Cuba se está muriendo y su
agonía discurre sin pena ni gloria. El mundo navega por otros mares y que Cuba
muera no preocupa a nadie. Tampoco cómo la van a enterrar. Tanto da que la
entierren al estilo de Venezuela como que la incineren al amanecer. Pocos, muy
pocos, van a llorar su muerte. Es muy posible que ni sus amigos los rusos
asistan al funeral. Y, en cuanto a nosotros, igual mandamos algunas flores, por
aquello de que aún quedan 165.000 cubanos descendientes, hijos o nietos, de
españoles, pero no habrá lágrimas ni abrazos de despedida.
Cuba morirá sola y sin la dignidad
de oponer resistencia. Su Presidente, Díaz Canel, dijo hace unos días: “Cualquier
agresor externo chocará en Cuba con una resistencia inexpugnable. Vamos a dar
la vida defendiendo la Revolución”. Ciertamente, lo dijo pero ni los más
acérrimos lo tomaron en serio. Lleva semanas negociando con Washington, nadie sabe
si una rendición en toda regla o un apaño como el de su colega y vecino Nicolás
Maduro.
El presidente cubano tiene
poco que negociar. En Cuba no hay petróleo ni tierras raras. No hay negocio, y
eso explica el desinterés de Marcos Rubio y Donald Trump quien, dando muestras
de su acostumbrada delicadeza, acaba de decir: “Creo que tendré el honor de
tomar Cuba. No sé si tomarla o liberarla. Puedo hacer lo que quiera con ella”.
Y lo está haciendo. El
bloqueo total de Cuba, decretado en enero por Donald Trump, es criminal e
inhumano y ha sido condenado por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Pero
la tragedia del pueblo cubano es anterior, viene de lejos. Son muchos años de falta de libertades, escasez de
alimentos, medicinas y todo lo necesario para vivir con dignidad.
Cuba es un país privilegiado
que lo tiene todo y no tiene nada. Causó asombro, hace seis años, cuando fabricó
100 millones de dosis de la vacuna contra el Covid, suficiente para proteger a sus
11 millones de habitantes, y regaló el resto a los países del tercer mundo.
Ahora espera con ansiedad que llegue la ayuda humanitaria que está en camino. Si
llega será un alivio, pero no paliará el sufrimiento de un pueblo agotado que
cuenta los días esperando el final.
Una salida, que apuntan
algunos analistas internacionales, podría ser que el gobierno cubano pactara
reformas económicas con Estados Unidos, sin apenas tocar la estructura política,
y dejara el establecimiento de un régimen democrático para más adelante. Un modelo
muy parecido al empleado en Venezuela que supondría una decepción para los
700.000 cubanos que viven en Miami y para quienes, dentro de la isla, esperan
un cambio que traiga plenas libertades.
Aunque la dictadura cubana
está llegando a su final, el escenario que se dibuja es el de una transición difícil,
complicada y plagada de incertidumbres. Hay mucha rabia acumulada, mucha sed de
justicia y, también, deseo de venganza.
Los elogios de Trump al buen
clima de Cuba, y las posibilidades turísticas de la isla, no parecen un botín
suficiente como para que Estados Unidos se haga cargo de tutelar y gestionar un
cambio pacífico sin enfrentamientos ni derramamiento de sangre. Los cubanos confían
poco en su gobierno, pero en Trump confían todavía menos.

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Milio Mariño