El día de Todos los Santos y el siguiente, que es de difuntos,
han dejado de ser lo que eran por culpa de Halloween, un invento comercial que
utiliza la muy antigua celebración del Samhain celta para hacer negocio con el
miedo que causa risa y lo macabro trasformado en broma: desde la decoración de
los hogares, los disfraces, las máscaras y el maquillaje, hasta los dulces y los
menús especiales, las fiestas en discotecas y las excursiones nocturnas a los
cementerios. Todo lo que se nos ocurra relacionado con la muerte, los muertos,
los tratos con el demonio y los pecados pendientes que obligan a los difuntos a
deambular por el mundo a la espera de que los dejen descansar en sus tumbas. Que,
al parecer, es lo que más deseamos después de muertos; descansar eternamente.
Que los muertos anden de aquí para allá asustando al
personal, era posible cuando a los
muertos los enterraban crudos, sin pasarlos por el horno. Ahora es distinto. La
cremación lo ha cambiado todo. Si el cadáver queda hecho cenizas imposibilita
que pueda convertirse en un zombi. Y no solo eso, de seguir a este paso, dentro
de poco ya no habrá calaveras, no podrán componerse adornos cruzando en aspa los
huesos del fémur y, por supuesto, tampoco habrá esqueletos.
La costumbre inmemorial era enterrar a los muertos y
empadronarlos en el cementerio. Que se esté imponiendo convertirlos en polvo antes
de tiempo debe ser, supongo, por el precio de las sepulturas, que se habrá puesto
imposible, como el de la vivienda. Y eso sin hablar de lujos porque si nos
referimos al deseo de los muertos de descansar
en paz ya me dirán si se descansa igual en un nicho angosto que en un espacioso
panteón de mármol.
Cuesta entender que la gente se divierta disfrazándose de
algún personaje o temática terrorífica que produzca repulsión o miedo. Sobre
todo en Asturias, una tierra donde los muertos y los vivos mantenían una
relación entrañable de amistad y convivencia. Aquí, el día de difuntos, se
ponía un plato extra en la mesa para que los antepasados pudieran alimentarse
en su visita anual al antiguo hogar y a la familia. Se respetaban las
tradiciones y se prestaba atención a signos premonitorios como el canto de la
lechuza o el aullido prolongado de los perros durante la noche. Cierto que eran
supersticiones, pero tenían sentido y estaban ligadas a lo sobrenatural, no
como lo que hacen en el sur de Italia, donde los hombres, cuando ven pasar un
entierro, en vez de santiguarse, se tocan los testículos tres veces.
Habrán observado que Halloween no me gusta. Considero que es
una fiesta desagradable basada en lo lúgubre y lo macabro. Tampoco me gusta Todos
los Santos. No le encuentro sentido. No entiendo que se establezca un día de fiesta
en honor de los santos, que ya tienen muchas, y los que pecamos, que somos el
resto, prácticamente todos, no tengamos un día festivo. Por lógica, sería más propio
el Día de Todos los Pecadores. Aunque no sé, igual ese día es el Día de
Difuntos. Sí fuera así sería, igualmente, injusto porque solo es fiesta cada
siete años, cuando, como en este caso, Todos los Santos cae en domingo.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España

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