Por más que procuro estar al
día y mantener la mente abierta, hay cosas que no logro entender. Y no son grandes
cosas, son cosas sencillas que me llevo a la cama y, en vez de contar ovejas,
estoy dándoles vueltas hasta que consigo dormir. Al día siguiente siguen estando
ahí y aunque lo lógico sería que pasara página y reconociera, con una sonrisa,
que mí cabeza me da para más, insisto en encontrarles sentido.
En ese empeño, atendiendo al
consejo de si lo intentas vete hasta al final, sigo sin entender que el insulto
se haya normalizado y se considere opinión. Me parece una monstruosidad. Creo
que fue Saramago quien dijo que las palabras no hay que dejar que salgan de la
boca sin antes pasarlas por la mente. Una precaución que, desde luego, no tuvo Belén
Navarro Cañete, la concejala del PP de Vallanca, que gritó "¡hijo de
puta!" a Pedro Sánchez cuando este se disponía a dar un mitin en Teruel.
No fue la primera. La
presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, también acabó por
reconocer que había llamado “hijo de puta”, al presidente del Gobierno. Es lo
mínimo que se merece, dijo como disculpa. Y cundió el ejemplo porque hasta en el
estadio Carlos Tartiere, antes del partido Real Oviedo - Real Madrid, se profirió
el mismo insulto dirigido al presidente del Gobierno. Insulto que fue
denunciado por la Liga de Fútbol Profesional.
Nuestro ordenamiento jurídico
no contempla el derecho a insultar. El insulto no es libertad opinión, es una
agresión verbal que genera odio y menoscaba la convivencia social. Por eso sorprende
que en la política no se tomen medidas y qué quien insulta siga gozando de
impunidad. Todo lo contrario de lo que ocurre en el fútbol.
En el fútbol se castiga a los
que insultan. Y no es de hace dos días, hace ya veinte años que la Comisión
Antiviolencia viene registrando los insultos de forma textual. Uno de los
primeros fue: “Ese portugués hijoputa es”. Y tuvo sanción. Una medida muy
razonable en una sociedad que se tiene por civilizada. No todo vale para ayudar
a que tú equipo gane el partido.
Lo sorprendente, y
vergonzoso, es que La Liga de fútbol castigue la violencia verbal y los
partidos políticos la amparen y la disculpen. Coincido con el escritor
argentino Hernán Casciari, quien dijo que el efecto de prohibir los insultos en
el fútbol obliga a que los hinchas usen herramientas que antes no usaban como
la metáfora, el sarcasmo y el ingenio. Qué menos si se quiere preservar la
buena educación. Y que bochorno que se aplique en el fútbol y no en la
política. Que en el Congreso y en el Senado no pase como en los campos de
fútbol y el presidente o la presidenta de la Cámara, suspenda el debate y mande
a sus señorías al vestuario cuando se produce un incidente de estas
características.
Normalizar el insulto,
aceptar que se insulte como una forma de expresar las diferencias políticas, era
lo que nos faltaba para degradar, aún más, nuestra maltrecha democracia. Hemos
llegado a un punto en el que a ciertos políticos apetece decirles: Sospecho que
no debe de haber diferencia entre cómo le huele la boca y cómo le olerá el culo.
Mi artículo de los lunes en La Nueva España

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Milio Mariño