lunes, 20 de julio de 2026

Ortografía sin falta

Milio Mariño

El verano no siempre regala felicidad. También esconde días aciagos como bien saben los miles de aspirantes a una plaza de maestro, en la enseñanza pública, que acaban de suspender las oposiciones. Aquí, en Asturias, los suspensos alcanzaron el 61% y quienes integraban los tribunales afirman que se encontraron con auténticas barbaridades. Dicen que a pesar de ser indulgentes con los errores de puntuación y sintaxis, las faltas de ortografía fueron numerosas y tan inaceptables como que hubo maestros que escribieron: “abances”, “surga” o “llendo”.

Algunos suspensos argumentaron, en su descargo, que las pruebas deberían ser más objetivas. Sugieren que deberían sustituir el desarrollo escrito tradicional por test o cuestionarios.

Los maestros no quieren escribir. Y la verdad es que no podemos exigirles que escriban bien. Escribir bien supone un don que está al alcance de muy pocos. Lo que sí podemos y debemos exigir es que escriban de forma correcta, que sepan expresarse por escrito y lo hagan con concordancia y sin faltas de ortografía. Es una exigencia básica para un maestro, un periodista, un abogado… Cualquiera que posea un título universitario y, si me apuran, para los que solo han cursado la ESO. Escribir de forma correcta es imprescindible para comunicarnos.

Pero, cada vez escribimos peor. En todos los sentidos. No solo en lo referente a la sintaxis y la ortografía, también a mano, con un teclado, en Facebook, Twitter y, por supuesto, WhatsApp.

Escribimos fatal. Recuerdo que me decían que tenía letra de médico. Escribía, y escribo, con mala caligrafía. Letras deformadas y feas aunque no hasta el punto de ser ilegibles. No llego al nivel de los médicos, de quienes creía que escribían en una especie de idioma particular que solo entendían los farmacéuticos. La sorpresa fue cuando me enteré de que no hay tal idioma. Los médicos escriben las recetas con esa letra horrible, simplemente, por chulería y los farmacéuticos se las ven y se las desean para entenderlas. Tal es así que cuando se interesan por nuestras dolencias es para que les demos alguna pista que les ayude a descifrar el jeroglífico de la receta.

En las farmacias sufren tanto o más que nosotros. Se enfrentan con unas recetas que son ilegibles y, a veces, despachan fármacos equivocados. Un estudio, publicado en la revista TIME, señala que la complicación a la hora de descifrar las recetas médicas está causando, en Estados Unidos, 7.000 muertes al año.

Los médicos se disculpan diciendo que lo hacen para no perturbar la sensibilidad de los pacientes. Esto es, que escriben mal a propósito para no producir alarma en los hipocondriacos que leen las recetas y los informes.

 Resulta curioso, pero restarle importancia a escribir mal es lo que hacen algunos maestros que han suspendido las oposiciones. Parece que hay como un cambio de rol en el profesorado. Veníamos de un rol más académico y exigente y vamos hacia un rol más social. Los maestros no quieren dejar en evidencia a sus alumnos y los imitan en la ignorancia por miedo a causarles un trauma.

Menuda la que nos espera. De lo mal que escriben los médicos estamos salvándonos gracias a la receta electrónica, pero de la mala ortografía de los maestros creo que no nos salva ni la caridad.

 

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España


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