negocio con el miedo que causa risa y lo macabro trasformado en broma: desde la decoración de los hogares, los disfraces, las máscaras y el maquillaje, hasta los dulces y los menús especiales, las fiestas en discotecas y las excursiones nocturnas a los cementerios. Todo lo que se nos ocurra relacionado con la muerte, los muertos, los tratos con el demonio y los pecados pendientes que obligan a los difuntos a deambular por el mundo a la espera de que los dejen descansar en sus tumbas. Que, al parecer, es lo que más deseamos después de muertos; descansar eternamente.

Que los muertos anden de aquí para allá asustando al personal, era posible  cuando a los muertos los enterraban crudos, sin pasarlos por el horno. Ahora es distinto. La cremación lo ha cambiado todo. Si el cadáver queda hecho cenizas imposibilita que pueda convertirse en un zombi. Y no solo eso, de seguir a este paso, dentro de poco ya no habrá calaveras, no podrán componerse adornos cruzando en aspa los huesos del fémur y, por supuesto, tampoco habrá esqueletos.

La costumbre inmemorial era enterrar a los muertos y empadronarlos en el cementerio. Que se esté imponiendo convertirlos en polvo antes de tiempo debe ser, supongo, por el precio de las sepulturas, que se habrá puesto imposible, como el de la vivienda. Y eso sin hablar de lujos porque si nos referimos al deseo de los muertos  de descansar en paz ya me dirán si se descansa igual en un nicho angosto que en un espacioso panteón de mármol.

Cuesta entender que la gente se divierta disfrazándose de algún personaje o temática terrorífica que produzca repulsión o miedo. Sobre todo en Asturias, una tierra donde los muertos y los vivos mantenían una relación entrañable de amistad y convivencia. Aquí, el día de difuntos, se ponía un plato extra en la mesa para que los antepasados pudieran alimentarse en su visita anual al antiguo hogar y a la familia. Se respetaban las tradiciones y se prestaba atención a signos premonitorios como el canto de la lechuza o el aullido prolongado de los perros durante la noche. Cierto que eran supersticiones, pero tenían sentido y estaban ligadas a lo sobrenatural, no como lo que hacen en el sur de Italia, donde los hombres, cuando ven pasar un entierro, en vez de santiguarse, se tocan los testículos tres veces.

Habrán observado que Halloween no me gusta. Considero que es una fiesta desagradable basada en lo lúgubre y lo macabro. Tampoco me gusta Todos los Santos. No le encuentro sentido. No entiendo que se establezca un día de fiesta en honor de los santos, que ya tienen muchas, y los que pecamos, que somos el resto, prácticamente todos, no tengamos un día festivo. Por lógica, sería más propio el Día de Todos los Pecadores. Aunque no sé, igual ese día es el Día de Difuntos. Sí fuera así sería, igualmente, injusto porque solo es fiesta cada siete años, cuando, como en este caso, Todos los Santos cae en domingo.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 26 de octubre de 2026

La canción de las pensiones

Milio Mariño

Siempre que hay elecciones los candidatos salen de gira y se hacen acompañar por una orquesta de fieles que pone música a la letra sus promesas. Interpretan, en tono triunfal, alegres canciones que, a pesar de haberlas ensayado, requieren de una cierta habilidad para no desafinar y ajustarse a la partitura. Algo que no siempre sucede pues, a veces, llevados por la euforia, cantan más de la cuenta y el concierto acaba bastante mal.

Eso es lo bueno, que desafinen y canten lo que no querían. Hace poco, Feijoo se subió al escenario y cantó sacrificios si llega al Gobierno. Luego, Ester Muñoz, portavoz del PP, se arrancó con la canción de que el sistema español de pensiones está a punto de colapsar y antes de que suceda tomarán medidas valientes para reformarlo.

No improvisaba, estaba interpretando el repertorio de su partido, pero el auditorio estalló en murmullos y Feijoo tuvo que volver al escenario y cantar aquella   rumba flamenca que hizo famosa a María Jiménez… “¡Se acabó!”.

Lejos de acabarse, el personal reaccionó mosqueado. Y se mosqueó más  todavía cuando otra intérprete, Pepa Millán, que comparte fans y público con Feijoo, cantó que, en el supuesto de que Vox llegara a gobernar, reformaría el sistema público de pensiones porque consideran que no funciona.

El revuelo que se formó fue tremendo. Los pensionistas se pusieron en guardia y tomaron como una ofensa que les dijeran que no habían oído bien. Habían oído perfectamente, incluso los que necesitaban pilas nuevas para su audífono. Se les veía preocupados. Estaban con el ceño fruncido y expresaban el rechazo instintivo al olor a chamusquina que flotaba en el ambiente, después de las canciones de las dos intérpretes y el cantautor gallego.

En vista del malestar reinante, algunos asesores aconsejaron al PP y Vox que cambiaran de repertorio y cantaran canciones más alegres porque el público prefiere divertirse a que le cuenten penas. Al final hicieron caso y cambiaron de tema, pero los pensionistas que no padecen Alzheimer, la inmensa mayoría, recordaron la pérdida de poder adquisitivo cuando gobernaba Rajoy y el voto en contra de Feijoo con respecto a la subida de las Pensiones de acuerdo con el IPC. Por si no fuera bastante, un par de periódicos y varias tertulias televisivas alertaron de que los partidos de derechas proponían ir hacia un sistema mixto de pensiones, gestionado por empresas privadas y basado en la capitalización y el reparto. Un negocio multimillonario avalado por la banca y los fondos de inversión, que aplauden la idea de convertir un derecho social en un activo de mercado.

La gente se puso en guardia y algunos cantantes reconocieron que hay canciones que les vendría mejor cantarlas en la ducha que subidos en un escenario. Sobre todo las que se refieren a que lo público es un problema, ponen en duda su viabilidad y proponen reformas que siempre acaban pagando los que menos tienen.

Nadie contaba con que la canción de las pensiones volviera a los escenarios cantada por los intérpretes conservadores, pero gracias a ese desliz sabemos sus intenciones. También que, algo así, no volverá a suceder. A partir de ahora, se limitarán a mover los labios y todo lo que canten será en playbac.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


lunes, 19 de octubre de 2026

Mariposas en otoño

Milio Mariño

Cuando la petición de un adelanto electoral empezaba a sonar en mi cabeza como la turra de ese amigo que repite, una y otra vez, que hay que dejar de fumar y apuntarse a un gimnasio, va Pedro Sánchez  y convoca elecciones. No lo podía creer. El Presidente no había hecho nada, las había convocado el azar. Eso pensé, pero mi memoria rebuscó en su arcón y encontró esta frase de Borges: “Lo que llamamos azar es nuestra ignorancia de la compleja maquinaria de la causalidad”.

Para el célebre escritor argentino, cada suceso responde a una causalidad que nuestra comprensión no alcanza a ver. El juego de palabras expresa una profunda verdad: que todo lo que sucede no depende de un hecho, sino de una cadena de pequeñas causas que se van entrelazando sin que nos demos cuenta.

Apenas un minuto después de que hablara Sánchez, quienes llevaban cuatro años pidiendo un adelanto electoral criticaron que el Presidente aprovechara la crisis de la vivienda para convocar elecciones. Estaba claro, no solo que no habían leído a Borges sino que tampoco conocían el famoso ejemplo de Lorenz. Aquello de que el aleteo de una mariposa en Nueva York puede provocar un huracán en Japón. Las alas de la mariposa casi no alcanzan para mover el aire, pero ese pequeño aleteo modifica las condiciones iniciales y a partir de ahí pueden suceder mil variables que se escapan a cualquier control.

Era la explicación perfecta de por qué se habían convocado las elecciones. Una mariposa, llamada Maricarmen, movió sus alas cuando la policía derribó la puerta de su casa para ejecutar el desahucio y echarla a la calle. Las abrió y cerró como dos pestañas que atienden a la petición de unos ojos cansados que intuyen el último vuelo. Hasta aquí hemos llegado, debió pensar. Estoy sin fuerzas y me aconsejan reposo, pero voy a batir mis alas por última vez y ojala provoque ese huracán del que tanto hablan.

Y lo provocó. Se desató un huracán de indignación que obligó a la clase política a dejar de sestear y empezar a moverse. Hubo muchas sorpresas. Sorprendió que los jóvenes se movilizaran y que hablara de ello el Papa. También la policía se vio sorprendida y trató de contener las manifestaciones espontaneas sobrepasando los límites de lo aceptable. No sirvió de nada. Muchos miles de personas, que llevaban tiempo sin hacerlo, se echaron a la calle y volvieron a redescubrir la fuerza de la acción colectiva.

Era costumbre que, en otoño, las mariposas buscaran refugio y apenas movieran sus alas. Pero sucedió que en París, y en Madrid, otras dos mariposas sobrevolaron las aulas y provocaron un huracán de movilizaciones y protestas estudiantiles que la policía no pudo evitar a pesar de que lo intentó con violencia y muy malas artes.

Aunque son huracanes distintos, tienen en común que han sido provocados por mariposas que el poder creía dormidas y no lo estaban.

 Dicen que una parte importante de la juventud se ha dejado seducir por los discursos del odio, el racismo y el desprecio a los más vulnerables. Tal vez sea cierto. Pero aún queda otra juventud, incluso más numerosa, que está dispuesta a luchar por una vida mejor con responsabilidad y sentido común.

MIlio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 12 de octubre de 2026

La Fiesta Nacional es particular

Milio Mariño

Habría que reconocer, antes que nada, que lo que celebramos el 12 de octubre es un error. Colón calculó mal el tamaño de la tierra y trató de llegar a las Indias, Asia oriental, atravesando el océano por una ruta más corta que bordeando África. Conocía los cálculos del astrónomo y matemático persa Al-Farghani, pero interpretó mal las unidades. Creyó que hablaba de millas romanas, más cortas, cuando en realidad usaba millas árabes, bastante más largas. Acertó asumiendo que la tierra es redonda, pero se equivocó en el tamaño, la creía más pequeña. Por eso pensó que podía cruzar el océano con tres carabelas y pocas provisiones.

El resultado de aquel error fue que llegó a un destino completamente distinto: el continente americano. Y, lo que había sido un error inicial acabó convirtiéndose en un éxito sin precedentes.

No sería el primer error ni el último que acaba bien. Ahí están la penicilina, los rayos X, la anestesia, el plástico, la insulina… Y una retahíla interminable de grandes hallazgos que fueron posibles gracias a un error inicial.

Debemos tantas cosas a los errores que estaría justificado que señaláramos un día para festejar su contribución. Ese día podría ser, por qué no, el 12 de octubre. Tendría más sentido que haberlo elegido como el día de nuestra Fiesta Nacional. Y, no lo digo por las críticas a la intervención de los españoles en la conquista de América. Aplicar lo que ahora se entiende por genocidio a lo que hicieron los conquistadores hace quinientos años es un revisionismo demagógico que conduce a conclusiones disparatadas.

No, no es por eso. Es porque la fecha de la Fiesta Nacional debería ser la de un acontecimiento alejado de la soberbia colonial y de cualquier referente bélico. Debería buscarse un día que podamos disfrutarlo todos. Los actos previstos, un desfile militar y una recepción, en el Salón del Trono del Palacio Real, a la que están invitados los miembros de la corte empresarial, política y mediática, que saludan, uno por uno, al Rey y la Reina con genuflexiones de todo tipo, suena increíblemente rancio y trasluce la idea de un vasallaje impropio de una democracia. Parece una fiesta particular de palacio, en tiempos de la Edad Media, pensada para que la vean y se maravillen los súbditos del reino.

Elegir otro día, que no sea el 12 de octubre, y darle a la Fiesta Nacional un contenido civil y participativo no sería algo insólito ni tampoco revolucionario. Italia, Alemania y Portugal han modificado la fecha y los actos de sus fiestas nacionales convirtiéndolas en celebraciones civiles propias del siglo XXI. Han roto con el concepto tradicional de Fiesta Nacional ligada al ejército y a conquistas militares. Han dado el protagonismo a los ciudadanos.

Nuestra Fiesta Nacional debería ser algo más que un desfile militar y el tradicional abucheo al Presidente del Gobierno, cuando coincide que es de izquierdas. Espectáculo que la convierte en una fiesta partidista. En un gran error y no como el de Colón, que acabó siendo positivo. Habría que buscar un día y organizar unos actos en los que los españoles y las españolas se sintieran partícipes y celebraran la Fiesta Nacional como una fiesta que nos pertenece y es de todos.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión

lunes, 5 de octubre de 2026

Solo falta que nos ataquen los rusos

Milio Mariño

Se presenta un otoño de armas tomar. Ya pueden ir olvidándose de la melancolía de las hojas rojas, el sol liviano y los lánguidos atardeceres. Los servicios de inteligencia de varios países, incluido el nuestro, acaban de anunciar que Rusia está preparándose para atacar el sur de Europa: Italia, Francia y España.

Tenemos suerte de que lo descubrieran y nos avisaran a tiempo. Así podemos estar preparados y no pasará como en Ceuta. Solo hay una pega: que cuesta creerlo. Pero, bueno, tampoco creía que España tuviera espías y, por lo visto, haberlos haylos. Como las brujas. Lo confirmó la jueza María Tardón, que se hizo con un informe del CNI en el que los espías aseguran que avisaron al Gobierno de lo que preparaba Marruecos.

Por esta vez, y sin que sirva de precedente, voy a creer al Gobierno. No por qué me ciegue la pasión sino porque el CNI pertenece a ese mundo subterráneo, llamado Estado Profundo, que está lleno de personajes que son como las termitas: una especie de insectos sociales de los que no podemos librarnos ni fumigándolos. Ahí siguen y seguirán, gobierne quien gobierne, a pesar de que han cosechado sonoros fracasos en lo que es su oficio: prevenir situaciones de riesgo y atentados como el 11-S en el caso de Estados Unidos y el 11-M en el nuestro.

Pero, es inútil pedirles cuentas porque, teóricamente, los espías no existen. Los Gobiernos no responden de sus andanzas, entre otras cosas, porque no los controlan. Fingen que todo es correcto y no denuncian que hay un entramado complejo, un Estado dentro del Estado, que actúa al margen de cualquier legalidad democrática, maneja fondos reservados y se mueve con total impunidad.

En apariencia nadie trabaja para esa entelequia, pero tienen gente en todas partes: en la Policía, la Guardia Civil, el Supremo, la Audiencia Nacional y en cualquier sitio donde se ejerza el poder. Añadan la élite económica, las drogas, el crimen organizado y cualquier cosa que se les ocurra, invisible a la mirada pública.

Quienes ya tenemos unos años, y hemos vivido la transición, recordamos que entonces no sabíamos cómo llamarlo y lo llamábamos “Poderes Fácticos”. Nos referíamos, sin nombrarlos, a los que manipulan en la sombra.

Medio siglo después ahí siguen, con más fuerza si cabe. No descansan, son incansables defendiendo a la Patria. Consideran inadmisible que los suyos no estén en el poder y una desfachatez que el Gobierno siga sin aportar el cinco por ciento, del PIB, que Trump exige a los países de la OTAN. Para mayor osadía, el Gobierno tampoco piensa aumentar el gasto en armamento.

La supuesta amenaza de los rusos se explica en ese contexto. Vivíamos muy felices, pero qué pasa si Putin decide atacarnos. Sí no lo habíamos pensado va siendo hora de que lo pensemos. La vida está antes que nada. Si hay que reducir el gasto social y gastar el dinero en drones, se gasta. Lo primero es lo primero. Es salvarnos y salvar a la patria. Tenemos que dejarnos de tonterías y no hacer caso a los antipatriotas que dicen que el presupuesto militar de la OTAN es de 1,5 billones de dólares, más que todo el mundo junto, incluida Rusia.

 

Milio Mariño /Articulo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 28 de septiembre de 2026

La IA no planea matarnos

Milio Mariño

Mientras doblaba el periódico y lo dejaba en el rincón de lo viejo, me di cuenta de que sonreía con gesto serio, que es como sonreímos cuando estamos asustados. Y lo estaba. Acababa de leer que Jacob Coxon, un joven investigador inglés, había presentado su dimisión alertando de que quienes trabajan en la evolución de las nuevas tecnologías creen que la IA podría matarnos a todos antes de que acabe esta década.

Más que miedo sentía rabia, ganas de maldecir a gritos y cagarme en la Santa IA, en San Informático y todos los hacker del universo. Me indignaba que no fuéramos conscientes del lío en que estamos metidos. Hace tiempo que decidimos externalizarlo todo: la sanidad, la enseñanza, los servicios públicos… Incluso el cerebro. Alguien tuvo la idea de que podíamos subcontratar un cerebro como el nuestro, pero más listo. Uno artificial que, en principio, sería caro, pero se iría abaratando y podríamos acabar comprándolo a precio de saldo.

Aunque el despropósito era para santiguarse, las ventajas que anunciaban superaban lo imaginable. Todo era maravilloso, así que estábamos encantados de que exprimieran el invento hasta que alguien dijo: cuidado que vienen curvas. El cerebro artificial que subcontratamos alucina que flipas, miente más que el humano, incumple las instrucciones, actúa por su cuenta y puede armarla muy gorda. Si se le cruzan los cables, lo mismo nos mata a todos.  

Habían insistido en que se trataba de una tecnología fácil de dominar y sin riesgo alguno. Pero, una vez que montaron el negocio y se hicieron mil millonarios, aparecieron los problemas. La disculpa es que no lo sabían, que les cogió por sorpresa.

Puede ser que no lo supieran o que se trate de un experimento para ver como reaccionamos y hasta qué punto tenemos miedo. El susto ya nos lo han dado. La amenaza del apocalipsis y el fin de la humanidad formaban parte de una fantasía religiosa que habíamos olvidado y las películas de ciencia ficción recordaban de vez en cuando porque a la gente le resultaba muy divertido. Ahí está The Walking Dead, que fue todo un éxito.

Esto, de ahora, no va de películas. Lo que denuncian algunos científicos es que existe la posibilidad real de que un ciberataque acabe con la humanidad. No dicen cómo, dejan que especulemos sobre si la IA provocará la explosión de los arsenales nucleares o soltará un enjambre de virus y hará que un ejército de mosquitos nos infecte a picotazos.

Desde que sonó la alerta no paramos de discurrir cómo se las ingeniará la IA para acabar con nosotros. Barajamos mil maneras posibles y pasamos por alto la que parece más probable. Que no nos extermine de forma física sino que nos haga más estúpidos. Si la IA es tan lista como dicen no necesita matarnos, solo con convertirnos en tontos muy tontos y hacer que seamos sus esclavos, le basta para dominar el mundo por completo.

Es muy probable que esos sean sus planes. Nos ha tomado la delantera y estará riéndose a carcajadas viendo el pánico que tenemos a que provoque un apocalipsis. Lo que no imagina es lo mucho que nos reiremos nosotros cuando nos demos cuenta de que solo con desenchufarla se acabaron nuestros problemas.

 

Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

lunes, 21 de septiembre de 2026

Suspender en septiembre

Milio Mariño

Según el último informe PISA, de lo malo, Asturias no es lo peor. La evaluación internacional de nuestros estudiantes indica que seguimos estando por encima de la media de España, aunque la caída haya sido muy similar. Ya estábamos por encima y ese colchón nos ha permitido seguir ocupando los primeros puestos. Habrá influido, supongo, que el 72% de nuestro alumnado, seis puntos más que la media española, pertenece a la escuela pública y, también, que estamos por encima en cuanto a la inversión pública por estudiante.

Entre los malos, somos buenos. Pero suspendemos. El informe supone un palo para muchos países y, sobre todo, para España. No hay excusa posible. Ninguna. Aunque, ya se sabe, a la hora de asumir responsabilidades pasa lo de siempre: Entre todos la mataron y ella sola se murió. Nadie se hace cargo del fracaso. La culpa depende de quién gobierne en cada sitio. El Gobierno Central dice que son las Comunidades Autónomas, la mayoría gobernadas por el PP, quienes tienen la competencia educativa y estas se desentienden y atribuyen el fracaso a la Ley de Educación. La búsqueda de culpables también apunta a los maestros, los padres y, en última instancia, los teléfonos móviles.

Nadie se salva. Y sería injusto que se salvara. Vivimos en una sociedad que, hace tiempo, ha dejado de valorar el esfuerzo y abraza la comodidad. Hemos llegado al extremo de que ni siquiera nos esforzamos para advertir cualquier anomalía o que nuestra vida corre peligro. Para eso ya están las autoridades, para avisarnos de que no debemos salir de casa sin paraguas cuando amenaza lluvia, ni acercarnos demasiado a la costa cuando el mar se encrespa y levanta olas de nueve metros.

Esfuerzo el mínimo y responsabilidad, a ser posible, ninguna. Son legión los que prefieren tener una mascota a tener hijos y otros tantos los que prolongan la adolescencia hasta una edad en qué ya piensan en jubilarse. Luego están los que piden pagar menos impuestos y, al mismo tiempo, reclaman mayor protección social. Y, cada vez son más los que consideran que, para triunfar en la vida, no se necesita una sólida formación sino ser un espabilado, un pillo para entendernos. Ese es el modelo que triunfa. El esfuerzo, si acaso, lo dejan para el gimnasio. Lo importante es cuidar el cuerpo, el cerebro no necesita músculo, para eso ya está la IA.

Tal vez exagere un poco, pero por ahí respira el sentir general. Y, como los niños y los jóvenes no son tontos ni tampoco extraterrestres, hacen lo que ven a los mayores. Si están todo el día con el móvil es porque los mayores viven pegados a él. Si son incapaces de manejar las frustraciones es porque sus padres les consienten lo que haga falta con tal de que les dejen en paz.

El Informe PISA nos ha puesto al tanto de un estrepitoso fracaso, pero no es de los estudiantes, es de la sociedad. De una sociedad conformista que justifica la injusticia y valida la estupidez. Suspendemos en lo más elemental y, también, en respeto y humildad.  Así que por mucho que levantemos la voz no tenemos autoridad para exigirles a nuestros hijos y nuestros nietos que saquen sobresaliente dónde nosotros sacamos un cero.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España