Entre las calamidades que
oxidan la convivencia está que hayamos llegado al colmo de que la mala educación
y los insultos gocen de prestigio y sean motivo de orgullo. No hablo de quienes
ponen cara de asco, nos miran con desprecio y solo saludan cuando necesitan
algo de nosotros. De esos hablaré otro día. Hablo de los políticos que presumen
de llamar mierda o hijo de mala madre al Presidente del Gobierno y reciben un
fuerte aplauso de los que entienden que son calificativos ingeniosos que
demuestran que quien los pronuncia está capacitado para dirigir un país como el
nuestro. Consideran que insultar es un derecho, utilizan el insulto contra sus
rivales políticos y, al mismo tiempo, exigen ser tratados con el máximo respeto.
Deberían visitar al
psiquiatra. Ni el sentido común ni la libertad de expresión justifican que se
insulte a nadie y menos al Presidente del Gobierno. De ahí que cualquiera qué
no sea un cafre se sienta avergonzado y apele a la disculpa de que los
políticos que insultan no nos representan. Eso quisiéramos, pero la realidad
dice otra cosa. España es una democracia representativa y los diputados, ya sean
muy educados o se porten como un onagro, el asno salvaje de las estepas de
Asia, representan a todos los españoles.
Otra disculpa muy socorrida
es que no nos merecemos los políticos que tenemos, pero tampoco cuela. Los
elegimos nosotros, así que la responsabilidad es nuestra.
Agotadas las disculpas, relativas
a nuestro entorno, solemos apelar, en última instancia, a otros países cuyos
dirigentes no destacan por recitar poemas. Ponemos el ejemplo de Estados Unidos
o Argentina, donde Donald Trump y Javier Milei, sacan lo mejor de sí mismos y
no hay comparecencia o rueda de prensa en la que no insulten o menosprecien a
cualquiera que se cruce en su camino.
Algo debe estar pasando
cuando la falta de educación y los insultos constituyen el comportamiento
habitual de un buen número de políticos. Ya no se trata de un desliz o una
anécdota puntual, la reiteración induce a pensar que estamos ante una tendencia
mundial que va en aumento, impulsada por los defensores de una ideología que no
se lleva muy bien con la democracia.
Quienes recurren a las burlas
y los ataques personales, hasta el punto de que consideran que insultar al
presidente del Gobierno no solo es legítimo sino muy divertido, forman parte de
un circo que se ha propuesto seducir y encandilar a los que demandan soluciones
fáciles con el mínimo esfuerzo. Insultan y reciben el aplauso de una
coreografía de rebuznos que se dan por satisfechos con un ridículo desahogo que
los envilece y solo aporta rencor y odio.
Mientras que la gente sensata
no penalice los insultos y los comportamientos políticos deleznables, la
polarización irá en aumento y acabará imponiéndose el estilo zafio de quienes
no están por la labor de respetar los valores democráticos.
Lo curioso es que fuera de la
política, en la calle, la gente se comporta de forma educada y amable. Así que
a los políticos que insultan habría que imponerles el castigo con el que amenazaban
nuestras abuelas. ¡Cómo vuelva a oírte
otra palabrota, te lavo la boca con lejía!

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Milio Mariño