lunes, 23 de febrero de 2026

Insultar no es opinión

Milio Mariño

Por más que procuro estar al día y mantener la mente abierta, hay cosas que no logro entender. Y no son grandes cosas, son cosas sencillas que me llevo a la cama y, en vez de contar ovejas, estoy dándoles vueltas hasta que consigo dormir. Al día siguiente siguen estando ahí y aunque lo lógico sería que pasara página y reconociera, con una sonrisa, que mí cabeza me da para más, insisto en encontrarles sentido.

En ese empeño, atendiendo al consejo de si lo intentas vete hasta al final, sigo sin entender que el insulto se haya normalizado y se considere opinión. Me parece una monstruosidad. Creo que fue Saramago quien dijo que las palabras no hay que dejar que salgan de la boca sin antes pasarlas por la mente. Una precaución que, desde luego, no tuvo Belén Navarro Cañete, la concejala del PP de Vallanca, que gritó "¡hijo de puta!" a Pedro Sánchez cuando este se disponía a dar un mitin en Teruel.

No fue la primera. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, también acabó por reconocer que había llamado “hijo de puta”, al presidente del Gobierno. Es lo mínimo que se merece, dijo como disculpa. Y cundió el ejemplo porque hasta en el estadio Carlos Tartiere, antes del  partido Real Oviedo - Real Madrid, se profirió el mismo insulto dirigido al presidente del Gobierno. Insulto que fue denunciado por la Liga de Fútbol Profesional.  

Nuestro ordenamiento jurídico no contempla el derecho a insultar. El insulto no es libertad opinión, es una agresión verbal que genera odio y menoscaba la convivencia social. Por eso sorprende que en la política no se tomen medidas y qué quien insulta siga gozando de impunidad. Todo lo contrario de lo que ocurre en el fútbol.

En el fútbol se castiga a los que insultan. Y no es de hace dos días, hace ya veinte años que la Comisión Antiviolencia viene registrando los insultos de forma textual. Uno de los primeros fue: “Ese portugués hijoputa es”. Y tuvo sanción. Una medida muy razonable en una sociedad que se tiene por civilizada. No todo vale para ayudar a que tú equipo gane el partido.

Lo sorprendente, y vergonzoso, es que La Liga de fútbol castigue la violencia verbal y los partidos políticos la amparen y la disculpen. Coincido con el escritor argentino Hernán Casciari, quien dijo que el efecto de prohibir los insultos en el fútbol obliga a que los hinchas usen herramientas que antes no usaban como la metáfora, el sarcasmo y el ingenio. Qué menos si se quiere preservar la buena educación. Y que bochorno que se aplique en el fútbol y no en la política. Que en el Congreso y en el Senado no pase como en los campos de fútbol y el presidente o la presidenta de la Cámara, suspenda el debate y mande a sus señorías al vestuario cuando se produce un incidente de estas características.

Normalizar el insulto, aceptar que se insulte como una forma de expresar las diferencias políticas, era lo que nos faltaba para degradar, aún más, nuestra maltrecha democracia. Hemos llegado a un punto en el que a ciertos políticos apetece decirles: Sospecho que no debe de haber diferencia entre cómo le huele la boca y cómo le olerá el culo.


Mi artículo de los lunes en La Nueva España

 


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