lunes, 14 de septiembre de 2026

Un riñón vale lo suyo

Milio Mariño

Aunque las tardes vuelven a ser más estrechas y ya se siente el rumor del otoño, todavía falta una semana para qué acabe el verano. Aún puede llegar alguna de esas noticias que llegan en este tiempo y no el resto del año.

 Hace una semana llegó que, en el Hospital General de Massachusetts, en Boston, a Tim Andrews, un paciente de 66 años, le trasplantaron el riñón de un cerdo y estuvo nueve meses sin someterse a las sesiones de diálisis que había necesitado hasta entonces. El cuerpo de Andrews no identifico el riñón del cerdo como algo extraño, lo asumió como si fuera el suyo.

Noticias como esta solo son posibles en verano. Hubiera encajado mejor en agosto pero, a principios de septiembre, todavía andamos despistados y somos menos escépticos. Bien mirado, el cerdo también fue creado por Dios y se supone que para algo más que para darnos jamón. Lo apuntaba la sabiduría popular y lo corrobora la ciencia: de la cabeza al rabo del cerdo se aprovecha todo.

Lo que ocurrió en Boston no es nuevo. Hace ya un siglo que vienen sucediéndose los intentos de sustituir órganos dañados de seres humanos por los de otros animales. Corazones y riñones de cerdos, ovejas o, incluso, chimpancés, fueron trasplantados en humanos con tiempos de supervivencia de apenas unas horas o escasos meses. En 1964, Edyth Parker murió ocho meses después de que le trasplantaran el riñón de un chimpancé. A este tal Andrews se lo pusieron de un cerdo y estuvo con él nueve meses. Ha batido el record. Lo que no está claro es por qué, si el riñón funcionaba bien, se lo cambiaron por un riñón humano cuando apareció un donante.

Ellos sabrán las razones. Podrán decir lo que quieran, pero no pueden utilizar la disculpa de que no es normativo ni ético que un cuerpo humano albergue el riñón de un cerdo. El Vaticano, en un documento reciente, dejó claro que la iglesia católica no contempla ninguna prohibición con respecto al uso de cualquier animal como fuente de órganos para su trasplante en seres humanos. La única condición que pone es que se respete a los animales.

Lógico. Respetar a los animales siempre es un deber, incluso cuando se les sacrifica para realizar experimentos o extraerles un órgano. Según la Iglesia Católica que el órgano de un animal se adapte perfectamente al cuerpo de una persona demuestra la benevolencia y la sabiduría de Dios. Aclaran, por si había alguna duda, que sin la aprobación de Dios nada es posible. Ni montar en bicicleta.

El Dios cristiano no se opone a que nos trasplanten cualquier órgano de un cerdo. Y el Dios del islam, que prohíbe el cerdo en sus dietas, parece ser que tampoco.  Los 14 miembros del Ahlul Bayt han dicho que la vida humana está por encima del mandato dietético.

Solo falta saber cómo lo aceptamos nosotros. Por lo visto, bastante bien. A David Bennet, en 2022, antes de que le trasplantaran un corazón de cerdo modificado genéticamente, el cirujano, como es lógico, le preguntó si aceptaba un corazón porcino.  Por supuesto que lo acepto, dijo Bennet, pero con una condición: solo si me asegura que luego no haré “oinc, oinc”.


Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

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