Siempre está uno aprendiendo.
Hasta hace unos días pensaba que las ratas y los ratones eran pareja de hecho y
resulta que son de familias distintas. Las ratas son grandes y peludas y los
ratones pequeños y con unas orejas enormes, en proporción a su cabeza. Está bien
saberlo. Si no es por la histeria que provocó el Hantavirus sigo en la inopia.
Claro que la diferencia tampoco es mucha. Las ratas, igual que los ratones, son
animales que despreciamos y a los que atribuimos la propagación de un montón de
enfermedades.
El Hantavirus los devolvió al centro de la
polémica, pero es de siempre que los ratones tengan muy mala fama. Que yo sepa,
solo hay dos excepciones: el ratoncito Pérez y la Ratita Presumida. Todos los
demás provocan una gran aversión y un deseo irrefrenable de acabar con ellos
como sea: a patadas, con trampas, con veneno… Con cualquier cosa menos con una
flauta, como hizo Hamelín, sabedor de que, a los ratones, les gusta la música.
Hay un estudio científico, publicado en Science Advances, que apunta qué lo que
más les gusta es el jazz.
A lo que iba, si no me
distraigo, es que, aunque las ratas están por todas partes, me parecía extraño
que se embarcaran en un crucero de lujo. En esos cruceros no dejan que entren ni como polizones. Por eso,
los responsables del MV Hondius, enseguida salieron al paso y aclararon que el contagio
del Hantavirus se había producido fuera del barco, probablemente en un
vertedero. Una posibilidad más creíble porque las ratas y los ratones son
animales pobres y los ricos no tienen contacto con la pobreza a no ser por accidente
o deporte. Circunstancia que los virus conocen y de ahí que aprovechen
cualquier descuido para saltar de una gallina, un murciélago o un ratón, a una
persona rica y demostrar que los esfuerzos por mantener las diferencias sociales
son inútiles.
La naturaleza no es como
nosotros, trata por igual a todos los seres humanos. Está por averiguar si el
contagio de los pasajeros del crucero de lujo no será consecuencia de que, en
lo que va de año, la OMS lleve contabilizadas 17.000 infecciones, provocadas por
las ratas y los ratones, en las ruinas de Gaza. Miles de infectados sin que la
humanidad se diera por enterada.
Pero claro, que la infección
afecte a los pasajeros de un crucero de lujo tiene otro alcance. Le prestamos
más atención aunque el trato acabe siendo muy parecido. El egoísmo alimenta la
crueldad y de ahí surge el grito: ¡No los queremos en nuestros puertos!
Preferimos que mueran en alta mar como los subsaharianos que vienen en pateras
y los traga el océano.
El mundo está infectado de
estupidez y deshumanización. El dolor ajeno no conmueve a nadie y la
solidaridad es cosa del pasado. Lo que se lleva es cerrar los ojos o mirar para
otro lado por miedo a sentir compasión. Hemos llegado a que todo se valore en
términos de utilidad. En eso se han convertido las relaciones humanas.
Deberíamos tomar nota de las ratas y los ratones. Un estudio de la Universidad
de California demuestra que estos animales, que consideramos despreciables, ayudan
a sus congéneres en casos de necesidad.






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