Nunca me sentí tan liberado, a la hora de valorar lo más destacable de un año, como cuando me senté a pensar sobre el 2016. Se acabó aquella presión que nos obligaba a opinar dentro de los márgenes de lo políticamente correcto para no quedar en ridículo. Ahora ya podemos decir lo que pensamos y ser tan irresponsables como esos millones de personas que hicieron de su capa un sayo y votaron el Brexit en el Reino Unido, el no en Colombia y a Trump en los Estados Unidos. Tres sucesos cuya valoración mayoritaria es que fueron negativos pero yo estoy convencido de que fue lo más positivo que nos dejó el año que acaba de terminar. Por fin fuimos capaces de destrozar las previsiones de los poderosos y revelarnos contra lo que querían imponernos. El resultado tal vez sea lo de menos, lo importante es que la libertad individual se impuso frente al vota y vive como yo quiero.
Los pronósticos y las previsiones salieron al revés. Así es que como individuos tal vez sigamos siendo los mismos, pero como masa social ya no somos aquella sociedad que se comportaba, siempre, de manera previsible y se asustaba cada vez que mentaban al lobo. Y eso me gusta. Me gusta que fallaran las previsiones y triunfara el refranero español. Después de lo del Brexit y lo de Colombia, lo de Trump confirmó que no hay dos sin tres.
A lo mejor no es el principio del fin, pero es un precedente importante de cara al futuro. Yo soy así. Yo lo celebro hasta cuando se equivoca el hombre del tiempo. Disfruto de qué estos días pasados tuvieran más de otoño que del previsible invierno.
Cada uno es como es. Y un servidor es de los que aborrecen las previsiones. No quiero conocer, de antemano, lo que va a depararme el 2017. Prefiero, como dicen ahora en el fútbol, ir partido a partido. Hacerlo a largo plazo, aunque sea al plazo de un año, supone un esfuerzo baldío. Siempre habrá algo que escape a nuestro control. Algo que los científicos llaman variables ocultas. Circunstancias que, por más que se empeñen quienes creen que lo controlan todo, son imposibles de predecir. De modo que, para este año, no me he propuesto nada especial. Dejaré que las cosas sigan su curso y no caeré en el error de querer atajar el efecto ignorando la causa. No haré lo que quieren hacer quienes afirman que los ingleses, los colombianos y los americanos se equivocaron y, por tanto, lo razonable sería no someter ciertas cosas a votación. Una idea que tiene toda la pinta de qué nos están proponiendo acabar con la democracia para salvarla. De ahí que insista en que 2016 fue un año importante por la excepción. Por el comienzo de una tendencia que habrá de tenerse en cuenta.
El pasado 2016 supuso que las minorías cualificadas perdieran la exclusiva de imponernos su concepto del bien común. De ahora en adelante ya no será tan fácil orientar y dirigir nuestro voto. Hemos demostrado que, si queremos, podemos hacer locuras. Podemos hacer que triunfe lo excepcional, aunque sea malo, frente a lo que, dicen, sería más conveniente para nosotros. Lo cual es arriesgado pero, en todo caso, mejor y más divertido que seguir atenazados por el miedo a que solo ellos tengan la solución.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España