Hasta donde alcanzan mis
recuerdos, siempre tuve inquietud por conocer el pasado. En mi niñez, cuando
empezaba con los libros de historia, sentía curiosidad por saber algo más de lo
que venía en el texto. Me pasó con Atila, rey de los hunos. En el libro
simplemente lo mencionaban y el profesor, en vez de contarnos quien era aquel bárbaro
que había puesto en jaque al Imperio Romano, comentó que tenía un caballo,
Othar, que por donde pisaba no volvía a crecer la yerba.
Estuve mucho tiempo intrigado,
pensando cómo sería aquel caballo y cómo sería su dueño, a quien llamaban el
azote de Dios en la tierra. Esa intriga, la curiosidad insatisfecha debió
anidar en mi cerebro, esperando respuesta, y hace unos días, cuando supimos lo
de Trump en Venezuela, lo primero que me vino a la cabeza fue Atila.
Llevaba sabe dios los años
que no me acordaba del rey de los hunos. Así que debe ser cierto eso de que el cerebro
reacciona para protegernos. Trump no viene de las estepas de Asia Central,
viene de las entrañas del capitalismo, pero tiene todas las papeletas para
convertirse en el nuevo Atila del Siglo XXI.
Merece más ser el nuevo Atila
que el Nobel de la paz. Y no hace falta que insista, ya nos ha convencido de
que carece de principios y que, además de bruto, desprecia la inteligencia y se
comporta como un ser primitivo, vengativo y violento, que presume de estar al
frente del mayor ejército del mundo.
Los límites de Trump están en sí mismo, no en
las leyes. De todas maneras, como prueba de que solo persigue la justicia, justifica
sus acciones diciendo que invadirá lo que haga falta en defensa de sus
compatriotas drogadictos, que no es que lo sean por que vivan en un país que
produce esos problemas sino porque unos extranjeros malvados les suministran drogas.
Este Atila contemporáneo tiene
a su favor que, cuando invade y se apodera de un territorio, no exige el pago
de tributos en doncellas sino en de barriles de petróleo.
Por más vueltas que le demos
es imposible encontrar una explicación de cómo una acémila con corbata ha
llegado a ser la persona más poderosa del mundo. Pero todavía es más difícil explicar
que un buen número de políticos y mandatarios de la muy civilizada Europa tengan
más miedo que vergüenza y hagan malabarismos para disimular que no les llega la
ropa al cuerpo. No son los únicos, también muchos periodistas y medios de
comunicación hablan en voz baja para no molestar a la fiera.
El miedo es una emoción que
tenemos que respetar. Pero, unos por devoción y otros por miedo, han hecho de
Trump el rey.
Tampoco pretendo dármelas de
valiente. Hace tiempo que soy abuelo y eso acojona un poco. No por qué la
valentía disminuya con la dad sino porque los años van haciéndonos menos
impulsivos y reconfiguran la energía hacia una evaluación de los riesgos con
más sentido práctico.
Habrá quien no esté de
acuerdo, pero estoy seguro de que muchos me darán la razón. Puestos a elegir,
me quedo con Maduro. Siempre será preferible un autoritario pequeño que uno de
la talla de Trump. La diferencia en cuanto al tamaño del miedo que ambos pueden
infundir no admite discusión.






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