lunes, 8 de junio de 2026

Cuando el Papa estuvo en Asturias

Milio Mariño

La visita del Papa, León XIV, es un pretexto para recordar algunos detalles de cuando Juan Pablo II estuvo en Asturias. Que fue el 20 de agosto de 1989, un domingo de mucho calor. Un día espléndido y muy celebrado por la jerarquía eclesiástica asturiana, que había temido que la lluvia arruinara la visita.

Juan Pablo II llegó al aeropuerto de Asturias a media mañana y por la tarde, después de pasear por Oviedo y celebrar una misa multitudinaria en La Morgal, aún tenía que viajar, en helicóptero, desde Oviedo a Cangas de Onís y, luego, subir en coche hasta Covadonga. Una jornada agotadora para cualquiera y más para una persona de 69 años. Así que parecía normal que El Papa estuviera visiblemente cansado. No obstante, cuando llegó a Covadonga, a la Casa de Encuentros, donde pasaría la noche, el médico le tomó la temperatura y advirtió que tenía fiebre. El termómetro marcaba 38 grados.

El entorno del pontífice acordó mantener en secreto, hasta el día siguiente, que El Papa estaba enfermo, pero la fiebre era alta y estaban muy preocupados. La preocupación fue mayor cuando no quiso cenar. Pidió una tisana y se acostó.

Juan Pablo II durmió, en Covadonga, más de diez horas seguidas y aquel sueño no solo fue reparador, fue milagroso porque se levantó sin fiebre y de muy buen humor. Para disipar cualquier duda, mientras desayunaba, dijo que, de acuerdo con lo previsto, daría un paseo por el entorno de los Lagos.  Convencidos de que no conseguirían disuadirlo, pensaron que lo mejor sería que tuviera un calzado adecuado. No habían reparado en ese detalle, de modo que encargaron al gerente de la diócesis de Oviedo, José Gabriel García, que fuera a comprarle unas zapatillas deportivas. Y eso hizo, pero cuando llegó a Cangas de Onís se dio cuenta de que nadie le había dicho qué número calzaba El Papa. Calculó que sería un 43 o 44, un número grande.

Desoyendo los consejos y negándose a cambiar de calzado, Juan Pablo II inició su paseo por el entorno de los Lagos. Tuvo que resbalar y caer de costado para que dijera: Me habéis convencido, dadme las zapatillas. Unas zapatillas que, al ponerlas, resultó que eran dos números más grandes de lo que necesitaba. De todas maneras, siguió con ellas y estuvo paseando en solitario, durante más de una hora, por un paisaje que calificó de maravilloso, con su característico ropaje blanco, una vara de avellano y aquellas zapatillas blancas con rayas rojas que le habían comprado a última hora.

Además de las zapatillas, al Papa le habían regalado, en Oviedo, una reproducción de las sandalias de San Pedro, reliquia de la Catedral. No llegaron a regalarle, como estaba previsto, un osezno. El Vaticano se había mostrado reacio a aceptar el regalo, pues temía que pudiera acabar como el burro que le habían regalado  en Brasil, que no supieron qué hacer con él y se convirtió en un problema. En este caso el problema no llegó a plantearse porque el osezno murió poco antes de la visita del Papa. Hay quien dice que murió de pena, por no haber sido aceptado, mientras que otros opinan que prefirió morir antes de que lo llevaran fuera de Asturias.


Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Milio Mariño