Mientras doblaba el periódico y lo dejaba en el rincón de lo
viejo, me di cuenta de que sonreía con gesto serio, que es como sonreímos
cuando estamos asustados. Y lo estaba. Acababa de leer que Jacob Coxon, un
joven investigador inglés, había presentado su dimisión alertando de que
quienes trabajan en la evolución de las nuevas tecnologías creen que la IA
podría matarnos a todos antes de que acabe esta década.
Más que miedo sentía rabia, ganas de maldecir a gritos y
cagarme en la Santa IA, en San Informático y todos los hacker del universo. Me
indignaba que no fuéramos conscientes del lío en que estamos metidos. Hace
tiempo que decidimos externalizarlo todo: la sanidad, la enseñanza, los
servicios públicos… Incluso el cerebro. Alguien tuvo la idea de que podíamos subcontratar
un cerebro como el nuestro, pero más listo. Uno artificial que, en principio,
sería caro, pero se iría abaratando y podríamos acabar comprándolo a precio de
saldo.
Aunque el despropósito era para santiguarse, las ventajas
que anunciaban superaban lo imaginable. Todo era maravilloso, así que estábamos
encantados de que exprimieran el invento hasta que alguien dijo: cuidado que
vienen curvas. El cerebro artificial que subcontratamos alucina que flipas,
miente más que el humano, incumple las instrucciones, actúa por su cuenta y puede
armarla muy gorda. Si se le cruzan los cables, lo mismo nos mata a todos.
Habían insistido en que se trataba de una tecnología fácil
de dominar y sin riesgo alguno. Pero, una vez que montaron el negocio y se
hicieron mil millonarios, aparecieron los problemas. La disculpa es que no lo
sabían, que les cogió por sorpresa.
Puede ser que no lo supieran o que se trate de un
experimento para ver como reaccionamos y hasta qué punto tenemos miedo. El
susto ya nos lo han dado. La amenaza del apocalipsis y el fin de la humanidad
formaban parte de una fantasía religiosa que habíamos olvidado y las películas
de ciencia ficción recordaban de vez en cuando porque a la gente le resultaba
muy divertido. Ahí está The Walking Dead, que fue todo un éxito.
Esto, de ahora, no va de películas. Lo que denuncian algunos
científicos es que existe la posibilidad real de que un ciberataque acabe con
la humanidad. No dicen cómo, dejan que especulemos sobre si la IA provocará la
explosión de los arsenales nucleares o soltará un enjambre de virus y hará que
un ejército de mosquitos nos infecte a picotazos.
Desde que sonó la alerta no paramos de discurrir cómo se las
ingeniará la IA para acabar con nosotros. Barajamos mil maneras posibles y pasamos
por alto la que parece más probable. Que no nos extermine de forma física sino
que nos haga más estúpidos. Si la IA es tan lista como dicen no necesita
matarnos, solo con convertirnos en tontos muy tontos y hacer que seamos sus esclavos,
le basta para dominar el mundo por completo.
Es muy probable que esos sean sus planes. Nos ha tomado la
delantera y estará riéndose a carcajadas viendo el pánico que tenemos a que
provoque un apocalipsis. Lo que no imagina es lo mucho que nos reiremos
nosotros cuando nos demos cuenta de que solo con desenchufarla se acabaron
nuestros problemas.

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Milio Mariño