El sábado desperté preocupado
y, con el primer café a medio tomar, me senté frente al ordenador. Había estado
dándole vueltas al lío en que nos ha metido Trump y quería empezar el día
sabiendo cómo está el mundo.
Está como suponía. La opinión
generalizada es que el mundo está mal, muy mal. Los analistas coinciden en añorar
el pasado y lamentan, con nostalgia, que estemos ante un mundo nuevo que ya no
se rige por reglas.
Salí pitando. Pero no porque
me asustara lo que decían, sino para atender esa necesidad imperiosa que suele
surgir después del primer café. El caso que allí sentado, ya saben, es dónde se
me ocurren las ideas más peregrinas. Deduzco que mí interior aprovecha para
explayarse por arriba y por abajo con idéntico resultado. Así que empecé a
pensar si, de verdad, había vivido en un mundo que respetaba la legalidad internacional
y los derechos humanos. Y, como tenía alguna duda, decidí hacer un repaso. Recordé
las guerras de Libia, Irak, Afganistán y Somalia, la anexión de Palestina, la
invasión de Ucrania, el genocidio de Gaza, el asalto a Venezuela, las amenazas
a Canadá y Groenlandia…
Al final llegué a la conclusión de que hablaban
de un mundo en el que yo no había vivido. El mundo que invocaban, con nostalgia,
no respetaba las resoluciones de la ONU ni el Derecho Internacional. De modo
que no entendía por qué se rasgaban las vestiduras y apelaban a un pasado en el
que las leyes eran violadas con total impunidad. Hay cientos de casos. El más
reciente es Gaza, donde se cometió un genocidio, a la vista de todos, y el
mundo miró para otro lado sin avergonzarse siquiera un poco. Nadie movió un
dedo para evitar el asesinato de más de 75.000 palestinos. Y siguen sin hacer
nada para evitar que continúen muriendo por la hambruna y el bloqueo de
alimentos, agua y medicinas.
Ese parece ser el mundo con
reglas que añoran los buenos. Un mundo que impuso sanciones a Rusia, por la
invasión de Ucrania, y apeló a la Corte Penal Internacional, para que emitiera una
orden de arresto contra Vladímir Putin. El mismo mundo que descartó sancionar a
Israel por la invasión de Gaza y no tomó ninguna medida contra Benjamín Netanyahu.
Curioso mundo, regido por
leyes, el de quienes se escandalizan de que se avecine un mundo nuevo que no
parece dispuesto a respetar ninguna. “Ya que no podemos confiar en un mundo con
reglas, como la única manera de defender nuestros intereses… debemos buscar
formas creativas para abordar las crisis”. Dijo
Úrsula Von der Leyen. Y los defensores de la ley y el orden se le
echaron encima. Calla, calla, no seas loca, como se te ocurre decir algo así. Pues
nada, si hay que rectificar se rectifica: Aquí una amiga, una esclava, una
sierva… Dijo doña Úrsula, parafraseando a
López Vázquez en “Atraco a las tres”.
Antes de volver al ordenador,
mientras tiraba de la cadena, pensé que lo mismo nunca existió ese mundo gobernado
por leyes que algunos añoran. Claro que también puede ser que las leyes a las
que se refieren sean la ley del embudo y la ley del más fuerte.

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Milio Mariño