Las ideas andan por ahí
volando como los mosquitos, pero si no te pica ninguna ni tienes nada que
rascar para escribir un artículo, pruebas con una noticia por ver si puedes
aprovecharla antes de que acabe en el basurero del olvido.
Y, eso fue lo que hice. Cogí Prioridad Nacional, que está en boca de todos, y a
continuación escribí: migración de los seres humanos. Confiaba poco en que pudiera
encontrar algo ameno y positivo. No obstante, para documentarme, eché mano de un
viejo Atlas y, nada más abrirlo, aparecieron las rutas que, del Polo Norte a la
Antártida, habían seguido los hombres y las mujeres para llegar a poblar casi
todos los rincones de la Tierra, empujados por ese instinto que nos lleva a querer
vivir mejor o simplemente vivir.
Con un Atlas delante ves el mundo
de otra manera. Entiendes que no llegaríamos a ser lo que somos sin las
migraciones humanas. Percibes que cuando las personas empezaron a trasladarse
de un sitio a otro no existían las fronteras. Hubo un tiempo en que no las
había y es posible que llegue otro en el que dejarán de existir. Al fin y al
cabo solo son líneas que se van trazando según el resultado de las guerras o la
conveniencia de los poderosos. Por eso son cambiantes y, a veces, ridículas y hasta
caprichosas. Es inútil que para trazarlas utilicen los ríos, los mares y las
montañas, no dejan de ser líneas imaginarias que dividen territorios que
estaban unidos en tiempos no tan remotos.
Las fronteras han sido, y
siguen siendo, el origen de muchos conflictos y la causa de muchas muertes. Han
hecho que los seres humanos experimentemos el sentimiento positivo de
pertenecer a un lugar y quererlo hasta el punto de sentirnos muy identificados
con él, pero también que haya quien confunda ese sentimiento con el derecho de
posesión. Con la idea de que somos dueños del lugar que habitamos y los que vengan
de fuera no solo han de contar con nuestra autorización sino pagar un tributo.
Así es como surgen las
fronteras del odio, que en lo esencial coinciden con las otras y provocan un
resquemor enfermizo que influye en la forma de ver a los extranjeros, sobre
todo a los que no tienen dinero.
Estamos en ese momento. Parece
que se nos ha olvidado que, hace unos años, España empezó a poblarse de
licenciados universitarios al tiempo que iban desapareciendo los fontaneros,
carpinteros, albañiles y la gente que trabajaba bajo el plástico de los
invernaderos, a cuarenta grados de temperatura, o bajando escombros en una obra,
o en algo que exigiera partirse el lomo y sudar la gota gorda.
Con soberbia y mucha chulería,
dijimos que necesitábamos sangre nueva y mano de obra barata. Gente dura,
sacrificada y hambrienta que hiciera el trabajo que no nos gusta y no queremos
hacer. Y la cosa marchaba bien hasta que los guardianes de las esencias se
dieron cuenta de un detalle que había pasado desapercibido: Los migrantes
quieren ser como nosotros. Y eso no puede ser, dijeron algunos. Les dejamos que
estén aquí como animales domésticos, pero de ahí a que tengan los mismos derechos…
Lo máximo que podrían tener es prioridad animal.

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Milio Mariño