El viento, que estos días sopló con
fuerza, hizo que el aroma del Antroxu borrara la pestilencia de la polarización
política y la gente recuperó el buen humor. Así que, un año más, la fantasía volvió
a las calles de Avilés para vivir una tradición que se ha convertido en patrimonio
de quienes se sienten protagonistas, participan y se divierten, y quienes no
estamos para muchos trotes y disfrutamos desde el balcón.
La pena es que ya estamos a lunes,
pero todavía queda hoy y mañana antes del triste entierro de la sardina y el
comienzo de la cuaresma. Tiempo de ayuno, prohibiciones y tristeza al que
volveremos fortalecidos después del reconstituyente que supone vivir estos días
como cada uno quiera y sin que nadie se lo impida. A eso invita L’Antroxu, a
escenificar de la forma más grotesca posible las miserias de nuestra vida no
para obviar ni ocultar los problemas, sino para exorcizarlos haciéndoles burla
con disfraces y risas, además de buena comida y la bebida que el festejo
requiera.
Pero lo bueno se acaba enseguida.
El miércoles no nos quedará otra que volver a disfrazarnos. En este caso no para
salir de fiesta, sino porque lo exige la vida. En carnaval nos disfrazamos
porque nos apetece, pero el resto del año también vamos disfrazados para
cumplir con el papel que elegimos o el que nos obligan a representar.
No vendría mal que, cuando pasen
estos días, tomáramos cuenta del disfraz que llevamos puesto. Este año llegamos tarde, pero para el próximo podría
ser interesante que probáramos con lo contrario de lo que es costumbre. Es decir,
qué en vez de ponernos el disfraz que esté de moda nos quitáramos el disfraz
que llevamos puesto y nos disfrazáramos de nosotros mismos.
Sería una buena experiencia. Disfrazados
de nosotros, tendríamos la oportunidad de comprobar que aceptación tenemos.
Bien es verdad que, a lo mejor, no resultaría tan divertido. Igual nos liamos y
acabamos desconcertados porque el trámite no es sencillo, es complicado y
requiere mucha fuerza de voluntad. Estamos tan pendientes de lo que otros nos
piden que nos olvidamos de nosotros mismos.
Habría que hacerlo sin miedo. Lo
bueno es que quienes somos gente corriente, los que apenas pintamos nada, no
necesitamos ser muy valientes. Por mucho que intentemos disfrazarnos de otros,
nos delata nuestro aspecto. En cambio las personas importantes, las que están
obligadas a gestionar sus emociones, necesitan disfrazarse para ocultar su
personalidad.
Disfrazarnos en carnaval, y si me
apuran hacer el ridículo, es una afición sana y muy terapéutica que eleva la
autoestima. Lo que decía antes, disfrazarse de uno mismo, tal vez no sea muy
original, pero supondría una liberación, que es de lo que se trata. Se trata de
ser libres, algo que no se consigue haciendo trampas, escondiendo nuestra
personalidad por miedo a la opinión que los demás puedan tener de nosotros.
La idea no es mía, qué más
quisiera. Hace tiempo leí una fábula, no recuerdo de quien, que decía lo
siguiente: Hubo una vez un hombre que en Carnaval se disfrazó de sí mismo y
parecía otro. Fue muy feliz, pero el miércoles de ceniza volvió a ser el de
todos los días, es decir, el que los demás querían que fuera.

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Milio Mariño