Siempre que surge el tema y alguien
pregunta qué opino de la Inteligencia Artificial respondo con absoluta sinceridad:
me la refanfinfla. No quiero que me ayude en nada. No la necesito. Reconozco
que es un invento asombroso, pero pienso seguir haciendo lo que haga sin su
ayuda. No estoy en contra del progreso, si inventan algo para no tener que agacharme
lo compro, pero me niego a que un robot sabelotodo me de consejos.
Así es como pienso. Y si les
parezco más bruto que un gañan mono cejo, lo acepto. La Inteligencia Artificial
no me gusta. Es más, me genera rechazo. Sé que está presente en las instituciones,
los servicios públicos, las empresas y hasta en los teléfonos móviles, pero
agradecería que respetara mi voluntad y se mantuviera alejada de mí vida. Algo
que intuyo difícil porque ya lo ha invadido todo y hace lo que le viene en gana,
estemos o no estemos de acuerdo. La prueba es que, sí quiere, puede quitarnos
la ropa y dejarnos en pelota. Basta que alguien pulse una tecla y el desamparo
es total. Se acabó la privacidad. En cualquier momento podemos aparecer desnudos,
a la vista de todos, y el miedo a semejante espectáculo nos tiene atemorizados.
Estamos en sus manos. El todopoderoso Elon
Musk ha puesto a disposición del público en general, y los desaprensivos en
particular, un programa llamado Grok que, con una simple fotografía, te desnuda
y te convierte en un animalillo indefenso expuesto al mayor de los ridículos.
Este atropello desató las
alarmas de los más confiados. Incluso en el Foro de Davos, que ya es decir,
llegaron a la conclusión de que ninguna amenaza ha progresado tanto como la
inteligencia artificial. Se ha convertido en un acelerador de los demás riesgos
y, a falta de salvaguardas, supone un cóctel explosivo que puede llevarnos al
caos.
Las nuevas tecnologías no deberían
exigir, como pago, que inevitablemente tengamos que aceptar sus caprichos. Que
nos desnuden de forma involuntaria y difundan las imágenes es un acto de vandalismo
que merece pena de cárcel. Acostumbrados a pensarnos con cierta benevolencia,
vernos sin ropa supone una humillación que sabotea nuestra intimidad. Sobre
todo porque no es verdad que desnudos todos somos iguales. Ni mucho menos. Quienes
ya tenemos una edad hacemos un esfuerzo por mantener nuestra decrepitud y nuestros
atributos ocultos no solo a la mirada ajena, también a la propia. Hace tiempo
que, cuando me ducho, nunca me miro el cuerpo, me enjabono por todas partes y
procuro no mirar para no decepcionarme. Pero ahora resulta que, a pesar de mis
precauciones, cualquiera puede verme desnudo por obra y gracia de la Inteligencia
Artificial. Y el daño no es artificial. Es real y afecta a mi dignidad.
Que puedan desnudarnos, más
que un invento tecnológico, parece cosa de magia. Pero lo cierto es que pueden y
lo hacen para que quede claro que somos insignificantes y no pintamos nada. El
recado es que quien no se adapte y se someta a la Inteligencia Artificial será
borrado del mapa.
Aunque esa terrible amenaza siga
ahí, al acecho, tenemos nuestras armas. La solución no es complicada, solo
requiere que pensemos por nuestra cuenta. Que utilicemos más el cerebro, que lo
utilizamos poco y quieren que lo utilicemos todavía menos.
