lunes, 30 de marzo de 2026

Cuba cuenta los días

Milio Mariño

Cuba se está muriendo y su agonía discurre sin pena ni gloria. El mundo navega por otros mares y que Cuba muera no preocupa a nadie. Tampoco cómo la van a enterrar. Tanto da que la entierren al estilo de Venezuela como que la incineren al amanecer. Pocos, muy pocos, van a llorar su muerte. Es muy posible que ni sus amigos los rusos asistan al funeral. Y, en cuanto a nosotros, igual mandamos algunas flores, por aquello de que aún quedan 165.000 cubanos descendientes, hijos o nietos, de españoles, pero no habrá lágrimas ni abrazos de despedida.  

Cuba morirá sola y sin la dignidad de oponer resistencia. Su Presidente, Díaz Canel, dijo hace unos días: “Cualquier agresor externo chocará en Cuba con una resistencia inexpugnable. Vamos a dar la vida defendiendo la Revolución”. Ciertamente, lo dijo pero ni los más acérrimos lo tomaron en serio. Lleva semanas negociando con Washington, nadie sabe si una rendición en toda regla o un apaño como el de su colega y vecino Nicolás Maduro.

El presidente cubano tiene poco que negociar. En Cuba no hay petróleo ni tierras raras. No hay negocio, y eso explica el desinterés de Marcos Rubio y Donald Trump quien, dando muestras de su acostumbrada delicadeza, acaba de decir: “Creo que tendré el honor de tomar Cuba. No sé si tomarla o liberarla. Puedo hacer lo que quiera con ella”.

Y lo está haciendo. El bloqueo total de Cuba, decretado en enero por Donald Trump, es criminal e inhumano y ha sido condenado por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Pero la tragedia del pueblo cubano es anterior, viene de lejos. Son  muchos años de falta de libertades, escasez de alimentos, medicinas y todo lo necesario para vivir con dignidad.

Cuba es un país privilegiado que lo tiene todo y no tiene nada. Causó asombro, hace seis años, cuando fabricó 100 millones de dosis de la vacuna contra el Covid, suficiente para proteger a sus 11 millones de habitantes, y regaló el resto a los países del tercer mundo. Ahora espera con ansiedad que llegue la ayuda humanitaria que está en camino. Si llega será un alivio, pero no paliará el sufrimiento de un pueblo agotado que cuenta los días esperando el final.

Una salida, que apuntan algunos analistas internacionales, podría ser que el gobierno cubano pactara reformas económicas con Estados Unidos, sin apenas tocar la estructura política, y dejara el establecimiento de un régimen democrático para más adelante. Un modelo muy parecido al empleado en Venezuela que supondría una decepción para los 700.000 cubanos que viven en Miami y para quienes, dentro de la isla, esperan un cambio que traiga plenas libertades.

Aunque la dictadura cubana está llegando a su final, el escenario que se dibuja es el de una transición difícil, complicada y plagada de incertidumbres. Hay mucha rabia acumulada, mucha sed de justicia y, también, deseo de venganza.  

Los elogios de Trump al buen clima de Cuba, y las posibilidades turísticas de la isla, no parecen un botín suficiente como para que Estados Unidos se haga cargo de tutelar y gestionar un cambio pacífico sin enfrentamientos ni derramamiento de sangre. Los cubanos confían poco en su gobierno, pero en Trump confían todavía menos.

 

Mi artículo de Opinión de los lunes.

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Milio Mariño