Viendo las imágenes de la
guerra que enfrenta a Israel y Estados Unidos con Irán, parece como que un
misil surcara el cielo a velocidad de vértigo, se cruzara con otro, que venía
en sentido contrario, explotaran y aquí no pasado nada. La idea es convencernos
de que la guerra consiste en una disputa entre misiles que se hacen trizas
mientras la población sigue a lo suyo y cuando regresa a sus casas se entera de
quien va ganando por las noticias del telediario. Así es como están presentando
esta guerra, con una apariencia de irrealidad que se asemeja mucho a un videojuego.
Lo único que, a diferencia de los videojuegos, no vemos muertos y si, por un
descuido, aparece alguno lo pixelan para no herir sensibilidades.
Arriba, en el cielo, es
posible que suceda lo que nos cuentan, pero abajo, en la tierra, la guerra sigue
siendo la misma de hace mil años. No ha cambiado nada. Sigue teniendo el mismo
sinsentido y las mismas consecuencias: hogares derruidos, ruinas humeantes,
gente que busca a los suyos entre los escombros, niños que lloran desconsolados,
heridos que gritan auxilio y miradas de horror de quienes no entienden qué está
pasando.
Aunque parezca moderna, y las
armas sean sofisticadas, la guerra sigue siendo muy clásica. Tal vez tengamos
una percepción distinta por las imágenes que nos pasan, la lejanía del campo de
batalla y porque ahora nuestros jóvenes no están obligados al servicio militar
y los soldados son profesionales con más motivaciones económicas que
patrióticas. Varios informes apuntan que, en la actualidad, el ejército de
Ucrania cuenta con un 40% de extranjeros, de los cuales 7.000 son
sudamericanos, reclutados con la promesa de recibir 4.000 dólares al mes que
luego quedan en menos. Pero que se haya llegado a esto no resta crueldad y
horror a la guerra, añade un negocio infame a costa de la pobreza y el
sufrimiento ajeno.
El argumento que utilizan
para justificar las recientes guerras, eliminar un régimen opresor o
totalitario, es falso. La guerra no es una herramienta que permita mejorar a
ningún país. Arrasar con todo y matar a miles de personas con el pretexto de
que es para que luego surja algo bueno, supone un disparate que no debería
convencer ni a los muy ingenuos. Es como ese chiste de dos pilotos que van a
los mandos de un bombardero y uno le dice al otro: Ya verás la que nos va a
caer en twitter cuando se enteren de que somos nosotros los de las bombas.
La irresponsabilidad de Trump
y de Netanyahu, dos perturbados que se creen los amos del mundo y desprecian a
quienes no están dispuestos a secundar sus locuras, puede convertirse en la III
Guerra Mundial y en una conflagración nuclear. El peligro de que pueda suceder
algo así es real. También es peligroso oponerse a los caprichos de estos
lunáticos, pues tiene un precio y suele ser caro. Pero la guerra encarna un
modelo de sociedad y resolución de conflictos que tenemos que rechazar de plano.
Desertar de la locura, abandonar las filas de los que cometen crímenes contra
la humanidad, es un acto de valentía. Ojala que algún día organicen una guerra
y no vaya nadie.

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Milio Mariño